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Meeting & Blend Coffee

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Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Erick Blackwell el Lun Feb 04, 2013 4:53 pm


Si había algo que adorase, era la navidad. Esa estación donde los niños correteaban enajenados y gritando mil cosas al viento, sin saber exactamente que eran lo que decían. Sí.. Esa estación donde las personas eran felices y comían perdices. Sin duda, era una estación que adoraba, el invierno con su nieve y las bolas de nieve con las batallas respectivas, el patinaje sobre hielo y las compras desmesuradas que hasta rompían las tarjetas de crédito y las de débito. Eran días especiales donde comprar no importaba en absoluto, sólo después de navidad era cuando comenzaba a importar realmente, obvio. Nada más entrar por las puertas mecánicas del centro comercial, quedó fascinado por la colocación de los adornos navideños de forma extravagante, las hermosas bolas de cristal de colores colgando del techo, los motivos navideños, los árboles artificiales decorados a la entrada y pegados a la pared junto a las barras espaciadoras que detectaban los chips por si alguien robaba… Pero lo que más le llamó la atención fue un gran Papá Noel con su elegante traje rojo, y con su brazo mecánico que no hacía más que mover de arriba abajo una botella de Cava francés, seguro que sería por alguna promoción navideña del Cava que anunciaba, tanto que él se quedó totalmente asombrado de ver tanto , tanta navidad recopilada en seis plantas de centro comercial, sería una locura perderse entre esos adornos y los regalos. Pero lejos de su asombro luego vertía la pura y cruda realidad de esos hombres indigentes pidiendo en las calles, arruinados y sin trabajo, era una verdadera lástima y le hacía pensar que sin duda era poco justa la vida con las personas, que tal vez habían estado trabajando duro durante toda su vida ¿Y cuál era la recompensa sino, esa tan desagradable? ¿Por qué no comprar primero los regalos para los niños del orfanato donde había estado durante tantos años, para la familia y luego para comprar comida para esas personas? Era tan injusto, ni siquiera sabía si estaba bien hacer eso, darles comida y privarles tal vez de que pudieran comer más o darles dinero para que gastasen en algo más que un vicio, la vida y sus disyuntivas constantes alborotaba su caridad puntual enmarcada en un rostro severo.

Tantos regalos y artículos, tantos detalles materiales y tanto dinero gastado en objetos que acabarían guardados en un armario dejando que estos se llenasen de polvo pero ¿Le quedaría bien llegar a casa con las manos vacías en unos días tan señalados? Era un tema tan vertiginoso que tan solo podía ocultar su único ojo activo para desempeñar y dejar hacer a su moralidad ya que era la única que intervendría a la hora de redactar una serie de escusas por las cuales no trajo regalos materiales ¡Por los Dioses! ¡Ni que la Navidad englobase algo tan material! ¿Y esas pobres personas que había estado mirando a la puerta de los grandes almacenes? ¿Y las personas del tercer mundo? Arraigado a sus fuertes pensamientos no titubeó durante más tiempo y comienzo a caminar con paso raudo por los pasillos del gran centro comercial, apreciando como un único reflejo el sonido publicitario que emergía de los originales muñecos de cartón y de pilas que se movían, entre las estanterías de los productos de cosmética y después en otra sección, los productos que igual se ofrecían sobre los comestibles. ¡Toda la mañana deambulando de un lugar a otro! ¡Toda la mañana cargando con bolsas reciclables entregadas por el mismo mercado interior del centro comercial y ahora solo exigía un poco de paz y tranquilidad, alejado de las infernales musiquitas de los cachivaches y otros juguetes, ahora, después de varias horas encerrado entre las paredes luminosas y artificiales, necesita un merecido descanso para olvidar que había entrado en un sitio que le gustaba y este se volvía una pesadilla musical angustiada por sus pensamientos.

Ante la confusión, dedujo que lo mejor era entrar en alguna cafetería y alejarse del mar de chirridos innecesarios que albergaban ahora, varias otras propuestas a sentimientos extraños y diversos hacia la navidad. Sin mas consistencia empujó con la palma de la mano la dura puerta de madera de ébano y cristal y tras esta, un joven chico empleado colocó el abrigo del moreno en un perchero vacío de otro hombre, empresario por la ropa, que acababa de salir. No hizo caso a las indicaciones y se negó en rotundo en tomar una mesa alejada de la ventana, dentro de la sensación de querer huir de la humanidad retenía la necesidad de observar como esta se cernía ante la imperiosa tempestad fuera del centro comercial, acogedor. Así era la cafetería, su adjetivo, las mesas alineadas dejaban un amplio dosier visual , la barra que espaciaba la elegante vestimenta del barman y de los camareros que servían y atendían a los hombres, unos charlaban bajo la mirada del periódico y otros, tan solo se dedicaban a escribir, tomar notas o conversar ¿Y él? Él había entrado tan impaciente que no se sentía en su lugar, tan extraño y ajeno que ni siquiera se dio cuenta de que, efectivamente se sentó en una mesa donde había otro hombre más ¡Vaya ingenuo! No haberse dado cuenta de que había otro hombre que leía afanado otra serie de documentos. No, no supo que hacer durante varios instantes ¿Se daría cuenta de su presencia, como los demás hombres? ¿O simplemente pasaría desapercibido? –Disculpe, me he sentado sin permiso pero… Le aseguro que no le ví. Sé que no es un consuelo, pero ahora me siento en deuda con usted por haberme sentado sin consultarle…¡Qué descortés por mi parte! ¿Puedo quedarme aquí?-Pudo razonar su crepitante raciocinio después de haber sentado sus glúteos sobre la mullida silla de respaldo de madera. Ahora sólo cabía esperar que aquel hombre no siguiera sumergido en su submarino de pensamientos y la curiosidad clamaba ¿Qué leía tan interesado?
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Invitado el Mar Feb 05, 2013 10:40 am

