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Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

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Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 23, 2013 2:03 pm

La tarde moría lentamente en contraste con su paso rápido y ágil, acostumbrado ya al asfalto nevado de aquella ciudad en la que apenas llevaba unos tres días. Adaptarse era difícil y más si tenía tres pequeños huéspedes en su apartamento que muy probablemente iban a terminar siendo inquilinos le gustase o no. Hoy había recogido al último de ellos, los había llevado al veterninario y le había costado la vida misma dejarlos solos en casa para cumplir con sus obligaciones. Aún no estaba de servicio, había acabado la mudanza y eso significaba adaptarse lo antes posible y conocer la ciudad. Su lugar de trabajo, el nuevo hábitat en el que le tocaría sobrevivir.

Hacía frío, pero llevaba caminando tantas horas que realmente no se le hacía ya desagradable. No al menos hasta que la temperatura comenzó a notarse descender junto al sol. Aún faltarían unos veinte minutos para que oscureciera, era hora de volver con sus tres pequeños mininos.

Regresaba por la zona cultural de Steinburg, muriendo de deseos por visitar aquel museo y ese fastuoso teatro, cuando al pasar por delante del ayuntamiento sus ojos se perdieron en la estampa que ofrecía ante él la imagen de extensa paz y naturaleza de Tiergarten. El cielo en llamas le indicaba que se le haría noche si lo atravesaba y quizás no sería algo muy seguro... pero aun así, sus botas militares cambiaron el asfalto por los senderos de tierra que pronto le hicieron notar el simple cambio en sus pulmones.

Qué distinto se veía de los folletos turísticos y de la web promocional de la ciudad. Senderos llenos de flores y verdor, de sol y felicidad ilusoria que no era más que humo y niebla en aquel lugar donde el miedo y la corrupción hacían hasta más denso el aire. Sin embargo, esos árboles semidesnudos y cubiertos de aquel helado manto blanco que custodiaban su avance por el sitio se le hacían acogedores más que siniestros.

Entonces, lo vio.

Aquel arco que en primavera debía estar florecido y que albergaba tras él el laberinto enterrado en la arboleda que se abría ahora ante su presencia.

Fon se detuvo y sus ojos azules viajaron por esa misteriosa oscuridad que se perdía en lo más profundo tras aquella entrada. El vaho de su aliento moría en el aire sin alcanzar a traspasarla.

La puerta a otro mundo.

El fuego se volvió violáceo sobre su cabeza cubierta por la capucha de su cazadora de cuero negro. Se le haría de noche. Pero su cuerpo ya había decidido por su razón y penetró en aquel lugar que aun a su edad, le pareció tan mágico como si fuera parte de algún cuento o leyenda de héroes mitológicos.

¿Encontraría también algun ser fabuloso allí dentro?

Su mente le negó aquello por inercia, probablemente ni siquiera hallase un ser normal con ese horrible tiempo que invitaba más a cobijarse bajo techo para no perder el calor corporal que a andar a cielo abierto... Mas allí estaba Fon, caminando en contra de su lógica, envolviéndose de aquella atmósfera de serenidad que hacía que el sonido y la misma presencia de la ciudad se desdibujasen poco a poco para dejar paso al murmullo lejano de la fuente que decían había en el centro del laberinto.

Sí, era otro mundo.

Sus pasos se fueron ralentizando de forma inconsciente, como queriendo alargar ese momento, ese lugar que no supo en qué instante le hizo partícipe de su embrujo y cerró sus ojos mientras caminaba con las manos en los bolsillos. Recordando una melodía que sin muchas razones, empezó a resonar encerrada entre sus labios suavemente unidos.


Spoiler:


El piano en su cabeza le marcaba el ritmo mientras sus pies se acompasaban a él, caminando al tiempo de aquellos acordes mientras recorría un alargado pasillo de grandes setos de retorcidas ramas cargadas de hojas coronadas de blanco. El fluir del agua de la fuente se tornó en el angelical coro de la canción. El vacío del lugar hacía sonar su hondo murmullo con un leve eco evocador de sueños, de momentos irreales como el que estaba viviendo en su cabeza. Había bajado un par de tonos, su voz aun no siendo en extremo honda sí era grave, masculina, no podía llegar al tono agudo femenino de la melodía original. Era una nana. De una película preciosa...

Y entonces, algo rompió el hechizo de repente.

