Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» Confieso...
Dom Ago 14, 2016 10:18 am por Zarek

» IMPORTANTE!!! Anuncio de Administración
Vie Oct 16, 2015 3:36 pm por Alcalde Diedrich

» Cuenta y besa a quien te toque.
Lun Abr 27, 2015 9:01 pm por Jan Bozkurt

» Publicación de temas fueras del foro
Dom Abr 26, 2015 6:35 am por Bzou

» Mensaje a la administración (Importante)
Jue Abr 02, 2015 10:23 pm por Alcalde Diedrich

» El amo y el lobo [Celda de aislamiento] [Priv. Herman Engels +18]
Lun Feb 09, 2015 12:43 am por Herman Engels

» ¿Nuevo compañero? [Priv. Killer]
Dom Feb 08, 2015 2:54 am por Killer

» Other World [RPG Anime (Saint Seiya, Inuyasha, Naruto)] afiliación normal
Lun Feb 02, 2015 8:50 pm por Invitado

» Karma [priv. Geist]
Dom Feb 01, 2015 11:46 pm por Gô Koyama

» Mihail ``Perro viejo´´-I.D-
Miér Ene 28, 2015 2:56 pm por Mihail Mihaeroff

¿Quién está en línea?
En total hay 1 usuario en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 1 Invitado

Ninguno

[ Ver toda la lista ]


La mayor cantidad de usuarios en línea fue 55 el Vie Jun 15, 2012 12:46 pm.
►Pasa el mouse por las imágenes y contáctanos

ALCALDE DIEDRICH
Contact
Herman Engels
Contact
Zennu
Contact
Broker
Contact


HERMANOS

ÉLITES

↑Click↑

Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Ben Slarck el Mar Mayo 14, 2013 10:26 pm

Llevaba un par de horas conduciendo en dirección a la prisión de Steinburg. No le resultó fácil conseguir una orden de visita para ese mismo día. Lo que había tenido que presionar a los funcionarios correspondientes, no tenía nombre. Aún así, allí estaba, rodeado de un páramo de kilómetros y kilómetros sin más sonido que el crujir del motor. Como todo buen día primaveral, se presentaba soleado, algo fresco tal vez, pero era un buen clima y servía de consuelo para aminorar la aridez del paisaje. En el asiento del acompañante, un expediente a medio abrir mostraba una foto de su objetivo: Anníbal Sglavahgt.

Le alegraba que su investigación se moviera, lo que dudaba es que ese movimiento fuera para mejor. El presidiario en sí era un asunto complicado. ¿Por qué demonios lo habían conducido hasta él? Oh, los eternos “por qué” que solo existían para atormentar. Lo importante ahora era el “cómo”, cómo procedería ante un sujeto que sin duda no se mostraría dispuesto a contestar cada pregunta que Ben pudiera tener. Esto sería una prueba a su paciencia y dedicación.




---->Varias horas antes, en el departamento de asuntos internos.

Una figura esbelta bajaba de su auto a primera hora de la mañana. Vestía un jean blanco y una chaqueta de igual color, una camisa azul por debajo, un azul tan opaco como intenso, y un calzado con estilo formal sin llegar a serlo, de esos que tienen una escasa hilera de cordones con una hechura más bien deportiva, nada de cuero. Iba cargando la indumentaria necesaria para ese día, bolso con documentos y un pequeño envoltorio en mano, gafas de sol enganchadas al escote de su camisa y su arma reglamentaria enfundada detrás de la chaqueta. Así caminaba Ben Slarck, paso firme y expresión neutral, hacia la puerta de los Departamentos Especializados de Investigación, donde iniciaría su jornada laboral.

Saludó con educación a los escasos compañeros que llegaron antes que él y se dirigió directamente a la parte de laboratorios. Aquel paquete resguardado en el pequeño envoltorio le había dado mucho en lo que pensar por la noche, todo tipo de ideas rondaban en su cabeza, pero, era hora de dejar las especulaciones de lado y hacer algo de verdadera investigación. Dejó el contenido del envoltorio en manos de uno de los investigadores con la consigna de que lo analizaran, desde buscar huellas dactilares a lo que fuera. Mientras, estuvo dando varias vueltas por media mañana, analizando archivos y demás, nada importante, hasta que el mismo investigador se comunicó con él.

-No había nada, está completamente limpio, es claro que lo esterilizaron a conciencia. Nada de huellas ni ningún otro elemento que pueda servirte. Lo que me extraña es por qué te enviarían esto –fueron las palabras textuales del funcionario al momento en que Ben volvía a entrar al laboratorio.

Eso mismo quisiera saber –suspiró el propio Ben a la vez que recuperaba el paquete– Parece ser alguna clase de mensaje simbólico. Ya veré que averiguo al respecto –fue todo lo que dijo antes de volver a su propio escritorio y sacar el contenido del ya mencionado paquete. Se trataba de una cajita de madera con un símbolo tallado en su tapa, uno que claramente era el mismo que portaban los presidiarios, precedido por una breve inscripción “Las respuestas están en el pasado”. Por otra parte, su único contenido era un prendedor con forma de águila, de alas extendidas y cabeza de costado.

Ya sin tener ningún tipo de cuidado al tocar el prendedor, lo sostuvo entre sus dedos, contemplándolo por largo rato. Así estuvo, manoseando al objeto en una mano, con el cuerpo descansado en la silla giratoria y con la mirada atenta, viendo el vaivén de gente que pasaba por la oficina. Daba la impresión de que perdía el tiempo, que seguía en un callejón sin salida. Pero no, claro que no, su mente trabajaba a altas velocidad, repasaba los datos que poseía al mismo compás que registraba cada minúsculo movimiento de su entorno.

¿De qué trataba todo esto? A decir verdad, severos años atrás, acontecieron una serie de asesinatos que tenían los mismos patrones, un caso no resuelto, un sospechoso que nunca se encontró culpable. Todo apuntaba hacia ese hombre, sin embargo, nunca aparecieron evidencias contundentes, al menos eso es lo que indicaban los informes. Dos policías entregaron sus placas en el transcurso de la investigación y otro resultó gravemente herido; los familiares de las victimas prefirieron guardar silencio y no volver a sacar el tema.

¿Qué tenía que ver con Ben? Existían indicios de que un funcionario policial estaba implicado con la ausencia de pruebas incriminatorias. Como si alguien de arriba tuviera interés en que el sospechoso de entonces quedara limpio de todo cargo. Demasiados puntos se estancaron a medio camino y otros eran simplemente sospechosos, algo no encajaba, como si un manto de tinieblas cubriera el caso, dejándolo estancado en el olvido y alejando a quien quisiera indagar demasiado a fondo. Por esto mismo el caso acabó en el escritorio de Slarck. Si había un policía que hacía uso de su posición para beneficio propio, no podía quedar así. La unión hace a la fuerza, policías corruptos eran lo que menos necesitaban en los tiempos que corrían. Aunque, ese era el punto de vista de Ben. Lo que probablemente esperaban al asignarle ese caso es que no descubriera nada, que se cansara de dar vueltas sin sentido, para finalmente dejar un bonito y reluciente manchón de un caso sin resolver en su historial. Eso en la mejor de las circunstancias. En la peor, descubriría nueva información y terminaría involucrado con aquellos individuos que era conveniente no hacer enfadar. Cualquiera fuera la posibilidad, se enfrentaba a un asunto complicado y hasta peligroso, como si lo hubieran soltado en medio de un coliseo con una espada de madera. Aún así, Ben no daría el brazo a torcer y llegaría hasta las últimas consecuencias, para eso estaba.

Continuó indagando. El abogado contratado para defender a susodicho sospechoso, se trataba de un prestigioso abogado, famoso por actuar con suma maestría y rapidez. ¿Quién se molestaría en contratarlo para un hombre que no podían inculpar por falta de pruebas? Es decir, cuanto de mayor calidad fuera el defensor mejor para el acusado, pero, resultaba que este acusado no era nadie en especial, sin fortuna ni poder político, aparentemente ni siquiera estaba involucrado con el movimiento de mafias.

Ben entró al buscador de la policía, digitó el nombre del abogado por incontable vez y fue pasando la información por su pantalla. Datos específicos, artículos con casos y más casos exitosos, lo de siempre. ¿Lo de siempre? Aguarden, esta vez algo llamó la particular atención de Ben. El abogado aparecía en numerosas fotografías con un hombre de avanzada edad, hombre que en las fotográficas más antiguas, lucía un uniforme militar. ¿Qué presentaba eso de especial? Nada, a excepción de un detalle al cual antes no le había dado importancia. Se trataba de un aspecto del uniforme.

El águila… -murmuró Ben con el entrecejo fruncido. El del uniforme era exactamente igual al prendedor que él tenía, solo que éste no cargaba con la esvástica debajo. Volvió a teclear en su ordenador, esta vez buscando la ficha de este ser– Ex militar nazi, sirvió durante severos años y actualmente trabaja con la misma policía –Con la edad que tenía claramente se debería haber retirado. Ese hombre gozaba de una acomodada posición y dinero. ¿Cómo podría estar relacionado? Bien, ahí no termina lo extraño de esto, lo que pasó a continuación fue la gloriosa flecha que dio en el blanco– ¿Se encuentra bien? –preguntó al percatarse de un joven oficial que miraba la imagen que yacía en la pantalla de su propia computadora. El oficial estaba pálido y cargaba con una expresión de malestar bastante notoria.