Odiaba los centros comerciales. La vanidad y el discurso dictado por el materialismo... Pero Noire necesitaba algunas cosas y Oliver se sentía responsable. El gato no parecía adaptarse bien a su nuevo hogar. Cómo él mismo, parecía huraño y desconfiado, arrinconado en una esquina. Probablemente era debido a que a pesar de sentirse fascinado por su especie, cuando Bauman miraba al pequeño animal se sentía enfermo e inundado por recuerdos que no deseaba. Iría luchando contra esas sensaciones poco a poco, por el momento trataría de compensarlo con los mejores cuidados que pudiera ofrecerle.

Sin embargo, después de escoger lo necesario y haber pagado... no había sentido la llamada de su hogar incitándole a volver. ¿Por qué? Aún era mediodía, el silencio y sus paredes frías no le echarían de menos. En los últimos años había pasado escasas horas en su propia vivienda, regresando a su pequeño apartamento sólo para dormir, ducharse y volver al trabajo. Su verdadero hogar era el espacio que rodeaba su escritorio, en la Comisaría. El ruido sordo. El café odioso. Su silla, vieja, compañera durante años. Aquel ordenador jurásico que apenas mejoraba las funciones de una máquina de escribir.

Suspiró, anhelando reincorporarse al Cuerpo, mirando las carpetas que llevaba consigo. Los expedientes le habían acompañado durante días, desde la cama blanca del hospital Saint Lorent, al cómodo sofá de su propio salón y ahora... en pleno centro comercial, gritando a voces su obsesión tan fuera de contexto.

Finalmente cedió ante sus propios deseos y después de otear varias de las plantas de aquel monstruoso gueto de vendedores, eligió una cafetería al azar dónde pasar el día y releer los expedientes. El olor del café y el murmullo, constante, le recordaba a su Despacho. A la Comisaría y las horas sin tregua, leyendo, tan centrado y absorto como ahora, inmerso en ese mismo ambiente. Perdido en el aroma y el estado de ánimo que le evocaba, casi hogareño, haciéndole sentir seguro y sosegado. En paz, en un refugio atípico en mitad de la nada, como un islote rodeado y visible, pero lejano. Guarecido a plena luz del día.

El tiempo había pasado. Había tomado tres cafés y había perdido la cuenta de las horas avanzando en las fotos y las letras, mientras el grosor del dossier iba disminuyendo y las fichas leídas se iban amontonando. El ruido no le perturbaba, siempre había logrado concentrar su atención más allá del ambiente que le rodeara. Sobre todo al leer...

Aunque hacía tiempo que las letras que poblaban su mente carecían de la belleza de la métrica o la emoción sincera del misterio. Evitaba a conciencia el dolor provocado por una estrofa esquiva recordando la pérdida... Poniendo voz a todas esas emociones contenidas.

Pero el recuerdo de versos antiguos, aprendidos tiempo atrás, llenaba los silencios que sí se permitía. Afirmaciones mudas que no le traicionaban y acompañaban el vacío, lleno de ecos y recuerdos. En su mente "las oscuras golondrinas" regresaban, acolchaban su mente "las briznas de hierba" y a veces, sólo a veces, acunaba en su pecho "tres heridas": "La del amor, la de muerte, la de vida".

No levantaba la vista de esos rostros oscuros e implicados, víctimas o verdugos, fotos en blanco y negro... peones de la causalidad. Del acto y la potencia, de la ley y el castigo. Nada arbitrario sucedía. Bauman negaba el mismo azar, sintiendo en su lugar fuerzas inmensas tirando de los hilos. Planes más grandes, ahora teñidos de secreto cuando antes hubiera dicho sencillamente "abstractos", etéreos, como la espiritualidad que sí podía intuir pero no tenía nombre. ¿Eran realmente culpables? ¿Eran tan sólo piezas de una conspiración? Cegado como estuvo dudaba de todo lo que en aquel entonces, tan reciente, era sólo "verdad" y ahora "mentira".

