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De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

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De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Dom Feb 03, 2013 1:57 pm

"De profundis clamavi ad te, Domine;
Domine exaudi vocem meam.
Fiant aures tuae intendentes
in vocem deprecationis meae.
Si iniquitates observaveris,Domine,
Domine, quis sustinebit?
Quis apud te propitiatio est,
et propter legem tuam, sustinui te, Domine.
Sustinuit anima mea in verbo eius;
speravit anima mea in Domino.
A custodia matutina usque ad noctem,
sperat Israel in Domino.
Quia apud Dominum misericordia, amen
et copiosa apud eum redemptio.
Et ipse redimet Israel
ex omnibus iniquitatibus eius"



Fon no era religioso, de hecho, hacía ya demasiados años que había dejado incluso de creer en dioses de culturas orientales o iluminaciones del alma propias de la fe de sus ancestros y que sus abuelos respetaban. Sin embargo, algunos ritos le gustaban. Llamar a la oración, a hacer ofrendas, a los servicios comunitarios y cosas por el estilo evadían la mente de la vida diaria al mismo tiempo que muchas veces se hacía algún bien por la comunidad.

Algunas oraciones también le agradaban, eran rítmicas y musicales casi en cualquier idioma traducidas y por eso Fon a veces las recitaba. Por el simple hecho de escuchar poesía y alejar su mente de todo lo que le rodeaba e inevitablemente le llamaba la atención aunque no quisiera.

Para no recordar el mundo en que le había tocado vivir.

Enero avanzaba de forma vertiginosa, Fon ya llevaba dos semanas en el país y no había parado un solo segundo desde entonces. Mudanza, adaptación general, su primer caso y sus primeras conclusiones sobre la situación de la ciudad junto a las posibles soluciones que se le ocurrieron al respecto.

Necesitaba un respiro ya, por eso estaba allí. Uno de los lugares más tranquilos y relajantes de Steinburg.

El sentimiento de culpa se aferraba a su pecho como un demonio comiéndose su corazón por estar susurrando oraciones de difuntos en latín mientras caminaba por uno de los senderos del cementerio... en vez de estar buscándole.

Aún no había tenido tiempo de pedir autorización para revisar los expedientes personales de civiles con intención de comprobar la identidad del hombre que le hizo lo que ahora era. Ni siquiera había podido dar con su cara en ninguna parte por pura casualidad. ¿Sería que ya no estaba en Steinburg? ¿Otra vez había vuelto a perderle la pista nada más llegar?

No, no, ¡no! No podía dejarse llevar por ese pensamiento nacido de su frustración, debía ser racional: pocos días en la ciudad, poco tiempo para investigaciones personales, mucho estrés por tanta adaptación a un lugar tan diferente, corrupto y peligroso en el que estaba completamente solo.

Orden de prioridades: sobrevivir, trabajar, investigaciones personales.

Resignado por ese pensamiento, el joven policía detuvo su caminar frente a una de las lápidas que bordeaban el camino, hincadas en la zona de densa vegetación del cementerio. No tenía nombre. Y no era la primera que veía de aquel modo en el cementerio.

Aun así, la miró en silencio durante un rato con la seriedad profunda de sus claros ojos azules. Como si quisiera averiguar la identidad de la persona sin nombre allí enterrada.

"¿Quién eres?"

Hacía frío, se sintió más intenso al permanecer parado. Aún seguía nevando de forma constante pero suave, por lo que todo a su alrededor se veía cubierto con una pequeña cubierta blanca que le hubo obligado a llevar puesta todo el tiempo la capucha de la cazadora de cuero negro forrado que vestía. Vaqueros azul oscuro y botas militares completaban su indumentaria. Su negro flequillo lucía húmedo y reluciente por los pequeños copitos que se volvieron agua al sentir el calor de sus manos enguantadas —también en cuero negro forrado—, que ahora permanecían en los bolsillos de su cazadora.

No parecía tener más de 18 o 19 años.

Entonces, sin previo aviso la tranquilidad que reinaba en él desapareció.

Su alerta interna se encendió en el momento en que sintió claramente pasos acercándose a cierta distancia repentinamente y volteó el rostro de forma brusca en la dirección de la que provenían.

Una figura se empezó a dibujar entre la nieve que caía.

Fon jamás habría imaginado quién estaba a punto de aparecer ante él...



Spoiler:
Traducción de la oración que murmuraba Fon en latín:

Desde lo más profundo te llamo a ti, Señor:
¡Señor, escucha mi voz!
¡Que tus oídos atiendan
la voz de mis súplicas!
Si las culpas consideras, Señor,
¿Señor, quién resistirá?
Porque hay gracia en ti,
y por tu ley,
te busco, Señor.
Mi alma aguarda en su palabra;
Espera mi alma en el Señor.
Más que los centinelas la aurora
aguarda Israel a Yahveh.
Porque en el Señor hay misericordia,
y en Él habita la total redención,
Él redimirá a Israel
de todas sus culpas.
Spoiler:

Fon actualmente con 22 años (Izquierda), Fon con 14 años cuando se conocieron (Derecha)
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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Dom Feb 03, 2013 9:04 pm

Invierno. Como si ya no hubiera primaveras... Helado y lento, observando su propio aliento disolverse, nubes de vaho y culpa. Habían pasado 27 días. Exactos. Contados. Podría enumerar tantas excusas, creíbles y coherentes, pero no ciertas... No. No había esperado a recibir el alta. Sencillamente, no había encontrado el valor antes.

Herido e implicado, no se sintió capaz de ir a su entierro. El Cuerpo quiso mantener las apariencias con banderas, tiros y funerales típicos, de uniformes y lutos. Su familia no descubriría el verdadero alma de ese hombre, marchito a sus pies.

Lo que había dentro de la caja no merecía tales honores... Pero estaba llorando. A solas. Ante una lápida de piedra, incapaz de devolverle la mirada. Silencioso, como si así, callado, las lágrimas fueran menos certeras, como si evidenciaran menos su derrota. Su culpa. Ese vacío.