Ese hombre… ese hombre… –repetía el joven como si no pudiera pensar con claridad ocasionando que Ben lo contemplara dudoso. A duras penas consiguió que el oficial especificara a quien se refería, y no fue justamente a quien él investigaba, sino a otro de los cuatro hombres que se encontraba en la misma imagen. El oficial le comentó que poco tiempo atrás, había tenido que escoltar a un inspector de sanidad ante el ingreso de un nuevo presidiario, presidiario que resultaba estar en esa fotografía– Nunca olvidaré ese día ¿Puedes imaginar a una persona capaz de petrificarte de miedo con solo una mirada? –expresó algo sudoroso.

¿Recuerda su nombre? –quiso saber al instante.

Como si pudiera olvidarlo… –dijo el oficial a la vez que le proporcionaba tal información.

¿Anníbal Sglavahgt? –repitió Ben, ahora buscando sobre el portador de este nombre. Demasiada coincidencia para el gusto nuestro estimado investigador de asuntos internos, coincidencia que no hubiera visto de no ser por el paquete que aquella “mano amiga” le proporcionó. No estaba seguro de que fuera por el camino indicado pero, alguien quien ahora era un presidario y que antes había servido junto al amigo del abogado en cuestión, le parecía una aproximación interesante al mensaje simbólico que contenía el paquete. Hecho un tanto rebuscando, aunque, si sus cálculos no se equivocaban, ya tenía a quien interrogar y ver qué información conseguía con esto.





----> 6:00 p.m. en la prisión de Steinburg.

Tuvo que seguir cierto protocolo antes de ser conducido a la sala de visitas, bastante adaptada para un interrogatorio. Le dieron una serie de advertencias, sobre todo, le dijeron que no dejara ningún tipo de objeto al alcance y que mantuviera una sana distancia. Y resaltemos el punto de que los funcionarios no se mostraban entusiasmados con la idea de tener que trasladar a tal recluso hasta allí

Así pues, Ben se adentró a una sala de mediano tamaño, con una mesa en el centro y dos sillas. La seguridad estaba altamente reforzada y el ambiente era terrible. En otras palabras, demasiada gente se encontraba en esa sala y eso le molestó considerablemente.

Pretendo interrogar al recluso, no hacerlo dar una conferencia –se quejó dirigiéndose a todos los presentes. Según los informes, la disparatada cantidad de medicamentos que le suministraban ya era suficiente obstáculo con el que lidiar – Esperen al otro lado del vitral. Si los necesito se los haré saber –“pidió” con amabilidad. Con vitral se refería a esos vidrios que desde fuera permiten ver la sala, pero desde dentro no eran más que eso, un vidrio oscuro.

A la larga consiguió quedarse “solo” en el lugar. Con el expediente en su mano, aguardó sentado a que este ex militar fuera traído hasta él. Por mucho que revisara los datos que poseía ¿Estaba realmente preparado para lo que entraría por aquella puerta?
avatar
Ben Slarck
Asuntos Internos
Asuntos Internos


Ver perfil de usuario http://forbiddencity.freeforo.com/t921-ben-slarck

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Anníbal Sglavahgt el Lun Mayo 27, 2013 1:40 am

Aire.

Si tan solo fuese un aire, nada en particular, tal vez gris oscuro, pero simplemente aire. Transparente, sin olor, suave, pero embriagador. Efímero. Se notaría en cualquier caso que prefería ser aire de ciudad. Aire… Aire para envolver a la humanidad y respirar la vida de otras personas, aspirar la muerte de otras tantas, aire… Para escapar del par de agujeros que atravesaban el cristal de metacrilato que, consciente y consecuente encerraba en esa dimensión que evitaba que él y el exterior se comunicasen y solo podía hacerlo mediante palaras cortas y mal vocalizadas, testigo de que él había ido perdiendo la capacidad de comprensión pues encerrado como un animal se hallaba bajo el sótano de aquel lugar que no era más que un centro para cuidar y reinsertar personas en la sociedad. ¿Así lo decían? ¿Reinsertar personas en la sociedad? Se burlaba el destino de él. Uno, dos, tres… Las gotas caían frágiles como pedacitos de cristal y chocaban contra el conducto del agua ya oxidado del mal cuidado de la instalación, la cal; se había acumulado dejándose ver como un arcoíris interno entre blancos metalizados, azul ferroso, naranja óxido y plateado como principal color alrededor del conducto del agua del lavabo. Y tan solo como compañero ejercía el catre de colchón de pedazos de almohadas roídas. El sonido de las cadenas, la sirena. La humedad. ¿Qué era lo que sonaba fuera? ¿Estaba al alcance de su buen oído? ¿Podía distinguir lo que ocupaba la humanidad lejos de la ratonera donde lo único que iluminaba era la sirena anaranjada y blanco amarillento? El ruido de pasos perturbador, las voces de los presidiarios bajo tortura y castigo.


¿Dónde estaba el dulce sonido del piano? ¿Y las voces femeninas dónde habían quedado? Por qué el silencio retumbaba en su conciencia y salía como un suspiro atronador desde los recovecos de su interior. La humedad traspasaba la piel y alejaba cualquier rastro de deseo, ya no era cálida. Ya no era latente. Tal vez había adoptado la postura que ellos querían que tomase ¿Ellos? ¡Estaba enloqueciendo! Él no estaba loco… Él no estaba… Cerró los párpados con fuerza, apresando entre ellos y las gruesas pestañas negras los orbes de azul añil y hebras grisáceas que apresaban una vida. El entrecejo se arrugó y siguió el par de cejas negruzcas además de las arrugas de la frente y el mentón. Fruncidos los labios húmedos y endurecido el rostro. Caían entonces los bravos mechones largos de hiena sobre sus clavículas y hombros hasta colmatar algo más lejano que el pecho. Y entonces su cabeza empezó a vislumbrar lo que su ausente imaginación concluía, un aleteo de pájaros ocasionaba la banda sonora de sus ensoñaciones, suave brisa que osaba cruzar la melodía de un piano, las teclas endurecidas de marfil, los pliegues de un traje de negro o azul marino, planchado y perfumado pero otra vez volvió el silencio, bóreos sueños cálidos y lejanos. Titubearon los labios los cuales a los pocos segundos dejaron escapar una entumecida exclamación, polvo de sus cuerdas vocales malheridas de callar. Poco a poco sus ojos volvían en sí: No había un piano, ni un traje. Sólo oscuridad, humedad, sus dedos y la callosidad de las yemas rosáceas. Alzarse de pie era lo único que le quedaba, y con cuidado de no resbalar con el frío suelo o lejos de tropezarse con cualquier peldaño mal apañado en él, aquel hombre de largas hebras casi tan negras como la misma noche, comenzó a caminar hacia el frente, sin sentido, sin alma. Sin cuerpo. Despacio, pero deprisa a su vez, no tenía rumbo, no había más que cuatro pasos por la habitación si no quería entumecerse los músculos agarrotados de las piernas.


A la sazón, bajo un suspiro sus dedos alcanzaron el frío cristal que separaba su vida atónita del pasillo oscuro bajo la luz de la sirena intermitente, a veces rojo anaranjado, a veces blanquecino amarillento. A veces oscuridad. Impregnados quedaron las yemas de los falanges, apoyadas, impresas en el cristal. ¿Y si cerraba nuevamente los ojos, volvería a encontrarse con ese piano? Bajo su consistencia un Requiem por su perpetua muerte.

Silencio.

El silencio ocupó todo el habitáculo pues su cúspide alcanzó el manso sonido de las gotas chocar contra la cañería una y otra vez, su colisión desgastaba la rutina del de cabello de alas de cuervo y piel de porcelana asestándole cada corte humedecido, cada repentino castañear del viento contra las vidrieras por cortas y opacas que dejaban pasar la escasa luz a sus espalda. Refutaba que él no estaba loco, el sentenciaba, él escuchaba, el sentía y aprisionaba los sentimientos contra las yemas de los dedos. Oh, esperen. ¿Qué era aquel tintineante sonido que se escuchaba? ¿Iba acompañado pues, de un par de zuecos que resonaban cual flautín entre los guijarros del frío y húmedo suelo? Se dirigían hacia él, iban prácticamente a su integridad ese par de hombres que a lo lejos podía predecir que atacarían su ser. No podía permitirlo. No podía dejar que volvieran a hacer de él un simple muñeco manejable. ¡Él! Un hecho histórico. Él, la historia del inicio de una nueva era, a poco tiempo de convertirse en la mejor parte de su longeva vida encerrado. El águila. Era el ágila quien respondía a su perdida mirada, deslizándola por el frío metacrilato, borrosos sus recuerdos, borrosa la sala, trataba de juntar las pupilas, dilatadas por los fármacos tras su efecto. El cuerpo del hombre cayó poco a poco por el borde del vidrio a un lado de donde estaba marcada la puerta con dos señales amarillas fluorescentes que la luz de la sirena exterior marcaba cada vez que posaba su intenso pesar sobre ese transparente amigo. Sudarios surgían de su cuerpo humedecido, inmóvil ante la lucha contra su propio cuerpo, humedecidos los labios casi salivando su lengua, no podía mover un ápice de su cuerpo, no podía controlar sus impulsos… Ni siquiera su respiración era suya. Era lo único acústico que sus oídos escuchaban, como su recta nariz emitía sonidos nerviosos, oía sin oír. Veía sin ver, respiraba sin respirar. Todo volvía a ser una ensoñación, todo volvía a ser algo que era confuso, borroso, y la luz de la sirena era una pequeña nana susurrada por la oscuridad, que mecía su sueño como una madre adormilaba a su hijo con cariño.