La vibración de su garganta se detuvo de golpe, igual que sus pasos, haciendo que sus ojos se abrieran en el acto para ponerse alerta al momento en que su mano se fue refleja a su pecho. Donde tenía una de las pistolas enfundadas bajo la chaqueta.

Un ruido había perturbado su paz.

Del susto se había alejado por reflejo del foco del sonido, una de las paredes de altos setos que bordeaban el sendero que recorría dentro del laberinto. El vaho constante delataba la fugaz aceleración de sus palpitaciones. No sabía cuando había empezado a nevar de forma suave. Permaneció quieto en silencio con los ojos clavados en las ramas y hojas. Ya no se oía nada. Tampoco se veía nada, era demasiado frondoso como para poder hacerlo.

Sin embargo, cuando retomó el paso de forma cauta, sin apartar la vista del sitio ni la mano de su pecho, lo volvió a oír. Lo vio.

Algo se movía al otro lado. Ni siquiera podía ver su silueta y el descenso de la iluminación natural al morir el sol no le ayudaba demasiado a distinguir los momentos en que el cuerpo al otro lado se interponía a ella, permitiéndole vislumbrar atisbos de movimiento. Tendría que confiar en su oído.

Fon caminaba, despacio. Se detenía. Quien estaba al otro lado hacía lo mismo. Retomaba el paso. El ser desconocido al otro lado, también. El joven detective parpadeó un par de veces, incrédulo, aún viendo el seto. ¿Le estaba siguiendo? ¿Estaba haciéndoselo ver?

De no ir armado y tener bastante sangre fría habría pensado que se trataría de algún ladrón o perturbado que le gustase jugar con su víctima antes de despacharla, pero si quisiera hacerle daño, ¿no lo habría hecho ya? Era muy fácil lanzarse contra los setos, rasgarlos con un arma blanca o traspasarlos con un arma de fuego. ¿Lo haría si intentaba correr?

No, su orgullo no le permitiría hacer algo como eso, no sin una razón lógica que aún no alcanzaba a ver. Su mano permanecía junto a su pecho, mas sus ojos ahora se mostraban curiosos viendo el movimiento ajeno al otro lado. Ni siquiera podía intuirse bien del todo su alto y envergadura, pero por el sonido de su paso diría que era un hombre, corpulento y grande. Si no como él mismo, un poco más.

Casi sentía algo de desilusión irracional por no oír pezuñas contra la tierra nevada, pensar en un ser fabuloso como un vistoso fauno que viniera a anunciarle que era un príncipe de un reino perdido en otro mundo y que para reunirse con sus padres habría de pasar tres pruebas antes del plenilunio se le antojaba tan tremendamente infantil e irreal... como fascinante y maravilloso.

¿O quizás era el Minotauro ansiando su sangre lo que había al otro lado?

No lo podía saber, como tampoco sabía lo que haría cuando la larga pared enramada y llena de hojas se acabase, se vislumbraban a lo lejos tres nuevos caminos que seguir. Podría correr por uno de ellos en caso de que quisiera huir...


... o seguir su juego.



Spoiler:
La nana que murmulla Fon y la historia del encuentro entre el fauno y el príncipe son referencias la película El Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro. El Minotauro y su simbolismo aquí provienen de un mito griego clásico sobre Teseo y Ariadna.
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Re: Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 23, 2013 9:29 pm


La noche se acercaba, el frío ya estaba allí. Pero no Dieter... Los minutos pasaban, inyectando nerviosismo en su sistema mientras pequeños pensamientos, como agujas, iban pinchando dentro de su cabeza con la aprensión inerte de la alerta, haciéndole sentir incómodo, aterido, aterrado. Odiaba esperar. Sobre todo lo odiaba entre esos muros, verdes, cárcel dónde podía sentir aún sus dos vidas. Era la hiedra. La hiedra abandonada ya, salvaje, trepando muros imposibles, sin entender que sus raíces no eran sólidas... que todo, en él, carecía de una cuna. Un nombre verdadero...

Porque los nombres dejan de nombrar cuando no nombran nada. Porque cada palabra tiene un significado... y a veces los significantes cambian y todo se derrumba. ¿Quién era él? ¿Era el presente? ¿Era el pasado? ¿Era él un arma? ¿O era un escudo? Sentía el gatillo helado rozándole la espalda, asegurado, como una farsa más. Porque las balas siempre matan... sólo cambian los cuándo. Los dónde... Los quién.

