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Mensaje por Alex Abbott el Dom Ene 19, 2014 1:55 pm

«Por treinta puntos del panel de la suerte podría ganar un fantástico secador de la marca Braun de nueva generación. Sólo tiene que responder la siguiente pregunta. Atenta. ¿Quién en 1995 compuso la banda sonora de...?»

Click.

«El plan presupuestario del nuevo presidente entrará en vigor a partir del siguiente...»

Click.

«Oh, un animalito del bosque, me pregunto que clase de animal sera...»

Click.

Al fin un canal musical. Alex lanzó el mando a distancia sobre la cama, observando con semblante aburrido como una chica ligera de ropa se contoneaba sobre unos tacones imposibles, al son de una canción de letra improbable que parecía haber sido escrita por alguien con muy poco amor hacía el género femenino.

La artista, si es que se la podía llamar así, tenía un nombre impronunciable de los que tienen que sonar importantes, recordarte al vodevil o al circo y traerte a la memoria portadas de revista con pin ups de labios turgentes y corsés apretados, deudoras de un glamour de los años cincuenta en decadencia hoy en día. Antes se le llamaba erotismo, ahora algunos lo nombraban como «destape». Un pecho por aquí, unas braguitas por allá, mucho muslo, poco a la imaginación y cantidades industriales de silicona. El mundo de la música y el espectáculo llevaba años prostituyéndose, pero nadie se escandalizaba por ello.

Alex se dejó caer sentado sobre el borde de la cama, observando a su alrededor con el semblante fruncido mientras se secaba el pelo con una toalla. Marlene le había alquilado la habitación que menos le gustaba. Las paredes de la estancia estaban pintadas de color melocotón y en cada una, excepto la que daba a la calle, había un cuadro a cada cual más ordinario. Un bodegón, un paisaje campestre, una vista de la zona más pudiente de la ciudad y uno de esos cuadros tan modernos todo manchas, rayas, círculos y figuras abstractas. El punto culminante de la cutrez eran los tres jarrones Ming de proporciones inmensas que decoraban tres de las esquinas de la habitación. Podría tratarse de una de las suites más caras y elegantes de todo el hotel, pero sin duda alguna dejaba mucho que desear en cuanto a la decoración.

En la tele, la chica de los tacones estratosféricos había dado paso a una mucho más tapada que se retorcía sobre una cama de sabanas blancas. Una canción ñoña acerca de dos que se tienen que separar por las circunstancias de la vida y lo mucho que ella le echa de menos a él.

Le quitó el sonido a la televisión y se quedó un rato observando la expresión corporal de la muchacha. Todo en su cara, en sus gestos, en la forma en la que pronunciaba «love» era artificial, falso. Era como ver una y otra vez el ensayo de una obra que no terminaba o como repetir el dialogo de una película vista demasiadas veces. Movió los labios tratando de imitar los de ella, luego cerró los ojos y suspiro.

Se imaginó que en alguna parte una bandada de cuervos emprendía el vuelo sobre un horizonte de color borgoña, y que un hombre marchaba a la batalla envuelto en una capa gris y sucia. Si aquel hombre, futuro habitante de uno de sus textos, pronunciaba la palabra amor, sería acompañado del sonido del metal chocando, envuelto en cenizas y odio, destilando desencanto por sus ojos plateados. Lo diría de verdad, como las historias que se cuentan entre desconocidos que no se pueden ver la cara y cuya opinión no te importa porque no sois más que eso, dos desconocidos.

En alguna parte una bandada de cuervos levantaba el vuelo después de saborear los ojos de un difunto y en la esquina de la habitación uno de los jarrones estaba mucho más adelantado a sus compañeros. Lo mejor era que lucieran como soldados delante de un superior, todos rectos y en la misma fila. En pocos segundos ya estaba de pie, después acuclillado, y a continuación empujaba despacio el jarrón para asegurarse que estuviese a la misma distancia de la pared que los otros dos. Por supuesto previamente, había observado con ojo critico que el borde superior del jarrón no estaba todo lo limpio que pudiese estar.

La hazaña del día. Indiana Harlow coloca un jarrón mal posicionado.

