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Diamonds in the sky.

Mensaje por Erick Blackwell el Vie Mar 01, 2013 8:38 pm

Y sin saber por qué sus pies le habían conducido a ese lugar, entre el incesable resplandor de la niebla, entre la nieve que azotaba con frío irremediable los tobillos cubiertos por el pantalón de satén bien planchado y preparado, que suave caía por encima de los zapatos que apartaban la nieve de sus hormas . ¿Qué hacía allí? Cuestionó su conciencia ¿Qué demonios hacía allí? Esa niebla que cubría el exterior de las lápidas en forma de cruz circulares o simplemente llanas, las flores pudrirse recostadas en las lápidas inscritas, el incienso las velas y el olor a setos recién regado. ¿Era un consuelo necesitar apenas un momento de descanso para su alocada percepción de la realidad? Era tan solo... Un reclamo a su cordura para seguir manteniéndose, las puertas a la vida de los muertos congelaba su piel caliente, las puertas al otro mundo lograban profundizar escalofríos sobre su consistencia, y asimismo, él asfixiaba la tentación de querer salir corriendo con los pasos decididos sobre el pavimento nevado. De frente una estatua que enfocaba un ente angelical, señalaba, melancólico que lloraba la pérdida de alguien sin embargo estaba solo en dicha posición… Ah, esos artistas que querían reflejar cómo los ángeles necesitaban compañía. ¿No estaba acompañado por los espíritus que rondaban las fosas comunes? ¿No estaba acompañado por los miles de niños que yacían de la guerra en pequeños ataúdes? Ah, era todo tan siniestro y él era tal vez, una de las pocas veces que acudía al cementerio para, tal vez, tratar de encontrarse consigo mismo mientras charlaba sobre cómo le iba la vida con el padre que forjó cuando le sacaron del orfanato con sus mejores sonrisas protectoras. Los pasillos interminables colmados de miles de nichos apilados uno tras otro, dos, tres de la misma familia con fotos espantosas que caracterizaban al cadáver que se hallaba dentro, tantos colores de mármol, tantas lúgubres presencias y él sólo podía sentir y pensar ¿Eso era lo que estos difuntos querían? Sus pasos resonaban en la soledad y el eco perturbador que se elevaba sobre los pasillos de los miles y miles de nichos y árboles cipreses en columna uno tras otro como los chicos que hacían la milicia y precipitaban las órdenes perfectamente colocadas en orden de tal vez estatura o edad. ¡Solo les faltaba que les colocasen una pegatina con un código de barras!

Las rosas que llevaba en la mano, empaquetada con un débil papel o un plástico realmente fino desprendían en su aroma el esplendor de esas pequeñas cosas que hacían al mundo algo más habitable, esos pequeños detalles que las personas pasaban desapercibidas, esos pequeños detalles que solían gustar más que las sorpresas inesperadas (O eso era lo que pensaba el hombre de parche negro) Rosas que significaban amor y eternidad, rosas para el hombre que le salvó del hastío y que orgulloso llamaba padre. Pero su mala memoria apenas podía recordar que, exactamente, cuál era el sitio donde su madre le había enterrado. ¡Por qué todas las galerías se parecían tanto! ¡Por qué no ponían nombres a los pasillos de los nichos para poder al menos recordar cual era! Aquel cementerio de atracciones y morbo reunidas entre los escombros y los esqueletos se alzaba una imponente iglesia de bloques de piedra de granito, tal vez, debido a su color gris, tal vez solo piedra con pigmentos maquillada con el musgo de la humedad, los hongos y las prolongadas raíces del plantío exuberante ¿Una iglesia en mitad de campo santo? Extraño, juraría no haberla visto en sus años, sus largos 32 años consciente. Apretó el ramo contra su pecho con hastío esperando, hallar una suma respuesta para entregar justo a tiempo el presente de jugoso color rojizo que coloreaban el día acompañado, gris blanco y negro junto las bandadas de los cuervos depositados sobre el tejdo hundido de la iglesia ¿Estaría perdida en medio de la nada y el todo? ¿Estaría tan perdida como él o era una simple ilusión de tratar de buscar un sitio? Su sitio en la sociedad. La soledad se cernía sobre él como una pedrería que jugaba a ser eficiente sobre un cuello femenino y su inseguridad curiosa le hizo avanzar varios pasos hasta, hallarse frente a la puerta de madera tan brusca y ruda, afilada y vieja que el moho permitía colarse entre los poros de la madera. Apenas remangó la camisa de la muñeca de la mano que dejó de sostener el ramo de rosas para, reposar las hermosas sobre sólo una única mano y, tan fiel a sus intenciones, apertó las yemas de los dedos sobre la puerta la cual, inocente, empujó hacia dentro. El sonido provocó espasmos en su organismo, chirriante, atronador. Insólito el sonido que emitió junto con el raudo de las palomas aletear y depender de uno de los pavimentos sueltos que apenas cubrían el grisáceo cielo amenazador.
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Re: Diamonds in the sky.