A veces, se sorprendía pensando en alemán. Frases muy breves. Cortas. Mentiras pronunciables. Reacciones. Respuestas. Palabras que no nacían desde su alma, sino como reactivo del ambiente. Y funcionaban... pero se sentía sucio. Cada vez más enfermo, envenenado, mientras su dualidad iba mellando el centro, desdoblándole.

Aunque nadie lo sepa, aunque nadie lo crea, a veces somos sólo aquello que otros ven... A veces, nos perdemos muy dentro de nosotros mismos. Pozos sin fondo dónde los pensamientos no perduran, ahogados. Respirar. Avanzar. Comer. Dormir... verdades físicas que empañan los valores, enpolvándolos.

Se estaba escondiendo. Ahora. Cada día. No se mentía a sí mismo. Al menos... no esta vez, acuclillado entre los setos, gélido, con las ropas oscuras, anchas, cubriéndole los miedos, sin llegar a apartar el Invierno. Estaba inquieto, más de lo general, casi de un modo irracional... porque se estaba retrasando. Nunca lo hacía. Jamás. Y éso sembraba en su cabeza cientos de ideas perversas, capaces de devorar su calma, su coartada, el hilo plateado que ahora le sostenía en esa caída libre sin retorno.

Tiritando, parado allí durante horas, sintió algo más oscuro, más siniestro... al descubrir el ruido de esos pasos. Primero a solas... después, acompañados de esa voz. De aquella melodía. Su sangre se hizo hielo, hiriendo dentro. Cada músculo, rígido, erizó sus sentidos. Llevó sus manos a su espalda y empuñó aquel revolver, abusivo, plateado, sin alzarlo hacia ninguna dirección.

No aún... Jona. No aún...

Dejó que sus latidos sopesaran cada una de esas opciones fúnebres... ¿Lo sabían? ¿Le buscaban? No era Dieter, de éso estaba seguro. Un sudor frío le recorrió la nuca mientras sentía muy seca la garganta. Ardiente el corazón. No. Debía de controlarse. Sus miedos no podían someterle. Debía ser racional. El azul de sus ojos se volvió casi gris, mientras oía con desesperación, proyectando imágenes en su mente, construyendo la escena al otro lado del arbusto.

Un hombre. Sólo. No había más pasos. Joven. La voz le delataba. ¿Confiado? ¿Distraído? ¿O tal vez trataba de engañarlo? Puede que sólo fuera un truco... la hazaña de un sicario adolescente, acostumbrado ya, podrido, como esa ciudad macilenta.

No respiró. Trató de no hacer ruido, uniendo esos sonidos, escasos, con los que tejer esa otra realidad, desconocida. No... Ahora él era la presa. Si venían a por él no debería esperar, tan manso. Sabrían qué hacer. Conocerían aquella fama absurda sobre su forma de apuntar y disparar. No le darían opción. No... si iban a por él, sabrían que "Billy el Niño" no fallaría en un duelo cara a cara. ¿Trataban de cogerle por la espalda? ¿Y si iban a por Dieter?

Cabrones... no iban a conseguirlo.

Cambiaría el juego. Les robaría el control y al menos, tendría el apoyo del efecto sorpresa. Tomó aire... y se tiñó de decisión, con esa expresión fría, serena, resignada. El rostro de los que saben que la muerte se acerca, y no cierran los ojos. No parpadean.

Situándole en su mente, haciendo un mapa visual del laberinto dónde siempre se reunía, barajó sus opciones y trazó la mejor trayectoria... para atraerle hasta la encrucijada y allí, emboscarle, con libertad de movimientos desde una posición aventajada.

Pisó con fuerza el suelo, arrastrando los pies sobre la arena, húmeda, con la apariencia pura de la nieve manchándose de negros y de grises... Después paró, muy quieto, quedo, estático, a la espera de que aquel hombre mordiera el cebo que lanzaba. La nana se apagó. Y con ella, esa voz. Silencio. Ese silencio doloroso y asfixiante, en el que sabes, sabes... con fuerza, pero no hay más certezas que las corazonadas.

Le oyó avanzar, transcurridos los segundos necesarios. La trampa estaba funcionando... Sin dudas, siendo ya el hombre sin escrúpulos, el hombre con un plan, capaz de todo. Tomó las ramas del arbusto entre sus dedos, amplios, gruesos, zarandeándolas con fuerza, como un titán inesperado, llamando la atención al otro lado. O al menos, eso deseaba.