--- --- --- --- --- ---


¡Rápido! Date prisa antes de que vuelva a despertarse o logrará morderte. Ponle eso, sí. ¡Joder hazme caso! ¿Qué estás nervioso? Hazme el favor, es un bebé ahora, como un jodido yonqui perdido entre las botellas de licor. Ni siquiera se dará cuenta si le pones un puto supositorio en el culo. Sí, eso es. Así, perfecto. ¿Ves cómo ha sido fácil? Ni siquiera se habrá enterado de lo que has hecho. Para hacer esto no es necesario pensar… Simplemente se hace y mejor que esté así. –El chico más joven y primerizo lograba ensalzarse una lucha contra la conspiración del cuerpo del moreno cuyos cabellos caían adormecidos a un lado y otro lado de los hombros, raquíticos y endurecidos, plegados contra la silla de ruedas instrumental, sus manos, separadas y ajustadas a cada lado del posabrazos y las rodillas ligeramente separadas y hendidas por el oscuro pliegue que hacía el pantalón blanco, aún preservaba el uniforme psiquiátrico y era mejor así, era mejor distinguir su índole de entre los demás.- ¿No crees que así ni siquiera podrá abrir la boca? Este tio está demasiado destrozado ¡Miralo! Si parece un puto despojo.- El hombre joven que seguía conteniéndole y arreglándole en la medida de lo posible para que pareciera “algo” presentable miraba de reojo los ojos cerrados del hombre de fuerte aspecto. Su tez era tan clara que casi daba miedo tocarlo, miedo a romper ese frágil mármol pulido y esculpido. Un estrepitoso color púrpura vagaba desde los lagrimales hasta anteponerse al sólido color blanco de los pómulos. Y los mechones caían en suaves cascadas por sus facciones talladas. Una tras otra, las puertas se abrían en silencio y las luces iluminaban sus facciones, una tras otras, oxigenaban y daban color a ese mármol de impúdicas venas señalizadas en pequeños torrentes azulados desde los brazos, hasta por debajo del cuello, el mentón. Los párpados soñolientos y oscuros. Una puerta tras otra hacia el infierno, ¿O hacia el cielo? Puerta tras otra hasta su destino.


Eins, zwei, drei, vier, fünf… Contaba en alemán cada daño que producía en su cuerpo la luz, que penetraba directamente traspasando el fino lienzo de su piel poco nutrida en colores. Eins, zwei, drei… Contaba cada arco y cada halo de luz traspasado, cada sonido propio de la cárcel. Eins… Entreabría sus labios, respiraba por ellos, la nariz ni siquiera le servía para seguir con vida. ¿Y si abría los ojos? Le escocían… El sol cegaba su claridad, rayaba su existencia, fulminaba, como a un vampiro, volviéndolo cenizas. Solo la delgada tela que llevaba puesta iba a protegerle durante esa larga exposición. ¿Le llevaban a la enfermería?¿Era tal vez la ducha? Oh.. ¿Era la hora de su sentencia a muerte? Un tic nervioso le hizo sonreír. Una sonrisa tan delgada, tan suave, tan breve como el paso del ser humano sobre la Tierra.


¿Es aquí? Seguro que es aquí ¿Escuchas el barullo de los guardias? Esto es una mierda, siempre están cotilleando lo que no deben ¿Por qué no ponen a gente más seria en esta cárcel? Tienen el prestigio de ser una cárcel de mariconas cotillas.- El más adulto aferró los mangos de la silla de rueda y tiró de ella solo un poco más- Empuja esa puerta.-Ordenó al joven. Acto seguido, la luz habitó desde esa sala hasta el sujeto que apretó los párpados, no era el cielo, ni era el infierno. No era cálido, tampoco frío. Solo quemaba, quemaba esa luz que tan enfurecida entraba y atravesaba su anatomía. Sus labios caían tersos y violáceos, sus extensiones relajadas y sus párpados, poco a poco dejaron ver como la lluvia penetraba en ellos, en el gris profundo. En su alma.

¿Pero acaso los demonios tenían alma?

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Ben Slarck el Jue Mayo 30, 2013 1:19 am

Los datos que tenía se entrelazaban de tal modo que no terminaban de convencerlo. Si aquel viejo policía estaba de alguna forma relacionado con la inconclusión del caso ¿Acaso había sido ese hombre quien asignó al abogado? Claramente estaban relacionados de un modo u otro. Pero, de ser así ¿con qué fin? ¿Qué podía ganar con esa ausencia de evidencias, con la inculpabilidad del acusado? Nada que Ben fuera capaz de imaginar, a no ser que el viejo funcionario policial estuviera involucrado en los asesinatos.

“Las respuestas están en el pasado” Esa frase daba vueltas en su cabeza, incesante y vacía. De momento no significaba algo relevante. ¿El pasado de quién? ¿De ese policía cuya única culpabilidad era aparecer en diversas fotos con el abogado defensor? Resultaba absurdo el quererlo vincular al caso, y aún más absurdo el querer interrogar al presidiario por el cual ahora aguardaba. ¿Qué era lo que conocía este tal Anníbal Sglavahgt sobre ese hombre de avanzada edad? ¿Qué era lo que había en el pasado en común de los dos ex militares que pudiera encaminar su búsqueda de la verdad?

La mente de Ben caminaba a mayor velocidad que los acontecimientos, le tocaba respirar y ver qué información rescataba del presidiario. Si conseguía algo ya podría seguirse cuestionando y atando cabos de lo que ahora era un acertijo. De lo contrario ya pensaría en otro plan.

Aunque, en la actualidad, todas y cada una de las preguntas que rondaban en su interior eran el menor de sus problemas. Hecho que comprobó al ver la puerta de la sala abrirse y dar paso a aquella escena.

Murmullos y pasos en la sala anexa, luego simplemente una puerta abriéndose y una silla de ruedas apareciendo, centímetro a centímetro, despacio. Las cristalinas orbes de Ben siguieron cada instante de ese breve momento, sus dientes se apretaron y su boca formuló una mueca amarga. Esa imagen decía más que mil palabras escritas en expedientes policiales. Dedicó una mirada entre interrogante y severa a los guardias ¿Qué era lo que allí le traían? Una pálida sombra, un suspiro aferrándose a los ecos de una vida que amenazaba con extinguirse. Tal impresión dejaba. Decadente y vergonzosa era la seguridad de la prisión si debían despojar de todo rastro de voluntad a un hombre para disponer de él. No… No un hombre, a quien le arrebatan la voluntad, la misma llama de la vida, no se lo podía llamar así. Y eso, eso no estaba bien. Ben necesitaba al hombre que habitaba en ese caparazón, al hombre en su más lúcida esencia, al hombre que pudiera recordar detalles de un tiempo pasado. ¿Esa necesidad era posible?

No estaba en posición de sorprenderse por las políticas de seguridad del establecimiento. Pero si le pareció irónico, tal vez, que drogaran a un interrogado, su testimonio perdía validez. Tendría mucho trabajo con el que lidiar. Meditativo, observador, indicó con un gesto a los guardias que acomodaran al recluso frente a la mesa y luego pidió a éstos también que se marchasen.

Entrelazo los dedos de sus propias manos y apoyó los antebrazos sobre la plana superficie. Hizo unos segundos de silencio mientras contemplaba a la figura frente a él. Si, contemplar… esa es la expresión exacta. Contemplar el delicado tono de piel, frágil, demasiado frágil para tan duras facciones; el oscuro cabello resaltando la palidez; y la entrega de los músculos sujetos con fiereza a la silla de ruedas. Un extraño revoltijo de sensaciones lo invadió. Las apariencias pueden ser engañosas, él debía hurgar en el interior, sacar a la luz lo que había venido a buscar. Aunque en orden para conseguirlo primero debiera remover cenizas y avivar el fuego.

Así que, Anníbal Sglavahgt ¿Puede escuchar mi voz? –fueron las primeras palabras que Ben le dedicó. En su tono no había la prepotencia ni la vulgaridad usual de los guardias. Tampoco el miedo o el recelo propio de quienes contaban historias sobre el morocho o de quienes alguna vez tuvieron la supuesta desdicha de ser objetivo de la mirada del mismo. Articulaba simplemente con una tranquila neutralidad– Mi nombre es Ben Slarck y soy oficial de asuntos internos –prosiguió con el protocolo de presentación ante los interrogados y luego tan solo volvió a callar un momento. Se manejaría con paciencia, poco a poco, dándole espacio al recluso para que se aclimatara a ese lugar. La metodología de la prisión era por lejos la menos adecuada para alguien que se presenta en busca de ayuda. Por más que estuviera tratando con un acusado de diversos crímenes, no le veía utilidad a violentarlo.