La suite le agobiaba y la ciudad que se observaba desde el balcón le gritaba: ¡ven, vamos, sal, quiero enseñarte algo! Pero era más seguro permanecer en el hotel. No lo hacía porque Marlene se lo hubiese ordenado, lo hacía porque le agobiaba pensar en salir fuera y que un desconocido se dirigiese a él en alemán, y el no supiese como actuar. Necesitaba la seguridad de una mano que pudiera guiarlo por las calles, que supiese inglés pero que no fuese hablador, ni un adepto a los museos, ni una de esas personas que te ponen la mano en el hombro para señalarte el camino y ayudarte en algo que sabes hacer muy bien: mantener el equilibrio y poner un pie delante de otro. Así que por un lado estaba deseando salir, pero por otro lado estaba nervioso y preocupado, enfrascado en mirar ora el programa musical sin sonido, ora el ventanal que le separaba del balcón y del frio aire alemán.

Se sentó con las piernas cruzadas y comenzó chasquear de manera rítmica las uñas de las manos, creando ritmos de manera inconsciente, luego se llevó el pulgar de la mano izquierda a la boca y comenzó a roerlo despacio, encontrando muy placentero y calmante el momento en que podía separar el trozo mordisqueado del resto. Escupió lo que quedaba sobre un pañuelo desechable. Su propio gesto le resultaba perturbadoramente repulsivo, pero la sensación liberadora lo compensaba.

La espera se le hacía eterna y el hombre que tenía que venir de parte de la editorial no aparecía. Eran más de las cuatro y aún no venía. Alex estaba detestando aquella incertidumbre. Sólo esperaba que no le hubiesen enviado uno de aquellos hombres presuntuosos y pomposos que creían saber más de literatura que cualquiera. No los soportaba y normalmente acababa por no mirarles cuando se dirigían a él.

¿Quizás podría conectarse a la red con el portátil? Marlene se había asegurado de que la suite tuviese una buena conexión wi-fi. Se levantó de un salto de la cama y se acercó hasta sus maletas, dos ya deshechas, en busca de su ordenador. Por el camino empujó el cajón de la cómoda que no estaba del todo cerrado, y se quedó mirando el cuadro abstracto. Había decidido titularlo «Lo que defecó el artista después de comer un guiso de bebé prematuro».

Estaba encendiendo el portátil de nuevo aposentado en el borde de la cama, mirando a un grupo de raperos balancearse junto a sus cadenas doradas, cuando escuchó unos golpes en la puerta. Alzó la cabeza y se quedó un momento mirando la entrada, como no se oía ningún ruido, regresó su atención al portátil. Unos instantes después volvieron a llamar. Esta vez se levantó de la cama y se acercó hasta la puerta. Se apoyó con las manos en la madera y observó por la mirilla el pasillo. Había un desconocido esperando al otro lado.

Fue hasta la mesita de noche y cogió el bloc de notas que los del hotel había dejado allí antes de que viniese, junto a una pequeña caja de bombones que todavía no había abierto y una nota de bienvenida que no se había molestado en leer.

«¿Quién eres?» escribió con letras minúsculas, después arrancó la hoja, y la deslizó con dificultad por la rendija que quedaba entre el suelo y la puerta. 

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Re: Scaphandre.

Mensaje por Aerick Callahan el Dom Ene 26, 2014 1:54 pm

Nuevo día. El sol nunca perdona. No importa lo que duren tus noches. Lo que duren tus sueños. Amanece y la luz se adueña del espacio, del cielo, de tu rostro. La oscuridad se esconde y todos tus secretos parecen disminuir, iluminados. Y todos los durmientes parecen más humanos. Casi inocentes, con los ojos cerrados.

Aún así, Rick era un cabrón afortunado. Y nunca los abría forzado por el sonido intruso de un despertador. Despertaba despacio, saboreando esa tibia duermevela en la que tus labios parecen pegajosos y tu cerebro vuela. Lejos, atando sinsentidos generalmente oscuros. Ebrios de noche. De subconsciente desatado.