Iniciado aquel juego de sombras y sospechas, los pasos avanzaron y con ellos los ruidos, las ramas susurrantes, la tensión asesina que enciende cada nervio, que te abre las pupilas, ensanchadas. Que hace que te suden las manos.


Sus pisadas crujieron en la nieve, esbozando las líneas de sus vidas, como una palma abierta que esconde los destinos que se cruzan. Hasta que el verde fue muriendo, poco a poco, en ese acecho mutuo, hiriente. Capaz de destrozar cada latido... Ante los tres caminos, sin descubrir su rostro, pero arrojando adrede el negro de su sombra sobre la nieve ya apagada, producto del anochecer violáceo, como un verdugo inmenso, oscuro, real. Al otro lado y expectante.

Su voz sonó vehemente, con la profundidad que otorga el miedo, ya te domine o seas tú quien sujete las riendas. Dándole aún una oportunidad -si no era Dieter, pero era de los suyos, sabría la contraseña- lanzó su voz hacia la nada, hacia ese único enemigo, anónimo, compartiendo su espacio.

- And you could have it all*...


Su claro acento inglés se partía con la agonía interior de aquella frase. La sensación exacta que Dieter y él buscaban, la que habían elegido, como un secreto a medias que decía tantas cosas... Porque dolía. Dolía... y lo había dejado todo, todo atrás. Como un hombre de polvo, de cenizas, temeroso del viento y de sus besos. A un paso en falso de la destrucción.

Spoiler:
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Re: Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

Mensaje por Invitado el Dom Feb 24, 2013 8:25 pm

Su mundo de cuento se emborronaba poco a poco con la realidad empeñada en hacerse presente por cada paso que avanzaba por el sendero. Había algo en el caminar ajeno que le llamaba la atención a Fon. Pesado, demasiado. Sin embargo, el crujido de la nieve, de la arena, no era tan largo e intenso como para pensar en que fuera por el peso del cuerpo al otro lado del seto. Rigidez. A aquel hombre le costaba moverse, ¿sensible al frío? ¿O era la tensión que le provocaba ese juego?

Sus ojos azules se entornaron concentrados, ralentizando sutilmente su paso de forma disimulada acortando las zancadas, con intención de no caminar a la misma altura. Escuchó con suma atención, intentando visualizar el paso contrario, la forma de apoyar el pie para hacer esos sonidos. La manera de mover el cuerpo, las caderas, las piernas, para que los pies pisaran de esa forma casi arrastrada y mecánica.

Las rodillas, eso era. Las debía de tener entumecidas, estuvo agachado, acuclillado o arrodillado durante un tiempo. ¿Agazapado quizás? ¿Se escondía? ¿Esperaba?

Cada vez tenía más claro que su misterioso fauno era en verdad el Minotauro, ni siquiera un ladrón estaría jugando así al saberse descubierto. Solo los psicópatas gustaban de ese tipo de cosas, gente sin remordimientos ni empatía que buscaba únicamente su beneficio y su diversión costara lo que costase. Pero aun así, algo le resultaba incoherente en esa deducción. ¿Por qué no en pie o sentado quizás en el centro del laberinto?

Sus respuestas vendrían al fin al visualizar los retazos de la sombra proyectada en la nieve cada vez más oscura, como el ambiente, como sus pensamientos. Fon se detuvo a cosa de tres metros, sin alcanzar el cruce de caminos. Su mirada se perdió unos instantes en la deformación de aquella figura que ahora podía darle más información a pesar de no ver al hombre directamente.

Haciendo cálculos fugaces, alcanzó a saber que medía 1,97 y portaba ropa ancha, algo que cubría su cabeza y aplastaba su cabello largo y capeado, un gorro más que habitual en la época del año en que estaban. Los dedos de Fon acariciaron sinuosos el tirador de la cremallera de su cazadora al darse cuenta que por la posición de aquel cuerpo, de uno de sus brazos, iba armado. Arma pesada, grande, un arma de fuego de gran calibre.

La nieve en cambio, seguía descendiendo suave y dulcemente a pesar de la tensión y el silencio de aquel instante de quietud.

La noche caía.

Oyó su voz, su acento.

