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Gabriel Santana.

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Gabriel Santana.

Mensaje por Gabe Santana el Miér Mar 05, 2014 4:38 pm

Nombre Completo: Gabriel «Gabe» Santana.

Apodo o nombre como es conocido: Gabe para los más cercanos. En el trabajo le llaman Santana o Novato.

Fecha de Nacimiento: 23 de Marzo.

Edad: 26 años.

Inclinación Sexual: Cree que es bisexual...

Grupo: Policía.

Rango/Oficio: Detective de Homicidios.

Arma Identificativa: Semi Automática Glock 26 con calíbre de 9mm. De acabado negro. Variante más compacta de la glock clásica, con un armazón más pequeño. Compatible con cargadores de la 17, la 18 y la 19. Capacidad para 33 cartuchos, más dos adicionales en la recámara.

Descripción Física:

Cuando mides lo justo para entrar en la academia de policía (metro setenta, ahora al menos mide cinco centímetros más), eres un mestizo y tienes una bocaza enorme, tienes que «currártelo» más que los demás.

Gabe comenzó a currárselo en el instituto. Había que deshacerse de los granos que le convertían en el «Llanero Solitario» y conseguir que ese cuerpo escuálido y con los hombros enjutos, echados hacía delante, sacase algo de musculo. Así que se apuntó a clases de boxeo. Los granos no decidieron ahuecar el ala hasta que no cumplió los veintitrés. Dos años después de su apabullante y horrible puesta en escena sexual: se corrió instantes después de que Angela, su novia, le hubiese puesto la mano sobre el paquete.

Ahí comenzaron sus problemas con el sexo y con los compromisos. ¿Citas? Por favor, eso esta sobrevalorado, ¿para que salir a cenar? Pides pizza, sacas unas cervezas y pones «Doce del Patíbulo» en DVD. Así es como un tío de verdad, un machote de los pies a la cabeza, se lo curra para hacer una cita de andar por casa, sin gastar mucha pasta y sin tener que salir.

Eso es tener clase...

Clase de rebelde, como grita su aspecto. Pelo revuelto, ropa arrugada, cara de haber dormido poco y mal, ¿afeitarse? A veces, pero no muy a menudo. El cigarrillo y su inseparable chupa de cuero hacen un tandem perfecto para parecer el típico «chulo-playa de ciudad», todo menos un poli. Lo hace por vago, por descuidado, porque su imagen no le importa demasiado y porque en este trabajo te tienes que patear mucho las calles, ser un camaleón, hablar con la gente, tener contactos, saber moverse, o al menos eso es lo que Gabe piensa. Odia el asqueroso uniforme de la policía, lo detesta.

Muchos cojones repartidos en un cuerpo de un metro setenta y cinco, musculado, cuya piel morena habla de besos del sol de la República Dominicana, que es desde donde emigraron sus abuelos maternos hace mucho tiempo. Los ojos, azules, tormentosos como un mar en medio de una tempestad, hablan de la sangre aria que corre por parte de sus venas, de ese padre que no llegó a conocer y que no le interesa ni lo más mínimo.

Chulo es, como esa forma de andar suya, medio pavoneándose por la comisaria, sin importarle poco o nada que es un novato todavía, que aún esta en fase de prueba, tratando de «acoplarse» a los soplagaitas que le han tocado por compañeros.

Descripción Psíquica:

Mis cojones, mis normas. Mi placa, mis normas. Mi pipa, mis normas. Tú te callas, te comes el marrón y me chupas la polla. Y eso es todo lo que hay que decir... y que no dice, o por lo menos no con la boca.

Gabe es un tipo duro. De los de antes, de los que se crían tratando de abrir botellas con los dientes, escupen mucho porque, ¡oye!, es lo que hace un tipo duro, y piensan que Bruce Willis salpicando sangre y diciendo tacos, es la quintaesencia del macho que se precie: lleno de heridas, rodeado de balas, sudado y repartiendo leña a diestro y siniestro.

Claro que, eso es fuera del trabajo. Porque dentro de la comisaria Gabe tiene que tener el pico cerrado, acatar ordenes, hacer de corre-ve-y-dile, archivar, hacer trabajos de papeleo y andar tres pasos por detrás de su compañero. Oliendo sus cuescos, soportando sus desplantes, cabreado pero sumiso, fingiendo que es un buen perro, un poco ladrador a veces, pero no demasiado mordedor. Y eso le jode y le revienta, porque él no esta hecho para agachar las orejas y fingir ser un corderito del señor que venera al comisario como si fuese el mesías.

No nació para ser poli. Fue un crio problemático, un adolescente insoportable y un cadete bocazas. Pero nunca un chapucero, lleva las cosas hasta los extremos, se toma su trabajo muy en serio y aunque suelte muchos tacos y se queje mucho, le encanta ser poli. No nació para ello, pero creció para convencerse de que esa era su meta, su vida, su futuro. Se ha hecho hombre.

Y del mismo modo se ha hecho adulto, ha llenado la mochila que lleva a su espalda de confesiones que jamás dirá y de problemas y marrones que se comerá y se tragará el solo, porque eso de hablar de sus problemas no va con él. Eso es para las chicas, las nenas y las mariconas.