¿Qué lloraba? ¿La sangre o las verdades? Estaba solo. Le había matado. Él. Mucho antes de apretar el gatillo. Estaba muerto dentro de su pecho, desde haberle juzgado. En ese mismo instante ya le echaba de menos. Ahora... bueno, lograría acostumbrarse.

Dejó pasar el tiempo, copo a copo. Tal vez la nieve hiciera de su mente algo más blanco, nuevo. Puro. Sólo tal vez... los pensamientos seguirían siendo oscuros. Cuando ya no sentía las manos, rígidas, limpió su rostro con la palma y se despidió.

No volvería hasta él. Era un adiós rotundo. A todo. A los recuerdos. Debía empezar de nuevo, encontrar el camino. Avanzar. El luto había acabado. Despacio, aletargado por el frío, se encogió dentro de su traje sobrio y gris, y cubrió parte de su semblante con la bufanda, roja y viva.

Oyó sus propios pies, por el camino, pesados. Torpes. Pero en la dirección correcta. No sonrío, a veces correr hacia la meta no logra hacerte más feliz. Aún así se sintió más ligero, parte de él mismo había sido enterrada también en esa lápida.

No volvería a ser engañado. No dejaría que su juicio se viera en entredicho. Era una promesa, su corazón no volvería a interferir con su trabajo. La soledad era mucho mejor que la miseria de la ausencia o la tristeza apática. La soledad le conocía, se habían acostumbrado a sus presencias mutuas.

Minutos después un testigo fortuito hizo pedazos la ilusión de su exilio, arrojando su presencia entre la niebla. Oliver actúo por pura inercia, guiado por esos modales grabados con ahínco en su interior. La pena que emanaba en cada esquina del paraje encauzó sus palabras, serenas, sentidas. ¿Cuántas veces se habrían pronunciado esas mismas palabras ante esos mismos árboles? Ante los mismos muertos... los mismos vivos, desolados.

- "Herzliches Beileid".


Su voz se entrecortó de forma perceptible pero breve. En su silueta, magnánima, la sombra del pesar era grande también. Visible, como la huella que dejan las batallas perdidas. Despacio, caminó algunos pasos más, llegando hasta el encapuchado, de aspecto frágil, casi infantil, helado como él ante la caída de las nieves.

Sin saber bien por qué, buscó sus ojos. ¿Habría también en ellos el rojo de las lágrimas? ¿Eso le aliviaría? A veces, comprender el dolor de otras personas lograba hacerle comprender también el suyo. Aceptar sus reacciones, encontrar sus motivos. Podría, tal vez, aprender a sanar si encontraba la cura en las miradas de los otros.

*Le acompaño en el sentimiento.



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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Mar Feb 05, 2013 2:33 pm

La tensión se aposentó en su cuerpo por unos instantes en que a sus ojos apenas era una silueta aquel cuyos pasos resonaban en el camino enterrado y nevado del cementerio como alma en pena vagando errante por una vida de eterna condena. Fon no creía en fantasmas, no al menos en no buscar una explicación lógica para sucesos extraños e inexplicables. Y lo que parecía un hombre enorme acercándose a él estaba claro que de paranormal no tenía nada en absoluto.

Entonces, algo en él le llamó la atención.

Su cuerpo parcialmente se relajó pero su corazón empezó a acelerarse de forma sutil al sentir que aquella silueta se le hacía familiar en su memoria al momento. Alto, muy alto, corpulento y esa forma de moverse a pesar de que solo estuviera caminando... La sospecha se hizo a un lado casi al momento en que, entre la niebla y los copos de nieve, empezó a vislumbrar mejor sus rasgos.

Sus condolencias murieron en sus oídos como un susurro en el aire.

Jamás le había oído su voz, su mente al menos no la recordaba. Pero sería incapaz de olvidar su rostro, cada una de sus facciones duras y varoniles. Su boca, grande y seria. La forma de sus ojos, cuya mirada ahora no podía reconocer en la que ahora tenía delante. No por aquella cicatriz que no recordaba. Sino por su actitud.

Y aun así, el vaho de entre sus labios dejó de salir.

Por un segundo, se quedó sin respiración y sus ojos azules se clavaron en los ajenos como hacía años que no miraban a nadie. Sorprendidos. Sorprendidos e incrédulos, como la vista de un niño ante algo que creyó imposible. Entre la emoción y la conmoción. Sus labios entreabiertos no podían articular palabra alguna.

Su mirada pasó de tener más de 40 a tener 14 años.

Era él.

La memoria podía jugar malas pasadas en la percepción de la gente, Fon lo sabía muy bien, era policía y había tenido que vivir muchos interrogatorios, testimonios y ruedas de reconocimiento a lo largo de su corta pero intensa vida. Pero cuando tu mente veía cosas que luego te dabas cuenta que la mayor parte de las personas no, una extraña confianza en ti mismo evadía cualquier sombra de duda.

Cuando se quiso dar cuenta, Fon también estaba caminando hacia él al mismo ritmo, sin desclavar su vista asombrada e incrédula de él.

Una punzada en su pecho cuando se detuvo a menos de un metro de él. Sus ojos tras aquellos cristales. Lucían como aquella noche. Rojizos por el humo y las llamas. Notó que su cuerpo temblaba ligeramente, de forma casi imperceptible.

Pero ahora solo hacía frío por todas partes. Excepto dentro de su pecho, su corazón se iba a salir.

Eres... tú —musitó a media voz, con un tono a juego con su mirada perdida en el ser que tenía delante y que por más que lo viera, no era una ilusión. Habló en inglés sin darse cuenta, con su marcado acento neoyorkino.

No era una pregunta, era una afirmación. Deseaba con toda su alma y su ser que lo fuera.

Anhelaba con cada ínfimo resquicio de su existencia que el hombre que ahora tenía delante fuera él.


Aquel que le dio la oportunidad de ser quien ahora era.


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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Mar Feb 05, 2013 5:07 pm

Con cada paso sintió la cercanía de otra persona, consciente. Real. Como si haber estado solo, por completo, fuera también un hecho y no una percepción de sus sentidos, rebuscando en su pecho.

Ahora, había alguien. Frente a él. Un testigo. Un humano, acercándose. Respirando. Compartiendo los minutos, parte de su existencia, en un silencio denso pero suave, mientras la distancia iba muriendo poco a poco. Mientras buscaban, mutuamente, sus miradas. Respuestas enterradas. Anhelos, mudos, abruptos como los sentimientos.