La realidad no permitió más dudas, interrumpiendo sus cavilaciones por medio de esa voz, extraña, dirigiéndose a él. Alzó los ojos, escudados por esas lentes amplias, cristalinas, haciendo más pequeñas sus pupilas y sus iris, castaños, sorprendidos.

Su rostro, antes ausente, era ahora desconcierto, dejando atrás los pensamientos y vistiendo su reacción de asentimiento, cortés, como la breve pero sincera sonrisa que atravesó sus labios, fugazmente.

- No se preocupe. La mesa es suficientemente grande para ambos y mis propios pensamientos llevan demasiado tiempo ocupando esa silla. Por favor, quédese.

Su mano se extendió acompañando sus palabras señalando la silla, que ahora ya no estaba vacía, recogiendo gracilmente los dosieres esparcidos apilándolos en orden a pesar de la espontaneidad de aquella pausa inesperada. Cerró con cuidado las tapas de su cuaderno, negro, apoyando la palma de su mano sobre sus lomos gruesos y encuerados, sosteniendo en la otra la pluma que llevaba varias horas guiando su lectura. A pesar de su traje impoluto y oscuro, como siempre, y la corbata negra a juego fuertemente anudada, la expresión de su rostro contradecía aquella aparente formalidad mostrándose tranquilo e incluso, agradecido.

Cuando el pasado era pasado y nadie podía desenterrarlo, Bauman se sentía cómodo. Seguro, como si aquel vacío se volviera invisible y mostrase hacia al mundo aquello que en realidad deseaba ser y ya no era. El pesar seguía ahí, pero de alguna forma se sentía nuevo y renovado siendo un desconocido. Sin rumores ni culpa. Diferente y anónimo.

Sólo la cicatriz empañaba esa imagen... pero su propia historia y sus pecados eran prosa capaz de ser narrada de formas diferentes. Ahora, su expresión era cálida y sus labios añoraban conversar.

Estudió el rostro de su interlocutor, observando sus facciones, su color pálido contrastando con la viva oscuridad de su cabello y aquel único iris de color turbio y tormentoso, sin saber si le recordaba a la niebla grisácea o al añil más profundo en su memoria. Quedó en silencio, sin dejar de navegar las líneas de ese semblante nuevo, y por tanto, inofensivo.

Spoiler:
Breves referencias a los poemas: "Volveran las oscuras golondrinas" de Becquer, "Para mí, una brizna de hierba no vale menos..." de Whitman y "Llegó con tres heridas" de Miguel Hernández.
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Erick Blackwell el Jue Feb 07, 2013 11:49 am

El ruido sordo de la cafetera al fondo ocasionaba un sonido opaco estridente que resaltaba por todo el lugar gracias a la cafetera. Sin duda era un sonido peculiar y, para él, poco común debido al poco tiempo que podía emplear en su vida privada. Y agradecía ese tipo de sonidos cada vez que iba a un establecimiento público y este estaba lleno de agradecidas y parlanchinas personas, adoraba el murmullo de las conversaciones así como el sonido que hacían al depositar las tazas sobre los platos correspondientes, o los vasos de los refrescos contra el posavasos o la mesa, el pequeño ruido del exprimidor y el dulce aroma del café recién hecho a mano o de máquina. Sin duda era un oasis de tranquilidad que no quería que dejase de existir ¿Qué sería del mundo si no hubiese cafeterías donde las personas pudiesen conversar tranquilamente? En especial esa cafetería tenía unos grandes ventanales remarcados con madera de roble, por su consistencia fuerte y rigorosa y cristales finos en contraste a la madera, hacía frío y eso hacía que el mismo cristal se empañase y hubiese un vaho que dibujase tranquilamente el recorrido del frío sobre el cristal. Tantos detalles que podía observar con tan solo un ojo. Elevó la mano derecha para retirar su cabello color café del rostro, que de la misma prisa por haber intentado colocarse exhausto sobre la silla, había hecho que se descolocase ¡El que siempre iba hecho un pincel! Además, de retirar las hebras de su característico cabello también depositó las bolsas sobre el asiento que tenía al lado y estaba libre, bendita la mesa de cuatro personas donde podía relajarse. Y al fin llegó el momento de la meditación cuando una vez tuvo todo colocado y bajo su control, que era lo primordial. Un suspiro colmó su garganta y salió despacio entre sus gruesos labios pálidos color amoratado, pero poco tardó en entreabrir los labios pues, un joven muchacho con una apresurada forma en concreto de llegar fue hacia la mesa en la que se había ubicado junto a aquel hombre que apenas había podido ver con tranquilidad.