Tensionó levemente los músculos de sus brazos. Se sentía como en el último escalón de un templo piramidal, teniendo que enfrentarse a borrosas figuras para poder escalar cada tramo, para poder llegar a la cima, al dios que en ella aguardaba, a las respuestas que encontraría.

Estaría muy agradecido si pudiera recordar parte de su pasado –prosiguió hablándole, más con la esperanza de hacerlo reaccionar que de conseguir otra cosa- ¿Cree que pueda hacer eso por mí?
avatar
Ben Slarck
Asuntos Internos
Asuntos Internos


Ver perfil de usuario http://forbiddencity.freeforo.com/t921-ben-slarck

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Anníbal Sglavahgt el Lun Jun 10, 2013 12:10 pm

El redoble de unas campanas en el exterior, las nubes negras apoderándose de su imagen mental, luego otra vez luz y claridad y como un eco intermitente los gritos y los sollozos, los insultos en otro idioma, el dulce olor metalizado de la sangre y su fluidez, no había sin igual a esos pensamientos que rememoraba con los ojos abiertos, pero sin mirar, sus pupilas no presentaban ningún símbolo de reflejar la vida misma, pero él no se arrepentía por sus pecados oh… Se le erizaba el bello, el frío de los campamentos y las contiendas, la nieve adherida a su piel, el agua fría como témpanos, el último aliento de las personas sobre su piel, ah… Había tanto que recordar, tanto de qué hablar, había tanto que nombrar que ni siquiera gesticuló palabra alguna, no, nada emergió de los pálidos labios violáceos y gruesos, ni siquiera procuró moverlos ¿Hablar? ¿Sentenciarse? Oh, seguro que aquel emblemático hombre de acento extraño en su idioma no era de Alemania. Pero su perfume hablaba por él, podía trazar débiles líneas sin sentido hacia el olor del perfume que usaba y recordar cuando él se arreglaba, mágicos tiempos donde la apariencia era más que un punto importante, era un símbolo, crecía como una débil rosa, enredándose con dulces y penetrantes espinas alrededor de sus músculos apresados y pinchaba, ardía. Quemaba. Caía gota a gota, ardiente como la sangre, entre sus dedos.

Los dos guardias que habían llevado al hombre comenzaron a caminar a ambos lados, uno cerraba las persianas de las ventanas, bajándolas para que la claridad no hiciese daño a aquel hombre de tan clara piel, provocada por haber pasado durante tantos años encerrado bajo tierra. A su vez cerraba las ventanas para que el frío no se apoderase del habitáculo, desgraciadamente la calefacción no ayudaba de mucho pues la sala era bastante grande como para calentarla en poco tiempo. El otro hombre se deslizó rápido por un lateral de la sala, sólo se escuchaban las llaves de las celdas chocar contra la tela del pantalón y de pronto, se hizo la oscuridad eterna en la sala hasta que el alógeno que se situaba justo sobre ellos se encendía costosamente, primero un par de parpadeos aumentando la inquietud, siquiera el hombre recordaba la última vez que tuvo que llevar al preso junto con otros psiquiatras a aquel lugar, ese recuerdo perduraría en su mente cuando vio semejante escena tras el cristal que antes partía la mesa en dos y que podía verse cómo en la mesa aún quedaban restos, una línea que dividía la mitad de esta tan gruesa casi como un dedo y que apenas se alzaba unos 30 centímetros hacia arriba, tal vez 50, no estaba muy seguro. Corrió junto a su otro compañero cuando salieron o “entraron” atrás donde se escondían en ese cristal, ingenuos ¿Apenas pensaban que él era tan necio de no saber que estaban espiándolos? Ah… Quería oírle, esperaban ansiosos, morbosos el momento, y no había mayor satisfacción que la tortura. Pues así era el ser humano, el morbo crecía por los poros de los hombres, curiosos, expectantes, Anníbal lo olía, lo sentía, le excitaba el miedo ajeno. Sin embargo ni siquiera se había dignado a abrir los ojos, sabía dónde estaba, sabía a qué venia, ah, aquel hombre olía tan bien, inundaba sus fosas nasales atravesándole como una estaca, malacostumbrado a los hedores de las esquinas de las celdas de los pasillos u otros fluidos y sustancias que habitaban junto a él diariamente oh ¿Y el dulce olor del agua de cañerías de cobre? Ese olor, ese sabor tan similar al flujo sanguíneo.


El alógeno dejó de parpadear a los pocos instantes de que se estableciese el silencio absoluto ¿Contaría los minutos ese individuo? Abrió los ojos, desplegando los párpados cuyas ojeras se prolongaban bajo aquellos, y entonces sus pupilas casi tan grises como la misma mañana fijaron su objetivo, ese par de orbes que apenas presentaban hebras de color, solo el matiz de la soledad bajo el tan claro azul, casi translúcido al globo ocular y las remarcadas cejas que fruncidas no eran más que simples trayectos oscuros sobre el agua de sus ojos. La luz vertical destacaba sobre su rostro la nariz recta y el ligero eslabón de sus pómulos relajados, la frente lisa, la barbilla y los labios, donde la oscuridad de su cabello nacía al caer a ambos lados de su rostro y algún mechón revoltoso sobre la recta nariz tan propia y característica de su tierra natal ¿No? Su tez caría de color alguno oh, tan translúcida que casi si te fijabas bien podía vérsele las venas del color verdoso atravesarle bajo los párpados y marcársele desde el mentón al cuello sin embargo poco podía observársele desde aquel punto de vista ,donde su cuerpo maniatado sólo cubierto por la reglamentaria vestimenta de un preso de Rango C de esa cárcel Alemana. No bajó la vista de los orbes contrarios, ni un milímetro, no hasta pasado los minutos y el silencio volviese a apoderarse del lugar a excepción de los gritos de la luz que chirriaba ha desgastado y oxido. Veía en el cuanta capacidad de convección, cómo construía la fortaleza aquel rubio, su vestimenta pues ¿No era acaso la vestimenta uno de los factores comunes para saber cómo era esa persona? Era indecoros ese aroma, ahora su nariz rezumaba de él apresándolo más sus labios no se movieron, ni un milímetro, ni siquiera una bocanada de aire.

No hasta que su endurecida mirada viajó por el cuello del hombre, bordeando las hebras rubias que trazaban delgadas líneas sobre este, la clavícula, palpitante, estrechaba los ojos con cada detalle de su anatomía, su mentón regio y una nariz casi tan recta como la suya, profundos ojos, demasiada agua en ellos. Tensó los brazos, quería quitarse las muñequeras que lo sujetaban, quería delinear con sus dedos esas facciones, quería ensangrentar ese delicado porte, morder su piel. Sin embargo su pensamiento se redujo a simples deducciones caníbales que poco a poco se desvanecieron con el silencio.-- Estimado Sr. Slarck. –Pronunció suave, una voz efímera pero masculina, ensombrecida por la tosquedad de haber permanecido en silencio meses, tensos las cuerdas vocales y polvorientas. Deseaba entrelazar sus dedos como ese sujeto lo había hecho, pero lo máximo que podía hacer era aferrarlos contra sí mismo y empuñar los puños apretando los dígitos.-- ¿Qué quiere realmente saber? Me asombra que un muchacho joven y audaz pregunte algo de lo que previamente se ha informado.—El hombre de cabellos negruzcos ladeó la cabeza tan suave y sutil que sus cabellos sueltos se movieron en un compás de igual suavidad hasta terminar posándose sobre su pectoral izquierdo, él ojeaba el cristal donde se relejaba la espalda del rubio, sin embargo sus ojos querían mirar más allá de aquel.-- Tal vez a esos caballeros no les apetezca volver a escuchar tan solo una ínfima palabra mía. Y si usted quiere escuchar habrá que establecer un acuerdo para igualar condiciones en este juego…. Porque siempre hay reglas.

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Ben Slarck el Jue Jun 13, 2013 5:03 am

Esperó con calma a que el revoloteo en la sala menguara, a que una respuesta llegara. Inhalaba y exhalaba con un ritmo armónico, expectante. El extenso protocolo que giraba en torno al recluso resultaba intrigante. Y quedaba claro que la luz natural representaba un problema. Un problema…

Un tintineo, danzantes sombras, la piel blanca. Nuevamente oscuridad, nuevamente luz y la figura que ésta le mostraba. Sintió a sus propios labios entreabrirse, escaso espacio despegando la piel rojiza, movimiento que acompañaba el abrir de ojos contrario. Apertura que presenció con cuidado, que por escasas milésimas de segundos enlenteció su circulación e hipnotizó su alma. Mirada grisácea, puerta a otra dimensión.

Es perfección, humanizada perfección, frágil perfección, una ilusión.


Si, una ilusión, era la única explicación. Su visión le mostraba a un hombre diseñado con vehemente precisión, una que no era opacada por el tosco ropaje de la prisión, ni por el descuidado trato; el mismo hombre que contenía una existencia catalogada con palabras oscuras que atemorizaban a los guardias, el mismo que mantenía la mirada con firmeza, esa firmeza que fácilmente sería opacada por un simple rayo de sol. Contradicción, un enigma que en lo más profundo de su ser ansiaba descifrar, un deseo personal. Fascinación, es lo que ardía en el profundo celeste de los ojos de Ben, lo que brillaba incesante ante esa existencia frente a él.