Bebió, ansioso, la imagen de ese rostro distinto sin saber qué buscaba, sin saber poner nombre a lo que había perdido. Recorrió la figura de ese cuerpo, pequeño, menudo, caminando hacia él, como si de algún modo le ofreciera su mano. ¿Estaba en realidad tan muerto dentro? ¿Tan herido?

Siguió sus pasos, avanzando a través de la silueta, sin pensar esta vez. Sin intentar recordar nada, sin averiguaciones. Sólo viéndole. Buscando la otra piel bajo las ropas, como si la verdad pudiera cobijarse entre las telas. ¿Cuánto tiempo llevaba vestido? Sin recordar su propia piel. Sus emociones.

Su cuerpo tembló, uniéndose a la angustia de esa necesidad. Estaba tan... sediento. Tan roto, destruido. Tan hambriento. Atado hierro a hierro, encerrado en la jaula que él mismo había forjado. Impidiendo que llegaran a él. Alejándose... aprendiendo a mentirse hasta a sí mismo.

Empezó a hacerlo por inercia. Era más fácil de ese modo. Eludía las preguntas. Escogía las respuestas. Inventaba escenarios adecuados, y se encerraba en casa. Trazaba un laberinto en el trabajo y lo seguía, premiándose al llegar, corrigiendo los rumbos de antemano. Porque en él, para él, no había nada que escapara al control. Todo, cada uno de sus actos, era premeditadamente falso... a pesar de no mentir a través de sus labios.

Llevaba tanto tiempo huyendo que había olvidado plantar cara... y ahora, en silencio, copo a copo, trataba de aprender de nuevo, torpemente, eligiendo un momento cualquiera, un muchacho cualquiera, para mostrarse sin caretas. Rostro a rostro.

Navegó sus facciones, buscando a través de la capucha, ignorando la intromisión de su cabello, oscuro y liso, sedoso como sus ilusiones. Su mirada caminó centímetro a centímetro su barbilla, la línea que enmarcaba su mandíbula, su piel, pálida... suave, satinada como la faz de porcelana de los ángeles... tan joven, inocente.

Después, miró sus labios, observándole quedo mientras su respiración se interrumpía. Como si de algún modo, de alguna forma, aquella sensación intensa fuera igual para ambos. Congelados en el tiempo y el espacio, mecidos en la misma cuerda de la historia, de la física, átomos enlazados.

Él avanzó también, moviéndose sus pasos sin mirar el camino... perdido. Perdido en esos ojos, atónitos, y azules... Inmensamente azules... Con ese azul. Con ese azul maldito, inolvidable. Hiriente. Ese azul... del pasado. Ahora presente.

Su pecho se hizo un nudo.

La soledad dejó de estar a solas... nada tenía sentido. De todas las personas, de todos los lugares en el mundo... de todos los momentos. Sólo ése. Sólo ellos. Sólo ahora. Y la realidad pareció sucumbir ante ellos, convulsa y explosiva.

Oliver sintió como fallaban sus rodillas mientras el espejismo ante sus ojos se extendía... a un metro frente a él. Su rostro enrojeció mientras sus ojos, antes húmedos, brillaban ahora enloquecidos... tan llenos de emociones y de dudas, que sus pupilas titilaban.

Acortó las distancias sin pensar, con el aliento preso entre su boca, cerrada firmemente ahogando la sorpresa... escuchando esa voz... la voz que acunaban los gritos de sus noches, en sueños, cuando todo eran llamas.

Sus ojos se perdieron totalmente, cabalgando las huellas que iba dejando el tiempo en aquel cuerpo, frente a él... el mismo cuerpo que había llevado entre sus brazos, lejos del fuego. El mismo cuerpo, débil y vulnerable, que él había protegido.

No supo qué decir. Ni siquiera asintió. Sólo... sólo actuó, dejándose llevar, mientras sus amplias manos rompían definitivamente el espacio entre ellos y apartaban urgentes, delicadas, precisas... su flequillo... para ver el lunar, su lunar, ese único lunar, enmarcando sus ojos.

Azules... como en aquellos días, cuando él aún era tan joven... mientras sus manos reposaban sosteniendo sus mejillas en la caricia inmóvil, estática, del reconocimiento.

- Ich bin...


*Soy yo.
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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Jue Feb 07, 2013 12:24 pm

Cuando vio sus ojos, su forma de mirarle, Fon supo en lo más profundo de sus incoherentes sentimientos que era él.

La sombra de su razón no obstante se empeñaba en querer erradicar esa seguridad que tan deseosa se le antojaba adentro, bien adentro de su cuerpo. De ahí su actitud desconcertada, dudosa, emocionada, expectante. No se dio cuenta de que el mayor se había acercado siquiera a la par que él mismo, perdido en su mirada buscando respuestas que Fon sabía y quería creer que ambos tenían delante. Sin palabras, sin más actos.

Si fue capaz de reconocerle en la pantalla de un televisor entre una muchedumbre de desconocidos, ¿cómo no iba a reconocerle ahora a menos de un metro?

Volvió a quedarse sin voz, dejando que el vaho escapando de sus labios entreabiertos delatara cada palpitación acelerada de su corazón. Sus ojos seguían en los ajenos, cargados de algo que rara vez mostraba al mundo que le rodeaba. ¿De qué valían los sentimientos? Para Fon no eran más que el carburante de los hechos y las palabras, de los proyectos de futuro, de los objetivos de una existencia. Y sin embargo, hele ahí, mostrándose ante una figura antaño dibujada entre llamas y asfixiante humo, de rasgos que conoció en tensión y no relajados como ahora.

De un tacto que irónicamente recordaba mejor que el de sus propios padres.

Y fue eso lo que le desbordó.

Su reflejo habría sido apartarse sin duda con cualquier acercamiento desconocido, sin embargo, sentir aquellas grandes manos aproximarse le hicieron temblar. Mas no moverse ni resistirse un ápice.