Le cuesta abrirse, confesar secretos, hablar de esos temas que prefiere tener bajo llave y candado, ocultos bajo toneladas de testosterona, vocabulario de camionero y modales de hombre de las cavernas.

Hace años que sólo va a misa por tener a su abuela contenta, porque para Gabe, el Señor, su pastor, no esta en las iglesias, ni en la sagrada comunión, ni en la biblia y los misales, si no en todas partes. Incluida en la medalla de San Judas que siempre lleva colgando del cuello, escondida debajo de la ropa.

Patrón de las causas perdidas. Como lo era el propio Gabe antes de que su viejo —el que le crío, no el que pusó el esperma— le condujese por el buen camino de la vida a base de tortas dadas a tiempo y sermones que acabaron calando en esa dura mollera que tiene.

Constante, un tanto pesado, insistente, si huele una presa la persigue hasta darle caza, terco, tenaz y rabioso, con ese brío y ese ímpetu que sólo tienes una vez en la vida: cuando eres joven, estúpido y piensas que aún se puede arreglar el mundo.

No se cree un héroe, pero piensa que aún se puede hacer algo por Steinburg.

Gustos:

Las personas claras y concisas. No le gusta andarse por las ramas, así que prefiere que le hablen alto, claro y sin palabras rebuscadas, confusas o complicadas.

El caos y el desorden. Es una de esas personas que ven lógica en su desastre de piso. Su desorden tiene un orden que sólo él comprende. Por eso le molesta cuando vienen a visitarle su abuela y sus primas, porque tratan de limpiar y de colocar todo en su sitio.

La familia. Venera, adora y quiere a los suyos. Para él no hay nadie más importante que su numerosa familia. Están todos muy unidos.

La panadería de sus abuelos. Un remanso de paz con olor a pan y bollos recién hechos donde puede sentirse cómodo y en casa.

La cerveza bien fría y los cigarrillos.

Disgustos:

La gente que da rodeos y no dice las cosas a la cara, de tú a tú.

Los polis que se cuelgan los méritos de los demás.

Las situaciones complicadas que además implican una alta carga emocional. Tener que «mojarse», ponerse en la piel de otro, tratar de ser más sensible, menos rudo. Las malditas sutilezas.

Los «culturetas y los cerebritos».

Los ordenadores, no se lleva bien con ellos. Les tiene alergia, ni comprende como funcionan, ni se molesta en intentarlo.

El café frío y la comida templada.

El sexo y las relaciones sentimentales. Lo primero porque es un desastre en la cama (aunque no lo admitirá ni muerto) lo segundo porque es una auténtica jodienda, y el no esta para que nadie ande dándole por culo. Bastante complicada tiene ya la vida.

Habilidades:

Además de alemán, habla castellano y chapurrea algo de italiano que aprendió en el Instituto para tratar de impresionar a una chica (le dieron calabazas).

Es bueno con los puños. Ágil y rápido. Pega, se protege, vigila la retaguardia y vuelve a pegar. No es perfecto, pero se defiende muy bien cuerpo a cuerpo.

Buen nadador. En sus ratos de ocio práctica el tiro con arco y la escalada.

Debilidades:

Es un capullo prepotente, un bocazas que no respeta al resto de sus compañeros de trabajo, lo cual ya le ha granjeado mala fama en la comisaria, dos suspensiones, malas caras y muchas horas de papeleo como castigo. No paran de decirle que no va a durar en la comisaria y en el cuerpo si no cambia de actitud.

Tiene episodios de insomnio y espasmos nocturnos desde la adolescencia. Durante un tiempo se estuvo medicando e incluso acudió en algunas ocasiones a terapia del sueño, pero no veía que nada de eso funcionase, así que tiró las pastillas a la basura y dejó de acudir a terapia sin dar mayores explicaciones.

Es alérgico a los cacahuetes.

Historia:

«Dios no quiere débiles, quiere guerreros. No quiere corderos, quiere dragones. No busca la paz, busca la guerra que erradicará de la faz de la tierra el mal. Y nosotros somos el instrumento de dios, sus armas, sus soldados, sus antorchas».

Hay dos tipos de personas. Las que creen en el mundo espiritual y las que no. O es lo que Ana Santana, un dragón de dios, una guerrera de la justicia, le inculcó a su nieto desde la más tierna infancia. Gabe no había aprendido a leer y ya se sabía más oraciones que cuentos para dormir.

Los Santana eran inmigrantes dominicanos. Los abuelos habían llegado poco después de casarse, se establecieron, ahorraron hasta el último céntimo que pudieron y abrieron una panadería. Trataron de inculcarle a sus tres hijas un estilo de vida tradicional y religioso, basado en la mutua confianza dentro de la familia y el respeto hacía si mismas y los mayores.

Gabe nació cuando su madre estaba en último año de bachillerato. Nunca se habló demasiado de ello. Su madre fue la única que no se casó, la única que sólo tuvo un hijo, que tuvo más novios que trabajos y que busco un futuro en el mundo de la actuación, tratando de hacerse un hueco con papeles muy pequeños, y muy secundarios en series de televisión.