Las marcas entre las cejas de Slarck amenazaron con hacerse visibles, con realzar un gesto severo. ¿Qué estaba pensado? Debía enfocarse únicamente en el caso, en nada más. Pestañeó sin incomodarse por el prolongado silencio, concedería tanto tiempo como fuese necesario, lo tenía claro desde el comienzo. Lo que sí llegó a despertarle un sutil estado de alerta, fue la observación de la que fue objetivo, la tensión en los músculos ajenos que no le pasó desapercibida y la voz que resonó con suavidad, voz en un alemán tan puro, hasta ahora no había escuchado nada igual.
Aquí estaba yo, preocupándome porque lo químicos que introducen en su cuerpo afectaran su capacidad –expresó con sinceridad e inclinó su torso hacia delante– Y usted me sale hablando de tratos –resopló una breve risa– Lo tomaré como una buena señal –afirmó con un gesto de complacencia. Si bien estaba acostumbrado  a realizar interrogatorios con mayor público del requerido, en esta ocasión también podría significar un problema para él mismo, el tener testigos extra en la charla– Si buscara el estilo de información que ponen en los registros, no estaría aquí –explicó tras una corta pausa- A decir verdad, esperaba que me hablara de detalles extraoficiales –Eso era precisamente lo que indicaba que más funcionarios en el interrogatorio serían un inconveniente, si llegaban rumores a oídos equivocados, de lo que estaba buscando entre esos muros, lo poco que podía encontrar allí se desvanecería. Y lo que es peor, existía la posibilidad de poner en un serio peligro al propio interrogado, no podía permitirlo. El mundo corrupto tenía mayor cantidad de redes de lo que le gustaba admitir.

¿Qué hacer al respecto? Bajó la mirada un momento, pensativo, como si se conectara a otro mundo, a su mundo policial, al mundo lógico y correcto, donde los actos y los pensamientos se mueven por estructuras y reglas predeterminadas, limpias, claras. Luego tan solo volvió a recostar la espalda sobre el respaldo de la silla y a posar su tranquila mirada sobre el de oscuro cabello.

Me parece justo que establezcamos los términos de este encuentro desde el comienzo –dijo sin tener quejas al respecto, solo se limitó a empelar un tono imparcial y a afinar sus ojos.  Los pactos necesitaban ser trazados con cuidado ya que el peso de su propia palabra lo llevaría a honrar los términos hasta el final. Luego, se incorporó con lentitud, acompañado por el efímero chirrido de la silla. Su mano derecha continuó apoyada sobre la mesa, la punta de sus dedos bordearon el costado de la misma a medida que caminaba en dirección opuesta de la que estaba. No se detuvo  hasta pararse junto a Sglavahgt. El cristal ahora reflejaba con mayor claridad a las dos figuras dentro de la sala. Infinitamente parecidas, infinitamente opuestas. La expresión de Ben  se dibujaba en su rostro con una gracia noble, disciplinada. No había enigma que descifrar en él. Lo que resaltaba a simple vista es lo que era. Como un muro, sólido, resistente, erguido con tranquila determinación, orgullo. Bastaba una rápida mirada para saber de lo que estaba hecho- Bien, es sencillo. Colabore, no haga nada estúpido –recostó la parte posterior de sus piernas a la mesa y se cruzó de brazos antes de proseguir– Y obtendrá lo que desee. Claro que, todo en su medida. Cuanto de, es cuanto recibirá. Nada más, nada menos –probablemente los guardias estuvieran algo alterados tras el cristal. Le habían advertido que no se acercara, que guardara una sana distancia, pero él, él tenía que verlo de cerca, ver el peligro que realmente podía presentar el recluso, ver hasta dónde podía confiar– ¿Qué será entonces? Lo que lo haga sentirse confortable para hablar conmigo.

Tal vez su acción fue temeraria en más de un sentido. Observarlo desde allí aumentaba los detalles que era capaz de percibir… ¿Qué debería dar a cambio? A cambio de escuchar por medio de esos labios carnosos, fríos, escuchar sobre el mundo que contenían. Por un momento no evitó imaginar lo que sería tal ser en sus días de gloria, como militar, como médico. Eso es lo que marcaba el expediente ¿verdad? ¿En algún lugar aún se encontraría esa grandeza, ese orgullo? Deseó verlo desatado, verlo caminando, ver cómo se comportaría en simples actos. ¿Qué clase de esencia cubriría los movimientos de Anníbal? Insanidad, una fortaleza menguada por los años, por el pasar del tiempo en el encierro, en la oscuridad ¿Eso es lo que debía esperar? Deseaba saberlo.

¿Por qué? ¿Por qué se le presentaban esos  deseos extraños, peculiares? Una y otra vez, fugaces y estremecedores. No todos ellos estaban estrictamente ligados al caso y eso lo llegaba a preocupar, como si escaparan a su control.
avatar
Ben Slarck
Asuntos Internos
Asuntos Internos


Ver perfil de usuario http://forbiddencity.freeforo.com/t921-ben-slarck

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Anníbal Sglavahgt el Sáb Jul 06, 2013 1:03 am

Oscilaba suavemente la tela que encubría una de las ventanas tapadas, cuyo tapiz remarcaba que llevaba bastante tiempo sin limpiarse, los bordes de la misma ventana y de las tres siguientes de ese lugar. Solo las sombras que se movían ya sugerían que cualquier observador prestase atención, sombras que ardían bajo el fulgor del único foco de luz que había en el habitáculo aunque ya no recordase o sus bordes se volvieran borrosos. La llama de esa vela se movía suave en movimientos tan sensuales que parecía que quería igualar al muchacho. Más sólo proporcionaba una luz artificial con un tono color miel a una piel tan sumamente opaca y blanquecina, bordeaba la tersidad de las jóvenes piernas del chico, subía formando hondas sobre sus muslos y trepaban por el par de glúteos aún cubiertos. La notable espalda ligeramente curvada hacia delante por el baile, el pecho tonificado que latía fuerte, acompasado a una respiración que no pasaba desapercibido por el otro hombre. Entonces la visión del que observaba sentado se vio opacada por el destellante fulgor de los ojos grisáceos del más joven, de esa tersa piel, la juventud irradiaba por los poros de su piel, cada movimiento iluminaba cada rincón de su ya experimentado cuerpo de militar curtido, le hacía la boca agua solo ver como chocaban esos cabellos sedosos y negruzcos como el ala de un cuervo contra sus propios hombros, los labios humedecidos del muchacho… Su vida entera se agrietaba para dar paso a aquel muchacho que había ascendido como el agua en un caudal abundante durante un año de lluvias. Sus ojos vagaban por ese efímero cuerpo, hipnotizado por los sublimes movimientos de las caderas del muchacho, su garganta sólo podía aguarse más, ardiente, era deseo. Era la flama  de la abstinencia la que crecía entre las telas de su pantalón verde caza bombacho por los muslos y estrechado en los gemelos…

…Der Wahnsinn…
Ese par de ojos grisáceos no dejaron ni un tramo del cuerpo de ese hombre sin recorrer, como antes, otra vez sus ojos habían reiniciado y visto cada parte que posiblemente podía habérsele escapado, pero era imposible olvidársele un tramo de la clara piel del cuello de ese hombre de cabellos rubios. O las venas que atravesaban seguramente su mentón, su garganta. Sus labios, o su nariz recta. Sus ojos no dejaban escapar ningún detalle, no. Altivos y firmes continuaron la visión hasta las pupilas clavándose en ellas como dos ardientes clavos, ni siquiera un pestañeo descansó su vista, provista de las lánguidas ojeras que repercutían en ese mirar profundo y profano del mundo actual. Cada movimiento de ese hombre era analizado simétricamente por el ex médico nazi. Palmo a palmo, falange por falange y endidura de la tela que se hacía y se deshacía en los movimientos de ese hombre. Su imaginación se disparaba entonces en mil pedazos deshaciéndose de todos los despojos mentales para dar cavidad a más ilustraciones de su pasado, tan candente. Pero la tranquilidad desfasó los movimientos de ese hombre cuando éste avanzó y propuso sentarse a tan solo varios palmos de su cuerpo y entonces el dulce perfume embriagador de ese ser perforó sus fosas nasales, adentrándose en su cerebro, azotándolo con fuerza y el impulso se vio indebido, inconcebible por la soga de su propia condena. Apretadas las muñecas y los tobillos además del abdomen contra esa silla. Apretados los puños y tensos los gemelos, endurecido el abdomen contraído por la tentación de hacer de ese hombre pedazos, de manchar sus suaves y callosas manos de falanges largos la sangre que fluía por ese opaco cuerpo nuevo. Como un artista a su musa, estrujar y apretar esa ínfima piel. El olor metalizado que debía desprender obnubilaba cualquier pensamiento sano de su cabeza, atronada de los medicamentos.