Mensaje por Invitado el Miér Mar 27, 2013 1:19 am

A veces se preguntaba por qué le costaba tanto decir "no" a un trabajo de mierda como el que estaba haciendo en aquel momento. ¿A quién demonios se le ocurría olvidarse una tarjeta de visita comprometedora en un lugar como aquel? Tsk, y más con el frío que hacía, que moría de ganas de encontrar el dichoso papel y marcharse a su apartamento, envolverse cual gusano de seda en una manta y no salir de allí en... buff, ni para madrugar para ir a las prácticas, qué pereza le daba siquiera respirar cuando las temperaturas eran tan bajas...

Ennis suspiró, sonando levemente su eco en el silencio.

En fin, todo fuera para embolsarse una buena cantidad de euros y ganarse otro cliente habitual o, al menos, una buena reputación en su negocio clandestino.

Terminó de recorrer la nave central para voltear a la derecha al llegar al crucero, siendo llevado por sus botines marrones de montaña hasta unos de los pasillos laterales del transepto.

Ahí tuvo que encender la linterna porque el sol ya no alcanzaba a llegar bajo aquel pasillo de arcadas y sus ojos verdes miraron con gesto aburrido pero atento los rincones del suelo. Debía de haber alguna grieta en la pared porque sentía una pequeña corriente tremendamente molesta y como acto reflejo, se subió el cuello de la parka verde caqui que llevaba.

Pero aun así, parecía que el frío lo tuviera metido en el cuerpo, por lo que no pudo aguantar más y sujetó la pequeña linterna con la boca, ahogando un escalofrío temblón en su anatomía mientras se frotaba con insistencia las manos enguantadas en unos mitones de lana oscuros, como el azul de sus vaqueros desgastados.

¡Oh, ahí estaba!

Dio la casualidad que el haz de luz iluminó justamente lo que parecía el picudo saliente de algo justo debajo del reclinatorio anexo al confesionario, por lo que volvió a sostener la linterna con una mano y apuntó hacia el lugar mientras se acercaba, agachándose a continuación.

Alargando la mano, dejó caer la yema de su índice sobre la puntita de aquello y lo arrastró hacia sí con esperanzas porque cedía. Sus cejas se alzaron y su perpetua sonrisa fruto de la genética hizo que sus comisuras se alargasen cual boca de Gato de Cheshire al comprobar que hoy iba a ser un chico con suerte.

Llena de polvo y más pisoteada que otra cosa, la dichosa tarjetita que buscaba le dio la bienvenida con su tipografía casi ilegible pero aun así, la levantó y examinó cuidadosamente para evitar equivocaciones.

Sí, era esa, ¡hora de irse a casa!

O eso era lo que hubiera querido hacer antes de que el escalofriante chirrido del portón principal no solo alertase a las palomas de la presencia de alguien más en el lugar.

Ni le dio tiempo a maldecir del susto que se llevó, en cuanto el aleteo de las aves llenó el eco junto al sonido de apertura, Ennis cual gato rápido y sigiloso se pegó a la oscura pared, justo al lado del confesionario al tiempo que apagaba la linterna. Se convirtió en una mera sombra en aquel pasillo de columnas, demasiado alejado e inaccesible a la vista desde la nave central.

No obstante, agudizó el oído mientras se guardaba la tarjeta y su anterior fuente de luz. Estando el lugar tan solitario estaba claro que los pasos de quien quiera que hubiese tenido el don de la oportunidad de aparecer precisamente cuando iba a marcharse resonarían aun a pesar de ser lejanos.