El chico parecía tan ensimismado en escribir el pedido que ni siquiera se había fijado en que la mesa, por debajo, tenía unas gruesas patas con las que, sin querer pudo tropezarse. Tal vez era su primer día de empleo y por eso estaba nervioso. Erick, sin embargo, no pudo evitar levantarse y sujetar al muchacho de los hombros para evitar que así sucediese una desgracia considerable. Sería polémico que un chico adolescente que trabaja a tiempo parcial, se clavase una taza de café en la frente por tropezarse al intentar escribir un pedido. Luego de que el hombrecito había retenido una estabilidad normal y unas disculpas, que no eran necesarias, entreabrió los labios- “¿Qué van a tomar?” –Después de todo lo que había sufrido el muchacho nada más llegar, el joven moreno sonrió afable, pero discreto, casi poco visible- Un cappuccino con cacao, y para mi compañero el último pedido que hizo, por favor.- Dijo suave, pero alto y contundente, para que el chico pudiese oírle bien y no confundirse.-“Ahora mismo”-Después, tan solo se fue y dejó un pequeño rastro de un torpe paso hacia el mostrador, era lo último que había seguido del chico.- Vaya.. Los nervios de la primera vez, aún recuerdo cuando todos mis compañeros policiales se ponían nerviosos al tratar de disparar al blanco.- Comentó suave, acomodando otra vez su cuerpo en la consistente silla de madera dura y fuerte. Pero hacía calor, demasiado, y, poco a poco, comenzó a retirar de su cuerpo el chaquetón que portaba, deslizándolo primero por sus brazos y finalmente sacarlo de sus hombros y dejarlo a su espalda sobre el respaldo de la silla.

Después de todo, a él le gustaba entablar conversación y adivinar, en un juego mental, de donde provenían esas personas con las que hablaba en sus espacios de tiempo y de vida en los que podía compartir algo más y no sentirse un simple guardia de seguridad en un centro de rehabilitación para “personas que lo necesitaban” Que así era como él veía el concepto de cárcel, un centro donde volvía a reinsertar a las personas en su cordura y en una moralidad basada en unos principios primordiales, un centro, donde también podía formarse uno y sacarse una carrera ¿Por qué no? Había una biblioteca en la cárcel. Todo tenía sus pros y contras. –No me he presentado, disculpe, mi nombre es Erick, Erick Blackwell, un gusto ¿Sabe? Este es uno de los momentos más agradable del día, el escuchar y oler cómo hacen el café y después degustarlo, cuando uno se pasa el día entero trabajando.
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Invitado el Vie Feb 08, 2013 10:48 am

A veces, Oliver se sentía como si los momentos fueran fotogramas a cámara lenta. Instantáneas, sucediéndose. Ahora, en una de ellas, un joven camarero tropezaba, nervioso, y el hombre despistado sentado ya en su mesa, le sonreía. Había ruido de fondo. Gente. Café. Otras mesas. Un mundo "en miniatura", cosmos enmaquetado, representando su ciudad. Su vida. Haciendo de la realidad un lienzo, de su emoción colores.

Era agradable ser un espectador. Mirar sin mirar, posando simplemente las pupilas, recogiendo partículas de todo aquello sin la necesidad de retener la información. Sin casos y expedientes, sin culpables, ni víctimas.

Sonrió ante el ofrecimiento de ese nuevo invitado, ahora interlocutor, pero antes de ver marchar al joven añadió de inmediato un "Descafeinado, esta vez, gracias.", volcándose después en las palabras compartidas. Su mirada se amplió al escucharle hablar de sus primeros pasos entrenando su tiro en la policía, mirándole ahora con más interés. Fijo en esas facciones. Bauman llevaba tiempo ya en el Cuerpo, y nunca le había visto. Algo le dijo, dentro, que le recordaría.

Recordaría esa mirada azul, escondida bajo el cabello opaco, y la sonrisa afable que despertaba suave por sí misma, tímida y a la vez sincera, fácil y natural. Recordaría ese rostro, la cómoda postura de ese hombre… que afirmaba rotundamente, nunca había visto antes.

Quiso saberlo de inmediato, arrojar luz a aquella duda, y descubrir si el hombre frente a él era también su compañero cuando la calle era tan sólo un campo de batalla. A Oliver siempre le esperanzaba conocer a otros policías… Aunque ahora, muchos de ellos, le creían un traidor y un enemigo.

Él otro hombre se adelantó, y Oliver sonrió. No sabía a qué departamento podría pertenecer ese desconocido, pero era cierto. Era agradable. Un buen momento, y parte de ese breve refugio que todo agente requería. Lejos de todo, y a la vez, entre humanos. Sin olvidarse de ese pequeño espíritu humanista que te empuja a seguir, a defender tus ideales, y… y a la gente. A salvaguardar en tu alma esa presunción de inocencia en las otras miradas.

- Nunca le he visto antes…

Meditó unos segundos, mesando su mentón con su amplia mano, en un gesto repetido mil veces cuando trataba de encajar un rostro, nuevo o antiguo, en escenarios diferentes, uniéndolo a las pistas o a recuerdos, recomponiendo el puzzle con las piezas.

- ¿De qué departamento? Creo que no tengo el placer de conocerle, yo... le recordaría. Pero me alegra compartir ese “mejor” momento de su día.


Sonrió una vez más, mientras el joven camarero se acercaba de nuevo portando ambos pedidos, ayudándose con una amplia bandeja, minimizando riesgos. Oliver no miró en su dirección, a pesar de ir sintiendo su presencia acercarse. En su lugar, continuó conversando, animado. Agradecido por aquella nueva compañía, cercana al parecer.

