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Perfection

Mensaje por Invitado el Lun Ago 06, 2012 12:18 am

Largo cabello rubio cayendo en ondas por sus hombros, enmarcando un rostro casi etéreo que bien podía ser hombre por la nuez en su cuello o mujer por su delicadeza femenina, donde unos ojos celestes suplicaban con temor. Fina piel sin manchas, blanca como el más exquisito mármol, brillando ténuemente por el aceite préviamente aplicado sobre su cuerpo y la iluminación del salón. Brazos extendidos atados a una madera, versionando la Santa Imagen de Jesucristo Crucificado, dejando al joven suspendido a un metro del suelo y con los pies igualmente inmóviles por cadenas de hierro. En su espalda dos enormes alas blancas de plumaje delicado se extendían a ambos lados dándole la apariencia de un ángel celestial.

Su obra de arte.

Disparó nuevamente la cámara fotográfica inmortalizando al "ángel" dándose cuenta que aún quedaba un detalle para finalizarla, un simple acto que lo elevaría a obra maestra.

Lentamente sacó un pequeño objeto plateado de la cajita de madera oscura forrada en terciopelo negro que tenía a un lado. Sonrió hacia el chico tratando de aparentar una bondad de la que carecía, dando lentos pasos hacia él con aquél objeto alzado, apuntándole. Le hubiera gustado poder decirle que aquello no iba a doler, pero sólo se convertiría en un gran mentiroso y darle falsas esperanzas a su modelo sólo perjudicaría al resultado de su obra.

-Lo siento. Tu vida colisionó con la mía y simplemente no sobreviviste al naufragio.

Un paso más le llevó a escasos centímetros de aquél ángel perfecto. Alzó la vista para verle a los ojos, un par de órbitas celestes tintineantes por las lágrimas contenidas, suplicándole sin palabras que terminara aquella pesadilla. El artista se puso de puntillas para llegar a su altura, sonriendo tiernamente, y juntó sus labios en un cálido y cariñoso beso. Como un artista a su modelo, como un padre a un hijo.

El sutil roce se detuvo en cuanto la pequeña daga plateada llegó a la piel del "ángel", penetrando sin compasión su carne hasta detenerse por la empuñadura. El artista se separó lentamente observando aquella mirada horrorizada por la Muerte acechante y sacó la daga con una delicadeza innata, sin borrar la sonrisa que bailaba en su rostro para volver a clavarla, esta vez unos centímetros más arriba.

Dos. Tres. Seis. Hasta nueve puñaladas previamente estudiadas repartió por su cuerpo, limpiando al terminar la daga en un pañuelo de fina seda y caminando hacia atrás para contemplar su obra maestra. Un ángel torturado por la ira de los humanos, muerto en manos de aquellos a los que protegía.

Se acercó rápidamente a la cámara fotográfica y empezó a disparar repetidamente hacia la escena ante él mientras el joven modelo luchaba por soltarse de los amarres que le mantenían fijo a una condena sin fin. Una tras otra, el flash resaltaba cada instante de tortura mientras se escuchaban los gritos del joven que desgarraba su garganta por un poco de compasión. La sangre empezó a salir de las heridas formando finos ríos por aquella pálida piel, descendiendo por su torso lampiño y sus muslos tersos, resbalando poco a poco para caer en forma de gotas al suelo de la Cruz donde ya se formaba un charco en rojo vivo.

Una vez la sangre bañaba por completo aquél débil cuerpo y el chico cesaba sus gritos para dejarse caer en una inconsciencia inmediata, el artista apagó la cámara y se sentó en una butaca propia de un rey para servirse una copa de vino, observando con absoluto placer la Muerte del Ángel, su mejor obra en décadas.

Horas más tarde, en aquella casa abandonada todo había sido recogido sin dejar prueba alguna que llevara a la policía a dar con él. El Ángel seguía clavado en la Cruz, cabeza caída con la afable expresión por la satisfacción que trajo la Muerte al llevarse todo el dolor.
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