Madre e hijo siempre estuvieron muy unidos. Dos contra el mundo, excepto que siempre eran tres. Eran Gabe, su madre y el gilipollas de turno que le había prometido la luna, el sol, las estrellas y los mejores orgasmos de su vida. Y así durante años.

Gabe pasó de niño que reza todas las noches a fanático de los Power Rangers. De fan de las mallas de colores y los monstruos gigantes a obseso de Bola de Dragón. De crío avispado con notas rozando lo mediocre a chaval con tendencia a meterse en líos y así empezó todo.

Sus abuelos achacaban sus problemas con la autoridad a la falta de una figura paterna y al trabajo poco estable de su madre. Intentaron apuntarle a una escuela de fútbol, expulsión a las pocas semanas. Clases de manualidades, expulsión. Academia de refuerzo, expulsión.

El lema de Gabe parecía seguir al pie de la letra el de Bart Simpson: Multiplícate por cero y de paso vete a la mierda. A los diez años se sabía más tacos que rezos. Su abuela le regaló, como uno de sus intentos por enderezarle, una medalla de San Judas. Patrón de las causas perdidas. Estaba sentenciándolo.

Y cuando parecía que estaba siguiendo la línea recta derechito a un reformatorio, apareció Burke y todo cambió.

Burke era un tipo que siempre olía a aftershave y que llevaba la placa de poli bamboleándose sobre su pecho, colgando de un grueso hilo de cuero que a su vez pendía de su cuello. Gabe estaba hipnotizado por como brillaba aquella placa.

Aquel policía que le guiñaba el ojo a él y le sonreía a su madre, vivía en un piso destartalado encima de ellos. Le propinó algunas azotainas cuando le pillaba tratando de robar bollos en la panadería de sus abuelos, y le daba sermones demasiado profundos para un niño de diez años.

Durante los años que Burke y su madre estuvieron saliendo de manera intermitente y vaga, fue la única figura paterna que Gabe llegó a tener. Le metía en vereda cuando hacía falta, le sacaba de líos, le enseñó a dar puñetazos y trato de hacerle entender que con las mujeres hay que ir con pies de plomo, con la verdad y con una caja de bombones. Y que en determinados momentos del mes es mejor pasar de ellas.

Fue muy duro con él, pero también el único que le supo entender y escuchar. Y quien consiguió convencerle de que era mejor opción terminar el instituto y tratar de meterse en alguna escuela a estudiar algo de provecho, que acabar siendo un fracasado.

«No quieras ser como yo. Metido a poli. Un día te despertarás, habrá llegado tu jubilación y no tendrás ni puñetera idea de lo que has hecho con tu vida los últimos treinta años».

Pero Burke no llegó a jubilarse.

Una persecución por la ciudad, un tiroteo, tres balazos: dos en la espalda y uno en el pecho, rozando el corazón. Burke entró en coma dos meses antes de que Gabe cumpliese los dieciocho años.

Eso fue lo que le llevó a convertirse en policía. Le había dado su palabra a Burke de que se portaría bien, de que no habría más peleas ni problemas, de que no le daría más disgustos a su abuela y de que hablaría más con su madre. Le prometió que se convertiría en un hombre y eso hizo. En cuanto cumplió los dieciocho años y tuvo su diploma de graduado bajo el brazo, fue a ver a Burke a la clínica donde estaba hospitalizado y le comunicó que acababa de rellenar el formulario para la Academia de Policía. De haber podido (y haber estado despierto), seguramente Burke le habría sacado aquella idea de la cabeza a collejas.

Gabe entró en la academia donde estuvo seis años hasta su graduación, no sin cierto rechazó por parte de sus profesores, superiores y compañeros.

El día que entró en el cuerpo como agente raso y obtuvo su uniforme, la pistola y la placa, también fue el último día que vio a Burke. Fue a la clínica a mostrar orgulloso su placa, a enseñársela a pesar de que Burke permanecía, después de casi siete años, dormido, ajeno a todo.

También tuvo que despedirse. Dos días después la familia comunicó a los amigos y allegados que había llegado la hora, iban a desconectar los aparatos que mantenían con vida a Burke.

Lo único que quedó de él fueron los recuerdos, algunas fotografías y la placa de policía que su familia decidió entregar a Gabe. Esa fue la última vez que lloró, escondido y a oscuras, como los hombres de verdad, sin mostrarle a nadie sus debilidades.

Y aquí le tenemos, con veintiséis años, un pipiolo, un polluelo entre gallos de mayor tamaño, tratando de mostrar que sus huevos son más grandes que los de los demás, ascendido al puesto en el que esta ahora mismo hace menos de un año.

Por el momento habrá demostrado que pelotas tiene, pero poca predisposición a trabajar en equipo y a llevarse bien con el resto de sus compañeros. Este toro bravo aún tiene mucho que aprender.



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Re: Gabriel Santana.

Mensaje por Alcalde Diedrich el Dom Mar 16, 2014 2:31 am

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