Despacio, se fue moviendo a un lado pegado a la pared, con intención de asomarse un poco tras la esquina para poder ver. Por fortuna la nave lateral también bajo una arcada de columnas de ese lado estaba oscura y no se le vería.

Pero él sí que vería a quien avanzase a la luz del largo pasillo que formaba la nave central, custodiada a cada lado por filas de asientos de incómoda madera, mismo material que los reclinatorios que había a los pies de los mismos.

Y vaya vaya lo que fue a ver...

Empezaba a alegrarse de no haberse largado de allí aún, ¿quién le iba a decir que se iba a topar con Don Tío Bueno Misterioso así de fortuitamente?

¡Ah, pero Ennis fue siempre un chico travieso! Así que aquellos ojos verdes al entrecerrarse y alargar de forma minina su sonrisa desde luego que no debían de presagiar algo muy... normal.

Podría haber salido de allí como si nada, fingiendo ser un fiel más que acabara de terminar sus oraciones y discretamente se marchase ya a casa. Sin embargo, ese no era su estilo.

Su cuerpo se movió, silencioso y sin prisa, dando vuelta a la esquina para volver a la nave lateral y empezar a caminar por ella en dirección contraria a la que se encontraba el recién llegado. Iba muy cerca de la pared, amparado en la oscuridad.

De modo que desde la posición ajena no era más que una fantasmal sombra entre la penumbra de las columnas avanzando lentamente hacia él.

Mientras cantaba en inglés, con un tono suave y nostálgico.



"If you ever go across the sea to Ireland,
then maybe at the closing of your day;
you will sit and watch the moonrise over Claddagh
and see the sun go down on Galway Bay.

Just to hear again the ripple of the trout stream,
the women in the meadows making hay;
and to sit beside a turf fire in the cabin,
and watch the barefoot gossoons at their play.

For the breezes blowing over the seas from Ireland,
are perfumed by the heather as they blow;
and the women in the uplands digging praties,
speak a language that the strangers do not know.

For the strangers came and tried to teach their way,
they scorned us just for being what we are;
but they might as well go chasing after moonbeams.

Or light a penny candle from a star.

And if there is going to be a life hereafter,
and somehow I am sure there's going to be;
I will ask my God to let me make my heaven,
in that dear land across the Irish Sea."



Galway Bay.

Una canción que hablaba de recuerdos y amor a la patria. Como la mayor parte de las canciones típicas de Irlanda.

No era ningún cantante profesional pero tampoco quebraba vidrios después de todo, tenía una voz masculina con algún toque agudo que la hacía más juvenil a pesar de su edad.

Si no le asustaba porque no creyera en fantasmas, lo haría seguro por haber aparecido en la oscuridad de repente cantando.

Y si no, al menos podrían compartir un pedacito de su alma.


Spoiler:
Una versión de la canción que canta Ennis



No adjunto la traducción en español porque no hallo ninguna decente e-eU pero básicamente la canción habla sobre aspectos costumbristas y típicos de las tierras irlandesas, de un modo sutil sobre las invasiones que ha sufrido el país en su historia y que han intentado cambiar su identidad pero siempre prevalece ese orgullo patriótico de ser un irlandés y del amor a su tierra x3

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Re: Diamonds in the sky.