Al seguir sus ojos, supo lo que estaba buscando con la sutil caricia en su cabello, lo cual le puso la piel de gallina. Ahora fueron sus mejillas las que se encendieron, bañadas en recuerdo, en presente, en futuro. Su corazón fue ensartado sin piedad, sintiendo que el calor se hizo más fuerte tras el intenso vuelco que dio su pecho cuando la razón de nuevo apareció entre sus emociones.

Aquel hombre se acordaba de él, por eso buscaba su lunar.

Su afirmación le asestó la puñalada final.

Aquellos ojos desaparecieron de su campo de visión en el momento en que ésta se nubló, entornándose el azul reluciente de sus iris hasta apenas volverse unas rendijas en el momento en que su rostro se contorsionó antes de que sus labios se apretaran con intención de ahogar un sollozo que llevaba ocho años deseando salir de ellos.

Apenas tomó sus muñecas suavemente para retirarlas de su rostro y, sin pensarlo, ocultó su pesar, su emoción y sus lágrimas en el momento en que se desbordaron de sus ojos en uno de los hombros de aquel hombre que le había abierto la herida, aferrándose a su cuerpo en un abrazo necesitado que no hizo más que traerle más y más recuerdos. Temblaba y apretaba los labios de modo que aquel torrente manase en silencio, igual que la sangre de su herida abierta en forma de recuerdos, sensaciones que abrasaban su alma y su cuerpo con una dualidad que no estaba acostumbrado a soportar.

Volvía a tener catorce años, calor por todas partes y los pulmones le fallaban, no obstante, no había fuego ni humo esta vez. Solo estaba él. Mostándole sombras de sufrimientos pasados que ahora se volvían presentes y a la vez, sensaciones gratificantes y alentadoras, le había encontrado, al fin.

El dolor cobraba sentido ahora que se sentía bien, ahora que había comprobado que ocho años de sacrificar su vida y sus emociones servían para algo.

No había solo un motivo para esas lágrimas.

Era el llanto de un adolescente de catorce años que lo había perdido todo y el de un hombre de veintidós que había ganado una cruenta batalla a la vida.

Le había encontrado.

Y sin embargo, no podía hablar a pesar de todo lo que tenía que decirle.

Solo podía llorar y abrazarle, anhelando el estrecho contacto que había rememorado cada una de sus mañanas y noches para no olvidarlo, para buscarle, para encontrarle.

Ya no podía pensar.

Solo sentir.


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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Mar Feb 12, 2013 11:14 am

Tan cerca... Con sus manos sobre aquella piel que debía ser remota y parte del pasado... como los sueños, o los recuerdos de la infancia. Quiso perderse en la mirada azul, intensa, acuosa, que le hacía sentir... ¿Joven? Recordando esa parte de él, casi sin máculas, que pudo sostener el cuerpo del muchacho entre las llamas, hasta ponerle a salvo. Como un héroe de cuentos, fuerte, estoico. Y no el hombre perdido y derrotado que se sentía por siempre, ahora, vencido por la vida sin ser un contrincante digno.

Cuando los ojos de ese joven, distinto, pero enlazado a su memoria y a su cuerpo... a un momento concreto de su vida, revelador, cuna de trayectorias... quisieron ser un mar, ser un torrente, dejó que fuera su emoción la que guiara, dejándose abrazar, aceptando el abrazo demandado hasta rodear su cuerpo con sus brazos. Como entonces.

Había crecido. Su figura, antes pequeña y vulnerable, era ahora la de un hombre. Pero aún así podía abrazarle, contenido en su propio regazo, aprovechando la leve diferencia entre sus cuerpos que aún encajaban como antes... haciéndole sentir su protector. Un caballero errante que empuñaba de nuevo ideales desgastados, a pesar del óxido que corroía su presente, su mirada. Se sintió puro. Ungido por la necesidad, dispuesto a defenderle, a ser... su sombra. A abrazar ese cuerpo, con todo lo que era y había sido. Cosido a él, asidos, como un padre, un hermano, un amigo... un aliado. Sin secretos, unidos por un lazo ya añejo, que no necesitaba más palabras.

Y no supo si en realidad era su pecho el que bramaba. Su corazón el que lloraba ahora, necesitando... necesitando ser, ser necesario, necesitándole. A él y a sus recuerdos. Al perdón que nunca le pidió y siempre había añorado. La comprensión que no se dio a sí mismo... tal vez, tal vez pudiera hallarla en ese hombre, niño en sus recuerdos.

Sus manos se extendieron, como ramas desnudas que buscan primaveras y se alzan, marchitas y decrépitas, pero aún... altivas, con el orgullo arrebatado por el tiempo pero imponentes en su envergadura despojada. Hasta abrazar y poseer su espalda, sus hombros, su figura. Hasta amarrar su nuca, su cabello, con desesperación. Sintiendo el pulso de la vida a través de las pieles, del movimiento errático de su respiración, contrayendo su cuerpo. Vivo. Salvado de las llamas...

Sus lagrimas huyeron, derramando un alivio que no creyó poder sentir. No ahora, cuando su alma se sentía tan oscura, tan condenada, que aborrecía su propio nombre... y su trabajo. El trabajo que eligió... para poder salvar a otros. Como ese niño. Como ese joven.

Para salvarse... también a sí mismo, de sus propios demonios.

- Sie haben mich gerettet, als ich gespeichert.


Durante todos estos años... atado a ese hombre heroico que había deseado ser, y había sido un noche.

*Tú me has salvado, como yo te salvé.
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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Jue Feb 14, 2013 11:25 pm

Las sombras del pasado y los fantasmas del presente se intercalaban constantemente en su cabeza y en su corazón con cada segundo que avanzaba, igual que las lágrimas en sus mejillas muriendo en el hombro del abrigo de aquel inesperado hombre. Hasta que el espacio y el tiempo parecieron encontrarse en un punto intermedio, fusionándolos y parándole de nuevo el corazón por un instante al sentirlo.

Sus brazos, sus latidos.

Aunque tuviera otra cara, aunque se hubiera olvidado de él por ser más joven o simplemente por ser algo insignificante en su vida, Fon podría haber reconocido su agarre, sus brazos, el contacto de su palpitar golpeando contra el ajeno por competir por cual de los dos corazones había revivido más intensamente que el otro.