La seda negra rodeaba su cintura y su cabello rubio, exagerado, parecía desafiar el blanco de su piel bañada por el sol entrando a bocajarro hasta su dormitorio. Su loft era una jaula de cristal. Las paredes de vidrio, aluminio y espejos forjaban laberintos acotando el espacio. Y él, hermoso en esa perfección casi irreal, era el monstruo reptante que abría unos iris claros. Viperinos.

Que sabían demasiado. Y sonreían.

El tiempo transcurrió entre duchas ardientes, café de aroma intenso y sabor fuerte, cuero negro envolviendo su cuerpo y expectación en la mirada y en los labios, serenos. Fingiendo ser los dueños del misterio.

Porque sin importar el decorado, sin importar el argumento, Rick nunca era la víctima. Era el observador. El testigo que nunca emite juicios. Que sólo cree poseerte, con los ojos. Y hoy, habría un rostro nuevo en su objetivo.

Al salir, Steinburg le pareció pequeña y opresiva. Vulgar. Sin lujos, sin grandes rascacielos desafiando horizontes teñidos de glamour. Pero aún así, ese aire sórdido y podrido le hacía sentir en casa. Y extasiado. Mucho mejor que en Nueva York. Sintiendo que en las calles, en cada callejón, un crimen nuevo se estaba cometiendo.

Como si el morbo recorriera las trazadas, inyectado en la sangre de esa ciudad prohibida. Como si todos ellos tuvieran un anzuelo entre los labios. Como si también él fuera el cebo perfecto, esperando a ser mordido. Devorado.

Haciendo gala de una elegancia innecesaria bajó del taxi con todo el dramatismo que proporciona el cuero a plena luz del día, las gabardinas largas, las gafas de sol negras, y el dinero. Para Rick, todo era un escenario. Y él siempre era una estrella.

Determinado a hacerse esperar alargando su paso por las calles decidió visitar la cafetería de la esquina antes de entrar en el hotel, dando tiempo a otros ojos a recaer en su presencia. Y así, tras ser reconocido un par de veces, con el vaso de plástico humeante entre los dedos, se dio por satisfecho y continuó su pase hasta la recepción.

Un par de sonrisas medidas, todo dientes y presunción, y caminó despacio hasta la suite del escritor. Rick "no estaba nervioso". Pero le sudaban las manos. Había leído todos y cada uno de los libros de Indiana. Era un lector avaricioso, de esos que leen un libro en una noche. De los que no saben parar. De los que nunca usan marcapáginas.

¿Cómo sería en persona? Descubrir que era un hombre alimentaba sus expectativas. Rick era capaz de fascinarse observando cualquier rostro. Sobre todo, si pertenecía a un hombre. Sobre todo, si había uno de esos rasgos, quimeras, que atraía su atención. Sobre todo, si la mente detrás de una mirada también le fascinaba... el rato que durara su atención.

¿Sería joven? ¿O viejo? ¿Mórbido o atractivo? ¿Tendría la decadencia en la mirada o sólo en las palabras? ¿Tendría la piel cetrina? ¿Ojos lacónicos? ¿Estaría deformado? Había algo sucio, roto, en esos libros. Algo visceral. Sin duda, Indiana no sería uno de sus modelos. Sería real y tétrico. No dejaba de idear semblantes en su mente, combinando la deformidad con la belleza ultraterrena, como en todos los seres mitológicos.

Para alguien como Rick, la premeditación era una novedad. Y toda novedad estimulante.

Por éso, apoyó su diestra en el marco de la puerta como si el mundo le perteneciera, mostró su sonrisa de lobo hambriento de corderos y sus ojos, fríos, llamearon un instante haciendo ruido con sus manos, golpeando sus nudillos en una evocación mucho más victoriana que el timbre a su derecha.

Anunciándose como lo hacen todas las fantasías. Sin previo aviso.

Sintió que su actuación desmerecía cuando no abrieron de inmediato y su ceja enarcada hizo eco de la duda y la incredulidad que recorrió su pecho al observar la nota. ¿Quién era él? Una pregunta inesperada. A él, todos le conocían. Él no necesitaba de pseudónimos.

Sonrió, recomponiendo su postura y afilando sus iris y sus dientes, recobrando esa confianza extrema tiñendo cada gesto. Cada pensamiento.