Mensaje por Erick Blackwell el Jue Mar 28, 2013 12:59 pm

Sin prisa caminaba entre los escombros que había a los laterales de su cuerpo, la iglesia derruida dejaba un solemne rastro de cualquier artefacto destruido, cualquier columna que poco a poco iba despedazándose y las plumas, las plumas de las palomas inundar el suelo con la grotesca forma del moho y los pequeños hierbajos que crecían sin ton ni son a lo largo del amplio pasillo. Claro que sólo podían verse entre las fuertes rocas de la que estaba constituida la iglesia, en el suelo, entre las paredes. No era muy agradable visitar algo que realmente no creía en lo que se basaba pero si era cierto, la construcción era bonita y rigurosa. Se tejía un amplio manto de fe sobre las cabezas de las palomas que dejaba atrás la claridad que a trozos iluminaba el pasillo. Sería tal vez una lona para que el sol no destruyese más esa pequeña iglesia levantada en el cementerio, o eso era lo que él pensaba, a lo mejor esa fuerte tela era simplemente de los yonkis que se iban a hacer sus guarradas a la iglesia porque en casa no se podían llevar al polvo de la noche. ¿No era común eso? Era de lo más común ¡Si hasta él lo había hecho alguna vez! Pero no en el cementerio, el cementerio era un sitio de respeto, respeto por las personas que habían fallecido, personas a las que se tenía una estima. Aunque por otro lado, por el lado científico, el lado por el que siempre respondía su buen amigo Abel. La persona en sí ya no estaba, sino sus restos. La persona había viajado a el lugar que siempre quiso en forma de ánima, contradictorio a lo que esa iglesia se regía, por el simple hecho de existir una capa intermedia; El limbo. Un momento. ¿Cómo había empezado a divagar tanto? Antes de continuar en adelante cerró la puerta, que a su pesar, expresó un solemne chirrido hasta que pudo dejarla entreabierta y cerrada, sin una postura definida. Los pasos sobre los sueltos guijarros desprendidos y la arenilla que se acumulaba, mezclada con el polvo, hacían que todo pareciese tan majestuoso. Y en frente podía verse el altar ligeramente empolvado y lleno de telarañas que tejían desde lo alto de las imágenes grabadas en ¿Oro? O ¿Cobre? Hasta las velas de la mesa cuyo mantel apenas se libraba del tiempo. Sin embargo el seguía refutando que no era nada creyente para seguir en esa “cofradía” de investigar cada palmo de la iglesia. No avanzó más de dos o tres pasos hacia delante, hasta quedar en mitad de la iglesia y respirar la paz que se colaba entre los estrechos ventanales que se habían quedado sin cristal. ¿Sería una iglesia barroca o “gótica”? Parecía no tener una forma definida, ni siquiera la planta de la iglesia podía descifrar qué era. Y con la curiosidad a flor de piel ladeó el cuerpo, volviéndose hacia atrás para seguir con su paseo rutinario pues habían robado las imágenes y las pocas que había estaban pintadas en la pared.


Quién le iba a decir que de repente iba a escuchar algo tan similar a un sonido parecido a un cántico entre las paredes que le bordeaban. ¿Se estaba volviendo loco por la falta de sueño? ¿Era el exceso de azúcar en el café el que le estaba empezando a escuchar y ver visiones? Su único ojo no divisó nada de lo que pudiera alertarse, columna a columna, peldaño a peldaño revisó cada rincón, sus costados, llenos de más columnas en forma de cruz y cruzadas unas con otras pero no había más que nada, absolutamente nada más de lo que pudiera preocuparse. Él no estaba preocupado, no era su conciencia la que le chillaba que saliese de ahí, no era un hombre miedoso y asustadizo y mucho menos, creyente. Sin embargo no despegó los pies del suelo hasta que pudo divisar una sombra con el rabillo del ojo, una sombra que prácticamente delató los movimientos de la persona que se había encargado de desestabilizar su equilibrio mental durante unos instantes. El hombre de único ojo azul avanzó hacia el frente y apoyó la palma de la mano contra la fuerte puerta, empujándola sin mucha fuerza, cerrándola por completo. ¿Era un juego? Pues sería un juego. No hizo apenas un gesto más que ese, oh vamos. Si ese ser o cosa quería salir de allí tendría que irse al frente y abrir como pudiese la puerta. A no ser que escapase por el estrecho hueco de una ventana, entonces ya dudaría de su cordura y vería a un simple gato huir. No permitió que ese leve murmullo le aturdiera y volvió a su curiosidad acostumbrada, esta vez se subió al altar empezando a revisar las imágenes que había allí, tal vez porque estaban incrustadas al mismo metal que fuera que nadie las había robado pero ¿Quién tenía la necesidad de robar en un sitio así? Otra disyuntiva absoluta empezaba a alejar el pensamiento de que se sentía horriblemente observado y de que, estaba bastante alerta de lo que pudiera suceder en la iglesia. ¡Vamos! ¿Se iba a poner así por una chiquillada? Deslizó el dedo índice sobre uno de los dibujos fundidos sobre el metal, quitándole el exceso de polvo que residía sobre él. Lo que temía, era oro. ¿Por qué esa iglesia había sido abandonada? ¿Por qué robaron los otros cuadros pero no el oro? ¿Por qué se sentía observado por esa suave brisa? ¿Y ese cántico? ¿Era acaso algún niño que estaba cantando a las afueras de la iglesia? Tenía bien claro de que no volvería a entrar en una. Era demasiado estúpido encontrarse con fenómenos paranormales que no creía.
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Re: Diamonds in the sky.