De no haber tenido los pulmones llenos de humo entonces, habría recordado su olor mezclado con el del hollín y los muebles consumiéndose entre las llamas.

La nieve seguía cayendo.

No supo cuánto tiempo hubo pasado cuando al fin su mente comenzó a dar señales de reaparición, haciéndole ver que estaba tomando una actitud demasiado confiada y cercana con un hombre que solo había visto una vez en su vida. Su llanto se fue calmando, notando ese punzante dolor en las sienes tan desagradable que precedía a las lágrimas. Hacía años que no lloraba, más de los que hacía que conocía a ese hombre. No derramó una lágrima ante la desaparición de sus padres.

Las lágrimas solo daban dolor de cabeza y no arreglaban nada.

Se avergonzó de sí mismo por estar comportándose como un niño cuando ya era todo un hombre que estaba enfrentándose a la vida solo, por lo que con ese pensamiento intentó calmarse dándole vueltas a las palabras que le habían proferido aquellos labios duros y serios.


"Tú me has salvado, como yo te salvé"


¿Qué quería decirle con eso? ¿Se refería al pasado, al presente o al futuro? Él le recordaba, ahora le había reconocido y había podido notar que no era el único que había sentido algo demasiado intenso por aquel encuentro.

Fon sería muy inteligente y racional, pero no por ello era ajeno a los sentimientos de los demás, por mucho que a veces le costase verlos o entenderlos.

Gracias... —susurró cuando al fin su voz salió, ahora ya sí en su impecable alemán sin atisbo alguno de acento americano—... por darme la oportunidad de hacerlo.

Sí, definitivamente, eso era lo que más había deseado decirle. Si no hubiera aparecido en el momento adecuado, no sabía si podría haber llegado a estar allí ahora. Jamás le guardó rencor por su repentina ausencia precisamente por eso.

Porque le dio la oportunidad de vivir y elegir sus propios caminos a seguir.

Fon nunca tuvo las cosas fáciles y nunca las quiso así. Cierto que si ahora estaba allí era por él, porque podría ser de ayuda en su búsqueda y en la reapertura del caso de desaparición de sus padres. Pero siempre barajó la posibilidad de que él tampoco pudiera ofrecerle nada al respecto, nunca quiso hacerse ilusiones.

Y sin embargo, le hubo hecho mucha en el fondo encontrarle.

Lo siento, discúlpeme —musitó intentando recuperar su tono y educación habituales, separando su rostro bajado para darse una ligera pasada con el brazo para limpiarse las lágrimas. Sus manos se separaron sin mucha brusquedad del calor agradable de aquel hombre para no seguir invadiendo su espacio personal, buscando un pañuelo en sus bolsillos para limpiarse fugaz y discretamente la nariz. Recomponiéndose mental y físicamente para volver a recuperar su edad real y su presente. Enfocando de nuevo el futuro y todo lo que ello requiriera y deparase. Una vez volvió a ser el Fon de siempre, sus ojos volvieron a los ajenos. Pero no como miraban siempre. Su abuela tenía razón, cuando no miraba con la seriedad y dureza de un hombre de 50 años, su rostro se veía más bonito, sus ojos parecían más humanos—. Me llamo Fon, tengo 22 años —una de sus manos se acercó al rostro ajeno, enjugando sereno los regueros resecos en las mejillas del otro con el dorso de sus dedos mientras hablaba—... y llevo 8 buscándole...

Al pronunciar aquellas palabras, su caricia se extendió más allá del rabillo del ojo del mayor, recorriendo lentamente de forma descendente la cicatriz de aquel rostro casi sin rozarla. Sus ojos azules se desviaron hacia ella. Tenía mucho menos de un año por la cicatrización que presentaba, quizás un mes o dos, así como tenía muy claro que había sido por una bala por la profundidad, el largo y la forma de los extremos. De haber sido un milímetro más a la derecha el disparo, habría perdido el ojo.

Los de Fon se entrecerraron, observándola.


"¿Quién te ha hecho esto?"


Mas no pronunció aquello con palabras, limitándose a retirar la mano con discreción para no incomodar a su interlocutor y regresando la vista a sus ojos nuevamente.

Le vi en las noticias hace tres meses, entre la gente durante un acto público del ayutamiento en la plaza Real —le explicó con tranquilidad mientras el vaho volvía a salir de forma menos errática de entre sus labios. Ya no le tuteaba, había sido un impulso inicial que no consideró adecuado ahora, no sabía nada de ese hombre, no era correcto tratarle con tanta cercanía a pesar del lazo que los unía—. No sabía su nombre ni dato alguno para identificarle, no tenía nada que perder así que vine a Steinburg a probar suerte —una pequeña sonrisa surgió en sus labios espontánea, algo tímida por la poca costumbre de hacer aquel simple gesto de alzar las comisuras—. Me alegro de haberlo hecho —mas aquella sonrisa de desdibujó, mostrándole un deje melancólico en su mirada—. Siento si no he llegado en un buen momento para usted, mis más sinceras disculpas y condolencias.

No había mucha gente que como Fon, fueran a un cementerio por el simple hecho de despejarse y buscar tranquilidad. Quizás aquel hombre cuyo nombre moría por saber estaba allí para visitar a alguien o había sufrido alguna pérdida reciente.

Que no viera sus lágrimas no quería decir que no las hubiera intuído en sus ojos tras resurgir de entre la niebla y la nieve...


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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Lun Feb 18, 2013 12:25 pm

Cuando las lágrimas se secan no dejan de ser húmedas, parte de su tristeza acuosa se clava en nuestra piel, en nuestros ojos, en las facciones demacradas que enrojecen de pena, forzadas por el llanto, cruel o silencioso. El dolor siempre marca, no siempre cicatriza.

A veces, el dolor tenía nombre. Para Oliver, era un nombre prohibido.

Esos dedos, pequeños, jóvenes, como el tacto de un ángel del pasado, quisieron aliviar su desesperación. Y aunque el tacto fue suave, y consoló su cuerpo, su mente se encontraba más allá, inalcanzable, fortificada y destruida desde dentro, dónde cada pilar, cada barrera, estaba carcomido.