- A mí también me pusieron nervioso las prácticas de tiro.

Inesperadamente, los primeros recuerdos de un Oliver más joven acompasando su respiración, entrecerrando su mirada y disparando... se volvieron ahora una noche de Otoño, con el sonido de la lluvia golpeando los cristales. El estallido de un primer disparo. La sangre, empañando sus ojos. Su corazón, ausente, muerto, roto. Un segundo disparo. Silencio. Oscuridad.

La mirada de Bauman se ensombreció de forma súbita, y sus labios volvieron a ser dos paralelas planas, serias, sin rastro de las curvas nacidas minutos atrás.
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Erick Blackwell el Mar Feb 26, 2013 3:22 am

El ruido lejano de la cafetería era opaco, como las voces, como sus conversaciones, al igual el sonido de la televisión que colgaba de un extremo de la pared, de espaldas a Erick, la televisión, esa caja tonta que anunciaba cómo iba Alemania en estos momentos, si había pagado ya sus deudas con el resto de países durante la guerra, si seguía pendiente de dinero o qué haría la canciller dueña de media Europa. Todo ello se encerraba en una urbe extraña que se alejaba como una pompa de jabón de la atención de ese hombre de cabello negro como el ala de un cuerpo, de facciones finas y varoniles, de un ojo tan azul, tan profundo, tan océano encerrado en unas pupilas de cristal, era marea pura, olas encerradas y cautivadas. De ese par de labios gruesos, que sonreían en un gesto amable y vivaz, natural y sencillo. Sus gestos ahora se motivaron respecto a lo cotidiano, mover la cucharilla y mezclar el contenido del cappuccino, una cuchara que ardía en la consistencia del líquido tibio, espumoso, débil, cuyo olor a cacao amargo trepaba por la palanca de la cuchara y se elevaba sobre la mano del moreno que, podía oler semejante aroma debido a las formas elevadas del vapor que escapaba como un elegante fantasma del líquido y el impío recipiente. ¿Seguiría el cacao de su cappuccino el mismo procedimiento? Ese cacao amargo que había pasado a teñir el color pardo de la bebida, formando unas estrías oscuras sobre él y la blanquecina espuma… Y curioso como un niño que recién desenvuelve el caramelo que le han ofrecido, tomó la espuma caramelizada y amarga en la cuchara y dirigió ésta a su paladar. Las sensaciones en su interior fueron muchas desde el sabor amargo que proporcionó sobre su lengua al dulce azúcar y el aroma directo del líquido ardiente, que provocó un dedicado suspiro –Ahh… Estoy seguro de que no me conoce, verá, me especialicé en el campo de seguridad adaptada a la cárcel, como escolta con ayuda canina -El hombre de azulea mirada metió la mano en la chaqueta que colgaba ahora del respaldo de la silla y buscó su cartera, la cual expuso, abriéndola, mostrando esa placa ya algo antigua y al lado la foto del can en cuestión. El suficiente tiempo para haber sido mostradas y después simplemente la volvió a guardar en su sitio.

Si le contase cada paso de su vida no habría tiempo real en la cafetería para hacerlo, los ruidos cotidianos se oxidarían, el exprimir del zumo, el cambio de la tele por la presión de los botones o el ruido de la cafetera que era tan inmundo y necesario, tan sutil. Tan estúpidamente estupendo para relajar los nervios en un lugar apartado donde los granos del café aportaban sus “cinco” sentidos para restablecer la mente perturbada que buscase su compañía, como una buena amante que espera en la puerta de su casa, en la esquina. Pero ese rostro sombrío sacó de los pensamientos al hombre que había dado su primer sorbo a la bebida y se había lamido los labios para retirar la espuma blanquecina que se había quedado como resto, algo habitual cuando alguien bebía muy entusiasmado.- ¿Le ocurre algo? –Lo primero que preguntó, esa pregunta auxiliar que permitía saber directamente de las emociones del que estaba frente a él.- Creo que hice que se sintiese mal.. ¡No aprenderé a compensar! Tal vez.. Un dulce le anime –Ladeó la cabeza en busca del chiquillo que atendía la tienda, no le importaba pagar un poco más ¡Ya ves tú! Lo que era el dinero sino esa cosa banal y materialista para sobrevivir en la jungla del tráfico.- Lamento lo que dije, no era mi intención hacer que se sintiese mal, desde luego…- El chico, el camarero finalmente llegó a tiempo, pero a Erick no le salían las palabras, no sabía que pedirle, no podía comprender que era lo que posiblemente le había dañado de uans prácticas de tiro, cerró los ojos tratando de captar que era el impulso que su corazón le dictaba para seguir plenamente, seguir hablándole, seguir admirándole o seguir cortejando su forma de hablar, de hablar a un semidesconocido.- Cuando terminemos estas bebidas ¿Podrás preparar las mismas para llevar, por favor? -El camarero asintió con la cabeza en un par de segundos anotándolo en la libreta digital, luego se marchó para seguir atendiendo más mesas.... Aquel hombre, aquel extraño hombre de facciones atractivas resultaba un ente curioso digno de conocer ¿Así se sentían los periodistas? ¿Así se sentía un "acosador"? Era extraño, pero... Quería conocer de él, de su vida. De sus aficiones. De él.
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Invitado el Vie Mar 08, 2013 1:12 am