— Tu pesadilla. ¿Vas a dejarme entrar?
Se oyó a sí mismo y se regodeó, como si aquella frase fuese el santo y seña perfecto para adentrarse en ese mundo. Un mundo en el que, en alguna parte, una bandada de cuervos emprendería el vuelo y observaría a ese extraño, envuelto en negro, adentrarse en los sueños de un escritor maldito. Sin poesía. Y sin flores del mal.

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Re: Scaphandre.

Mensaje por Alex Abbott el Sáb Feb 01, 2014 8:52 pm

Una pesadilla.

Así, sin avisar, en frío y a plena luz del día, anunciándose a si mismo como si su propia voz fuese la tarjeta de presentación perfecta para cualquier profano. Había alguien detrás de la fachada, no era un Mister Peabody rechoncho y bajito, ni un admirador de los bigotes a lo Poirot, ni una sombra larga y chupada embutida en un traje perfectamente aburrido que llevase colgando la etiqueta de «estoy aquí porque no tengo más opción».

Alex volvió a apoyarse en la madera de la puerta para mirar de nuevo por la mirilla. No le veía bien pero no parecía alguien de la editorial. En sus escasos años como estandarte de lo que se denominaba «la nueva fantasía oscura», había tenido batallas de miradas y ceños fruncidos con más hombres de los que podía recordar. Eran los señores Wills o Brady, o Fergusson e incluso un genuino y auténtico John Smith. En su mayoría se trataba de espantapájaros arrogantes que le miraban por encima del hombro y se lo quitaban de encima de un manotazo, de la misma forma que se sacudirían una mota de polvo del hombro.

Lex era un problema, la oveja negra de una familia demasiado chic, el niño no deseado, la mancha de grasa de una camisa favorita o un borrón desagradable sobre unos papeles importantes. Era ese pequeño pedazo que se añade a la montaña que forman la irritación, el cansancio y el estar harto de todo. Era el punto sobre la i que algunos se olvidan de poner o esa coma traviesa que no terminas de ubicar en un texto corregido. Lo que sobra y nadie quiere tener en su apretado organigrama semanal.

Luego llegaban las ventas del mes y de pronto se convertía en el trozo del pastel más solicitado de la carta.

Estaba acostumbrado. Ellos o le amaban e idolatraban o le detestaban. Él se los imaginaba a todos en una fiesta, mezclándose con los de su misma especie, ojo avizor, a la caza de cualquier nombre importante en el mundo del papel, el bolígrafo y la tinta. Después, al dar las doce, la fiesta se trasformaba, no se volvía una calabaza, sino un campo seco y yermo, y en el centro del mismo aparecían los ujieres del infierno y los decapitaban a todos mientras él, con sus cascos puestos, observaba de lejos el espectáculo, sonriendo.

Así que la visita de una pesadilla era como su propia fiesta privada. Quería abrir la puerta y dejarle entrar, pero... se retorció los dedos nervioso. Si Marlene hubiese estado allí ella habría abierto la puerta, saludado con un par de besos en la mejilla y le habría invitado a entrar, porque sabía como hacerlo, porque podía hacerlo. A él le asustaba... saludar, dejar entrar y luego... se llevó el pulgar derecho a la boca, buscando producir otro cadáver, pero no había nada que morder, había acabado con las existencias hacía un rato.

Tamborileo con los dedos sobre la puerta, tratando de seguir el ritmo de «When Johnny Comes Marching Home» sin éxito alguno, apoyó la frente sobre la tibia madera e inspiró una bocanada de aire antes poner la mano sobre el pomo de la puerta.

Detrás había una pesadilla. Fue un vistazo rápido, huidizo, soltó el pomo y se alejó con prisa hacía las maletas, dejando libre la entrada para que el hombre pudiese entrar.

«Bolsillo exterior derecho, táser, táser, táser...». Se lo repetía mentalmente como un mantra. Estaba al alcance de su mano, sólo tenía que inclinarse, hurgar con rapidez y sacarlo. Fácil. Habría estado más seguro, más cómodo y menos nervioso con el aparato en la mano, pero no quería parecer un paranoico. Para dejar de ser Alex tenía que dejar de actuar como Alex, eso incluía aprender a saludar, no amenazar a la gente con el spray, no pegar patadas en las espinillas y... mirar a los ojos. Si, eso, mirar a los ojos. Contacto visual, horrible pero necesario, así que alzó la cabeza lentamente directo a enfrentarse con su visitante.

