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Test #1 13's case

Mensaje por Invitado el Dom Ago 05, 2012 8:05 pm

4 de Agosto, 2012

Esta mañana me han informado que van a venir a buscarme para una sesión con el doctor Kauffman. Desconozco qué tipo de terapia va a usar esta vez conmigo, pero sea lo que sea no tengo muchas esperanzas en ello. Hasta ahora no he avanzado nada en mis recuerdos, sigo siendo ese John Dow del que nadie sabe nada. Empiezo a pensar que nunca lograré encontrar mi identidad...


Dos celadores fueron a buscarle antes de la hora de la comida y se lo llevaron esposado al pabellón C, el de los reclusos con problemas mentales. Por un instante tuvo miedo de que fueran a dejarle allí, que más que terapia hubieran decidido tirar la toalla con él y encerrarle para siempre en ese nido de locos, abandonándole en el olvido como habían hecho con todos ellos. Ese era su gran miedo, que su ya de por sí vacío se convirtiera en una extensa "nada", un vacío oscuro que le acabara engullendo hasta el límite de la desesperación... Pero no le metieron en ninguna celda, le llevaron directamente a una zona donde alcanzó a leer "ala de TEC". Era nueva para él y no le gustaba mucho cómo sonaba, pero tampoco se resistió, pues a estas alturas cualquier cosa que pudiera hacerle recordar algo sería bienvenida.

Aparecieron dos enfermeros mientras los celadores le sentaban en una camilla y le quitaban las esposas, quedándose a un lado vigilantes. Uno de los enfermeros acercó un carrito con varios frascos y desenfundó una aguja que le erizó el bello de la nuca. - Vamos a inyectarte tres fármacos para la prueba: un analgésico de efecto rápido, un relajante muscular y Atropina, para la salivación. - Que se lo explicara no le ayudaba demasiado, y menos que en el último añadiera ese detalle. ¿Qué coño iban a hacerle que necesitaba anestesia y relajante muscular? ¿Por qué necesitaba algo que evitara la salivación? Una tras otra, las tres agujas con los tres fármacos entraron en su cuerpo y rápidamente pudo sentir cómo su cuerpo perdía fuerza y se sentía pesado. El miedo se había instalado como un parásito en su nuca, igual que un punzón helado.

Los enfermeros le tumbaron y ataron sus muñecas a las correas de la cama, pasando otra por su pecho, una sobre las piernas y la última cruzando su frente. Le habían inmovilizado por completo y fue entonces cuando no pudo mantenerse por más tiempo callado. - ¿Qué van a hacerme? - Preguntó frío, mirándoles fijamente con la esperanza de provocarles algún miedo. No surgió efecto, ninguno de ellos dijo nada, sólo se apartaron cuando apareció el doctor Kauffman. Sabía de sobra que tenían órdenes de no dar conversación a los presos, sólo hacer su trabajo lo más limpio posible.

-Buenos días Dow, volvemos a vernos. Voy a explicarle rápidamente cual va a ser la prueba de hoy. - El hombre, rascando los 60 años, sacó un par de guantes de látex que se puso con la misma serenidad que alguien se lava los dientes, convirtiendo ese gesto en casi un hábito. - ¿Sabe lo que es la TEC? - Trece, obviamente, negó sin perderle de vista; aunque el movimiento de su cabeza estaba muy reducido, el doctor le entendió. - Es más conocido como Terapia Electroconvulsiva. Ahora los chicos están poniéndole electrodos en los puntos claves... no pongas esa cara hombre, no es una prueba tan horrible como parece.

Kauffman podía decir las mierdas que quisiera, pero saber que iban a freírle la cabeza no le gustó para nada. ¿En serio eso iba a ayudarle a recordar algo? Peleó contra las correas mientras le colocaban los electrodos en cada punto de su cabeza, pero aún y poniendo toda su fuerza fue incapaz de escapar de esa maldita cama. - ¿Estás preparado? Vamos a empezar. - Le colocó algo duro en la boca, apartándole la lengua, y desapareció de su vista.

No estaba preparado, nunca nadie podría estar preparado para sentir algo que no había sentido nunca. Escuchó un clic y de repente la electricidad pasó a su cabeza, convulsionándole todo el cuerpo que seguía bien sujeto a la cama. Sus ojos se cerraron y apretó con tal fuerza los dientes que sintió que una de sus muelas se partía, aunque no fue así su mandíbula parecía crugir igual que huesos secos rompiéndose bajo el peso de una pisada. Duró apenas cinco segundos, pero fue una eternidad para él. Creyendo que habían acabado, vino una segunda tanda y después de aquello ya no recordaba mucho más...

No le regresaron a su celda hasta el día siguiente y aún entonces Trece era incapaz de hablar u observar.
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