"Británico"

No estaba jugando con él, sus palabras le delataron. Era un santo y seña, para Fon, fácil de reconocer. Esperaba a alguien en concreto desde hacía rato, no era un psicópata. Estaba asustado o nervioso, algo no muy bueno en alguien con un arma de fuego en la mano. Debía de esperar a alguien... o creía que le habían pillado.

Hora de que Fon cambiase el juego.

Probablemente —respondió sereno tras unos tensos y eternos segundos de silencio. Le habló en inglés, sin privarse de remarcar su acento neoyorkino ni de hacerle saber que había reconocido el suyo en su alemán—. Pero la vida sería demasiado insulsa sin nada por lo que esforzarse en conseguir.

No era ninguna mentira, su vida en parte se sentiría muy vacía si tuviera absolutamente todo lo que desease algún día, al menos así sin más. Se había convertido en el hombre que ahora era precisamente porque no hubo tenido objetivos fáciles en su camino y no ambicionaba más que una vida normal.

Y por ello se sentía orgulloso.

Pero no era momento de andar filosofando sobre su vida si ahora quería conservarla, debía hacer ver que no se había dado cuenta de que aquel sujeto iba armado ni de la situación que le había llevado a soltarle aquella frase sin venir a cuento. Tenía que comportarse como un civil un tanto confiado con vistas de que se sabía defender en una ciudad como aquella.

Y hablando de eso... —musitó aún en inglés, con un tono natural, como si hablara con cualquier persona desconocida con la que se hubiera cruzado en la calle— Creo que me he perdido, ¿puedes indicarme cómo salir de aquí, por favor? Tengo tres bebés resentidos en casa esperándome y si llego muy tarde se vengarán de mí esta noche...

Rió un poco, bromeando al hablar sutilmente de sus gatos. No esperaba que tocar la fibra sensible ajena con eso fuera a funcionar pero tampoco perdía nada por intentarlo, quería evitar a toda costa desenfundar y de igual modo intentaba verse un poco desconfiado y huidizo pero no asustado, al oscurecer era normal que la calaña más indeseable saliera a pululara por los lugares más solitarios como aquel y cualquiera se mostraría reticente a acercamientos, mas no debía mostrar temor irracional. Se suponía que él no debía saber que el otro iba armado ni que debía de esperar allí a alguien que no era él.

La noche caía con rapidez, por lo que en unos pocos minutos la visibilidad de ambos disminuiría considerablemente en el momento en que esa sombra desapareciera fundiéndose en la oscuridad.

Y con ella, la precisión de tiro.



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Re: Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

Mensaje por Invitado el Lun Feb 25, 2013 12:39 pm

Jona temblaba. Temblaba en esa oscuridad, creciente, en la que había creído estar a solas… Le temblaban las manos, el dedo en el gatillo, las piernas… por el frío. Por la ansiedad. Cara a cara, mirando de frente a la muerte, nunca dudaba. No daba tiempo. Veía el acero en los ojos de los otros, y simplemente reaccionaba, certero. Por puro instinto, vestigial. Supervivencia.

Disparaba sin miedos y sin dudas, dejando que la bala atravesara el otro rostro. Nunca de espaldas. Como en un duelo. Por eso le llamaban así, entre bromas, sin comprender del todo ese “honor de vaquero” que le impedía sencillamente vaciar el cargador, sin previo aviso. ¡Bam! Uno menos…

No. Jona no podía. Da igual si intentaba ocultarse entre los lobos. Dentro, seguía siendo un cordero. Y sacaría los dientes, en su lana… pero no deseaba conocer el sabor de la sangre. Y no la disfrutaba. Él simplemente… hacía lo necesario.

Él era una respuesta. Había demasiadas preguntas. Él sólo respondía, con el corazón encerrado entre mil capas y cadenas, pero aún latiendo. Como ahora, bajo la nieve fría, cayendo. No era un verdugo. Era una víctima… pero aferraba su arma, con determinación difusa. Cuando no tienes enemigos, propios, todos son enemigos.

Respiró, enterrando con el aire helado en sus entrañas, todo lo que no fuera fortaleza. Su cuerpo dejó de temblar. Volvió a sentir la máscara de hierro, tras la que siempre se ocultaba. Por un instante se creyó sus mentiras. Se sintió fuerte. Capaz de todo. Porque “ya no era él”. Sólo era “Billy el niño”, y hoy… en el Salvaje Oeste nevaba.