Algo más de un par de minutos de silencio para tranquilizar su consciencia de hacerlo añicos entre sus manos, del deseo de deslizar su propia nariz sobre el cuello varonil de semejante espécimen. Y que ese dulce aroma impregnase ahora toda la cavidad de su cuerpo, ansioso, aunque su templanza parase por los pies al ardiente deseo que crecía de sus entrañas. Y solo la suave sensación de su terso cabello que caía anticipado sobre su pecho opacado por esa vil tela de mala muerte. Movió los labios, entreabriéndolos, deslizando su pálida y húmeda lengua por sus propios labios para poder humedecérselos para poder proseguir con la conversación, humedeciéndoselos… Pues no quería acabar con heridas en ellos. Las palabras no querían salir de sus labios, sólo toscos gruñidos eran los que querían ocupar esa dulce tez aterciopelada bajo el más claro tono violáceo humedecido. Su garganta raspaba, ardía como el fulgor de la noche en su pleno apogeo.—Su presencia. – Sentenció al cabo de un par de minutos, suave pero directo, era el silbido de una flecha de arco acertar en el medio de la diana.—Su presencia aquí… Irrumpe mi rutina. ¿Sabe? Acostumbré a mi olfato al hedor de las paredes subterráneas y su perfume… -- Su nariz no era capaz de sacar de entre esos dos hemisferios el dulce perfume que embriagaba su cerebro, que manejaba su cuerpo, no podía olvidarlo. Era como la única droga que su mente perturbada pudiera conservar. Sus ojos incluso divagaron sobre el punto donde reunía ese perfume, como si pudiera percibir donde ese hombre echaba el líquido de colonia contra su cuerpo e incluso imaginar las palmadas de sus manos contra el cuello.—Mis recuerdos por gotas de ese perfume… Mis memorias por embriagarme de algo más sofisticado que el olor a cal de las cañerías… --Echó hacia atrás su cuerpo reposando su recta espalda sobre el respaldo mirándolo, mirándolo tan fijamente que podía clavar el par de orbes en aquellos celestes, sacar de esos iris cuanto quisiera, oh. Anhelado color, del azul del cielo ¿Pestañear? No bajo ese suave recuerdo. Volaban de las hebras del rubio las gaviotas que volvían a una imaginación paralela.


La suave fragancia que desprendía el joven de cabellos color ala de cuervo era inconfundible, tan suave y a la vez tan poco delicada, era varonil, intensa, pero frágil, y esos orbes que no quitaban ojo a sus movimientos. Las oscas manos ásperas por el tabaco y la callosidad de la guerra comenzaron a paladear la tersa piel de los muslos del hombre, dedicándose a apretar esta zona interior del muslo, cerciorándose de que era tan real, que no era efímero como un sueño, desprendía de él un calor interno que irradiaba su deseo, sus ojos desbordaban la inanidad de que lo necesitaba, adicto al militar mucho más joven que él, al hombre que empezaba con medicina. Ah… No podía más, iba a estallar la sensación de poseer semejante pieza, los movimientos del más joven militar extasiaban su mente, perturbándola, llenando la factibles deseos, pues sus ojos, desorbitados en los suaves y contundentes movimientos de las caderas del más joven no eran más que un péndulo que hipnotizaba y sonorizaba su garganta con oscos gemidos. Y los agitados sonidos que desprendía el de cabellos oscuros, esas miradas. Apretaba sus dedos contra esa piel tan tersa, tan blanca, tan impúdica. Solo la luz de aquella vela que poco a poco iba consumiéndose dejaba rastro y presencia sobre un cuerpo tan digno, el apretón de sus dedos cada vez que ejercía fuerza contra el cuerpo del practicante de medicina, empujándolo hacia su pubis. Alzándolo, arañándolo. Flagelaba con su gélida mirada sus movimientos, los analizaba.

Anníbal sonrió, por primera vez en mucho tiempo, y su sonrisa se prolongó hasta formar dos pequeños hoyos a los lados de sus gruesos labios ligeramente humedecidos, tersos, sin ningún rasguño y tras esa sonrisa una fila de dientes perfectamente alineados y blancos cual nacar aunque su sonrisa no perduró tanto, sólo la fugacidad del recuerdo que ahora asolaba su mente, que ahora perduraba como el perfume del policía… Como el deseo de un adolescente, la ansiedad y la inquietud de aquel general de inquietantes dedos.

Detrás del cristal la situación no era más que un recorrido frenético de un lado a otro, apenas a uno de los guardias le quedaban uñas para morderse y los otros dos restantes no quitaban ojo de lo que hacía Anníbal, pues por mucho que se moviese sería casi imposible que hiciera algo físicamente contra el rubio, aunque uno podía esperarse cualquier ingenio de una mente como la de aquel hombre que no paraba de maquinar ideas. Plasmándolas en bellos retratos de la realidad, en poesía suave, casi tan efímera que pareciera que esos dedos, mismos dedos que mutaron persona y trabajaron armas podría escribir semejante pureza. Uno de los guardias apoyó la mano contra el cristal oscurecido por la parte que le correspondía al interrogado, ni siquiera sabía cómo acabaría esa conversación, pensaba para sí mismo el responsable de haber permitido a ese policía interrogar a alguien así. ¿Quién en su sano juicio lo haría? ¿Pero quién conocía y dejaba de conocer a ese preso? Tantos misterios hacían de él un halo de inquietantes preguntas.

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Ben Slarck el Lun Jul 15, 2013 6:41 am

Control, calma, claro y despejado cielo estampado en la presencia del policía, manto de un interior revolucionado por el despertar de incomprensibles sensaciones y anhelos que el presidiario motivaba, sin saberlo. Precisa cordura puliendo los pensamientos, seleccionando lo de inmediata importancia y lo que debía almacenar en la oscuridad de la mente, en el palpitar del indebido ardor de su piel al ser objetivo de aquel particular gris. Ese color sensible tenía poder sobre todo lugar donde se posaba, no dudaba al respecto.

Guardaba en su memoria, con extremo cuidado, el leve reaccionar y las expresiones ajenas, trazando al mismo tiempo un plano, de a poco, que le indicaría el mejor camino a recorrer para conocer el mundo bajo la piel de Anníbal Sglavahgt.

Los reiterados silencios que abordaban el espacio y el tiempo y llenaban la sala de a momentos, le daban margen para amoldarse a la situación. De afuera podían verse como dos imponentes hombres intentando conocerse con meras miradas. No había lugar para los impulsos, voluntaria o involuntariamente se debía contener el lado propio de los mortales, lo característico de cada uno para llegar a la finalidad de ese encuentro. Al menos eso era lo que la mente de Ben trataba de hacerle creer, lo que creyó hasta que el tono alemán del presidiario volvió a quebrantar el sosiego de sus oídos.

“... Su perfume…”

Palabras osadas fueron pronunciadas ante las mentes comunes que los observaban. El terreno seguro de una negociación, de un trato, se veía profanado por un pedido que podía rozar las fronteras de la neutralidad y pasar a un plano más personal. De todos modos, si así debía ser el “juego”, que fuera, eso no incomodaba al detective de asuntos internos. Lo recalcable, lo que sacudía la mente de Ben era el hecho de poder pedir cualquier cosa que hiciera la estadía en la prisión más confortable y en lugar de ello, tan solo pedir una fragancia. Tal vez eso era justo lo que el recluso necesitaba, pero no resultaba suficiente ante los ojos de Ben, no era un trato justo.

De por si le fastidiaba la realidad de tener que mantener atada a la persona de la cual esperaba obtener ayuda, en algún lugar no demasiado profundo de su existencia, eso le molestaba cada vez a mayor grado, iba en contra de la dignidad con la que solía enfrentar sus casos. Claro, desatarlo y mantener una charla en condiciones estándar era un lujo que distaba de ser palpable.  Nadie en su sano juicio acudía a alguien de la sección psiquiátrica y espera que los imprevistos no se presenten, que se pudiera hacer uso de métodos convencionales. Y ahora esas palabras, ese mero pedido de un aroma más sofisticado, le pesaba. Desde los tiempos en los que trabajaba para derrocar a su propio padre, las maneras toscas e inhumanas no habían pasado por sus manos.

Aun así, tenía que obrar con cuidado, si el asunto era tan serio como parecía, un paso en falso y las consecuencias se mostrarían más temprano que tarde.

Mmmmh  –meditó unos escasos segundos, tiempo que duró la sonrisa ajena digna de ser recordada. Estiró uno de sus brazos hacia atrás para deslizar el expediente que minutos antes dejó sobre la mesa. Entonces, enfrentó la carpeta amarilla a Sglavahgt sin levantarla de la superficie y con el movimiento de un solo dedo empujó la tapa de la misma, dejando al descubierto parte del contenido- Puedo procurarle eso, si es lo que desea –afirmó sabiendo que no permitiría que el trato quedara cerrado ahí, pero usando el pedido de escusa para acercarse– Aunque, de momento tendrá que conformase con los que pueda inspirar en esta sala  –emprendió nuevamente el deslizamiento de sus calculados movimientos, esta vez fue a parar en la parte posterior de la silla de ruedas, cortando de ese modo el contacto directo de las miradas. Sus manos se atrevieron a enroscarse con fuerza en los mangos superiores de tal silla, tensión que acompañaba el desbordante nerviosismo de la sala anexa.  Una acción tan osada como las palabras del morocho, palabras que le permitieron dar paso a esa estrategia– Respire profundo… -bajó la mirada del cristal y se mantuvo atento a cualquier indicio de movimiento contrario. Su cuerpo se inclinó al mismo compás, unos centímetros sobre el recluso, lo suficiente para que las siguientes palabras que salieran de su propia boca solo fueran escuchadas por Anníbal– Mire el expediente, ¿recuerda a alguno de esos hombres? –cuestionó con la voz ronca, en tono bajo. Hacía referencia a una foto que sobresalía bajo los papeles de informes, la misma foto que lo llevó hasta ese oscuro lugar, la misma en la que aparecía un joven Sglavahgt junto al ex militar que deseaba investigar. Era una foto vieja, escaneada y luego reimpresa, su calidad no destacaba, pero con un poco de maña se distinguía a los integrantes de la misma. Seguramente era una de esas fotos que se hubiera perdido en el olvido y que fue rescatada de ese destino cuando se recolectaron todos los datos de la pasada y siniestra época alemana.