Oliver negó casi por inercia, sin saber si deseaba fingir que no se sentía mal, que no había sentido esa ráfaga de culpa atormentándole, o simplemente, que no deseaba ningún tipo de dulce. A decir verdad, nunca le había gustado. Por definición, puede que por aprendizaje, Oliver era estricto. Sobrio. Parco. Ni lujos ni caprichos. Ni dulces, ni juguetes. Sólo libros.

Y ahora, era un adulto llano. Cultivado. Que disfrutaba del café templado, cargado demasiado a menudo, sin azúcar. Amargo. Natural. Sin enmascarar el sabor fuerte en su garganta, sin necesidad de mezclarlo. Como un faquir que duerme sobre agujas, tras sus prácticas.

Llamó la atención del camarero, negando la petición del hombre frente a él, con determinación.


- No, por favor. No deseo nada más, no se preocupe.


Después, de nuevo "a solas", su mirada de ocres se dirigió hacia Erick, con esa fortaleza densa y terrosa, mate, sin brillos.

- No me ha importunado. Además tengo por norma no dejarme invitar, no lo tome como algo personal. No necesita ningún gesto entrañable. Compartir un café, y una mesa, no me resulta algo desagradable. Descuide.


Quiso enjuagar esa dureza de su voz, tomando un sorbo de café, buscando en más palabras una forma de huir de esas preguntas en el aire que sentía sobre él. Como el alumno que sabe que será preguntado y reza, a dioses de madera y crucifijos.

- Por éso no le he reconocido. Pensé que como yo era usted policía. Pero aún así es parte del gremio. Admiro su labor. No debe ser sencillo.

En su mente vio muros. Rejas. Uniformes. Vio hombres tratados como bestias. Bestias tratadas como hombres. En su mente, la cárcel era tan sólo un pozo, un agujero, dónde la sociedad vertía sus inmundicias. ¿Cómo salir de ahí? ¿Era un castigo o era un premio? El olvido se antojaba indulgente. La indiferencia, cruel.

Ahora el ruido de la cafetería, la gente, las vidas, los centros comerciales, apenas eran nada para Oliver. Su mente, su alma, habían adquirido el vicio de abandonar sin preámbulos los escenarios, reptando libres y sinuosas, retorciéndose, como culebras mudas que encuentran recovecos... Porque ahora se sentía cómodo en los silencios. Porque casi había dejado de apreciar la luz del sol. Porque ahora amaba las persianas. Porque apenas hablaba, apenas comía, apenas dormía. Porque era solo a medias. Porque él, de un modo inesperado, había muerto también.

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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Erick Blackwell el Jue Mar 21, 2013 2:12 pm

Ese espacio temporal lleno de lágrimas, de fotografías. Lleno de motas de polvo y un cristal que separaba la tempestad y las gotas de él junto con el meteorólogo experto en predicciones fallidas de la radio, la voz lejana de la jefa de cocina que entraba por la puerta y el ruido que hacían las tazas de café al chochar con el culo de la mima taza sobre el plato de porcelana. Todo había pasado a una segunda línea donde, el único ojo de Erick observaba sin observar a través de esa ventana de pequeñas ensoñaciones.

Entonces como un relámpago a su mente volvió la visión de las personas que estaban en la calle pidiendo. La comida se haría poco si se la entregaba con esa fuerte lluvia ¿Qué tal un paraguas? ¿O un chubasquero? ¿Por qué no una casa? ¿Por qué se quejaban si eran arrestados y guiados a la cárcel? ¿No era eso una casa donde tendrían cobijo y comida gratis? A veces esos “dobles bordados” de la vida oscilaban la extensa capacidad de imaginación del moreno que, esta vez con el dedo índice, pulgar y corazón echó hacia atrás el flequillo negro como el carbón de su albumino rostro de porcelana fría y desgastada por alguna que otra imperceptible “arruga” de expresión. Cansancio bajo esa tenacidad…- Cualquiera diría que mi trabajo es el peor del mundo. Dentro de los límites claro –Sentenció, era obvio, bastante obvio y ajeno. Decía su trabajo como un trabajo cualquiera y esas personas interlocutoras indiferentes a lo que el hombre adulto pudiera sentir, expresaban su profundo rechazo con muecas y palabras feas y malsonantes.- A veces… Pienso que no debería ser así. Que no debería haber ese estilo de instituciones porque hoy en día están muy mal vistas ¿No cree? ¿Qué pensaría usted de mí si agredo a un preso por mal comportamiento? ¿Quién de los dos tendría más culpa? Realmente… A veces las cosas no son así –Trató de explicarse, sus dedos optaron un primer lugar, ahora reposaban bajo su claro mentón, su cabello hacia atrás menos los mechones rebeldes expresaban entonces, esa ligera muestra humana: Ojeras. ¡Ya no parecería un robot azotador! –Pienso que… Son instituciones para volver a educar a esas personas, para que sepan distinguir que hay cosas morales que no deberían hacerse… Pero claro ¿Qué es la moralidad para una persona que lo ha perdido todo?