El simple gesto, dulce, le conmovió, y sintió que su respiración no reaccionaba, queda. El niño era ahora un hombre, y deseaba salvarle también. Pero las llamas en su mente no dejaban de arder. Apartó la mirada, muy despacio, en esa huida muda y culpable, que calla tantas cosas pero permite que se intuyan tantas otras... mientras sentía que Fon recorría las líneas de su rostro, la grieta en vivo del precipicio de aquella cicatriz.

Se recompuso, poco a poco, a pesar de sentirse maltrecho, agónico, agotado, como si cada sensación le hubiera sepultado tras cientos de cenizas, apagado y grisáceo. Habló con la voz afectada, pero gruesa, varonil y profunda, intensa en su melancolía.

- ¿Buscándome?... Yo...

Estaba ahí. La punzada violenta que lo había perseguido. Que le había motivado, atormentándole, gritando que no pudo dar la cara en el pasado, por tener tantas cosas que ocultar. La misma culpa exacta que hacía de él un policía excelente, un hombre infeliz.

- No me quedé... No di mi nombre... Yo...

Su mirada se alejó un poco más. Esquiva. Rota. Tenía 36 años y el peso de todos sus errores parecía envejecer, cada vez más pesado y más denso. Su propia cárcel, una prisión interna. Continúo escuchándole, perdido en esa línea estrecha dónde las emociones están a flor de piel e intentas aferrarte a voluntades, sobrias, que aguanten el envite de las olas.

Fon, ese niño, ese hombre, su pasado, se disculpó. Logrando que volviera a mirarle. Todas sus dudas, sus heridas, eran tan transparentes... ¿Qué vería ahora ese joven en su héroe? En el hombre que llevaba 8 años buscando, y se presentaba ante él como una lúgubre figura. Vencido. Perdido. Ajado.

- No, por favor... Saber que vives, cómo has crecido, es un regalo inesperado. No te disculpes...

Su mirada, castaña y acuosa, se abrió despacio. Le estaba tuteando, incluso después de las correctas formas usadas por el joven, no había podido evitarlo. Negó, despacio, y ofreció su mano de un modo absurdo e incoherente, sin saber cómo reaccionar ante el torrente de emociones, disonantes.

- Perdone, no he reaccionado bien, y no me he presentado.... Puede que el momento si me haya afectado en exceso. Soy Oliver. Oliver Bauman... debí hacer ésto tiempo atrás. Hace 8 años...
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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 23, 2013 9:47 pm

A Fon no se le daba bien socializar con la gente, no al menos en el ámbito personal ajeno por completo a su familia o al trabajo. Y ahora sentía que estaba incomodando a aquel hombre con su simple presencia allí, por lo que el acercamiento que se había atrevido a permitirse en su rostro fue cortado con la misma sutileza con que fue hecho. Retomar su mirada le hizo ver lo huidizo de la ajena, sintiendo algo de impotencia por no tener demasiado claro lo que hacer para convertir aquel encuentro en algo agradable y no todo lo contrario.

Recurrió pues a la cortesía, viendo en la obviedad de sus palabras y sus intentos de remontarse a sí mismo que no debía de esperar que apareciera tarde o temprano irrumpiendo en su vida para al menos agradecerle. ¿Acaso no debería ser eso lo normal? Al menos en el ámbito cultural en el que se había criado Fon así era, aun sin tener sus otros motivos para buscarle desde luego que lo habría hecho.

Sus ojos azules le observaban silenciosos, entornándose inconscientes al hallar quizás ¿remordimiento? ¡Dioses, no! ¿Era lo que le había hecho sentir con una sola frase? ¿Había creído que le echaba su desaparición en cara? El que sintió culpa ahora fue Fon por ello, intententó hacerle ver que quizás no había aparecido en buen momento para él y el único que habría de sentirse mal por ello debía ser él mismo.

Que en sus recuerdos aquel hombre siempre fuera su Batman particular jamás le hizo dejar de pensar en él como un ser humano tan frágil como él mismo.

Y gracias a ese pensamiento ahora portaba una placa policial consigo.

Batman solo era un simple ser humano invirtiendo su tiempo y su dinero en hacer justicia, no tenía ningún superpoder fruto de accidentes radiactivos ni venía de otro planeta. Quizás por eso siempre fue uno de sus superhéroes favoritos.

Y aunque no fuese humano, hasta los demás superhéroes tenían sus preocupaciones personales, que se lo dijeran a Peter Parker o Clark Kent...

No negaría que agradeció y le alivió escuchar esas palabras tras su disculpa cortés, tampoco es que esperase que un desconocido tuviera que preocuparse por eso pero era grato el sentirlo. El hecho de permanecer en el recuerdo de una persona, de ser algo bueno en su vida. Ser parte de un vínculo de vida.

Los labios de Fon se apretaron sutilmente como acto reflejo a esa pequeña alzada de comisuras involuntaria que se instauró en su rostro por ello.

Al menos hasta que su mirada bajó curiosa a la mano que le era ofrecida junto a aquella presentación y ese cambio de actitud. Volvió a levantar la vista, buscando sus ojos tras aquellos cristales transparentes.

Normalmente no le agradaba ser tuteado por desconocidos y más en su trabajo, le hacía sentir menor de edad. Pero que el hombre que tenía delante lo hiciera no le disgustaba, más bien todo lo contrario. Algo dentro de él sintió una distancia repentina entre ambos con aquel simple y minúsculo cambio, mas lo dejó morir en su interior mientras le observaba, le escuchaba.


"Oliver Bauman"


Aquel nombre se le quedaría grabado a fuego en el alma como lo estaba su encuentro en sus recuerdos.