La parte buena era que, con algo de suerte esperaba que la atención de los guardias fuera puesta únicamente sobre el peligroso accionar del policía y no en lo que estaba sobre la mesa. Nadie necesitaba sobre quién venía a preguntar, toda precaución era necesaria. Si la respuesta era afirmativa, buscaría la forma de que tuvieran un ambiente privado para hablar.

La parte mala constaba de dos partes. Primero, estaban muy cerca, demasiado. Quemaba a su sentido visual, corrompía su integridad a un nivel que realmente escapaba a su control. Un sentimiento que fluía como corren las piedras en el fondo del río, nadie lo ve pero, pasa, es real. Y segundo, nada le garantizaba que ese ser de oscuro cabello cayendo igual a un torrente, fuera a colaborar con él en esa jugada o de que siquiera recordara al general. Debía asegurarse de que nada saliera mal, de que su oferta era suficientemente tentadora para garantizar la ayuda de Anníbal. ¿Sería posible? Tal vez, el asunto requería que primero averiguara lo que deseaba el mismo más allá de todo, algo a lo que no pudiera negarse.

Cualquier cosa que recuerde, puede ser de vital importancia –susurró. En un interrogatorio jamás se debía admitir que la información que el interrogado fuera capaz de aportar, era esencial. ¿El motivo? Simple, una cuestión de ventajas. Los policías conseguían lo que fuera necesario de aquellos castigados por la ley, nadie los culparía de los métodos que usaran siempre y cuando obtuvieran resultados. El asunto es que Ben era un caso diferente, no tenía inconvenientes en admitir cuánto dependía de lo que pudiera aportar el recluso a su investigación, de pagar lo justo por ello– Mírelos detenidamente… y permítame saber lo que sabe.

Un dorado mechón de cabello se resbaló por su hombro y el largo del mismo y la inclinación de su cuerpo permitió que cayera sobre el hombro impropio. La más mínima reacción violenta por parte de Sglavahgt o un avance más intenso de su intromisión al espacio personal del susodicho, y los guardias entrarían a la sala. Algo que no le convenía, pero, estaba apostando al éxito de la decisión de su actuar.
avatar
Ben Slarck
Asuntos Internos
Asuntos Internos


Ver perfil de usuario http://forbiddencity.freeforo.com/t921-ben-slarck

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Anníbal Sglavahgt el Dom Sep 15, 2013 11:34 pm

Y acaso esperar más de alguien que solo procuraría sacar para su beneficio, esperar algo como esperaban las princesas de los castillos, a esos caballeros sonados que iban en busca de la gloria y las hermosas sonrisas que podía proporcionar una dama… Esperar… Esperar. Esa palabra cimbraba en los oídos del recluso aportándole esa serenidad exterior, más en su propio cuerpo se cernían los escalofríos que proporcionaba la visita, el crudo viento helado que reforzaba la frialdad del hierro de la silla, apresándole carne contra acero. Solo  dejaba cavidad para la mente, lo demás era secreto, lo demás era oculto sueño bajo la capa de destellos plateados de la propia piel terciopelada que se movía al latir, en un cuerpo vacío. Se volvía tan efímero como el dulce color del atardecer, al que años atrás había dejado atrás, el dulce embriagador perfume del océano acariciándole las mejillas, ese niño que corría sujetando el hilo de pescar de una cometa mientras se mecía en el aire, y el flequillo denso y negro chocaba contra su frente… El redoble de las campanas de sus recuerdos mecían un réquiem para sus recuerdos, para ese cuerpo que perecía día tras día, alocado sentimiento que surgía por los poros del mármol de su piel. Todo rastro de atardecer borrado de la existencia banal en un tramo de piel, descubierta por el movimiento de los impulsos de su brazo al querer liberarse de lo que le dañaba las muñecas, pues, el acero se clavaba en ellas, cortándole la circulación y solo el simple cosquilleo de las gotas de sangre querían hacerle sentir desde las yemas de los dedos. Pues su mente abarcaba paraísos que no estaban vistos de ninguna frontera, podía alcanzar a acariciar con las yemas de los dedos el césped crecido de una ladera de una colina fuera de cualquier ciudad y sentir como el rocío de las hojas se impregnaba entre sus dedos.  El retorno de los sentidos sobre la pared abovedada de su cárcel interior, de oscuro papel para la pared, algo gastado ya, cuyos rincones se volvían oscuros tal vez, de la falta de limpieza, la mesa de metal con cierto aspecto a madera y el cristal del fondo que no era más que el reflejo de ambas almas que trepaban sobre los ojos de las personas que no creían en el destino.. ¿Y acaso él creía? Escupía su suerte, pateaba  la poca humanidad que se aferraba a sus doloridos huesos, su piel, desgastada.

No eran miradas lo que sentía sobre su piel ¿Miradas? Recordaba un brillo cuando una persona miraba, pero el personal de aquella cárcel sólo usaba la oscuridad de su interior para sacar y hacer el trabajo rutinario, el diario de las pastillas que curtían y envenenaban una y otra vez, cada seis horas, volviéndose tenuemente tedioso bajo la absorta sensación de lo que seguramente algunos dirían a las afueras, los medios, un asesino que creía hacer el bien por su patria es condenado a muerte lenta, dolorosamente, todos los días de su vida.  Bajo la piel… Sólo había secretos, sólo había bellas palabras  y blasfemias. Bajo la piel sólo había huesos desgastados y un corazón que esforzaba su ritmo por latir, bajo la capa oscura de los analgésicos que apagaban los gritos de un ser reprimido, acostumbrado. Ahhh… Echó hacia un lado la cabeza, demasiados recuerdos de personas, demasiadas caras, sonrisas ambiciosas, tantos gestos que contar…  ¿Qué debía sentir al ver la oscuridad de la fotografía? Los arcos de piedra del fondo, que acompañaban a las primeras cañerías del edificio, sobresalían de la fachada y caían justo al lado de unos barrotes de una ventana, donde no había miradas. Reverencias a los secretos, por cada piedra colocada. En medio de esa fotografía, con una sonrisa suave y sutil, un muchacho joven cuyo cabello negro quedaba recogido en una coleta cuyos cabellos negros, como el ala de un cuervo, como la oscuridad del retrato, caían sobre su hombro derecho, su posición era bastante neutral, hombros relajados, mano derecha apoyada tras la espalda de aquel hombre… Aquel general… Lo demás no importaba, lo demás era solo una brisa de viento que traía tabaco y con una mano podía desaparecer. Los demás rostros eran insignificantes, como el moho que había crecido entre las separaciones de la roca de las vigas, los arcos de la entrada. Podía volver a sentir esa brisa, ese día que había sido un buen día laboral, que todo había fluido como debía y solo el dulce olor a muerte a sus espaldas, los gritos desesperados, pero no solo reclusos pues también había soldados a uno de los lados del edificio, soldados heridos de la post guerra que buscaban soluciones con médicos experimentales.

El amor, perdido, entre la niebla y las malas intenciones había quedado olvidado a un par de manos cubiertas tras la espalda, un semblante serio y decidido. No había sonrisas en su rostro, no había expresiones, ni  siquiera un puñado de gestos de olvido ante tales actos rememorarles en la historia de la intimidad, de ambos, el sediento sexo, las grietas de los gemidos quedaban obsoletos, roncos del polvo que encerraba la voluntad del alemán de ojos del color de las nubes. No había cavidad para esa foto, no había principio para el olvido del pasado, ni siquiera los remordimientos tenían cavidad en el corazón marchito del apresado hombre de voluntades escasas. Todo lo encubierto había quedado adaptado a un simple rango, a una palabra que derivaría el estado de su salud mental y era cierto, aún faltaba un rato para que esos ataques, provocados por las pastillas, volvieran a aparecer, a quedar reducido a una nimidad de sensaciones experimentales muy desagradables y es que no podía evitar mirar aquella fotografía y recordar todo lo que había sido de su extraña vida.