El trabajo mecanizado que ejercía sobre él esa pesada consciencia a veces tiraba, pequeños pellizcos que punzaban en un dolor semejante a la pérdida de un ser querido. A veces se hacía menos intenso. A veces el dolor era mucho más intenso de lo que podía llegar a sufrir, a veces era aún más doloroso que cuando Juliette le aplicaba la pomada sobre esa cicatriz que ahora quedaba tapaba por el parche medicinal blanco cuyas dos cuerdas o gomas cruzaban por encima la nariz y la mejilla contraria.- También podría opinarse sobre quién es el ladrón, o quién es el héroe. En esta sociedad materializada. Cualquiera iría a la guillotina. –Si lo pensase tan solo de esa forma, muchas cabezas de políticos se arrojarían a cestas de esparto tras habérselas cortado. Muchos ladrones por robar para poder alimentarse, muchos ciudadanos por querer ayudar. Sacudió la cabeza ante ese pensamiento tan lúgubre y volvió su rostro en una alegre sonrisa, suavizada bajo esa encía uniforme y blanqueada como una hilera de perlas bien colocadas bajo el sublime grosor de sus labios.- No deberíamos hablar de trabajo en horario de descanso, así solo conseguiremos que el trabajo sea nuestra única dependencia vital ¿No cree? Tal vez, deberíamos plantear otra conversación más amena. –El trabajo parecía algo entrañable cuando se trataba de gustos, a Erick no le gustaba revisar a los presos la cocaína o cualquier sustancia ¿Pero y a aquel hombre? ¿Le gustaba detener o investigar? Parecía realmente sumergido en su empleo. Ahora.. Sin embargo sentía una latente curiosidad hacia aquel hombre que tan regio se presentaba, tan formal, tan suave, pero a la vez tan endurecido y un millón de preguntas desbordaban de un lado a otro de su maquinaria. ¿Sería descortés preguntándole más ambitos de su vida? ¿O tal vez debía dejar aquello como solo una "cita" de cafés?
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Invitado el Vie Mar 22, 2013 1:57 pm

¿Realmente llevaba tanto tiempo sin conversar? Era extraño. Se sentía dividido ante la necesidad de escuchar, de compartir, de dialogar… y la urgencia, la aprensión, que le decía que terminara aquella charla cuanto antes y huyera de sí mismo y de los otros, buscando un refugio silencioso, solitario, como su propia casa o su despacho.

Se recostó acomodando su postura, ahora aparentemente más cansada, de nuevo debatiéndose entre la rigidez y la templanza. Antes, hubiera disfrutado ese dilema ético. Habría elegido una postura clara, y se habría adentrado en la polémica, envuelto en esa seguridad austera y profunda, de los que creen tener razón no sólo a ciegas, sino también con argumentos.

Ahora… ¿Qué más daban las cárceles? ¿No era vivir un tipo de prisión? Sentía sus propios sueños ajados y grisáceos, encadenados y entre rejas, como su propia alma. Como sus deseos, encerrados.

La libertad estaba sobrevalorada. Como el “bien” y el “mal”, era un ideal vago, demasiado brillante, verdad tan sólo en los infantes, en la pureza en crudo de los niños. Libertad, para Oliver, hubiera sido dejarse mecer por unas olas frías, en una playa, lejos, dónde nadie recordara su rostro. Libertad sería amnesia. Sería olvido.

Buscó refugio en el café, sintiéndose perdido, lejos de las palabras de ese otro, incómodo de una forma incoherente, más consciente ahora de estar acompañado. De no ser sólo gente, anónimo, de posar su mirada en otro humano, que devolvía sus pupilas reflejadas, en ese único ojo. Velado, como cada secreto.

- Le comprendo, Blackwell. La línea es muy difusa. No hay un camino fácil. Lo que parece correcto puede ser luego erróneo. Trágico. No hay consuelo en el bien. No hay futuro en el mal. Supongo que debemos conformarnos con los grises.

Bauman posó sus dedos sobre la taza, amargo sin necesidad de más tragos. Amargo dentro. En su interior. En su memoria, en sus palabras, en su mirada, oscurecida. Su humor aún era vulnerable, inestable, afectado por la conversación y por cada una de sus emociones, caóticas y desordenadas.

- No estoy acostumbrado a hablar en demasía, y en verdad, el trabajo es casi mi vida por entero. Perdone si he guiado nuestra conversación en esa dirección. Si lo prefiere puede elegir cualquier otro tema, me agradará escucharle mientras termina su bebida.