Luchando por contener sus emociones dentro de su cuerpo, Fon miró aquella mano fugazmente y la estrechó con la suya enguantada de forma firme y segura pero sin brusquedad. Y de la misma forma educada en que le hubo hablado antes, le hizo una petición sutil:

Siéntase libre de tutearme, por favor, Herr Bauman, yo soy aquí el kôhai —no tenía traducción simple para aquella palabra en alemán, ni siquiera en su propio idioma natal, pero podría decirle mucho de ese hombre el que supiera o no su significado. Viendo que aún parecía apurado por el pasado, Fon intentó hacerle ver que no quería causarle molestias ni culpas innecesarias, por lo que sin soltar su mano, llevó su zurda hasta cubrir ambas a modo de permanencia y apoyo mutuo para mirarle de forma firme a los ojos, con ojos de hombre y no de adolescente, para decirle con la misma serenidad con la que su abuelo le decía proverbios de tierras de sus ancestros—. El pasado siempre nos perseguirá, para bien o para mal, allá adonde vayamos... pero el futuro se construye desde el presente.

Su mano se aferró a ambas tras aquellas palabras, intentando quitarle importancia a ese remordimiento que parecía mostrarle el mayor aún con su actitud y sus palabras, pues al fin y al cabo, esa búsqueda le había dado a Fon más fuerzas de las que probablemente podría haber tenido de haber sido las cosas más fáciles.

Bauman había contribuido a convertirle en el hombre que ahora era aun sin proponérselo y era algo que tenía que hacerle ver.

Quería mostrarle que era fuerte y en parte, había sido gracias a su "error".

Cada segundo bien invertido mirando hacia delante será un mal segundo menos al volver el rostro atrás.

Concluyó con una verdad lógica —la memoria no era ilimitada, nuevos recuerdos borraban antiguos—, haciéndole ver que aceptaba aun así sus disculpas por aquel error, esa huida que todavía para Fon no tenía razones confirmadas y que ahora más que nunca quería conocer.

Pero Bauman no estaba bien a pesar de todo y podía entenderlo, quizás aquella cicatriz en su rostro escondía otra más honda o simplemente, el sitio le había despertado esa nostalgia y tristeza propias de la pérdida de un ser querido. No tenía derecho a preguntar al respecto, sería una indiscreción muy grande por su parte.

Me gustaría hablar con usted más tranquilamente pero si no es el momento ni lugar adecuados, lo entiendo —musitó sin perder el respeto en sus palabras, soltando al fin sus manos con naturalidad. No quería demandar nada pero tampoco desaprovechar la oportunidad que había supuesto aquel encuentro—. Podemos ir a otro lado ahora si su tiempo se lo permite o dejarlo para cuando lo crea conveniente, no tengo problema en ello.



Spoiler:
Las alusiones a Peter Parker y Clark Kent hacen referencia a la doble identidad de Spiderman y Superman respectivamente, dos superhéroes ficticios que no eran "humanos" como Batman (uno fue picado accidentalmente por una araña modificada genéticamente y el otro provenía de otro planeta) pero que igualmente tenían vidas personales e identidades humanas.

Senpai y Kôhai: Son términos japoneses que hacen referencia a la relación entre compañeros de trabajo, escuela o de trato habitual sin ser familia en la que uno de ellos es el mayor o más experimentado (Senpai) y el otro, el más joven, nuevo o inexperto (Kôhai). Su uso tiene un cierto grado de respeto y conforma comportamientos que en la cultura nipona son de índole cotidiana, por eso Fon utiliza el término "kôhai" para referirse a sí mismo con respecto a Oliver, porque él es el más joven de los dos (aunque no sepa aún que trabajan juntos, igualmente se les aplicaría esos términos).


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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Vie Mar 08, 2013 12:33 am

La sonrisa del niño, ya hombre frente a él, fue breve y torpe, convirtiéndose muy pronto en un gesto distinto que sólo conservaba la suave curvatura de esa alegría fugaz. Sintió como observaba su mano, los pensamientos que corrían tras el azul de esa mirada, limpia y joven, estudiándole. Como si quisiera aprender. Como si quisiera… ver dentro. Atravesarle. O tal vez sólo… lo deseaba, de un modo tonto e infantil. Agradeciendo que cualquiera, esa inocencia del pasado, pudiera ver en él y comprenderlo todo. Ponerle nombre y rostro a su dolor, ayudarle a encontrarse en las cenizas.

Ser. Siendo para otros. Ahora que no era nada por sí mismo.

La fuerza precisa y necesaria, sin titubeos, con la elegancia natural que sólo tienen los asiáticos, volvió a mostrarle ante el silencio los años transcurridos. La fortaleza y la seguridad de ese adulto, conocido sólo como un espejismo, tiempo atrás. Ahora real, con nombre propio. Hablándole. Cercano.

Antes, cuando él era optimista, cuando estrechaba manos con la misma certeza y confianza, cuando su mirada brillaba y su corazón latía fuerte, lento, acompasado… hubiera compartido esa opinión sin una sola duda. Pero ahora… Oliver era un anciano, era un fragmento, un simple espejo roto.

- Sólo la juventud nos ofrece el presente como origen… Fon. A algunos, como a mí, el pasado no nos persigue. Es parte de nosotros. Nos ha vencido. Y… nos define.


Se oyó a sí mismo, como un eco deforme y plomizo, a tono con el lúgubre gris del cementerio. Yermo. Perdido. Decepcionado. Negó, como si sólo un gesto pudiera deshacer sus pensamientos. Luchando, desde dentro, como el hombre que aún deseaba ser… Intentando mostrarse más entero. Menos muerto. Porque él aún… estaba vivo. Sólo su corazón había sido enterrado.

- Perdone. Me resulta difícil creer en el futuro ante tanta… desolación. A veces pienso que la muerte es sólo ausencia…


Era capaz de verlo. Su propio miedo. Sus emociones, escarpadas y en fuga, derramándose a través de sus palabras, delatándole. Incómodo. Herido. Demasiado desnudo ante ese hombre, que no le conocía, que había visto tan sólo un momento de gloria y ahora… se enfrentaba a las ruinas. A sus escombros.

Escudado en un “usted” fingido, quiso recuperar esa distancia. La lejanía para ocultar ese dolor. Para no dar razones. Para no hablar, y ser silencio mudo. Que dice y calla al mismo tiempo.

Estaba roto. Podía sentirlo. No había tiritas para sus oquedades. No había… aspirinas. Medicaciones milagrosas. No había esperanza de una rápida recuperación. El alma no se cose. No hay aguja ni hilo. No hay escayolas. Y aunque lo niegues, aunque lo encierres entre labios fruncidos y ojos huecos y apáticos… seguirá desangrándose, mientras tu antiguo yo se drena. Seco. Marchito.
El invierno sólo estaba empezando. Y era frío… Era tan frío y tan solitario, tan duro y afilado, tan austero, como una despedida que nunca llega a pronunciarse.

