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Hier kommt die Sonne

Mensaje por Nivam Salvglhad el Sáb Mar 23, 2013 1:57 pm

Latía él ¿O latía su corazón? La música de los grandes altavoces podía escucharse hasta en el asfalto. Los cristales rotos en el suelo retumbaban al son de semejante música que pedía a esas personas, las reclamaba, invitándolas a pasar dentro del local bajo el reclamo de bebidas gratuitas y paquetes de cocaína en los bolsillos. Los coches se veían como meros bultos en la oscuridad, bultos que podían transformarse en sombras malditas y maltrechas para aquellos que llevaban más de dos copas, sin embargo él seguía en pie allí, en mitad del asfalto ¿Qué pensarían de él? De ese pelirrojo que, pisaba cristales rompiéndolos con la punta de metal de las botas negras. Porque todo se movía tan lento a su alrededor y él era el único que llegaba a darse cuenta, esas personas, las que pasaban por su lado, parecían tan amenas y felices, saltaban, se notaba el vibrar de su cuerpo al chocar contra el asfalto manchado de sangre, vómito y licor ¿Es que nadie iba a buscarle? ¿Nadie tomaría de la mano? ¿O lo llevaría a casa? ¿Por qué tenía envidia? Tal vez sólo estaba confuso, tal vez…  Esa era una jodida noche fría y no había nada más que hacer, no sabía qué hacer con su jodida vida, no tenía a nadie que esperar y nadie esperaría por el… ¿Sentía celos? Sentía celos por esas personas que tenían a alguien. Lo odiaba, lo odiaba tanto… El viento parecía que era el único que quería acariciarle con cariño, el único que movía su rojizo cabello sobre la chupa de cuero. ¡Estaba realmente jodido si seguía pensando así! Estaba acabado si no llegaba a acallar esos pensamientos tan crueles, esas miradas clavándose en su nuca como pequeñas agujas, penetrando su piel, haciendo grietas en cada tramo de su aterciopelada tez.

El destino que cernía sobre el chico marcó sus pasos hacia delante, hacia todo lo que quería hacer  y no había hecho, hacia esa maldita discoteca que irradiaba el asqueroso hedor a sudor y perfume barato de cualquier loca que vagase por esos lares, la adrenalina de las peleas que evaporaban así hacia arriba, del suelo, las anfetaminas y su característico sabor dilatando las pupilas de las personas. Personas que se agrupaban en la puerta en dirección hacia el interior, pasando a esos grandes hombres que protegían la puerta de cualquier mal que sucediera en el establecimiento, las peleas a lo mejor si no eran concertadas no estaban bien vistas  y él, un Bullet en mitad de algo que podía proporcionarle algo más que una paliza dentro si le reconocían ¿Pero quién iba a hacerlo? Si era francotirador. Sería muy mal francotirador si se dejase ver por cualquier mindundi, su reputación caería en picado. Suaves movimientos de cadera bajo un espiral marcado, sus glúteos torneados y endurecidos se marcaban en la tela ajustada de color negro que brillaba dejando su fulgor bajo la suave estela dorada de las luces, así como su esculpida espalda a cincel se veía marcada por la transparencia de la camisa, por detrás podía verse la insinuación y la provocación de los movimientos marcados por él, deseoso ser. No bastó con apartar a las personas para dejarle pasar hacia el interior, un simple guiño del ojo a uno de esos grandullones ya le proporcionaría algo con qué entretenerse esa noche. Si es que merecía la pena sujetar el falo de dicha persona porque él tenía una preferencia clara y por el bulto tenue de ese pantalón seguramente tendría que escapar de alguna forma por la puerta trasera para no ser arrastrado por semejante mastodonte.

El humo de la discoteca junto con el vapor y el olor a licor chocó contra sus fosas nasales que, pronto acabaron enrojecidas como sus pómulos pero solo fue una tenue proyección de lo que era esa especie de cámara de gas que trataba de dar efecto a los movimientos de las personas en la pista de baile. Los cuerpos se veían como sombras sedientas de algo más que una simple cerveza espumosa, sedientos de sexo, sedientos de semen, sedientos de droga. Daba tanto asco desde fuera que su primera reacción fue una mueca bastante irregular ¿Qué coño le pasaba? A él le gustaba ese ambiente, le gustaba el sudor, le gustaba el olor del hombre contra su piel así como los guturales y los gemidos. Sacudió la cabeza, al menos había un ventilador que refrescaba el ambiente y no lo cargaba de otras sustancias como el humo de los puros y de los porros. A medida que comenzó a dar pasos, se abría a un nuevo mundo, primero visualizó a las personas que se magreaban en las esquinas oscuras de la discoteca y otras que simplemente se tocaban en la pista sin más, con el morbo de las mil personas que seguramente se tocaban mirándolas, como una escala trófica. Y Aquel pelirrojo vagaba entre los escombros que dejaban esas personas, solitarias apoyadas en la barra en busca de una pareja alcohólica que compartiese las penas de esas personas que habían perdido a su pareja por un fresco. Como él. Sonrió. ¿A cuántas parejas habría roto ya? Avanzaba sin avanzar hacia algún lado sin rumbo hacia los colores que había en la pista, las personas, chocaban unas con otras pero él tenía la sensación de que nadie rozaba consigo.
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Re: Hier kommt die Sonne

Mensaje por Invitado el Lun Jul 01, 2013 3:41 pm

La obscuridad era abrumadora entre los ásperos muros de ladrillo que cercaban el camino del ex militar, agente de policía desde hacía unos pocos años, quien como tal, estaba habituado a recorrer ese tipo de lugares de mala muerte, donde la gente decente no se atrevería a pasar ni siquiera de día, y que solían ser el escenario en las historias de horror que los padres contaban a sus hijos e hijas, para disuadirlos de la vida en las calles y terminar como tantos pandilleros. Ficciones o no, Raymond entendía, sabía el por qué de tantas leyendas urbanas, que muchas veces eran una cruda verdad.