Inglés. Lo era… Lo era, en la noche, ante ese manto blanco. Ante su sombra, oscura. Jona no contestó, atragantadas las palabras en su pecho, buscando algún sentido. Le respondían… pero no conocían la contraseña.

La voz sonaba joven, como antes, pero ya no contenía más melodías. Vacía. Serena. Aleccionante. Parpadeó, inseguro, sin comprender el cuadro en su totalidad, viendo tan sólo trazos de pincel.

¿Un transeúnte? Sería… casi demasiado perfecto. Fácil y sencillo. Y Jona, no pudo creerlo. No sin más. Esa ciudad era una herida abierta. Nunca había nada gratis. Nunca había nada hermoso. Todo dolía, profundo. Como el puñal de hielo incluso en ese aire, necesario.

Permaneció allí, inmóvil, sin quitar el seguro. Con la mirada fija hacia delante, sin saber reaccionar. “La vida insulsa” en la que se escondía parecía fragmentarse bajo el gran peso de sus verdaderos objetivos. Por los que se esforzaba en realidad.

Aquella voz, americana, no tenía miedo. Segura de sí misma, contradecía la ligereza de esos pasos, espiados, que le hablaron a Jona de un hombre más pequeño, alto y delgado, ágil, como los asesinos…

Alzó su arma, mirando aquel cañón plateado, bajo la nieve mansa que no dejaba de caer, en copos, troceada, partida, llorosa. ¿Dispararía? ¿Sin tener pruebas? ¿Dispararía tan sólo a sus propios fantasmas… hechos voz?

Babies… waiting for him. One life. Better than yours, Jona. You can´t take it away. You can't stand steal it.


Despacio, tomó una decisión. Tal vez la más honrada, la más valiente… la más estúpida. Y guardó el arma, sintiendo el metal rígido e impasible, erizando su piel ante el contacto. Gélido. Como una despedida.

Tomó aire, pensando, enlazando palabras, aún oculto tras ese muro, verde, seguro en ese anonimato del que no pensaba desprenderse. Disfrutó, incoherente, de las palabras en su idioma, dejando que un sin fin de añoranza atravesara cada pensamiento, mientras trataba de dibujar una salida.

Laberinto también en su cabeza y en su alma. Tras demasiadas curvas, demasiadas trampas, Jona era solamente un ratón blanco, que apenas huye del dolor, predestinado, escogiendo nuevas direcciones…

- No puedo. Yo también me he perdido. Tendremos que encontrar nuestra salida. A solas.


A solas. Como siempre. Perdido en realidad, fundido a sus mentiras, tan lleno de negrura que olvidaba el azul en su mirada, para ser sólo negro. Noche. Parte de esa misma oscuridad… Como si pudiera simplemente deshacerse. No ser nada ni nadie. No sentir… tanto frío.
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Re: Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

Mensaje por Invitado el Lun Mar 25, 2013 1:11 am

La yema de su índice enguantado apoyada en la cabeza del tirador de su cremallera ahogaba el sordo ronroneo que pudiera llegar a hacer aquel descenso silencioso, dientecito a dientecito, que iba llevando a cabo a medida que sus palabras salían interpretando aquel papel ante su ciego Minotauro.

Sus ojos azules seguían clavados en aquella sombra que poco a poco se iba oscureciendo y fundiéndose con la misma penumbra que pronto les iba a envolver entre el susurro de las hojas y la suave nevada que continuaba cayendo. Clavados en el brazo, la mano, el arma.

Al hacerse de nuevo el silencio, éste pareció cortar el ambiente con su sola existencia.

Fon estaba en tensión, alerta y con la sangre más fría que la blancura que cubría los arbustos del laberinto. No debía dar por hecho nada malo pero tampoco nada bueno, no había que precipitarse.

Y tampoco confiarse.

Quizás aquella fuera también una de las razones por las que se hizo policía. La incertidumbre a veces podía ser tremendamente excitante y desatadora de adrenalina.

Que pareciera un hombre aburrido no quería decir que lo fuera...

El estadounidense agradeció que su propia sombra se proyectase a un lado y no al frente a la vista de su Minotauro, pues al momento de ver un movimiento de la mano armada, la suya propia entró refleja bajo su cazadora ya abierta hasta medio pecho y agarró la culata de su pistola. Pero no desenfundó.