No podía más. No ahora. No hoy. Si siquiera mañana. Tal vez nunca…

- Me gustaría poder decirle que estoy bien. Aceptar esa oferta y ponernos al día… Pero mirar atrás, ahora, me es imposible. Hay cosas… hechos, que no podría narrarle y sin embargo, no debería evitar. Me conoció hace años, y le salvé la vida. Aquella vez huí… No desearía volver a hacerlo.


Despacio, buscó dentro de su bolsillo y tendió su tarjeta. Siempre las llevaba consigo. Incluso ahora, cuando ya no era un detective. Cuando no estaba de servicio. Cuando era sólo un hombre, sin saber qué camino debía recorrer. Encrucijada intrínseca, que te empuja a verdades dolorosas.

Oliver Bauman
Detective de Homicidios. Central de Steinburg
Teléfono: XXXXXXXXX


- Llámeme. Siempre llevo el teléfono conmigo. Elija un día, y otro lugar, sin que la sombra de la muerte pueda interrumpirnos.


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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

Mensaje por Invitado el Jue Mar 28, 2013 10:37 pm

No hubo esa habitual y obvia molestia de ser demasiado joven para entender el desgaste que la vida ocasionaba en el alma en su silencio, había desilusión rodando dentro, muy adentro de él. Alejada de aquella mirada escondida tras los cristales de unas gafas que se le antojaron el mayor de los muros cada vez que le volvía a mirar. Impotencia.

Se sintió por completo inútil e impotente al no ser capaz de hacer nada para animar un poco a aquel hombre, algo dentro de Fon se quebraba al escuchar sus desesperanzadoras palabras mientras sus ojos azules, serenos, seguían sus gestos con atención.

Sin embargo, era algo normal.

Hasta que Bauman no se disculpó no empezó a verlo o, al menos, a darse cuenta de ello.

Estaba triste.

No había palabra, abrazo, beso, promesa u esperanza que hiciera desaparecer la tristeza de una persona por fuerte que ésta fuese. Solo el tiempo podía irla lamiendo granito a granito como la marea erosionando una playa. Llevándose una parte de sí mismos con ella.

Pero solo la mano del hombre podía evitar que desapareciera.

Los labios de Fon permanecieron sellados, ningún consuelo que saliera de ellos iba a dar resultado o al menos eso era lo que pensaba de sus pobres dotes de socialización y su desconocimiento sobre aquel hombre. E igualmente, sabía bien lo que sentía. La desaparición de sus padres, la muerte de su abuelo, el dolor y la soledad de su abuela.

Fon sabía lo que era la tristeza, el querer y no poder.

Por eso fue que le dio tiempo y comprensión, a su ritmo, sin prisas. Ni aunque fuera creyente le iba a servir de mucho en ese momento ningún comentario sobre lo bueno del descanso eterno o la reencarnación. No, era demasiado práctico para resultar creíble diciendo esas cosas.

El menor afirmó serio con la cabeza en señal de aprobación ante la decisión de Bauman de esperar a un mejor momento y lugar para conversar. La curiosidad no obstante le reconcomía, ¿qué eran aquellos datos que tan reacio le hacía el hablar? ¿Tenían que ver entonces con su desaparición hace ocho años?

Bajó la mirada al notar que las manos ajenas se movían, siguiendo el familiar gesto de ofrecer algo y que en este caso resultó ser una tarjeta de visita. Sin poderlo evitar, Fon la tomó con ambas manos, haciendo una leve inclinación de cabeza.

No obstante, al posar la vista en la tipografía allí contenida, las palabras del mayor parecieron morir progresivamente en el frío ambiente.


"Detective de Homicidios. Central de Steinburg"


Sus ojos clavados en aquella información se abrieron levemente, no pudiendo evitar la alzada sutil de sus cejas. Por un segundo, el rítmico y constante vaho de entre sus labios dejó de salir.

Al instante, miles de suposiciones se agolparon en su cabeza, mermando su capacidad de percepción lo suficiente como para no ser consciente de que su sorpresa no estaba siendo ocultada. ¡Era detective de homicidios como él! Y para más inri, en la misma comisaría... ¿Se podía sentir más estúpido en aquel momento?

Le había tenido tan cerca desde que llegó y ni se había dado cuenta...

Refleja, su vista se alzó hacia aquel hombre y parpadeó estupefacto. Un tenue copo de nieve cayó sobre sus labios, fundiéndose con su calor sin haberse dado cuenta de la tenue abertura de su boca hasta notar la leve humedad que los obligó a unir, apretándolos de manera fugaz.

Perdón —se disculpó, bajando el rostro al darse cuenta de su estúpido lapsus de alelamiento, buscando su tarjetero—. Gracias, le llamaré —intentó retomar el hilo de la conversación, guardando aquel preciado papel para luego sacar una de sus propias tarjetas de visita y tendérsela con ambas manos, volviendo a inclinar la cabeza con educación. Contenía la misma información salvo el número de teléfono, un email y el nombre: Lei Fon Lattener—. Si lo necesita, no dude en contactar conmigo, por favor —sus ojos volvieron a buscar los ajenos mientras alzaba la cabeza—. Hablar... no es mi fuerte —desvió la vista un instante al admitir aquello con sutil resignación, prosiguiendo al mirarle de nuevo—... pero le escucharé e intentaré hacer lo que esté en mi mano.

De nuevo, volvió a apretar los labios cuando notó sus comisuras con vida propia intentando mostrar un trato que su dueño ciertamente no estaba acostumbrado a dar de aquella forma sincera tan a la ligera. Pero en verdad que deseaba hacer algo para no verle envuelto en ese opaco manto gris tan derrotista. Y además, sentía internamente nerviosismo y curiosidad.

¿Cuál sería su reacción al ver el fruto de aquella casualidad fortuita contenida en sus tarjetas?



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Re: De Profundis [Priv. Oliver Bauman]

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