¿Era eso un leve aviso? ¿La promesa de un fin próximo? ¿Era una nueva huída o era una simple frase? No supo contestarse, y apartó su mirada, caoba, hacia los demás rostros, que como él, no eran nada, no eran nadie.
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Re: Meeting & Blend Coffee

Mensaje por Erick Blackwell el Sáb Mar 23, 2013 2:28 pm

Abatido, desollado. Pincelado y confuso en una alusión de ónice fulgor hacia las pocas gotas que colmaban el interior de la taza de porcelana, reflejaban como la realidad se tornaba en su rostro curtido en la batalla de la vida y de vuelta al campo con la esperanza de permanecer con medio cuerpo ya no tan roto por el destino. Esa sensación invadió el cuerpo del hombre de único orbe que iba sumergiéndose en apenas escasos centímetros de cappuccino azucarado, distorsionado y alusivo. Donde la cuchara ya no era un remedio para sostenerse, donde ya todo había dejado de existir como esa conversación tan extraña que empezó con una débil confusión por su parte. ¿Sería justo seguir obligándole? ¿Sería razonable entablar una conversación para seguir manteniendo a ese hombre junto a él? ¿O sería necesario escribir en un papel “Necesito hablar con una persona” y pegárselo en la frente, retirando el flequillo negro como el ala del cuervo? No había nada. En esa taza no había movimiento ni onda que reflejara alguna forma, algún interés más que no fuera monótono. Las preguntas se habían reducido “¿Tienes hijos?” “¿Tienes familia?” Porque nada de eso le llegaba a importar ahora, nada de eso era importante. Era una persona y las personas sólo sabían hablar de sí mismas sin querer escuchar más allá de lo que les interesa. Pero aquel hombre era diferente ¿Por qué? Lo sentía. Lo veía en sus ojos, en sus dos ojos. En su gesto, en el mohín de sus labios, en la expresión ultrajada de sus hombros y la tensión acumulada en la frente. Bordeó pues, la taza con el cristal de sus ojos, ligeramente manchada por el borde donde él había bebido, pero tan ligera que apenas era notoria, la luz reflejada en la misma. A medias, como tantas cosas en la vida.

Ese par de labios permaneció sellado, ese par de labios gruesos permanecieron callados, sin que su garganta produjera el hilo melódico de su suave y ronca voz, voz que había enfermado por pasar frío en la cárcel. En su oficio. Su cuerpo ceñido a la silla se movió suave, sólo con el consuelo de acomodar la rígida espalda sobre el incómodo respaldo de madera de roble claro teñido en miles de visitas. Sus piernas juntas, dejaron de ser amistosas compañeras a separarse y los pies permanecieron quietos en los zapatos de charol negro que brillaba sutil al contraste de la luz, su pantalón ya no presentaba ese doblado de raya que nacía bajo el cinturón negro y bordeaba elegante los bolsillos hasta fundirse con los muslos internos y resurgir en las rodillas, caer como cascada hasta los tobillos. El gesto se pronunció como algo crítico cuando elevó la mano derecha que no estaba apoyada en la mesa para, retirar nuevamente parte de su cabello hacia atrás, pues revoltoso quería incluirse en las facciones del hombre que permanecía callado, sin más que decir, sólo observar. Un lenguaje que manejaba el alma de cada ser. Y bajo esa tonalidad enmudecida retiró dicho parche blanco, guardándolo, dejando a ese hombre, observar semejante cicatriz que le había hecho ocultar esa parte de su vida, la piel. La piel parecía suave terciopelo sobre esa mejilla dañada donde se sostenía el principio de la cicatriz, y que, aguantaba así el borde de sus pestañas y el húmedo lagrimal brillante y rosáceo. Pero a destacar como esa marca volvía humano al hombre, que, entonces, elevó el rostro y difuminó una amplia sonrisa, una sonrisa suave.

Una sonrisa tan volátil y efímera…

Una sonrisa única…

Una sonrisa para él.

Ya ni siquiera el cabello volvía otra vez a su sitio, a donde él quería instaurar esa dictadura de tapar la parte que tanto había causado desalojo en las demás personas, que habían visto semejante tez cubierta por la piel marcada del párpado siempre cerrado, perpetuo. Inalienable. Solo ese ojo vidente osó volver a mirarlo, buscar sus labios nuevamente, buscar ese gesto serio y austero que marcaba al agente que se escondía tras los pensamientos y la taza de su bebida. ¿Era su penetrante ojo azul el único que pretendía hablarle con la vista? Subió entonces por su nariz y sus pómulos, luego se detuvo en el puente que unía dicha piel hasta alcanzar a observarle por entero ese rostro, ese cabello oscuro color café y el par de ojos que a su parecer escondían mil y un secreto que descifrar. ¿Sería entonces él la persona que podría hacerlo? ¿Sería aquel encuentro la promesa de esa inevitable separación? ¿Sería entonces el recuerdo de alguien hasta un posible encuentro? ¿Sería alguien con rostro y nombre para él?
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