La incoherencia llevó a la acción y la acción a un severo pero curioso movimiento que guió los dulces labios amoratados y gruesos del recluso a rozar con ellos el perfil de la piel de la oreja que ese hombre, candente, aterciopelado movimiento reducido a una acción tan leve como  preparada, premeditada. Ese par de trozos de piel curtidas en la seda más cara de la India, tejidas, bordados por manos de coleccionistas de mil texturas para acariciar, el resurgir de las palabras de entre esos labios efímeros, que no eran propios de un simple mortal, sólo un roce más para acentuar la fascinante sensación del chocar del perfume personal contra sí mismo, no necesitaba más en aquella vida, después de aquel embriagador hombre, de la dulce cortina de los cabellos dorados cual destello solar, un soplido, un suspiro, una única palabra que destacar desde el idioma profundo de la atracción.—Si tan solo dijese cualquier recuerdo de aquel hombre que señala a mi lado… Bastaría para torturarme  un tercio más de vida por ser médico experimentado en milicia e investigación y desarrollo… Si tan solo le dijese… Qué recuerdos tengo con él… Bastaría para que usted dejase de… Acercarse a mí.—Un susurro sutil, frecuente, en unas cuerdas vocales en desuso, unas cuerdas vocales de ronco parecer que susurraban a la luna, al sol poniente de aquella tarde cuyos rayos se filtraban, leves, entre las rendijas agrietadas de la sala.—Tan joven… Tantas esperanzas… Todo se conseguía con un par de movimientos que pudieran obnubilar su distraída mente, Slarck… --Hizo una pasa antes de seguir, tragar saliva, aclararse la garganta y alejarse de la tenue fragancia que poco a poco volvía loco su cordura.—Los demás… Son simples recuerdos, retazos de algo que obviamente luchó por permanecer… Hasta ahora, sólo recuerdo a ese monje o cura. Como único sobreviviente… --Pues él ya estaba muerto. Murió el día en el que comenzaron a envenenarle, dosis tras dosis… Día tras día.

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Ben Slarck el Dom Oct 06, 2013 6:56 am

¿Alguna vez han sentido algo extraño y confuso al mirar a alguien? Ese momento en el que tiembla la piel y pecho palpita en un caótico ritmo, ese momento en el que uno mismo no se entiende, pero muy, muy en el fondo sabe que hay algo mal en lo que observa, que no debería ser del modo en que es, por muy justo que parezcan ser los mantos que adornan esa visión. Acaso era, ¿compasión?... Ben había encontrado su vocación en el servicio a la comunidad, en velar por el bien de las personas, aunque fuera algo indirectamente, y todo tipo de actos que atentaran contra la integridad de un individuo le resultaban repudiables. Y sin duda la pena de muerte le parecía un disparate.

Anníbal, nacido en un tiempo oscuro y violento, acusado de tantos crímenes, pero todavía era humano, y lo seguiría siendo ante los ojos del policía hasta el día en que dejara de respirar, por mucho que el personal de la prisión se empeñara en adueñarse de la voluntad del interno y exprimir cada posible sentimiento que pudiera experimentar, mancillar lo que sea que quedara.

Anníbal, Anníbal… guerrero de un terrible reino, condenado al tedio de una rutina carente de libertad, a ver su vida desvanecerse hacia un final inevitable. Opresión, es lo que experimentaba el pecho del rubio al ver la magnificencia de aquellos ojos de nube cargando con semejante destino. Digamos la verdad, treinta y dos años parecía un tiempo muy miserable como para cortar una vida, para condenarla. ¿No podía existir una segunda oportunidad? Ay, Ben, Ben, ¿Qué te hacía preguntártelo? Que tu orgullo sepa que no eras inmune al encanto natural del recluso, que un interés irracional se te había despertado por Anníbal desde el primero momento en que sus miradas se cruzaron, sin importar las escusas que quieras inventarte para justificar esa inmensa atracción.

Así era, una silenciosa y ardiente atracción amenazaba con interferir en el juicio del policía. Ahh… ¡esos labios, ese roce en la piel! Tuvo que apretar los dientes con fuerza y regular la respiración para mantener la neutralidad de su rostro ante el leve contacto. La vida debía tener un extraño sentido del humor, deleitarse tanto por algo tan ínfimo, justo él… le era demasiado impropio el rugir de sus propios sentidos, reclamando, ¡reclamando! ¡Ni siquiera podía recordar la última vez  que su sentir había entrado en el campo de juego! Cuando uno pasa demasiado tiempo siendo como un autómata, como una máquina de trabajo limpio y preciso, lo que escapa al control de la mente golpea con mayor potencia.

Escuchó atentamente el susurro que profesaba la voz alemana, cada simple palabra, y aguardó, pensó, calculó. Eso era exacto lo que buscaba oír, la confirmación de que en la mente del recluso podían existir las respuestas que buscaba. Que conociera y recordara a los hombres de la fotografía, resultaba el suficiente dato como para intentar buscar en el pasado de ese hombre.

Enderezó su cuerpo y permitió que el aire llegara a sus pulmones con lentitud,  sin duda necesitaba la frescura del aire. Luego atrajo la silla en la que antes había estado sentado y colocándola mirando al de cabello como la noche, junto a éste, se sentó en ella. Con las cejas apenas levantadas y los ojos abiertos con cristalina transparencia, buscó la mirada ajena.

Lamento pedirle que recuerde, pero lo necesito en este caso –expresó con un tono considerado– Con lo que me dice, puedo anhelar un poco de luz a mi problema –agregó con sinceridad– No hace falta que diga más, de momento –o más que no hacer falta, lo recomendable es que no dijera más, no ante “publico”– Continuaremos hablando cuando consiga una situación de mayor comodidad –y privacidad, pero esto último no lo dijo, era consciente de que esas paredes poseían varios oídos, y no solo de los oficiales de la prisión. Desgraciadamente, la venta de información encabezaba la lista de negocios más rentables de los tiempos que corrían– Y le aseguro que no me alejaré, Sglavahgt, diga lo que diga. Pues, para eso estoy aquí, para escucharlo –aseveró mientras apoyaba el antebrazo izquierdo en la mesa. La conciencia del espacio personal de Ben no destacaba, incluso en una escena como esa y sobre todo cuando su mente era invadida por varios pensamientos a la vez. Entre ellos destaca el que daba vueltas a las palabras de este hombre, ¿qué clase de pasado compartían los ex militares? Tantas preguntas que se le erizaba la piel. Es que ¿compartían ESA clase de pasado? No estaba muy seguro de querer sacar esa conclusión.

Los minutos se gastaban con preocupante rapidez, uno tras otro hasta formar una cantidad inesperada de tiempo. La noche no tardaría en caer, en cubrir con su infinita oscuridad las ideas que surcaban la mente del policía. Básicamente éstas trataban en cómo conseguir una visita en la propia celda del recluso, sin entrar a la misma obviamente, en cómo eludir la medicación que le administraban a Anníbal, entre otras cosas. Tenía mucho trabajo que hacer antes de que el día terminara, preparación para el mañana.

Espero que no suponga un problema para usted, que yo regrese mañana –inquirió con suavidad y bajó la mirada hacia el frío metal que estrujaba las muñecas del otro– Sin esto de por medio –murmuró roncamente. Tal vez, próximamente se debería disculparse con Sglavahgt por ser el causante de que lo trajeran a ese lugar, de que lo sacaran de su celda y lo sujetaran sin ninguna consideración a una silla. Pero, ¡que las palabras se las llevara el viento! Más que disculparse, debía enmendar el daño, y eso era algo que estaba en posición de hacer, al menos si llegaba a un “acuerdo” con los guardias con simples “tratos” de beneficios. No vendría el día en que Ben volviera al mundo de la corrupción, pero casos especiales requerían medidas un poco más extraoficiales.

Siempre está esa persona con la cual se puede hablar y que ésta mueva los hilos adecuados para que, por ejemplo, el encargado de administrar los medicamentos se “confunda accidentalmente” y le de los medicamentos de un preso a otro. La idea lo asqueaba, pero, incluso en una prisión como la de Steinburg, todo era posible y que mintiera el que dijera lo contrario. ¿A quién se intenta engañar? La corrupción siempre encuentra lugar, sin importar la parte del mundo en la que se esté.

Como sea, primero lo primero, y primero debía lidiar con la forma en que se había quedado mirando la piel ajena, esa blancura enfermizamente perfecta, con la forma en que sus ojos subieron desde la mal tratada muñeca por el brazo hasta el pecho y el cuello, y como siguió desde el mentón a los labios hasta volver a encontrar aquel par de ojos tan intensos. La mano derecha del policía se levantó en un suave gesto y sosteniendo entre dos largos dedos a uno de los oscuros mechones de cabello que caía sobre el rostro de Anníbal, los llevó hacia atrás para engancharlos con delicadeza en la oreja del mismo. Es que ¿estaba tan absorto en sus ideas que no controlaba sus propios actos? ¿Qué cavidad existía para un acto semejante?

¿Qué me dice? –su camisa azul se plegaba en las mangas por la posición, los primeros botones desprendidos dejaban que esa tela hiciera un juego sinuoso sobre el pecho de Ben, un juego que acompañaba la misma danza de colores en su iris– ¿Mañana podremos seguir con nuestra charla?

¿Creen que el azul del océano en sus ojos podría abrazar y comprender  los recuerdos de Anníbal?
avatar
Ben Slarck
Asuntos Internos
Asuntos Internos


Ver perfil de usuario http://forbiddencity.freeforo.com/t921-ben-slarck

Volver arriba Ir abajo

Re: Bajo su piel [Priv. Anníbal]

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.