"Aún no"

No estaba apuntándole, no había indicio alguno de que lo fuera hacer. Sin movimientos bruscos, sin movimientos lentos. Solo nieve, oscuridad y silencio.

Estaba pensando en algo.

El dedo de Fon se acomodó en el gatillo y su mano se tensó por completo, instándole a un reflejo desenfunde que nunca llegó a existir cuando al fin la quietud ajena volvió a desaparecer. El corazón le iba a mil, la adrenalina quiso subir.

Pero fue en cambio su aliento el que escapó de entre sus labios, evaporando en el aire gran parte de la tensión.

La había guardado.

Ahora era él quien tenía el control.

De acuerdo, gracias de todos modos —le respondió nuevamente en inglés, siguiendo su pantomima del transeúnte perdido.

Retrocedió un par de pasos antes de darse la vuelta lentamente, intentando caminar de modo tranquilo mirando de reojo constantemente hacia atrás mientras recorría aquel camino. La oscuridad vencía, absorviendo la sombra ajena.

Y algo en su bolsillo, le hizo voltear el rostro hacia atrás para que pudiera escucharle mejor lo que le iba a decir:

Si no encuentras la salida, cierra los ojos... y confía en tu oído.

Entonces, su figura se perdió por el segundo cruce en su camino volviendo la vista al frente y continuando sin duda por el recorrido que de sobra sabía que debía seguir porque realmente no andaba perdido.

Sino confuso.

¿Por qué se estaba marchando? Estaba claro que allí había algo que no iba del todo bien, un hombre armado escondido durante a saber cuánto tiempo allí y que había estado a punto de encañonarle, ni siquiera había mostrado su rostro.

Quien se escondía con un arma era porque atacaría a alguien... o necesitaba protegerse.

Su instinto de policía le decía que había hecho mal, tendría que haber aprovechado y pedirle que se identificara, si necesitaba ayuda quizás se la hubiera podido brindar y si no, estaría cumpliendo con su deber probablemente ayudando a detener a un sospechoso o quizás un criminal.

Sin embargo, su lado más humano, probablemente nublado por aquel mundo que aun así no podía perder la magia de verse ajeno a la ciudad en la que estaba contenido, discrepaba.

Había evitado un enfrentamiento innecesario, le había salvado la vida a un hombre y éste se la había salvado a él con la sensatez de invitarle a meterse en sus asuntos como él parecía que seguiría con los suyos si simplemente se marchaba.

Quedando encerrado en aquel laberinto.

Fon sacó la mano de la cazadora, soltando al fin la culata del arma en el momento en que vio el arco que daba acceso a aquella arboleda. Se detuvo y miró atrás, subiéndose la cremallera.

Oscuridad y susurros fríos de hojas fantasmales.

El vaho de su aliento salía más lentamente, no había sonidos que delatasen que le hubiera seguido.

No era un Minotauro. Pero tampoco era un fauno.

¿Qué clase de criatura sería aquella?

Algo tintineó al sacarlo de su bolsillo mientras se giraba y caminaba hacia el arco de acceso al laberinto. Fon alzó los brazos y lo colgó en una rama de las que en primavera llenarían de flores aquella arcada, justo encima de su cabeza.

Un pequeño gato cascabel de la tranquilidad.

Spoiler:

Lo había comprado para sus "bebés", para que jugaran a sacudirlo y entusiasmarse con el tintineo del pequeño objeto ya que él no era supersticioso.

Aunque sí creía en parte en los sentimientos contenidos en algo.

El leve viento que se había levantado hacía que el gato cascabel pendulase, sonando de forma intermitente cada cierto tiempo. Quizás con los ruidos de la ciudad no se pudiera oír pero en la tranquilidad y silencio del parque a aquella hora sí que se escucharía.

Y dentro del laberinto sería aún más obvio su tintineo...

Fon observó a los lados, viendo que no había nadie por allí y esperó que siguiera así dentro de un buen rato mientras se marchaba, camino a casa bajo el manto de la incipiente noche.

A medida que se alejaba, pensaba que había sido un gesto un poco tonto, estaba claro que aquel sujeto no estaba perdido, no necesitaba oír el cascabel para encontrar la salida.

Pero después de lo que le había dicho, sabría que se lo habría dejado para él.

Ojalá encontrara el buen camino, fuera quién fuese.



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Re: Refugee's Labyrinth [Priv. Jonathan Vaugham]

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