Mensaje por Invitado el Miér Abr 03, 2013 4:47 pm

Un momento... ¿le estaba ignorando?

Por un instante aquella actitud no le despertó a Ennis ningún interés, ya que estaba demasiado concentrado escaneando visualmente a aquel tipo mientras cantaba y caminaba al abrigo de las sombras.

Bastante alto, de paso firme y seguro. Debía de ser fuerte por ello o simplemente se sabría defender, ¿sería un mafioso? Bueno, en aquella ciudad no había que serlo para no resultar indefenso al fin y al cabo. Mmm, ¿clase media-alta? Sí, quizás, hambre seguro que no pasaba... en ningún sentido. Era bastante atractivo, rostro masculino, ojos claros y oh, cabello negro. Los morenos siempre serían sexys, al menos para el irlandés.

Y era tuerto, o al menos debía de tener algún problema visual en el ojo derecho —o igual era presumido y no quería arruinar su emo peinado—, pues al parecer estaba caminando por su punto ciego. El rostro de aquel hombre por fuerza debió girar un poco para ver en la oscuridad de la nave lateral.

Ennis quedó complacido cuando consiguió su atención, mas luego de su análisis visual y el previo cierre de la puerta que auguraba un rato entretenido, se encontró con que el fundador de Morenos Tuertos y Sexys Unidos pasaba olímpicamente de él para ponerse a escrutar el altar. ¿Sería algún ladrón?

Desechó al momento esa opción por las rosas que portaba el otro, debía de haber venido a ver a alguien al cementerio. O a tener una cita en un lugar raro y original, que todo podía ser...

Quién sabía, a lo mejor era algún entendido de arte o simplemente le sorprendía que aquel lugar desvalijado aún conservase algo que parecía valioso. Aunque en realidad no lo fuera, el pan de oro desde luego que ni se podía comparar a que aquellas piezas fueran de oro puro, ahí no estarían aún de serlo.

Sin embargo, Ennis sabía el porqué aun así no habían rascado la pieza, obteniendo el ínfimo beneficio que en aquella ciudad de buitres era difícil que alguien dejase escapar.

Y esperaba que aquel hombre lo supiera. O al menos, que no cometiera el error de ocurrírsele robarlo.

Oh, pero volviendo a su drama sin sentido, Ennis empezó a cantar con más énfasis, avanzando cada vez más hacia el otro extremo de la nave que recorría. Alzando un brazo en el momento en que sintió un gran candelabro sosteniendo un largo y delgado cirio que se derrumbó cual árbol caído al empujarlo suavemente.

El fuerte golpe contra el suelo sonó en la oscuridad con rudeza debido al peso del objeto pero él continuó cantando y caminando como si nada después de esquivarlo con un fugaz saltito.

Qué divertido era ser poltergeist.

Llegó al otro extremo una vez que acabó la canción, regresando el silencio al lugar apenas unos segundos antes de que volviera a romperse al decir, esta vez en alemán con un sutil acento irlandés:

Oe, ¿y los aplausos? No lo hice tan mal, nee —demandó divertido falsamente enfurruñado, enroscando el brazo en una de las columnas para bordearla de forma infantil sin soltarla—. Oh, me trajiste flores, entonces te perdono, jejeje.

Lógicamente estaba bromeando y no se privó de demostrárselo riendo un poco ante ello, dejándose ver al fin abrazando todavía la columna con su brazo y apoyando el peso de su cuerpo en la cadera, en contraposto.

El primer haz de luz incidió iluminando sus felinos y claros ojos verdes clavados en la presencia ajena, mientras que otro lo hacía en sus comisuras alargándose y por ello, remarcando su sonrisa perpetua. Los reflejos de su cabello castaño —que ahora lucía corto— brillaban a la luz rojizo y anaranjado.

Ladeó la cabeza sin moverse de aquella columna cercana a la puerta principal, observándole cual gato curioso.

Mmm... parece que has encontrado el final del arco iris, no vendrás a llevarte mi oro, ¿verdad? —bromeó sugerente al verlo revisar el altar igual que si fuera la olla de oro de un leprechaun.



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Re: Diamonds in the sky.

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