Pero él, ese hombre amaestrado por las vivencias que cabían en sus cuarenta y un años, estaba más allá del bien y el mal, había visto al diablo huir con tan sólo escuchar sus pesadas botas en marcha, casi del mismo modo cómo se replegó un trío de jóvenes que se habían ocultado en la sombra del callejón con el fin de drogarse, y tal vez olvidar por qué ellos habían elegido no obedecer a sus padres. En todo caso, esos hombres, tan jóvenes y tan expertos en los vicios, reconocieron la autoridad de la mole enfundada en una sencilla chaqueta de mezclilla gruesa, y ocultaron las manos al mismo tiempo que querían ser invisibles. Parece que les funcionó, porque el oficial pasó de largo hasta doblar en la siguiente esquina, donde por fin las luminarias públicas le indicaron un camino más apto hacia el placer.

Al par de minutos, las luces neón y las ligeras ondas sonoras en el aire le avisaron que había llegado al destino de esa noche. Ascendió unos cuántos peldaños y ahí, entre un elegante y gran marco de acceso, y él, se encontraba un sujeto con quien bien podía rivalizar en volumen y actitud. Sin decir nada, Katz levantó ligeramente los brazos a los costados, permitiendo que el guardia comenzara a palparlo desde el pecho y oblicuos, hasta los muslos y glúteos, sin embargo, el mismo gorila se pausó un momento para tentar algo que le llamase la atención detrás del bolsillo frontal derecho. Las miradas se cruzaron serias un instante, pero casi de inmediato una sonrisa bufona le restó rigidez al gesto del servidor público. Fue todo lo que se necesitó para que el “puerta” se incorporara y le dejara pasar sin más demora; no había armas.

Adentro, una nueva penumbra lo recibió, sólo que esta vez el fuego de los habernos fulguraba con diversos tonos violeta, verdes, rojos y amarillos, que por momentos se instalaban en los rostros de los condenados que acostumbrados, tal vez, a la “tortura”, danzaban en sus ritos o se retorcían gimiendo en parejas por algunos rincones. No le extrañaría que de pronto el fuego se desbordara, si una imprudente chispa alcanzaba las substancias etílicas que su entrenado olfato detectaba, y que a la vez, fue un llamado hacia su propia tentación de pecar. Nadó entre el mar de gente, ignorando a la mayoría, aunque no fue tan impasible como para no notar al par de “señoritas” que se deshacían a besos contra un muro, mientras sus manos se anticipaban a sus bocas, al acariciar furtivamente los delicados apéndices que entre las piernas les palpitaban. Alguna vez él tuvo “novias” así cuando era joven, pero los gustos cambian, ahora no podría volver a tumbarse junto a pétalos tan delicados, pues tenía consciencia después de todo, y no querría volver a deshojar flores en botón. No, él necesitaba de una enredadera verde, resistente, pero fresca, ya que él no podía ofrecer lo mismo… era madera para hoguera. Pero tal vez luego, tal vez luego, ahora estaba buscando otra cosa.

―Uno doble ―ordenó hosco al primer barman que vio al llegar ante la barra―. A un lado ―y echó a un sujeto que estaba sentado a su derecha, donde ya no había espacio vital para ninguno; se trataba de un rubio que intentó con la mirada defender su territorio, pero no fue competencia para la que recibió severamente del “soldado americano”―. Soy policía… ―si fue convincente o no, no importaba, él ganó.

―¿De qué bebida señor? ―el hombre de la barra optó por lo casual para mantener la paz.

―Lo que sea, sorpréndeme ―aunque no lo pareciera, fue amable y hasta sonrió mientras se acomodaba en el banquillo.

El trago fue elegido ante su vista y preparado velozmente por el empleado, quien fue hábil al echar un ojo al hecho y otro al visitante.

―Policía, ¿uh? ―sirvió el grueso vaso con whisky y usó su tono más neutral para no alertar a nadie―. ¿Necesita información… ayuda de algún tipo?

Katz tomó el recipiente cristalino con esas clásicas hendiduras talladas en torno a la base y simplemente dio un trago con el que consumió todo el contenido en tan sólo un parpadeo. Negó con la cabeza en respuesta y volvió a poner el vaso sobre la barra.

―Ayuda para ponerme ebrio nada más. No estoy en servicio ―no le importó tener más conversación, sólo que se le sirviera nuevamente, así que se giró lo que le fue posible para distraer la mirada en las oleadas de condenados que allí se reunían por voluntad propia.
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