No sabía ni quien era y ya pensaba en él como en su enemigo, su nueva némesis, una sombra o un fantasma a caballo, persiguiéndole sin cesar. Tragó saliva con un nudo en la garganta y le miró directamente, con la cabeza gacha, mientras se sonaba los nudillos.


Última edición por Alex Abbott el Lun Mar 03, 2014 10:48 pm, editado 1 vez

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Re: Scaphandre.

Mensaje por Aerick Callahan el Sáb Feb 22, 2014 12:43 pm

Aerick pudo sentir los acordes estridentes de su propia banda sonora, anunciando una entrada triunfal... o el inicio de un thriller. Una de esas escenas que dan sentido a la película, que uno es capaz de recordar.
Los comienzos tienen poder. Y son un desafío. Sin la primera línea de ese libro remoto que fue el primero que leíste realmente, sintiendo las palabras, tal vez no hubiera habido otros. Sin la primera copa, el primer sorbo, no habría sabores en tu mente. Y nunca hubiera habido esa embriaguez que sueña madrugadas.
Podía sentir el pálpito en los dedos. No había rubor ni sudor frío, no había temor, pero si esa inquietud por siempre bienvenida que te hace sentir vivo, ingrávido. Como en la cuerda floja. Los artistas lo sienten. A veces lo transmiten. Y otras, lo guardan dentro.
Hay secretos que no quieres compartir. Codicia silenciosa.

Sonrió de nuevo. Rick era uno de "esos". Hay personas que piensan, deciden la jugada y luego actúan. Pero los reptiles no necesitan pensar. Son puro instinto. Hacen, con sangre fría, sin detenerse. Porque nada les cala. Su piel es satinada. Y correosa.
Los reptiles no sangran sangre roja.
Los segundos pasaron, reptando como sus pensamientos, arrastrándose. No había esquirlas de hielo. No había espinas. Sólo esa sosegada quietud que escama tus sentidos. Puede que fuera él, puede que fuera Indiana, pero Aerick era capaz de imaginar.
El umbral de esa puerta era su propia cueva. Él era un nuevo Corso, mirando "la novena". El Infierno esperaba al otro lado. Y como un loco, quería saber. Quería sentir. Y quería ver. Ponerle nombre a los sonidos que escuchaba, al otro lado. Abrir los ojos y encarar a la muerte, en tinta y hueso.
Los hombres que invitan a las mentes a dejarse llevar tienen un don. Y él quería conocerlo. En primera persona.
Al fin, la rendición llegó y alguien abrió la puerta. Aerick continuó sonriendo, con esa mueca congelada que quiere seducir y oculta a duras penas todo el hambre. Porque hay personas, hay miradas y hay almas, que siempre quieren más.
No tuvo que fingir. No había un papel. En realidad, siempre se había sentido sucio, oscuro, maleable. Como las sombras. Como el tejido de lo que nubla el pensamiento. Casi líquido. Deslizándose, como la lluvia. Poco a poco.
Entró del mismo modo, empujando la puerta suavemente. Las pesadillas nunca empujan. Avanzan muy despacio, arrastrando una capa hecha jirones que raspa duramente el suelo, disonante. El olor de la estancia le recibió primero, llenando sus sentidos.
Olía a cerrado, a madera y a nuevo, a poco usado, a humano. A sudor y sustancia. El perfume de un cuerpo diferente. De otra vida. Otro aliento. Oxígeno gastado y macilento... consumido. Todos dejamos huella. Percudimos el tiempo y el espacio.
Un paso más, acostumbrándose a la luz, sin perder ese brillo insolente en las pupilas. En los dientes. Su sonrisa podía ser un cuchillo o un anzuelo. Perspectivas dispares, ojos críticos.
La habitación cobró sentido y su mirada acostumbrada a delinear, a perseguir, obtuvo panorámicas que hablaron de distancias, metros, luces y contraluces, la esquina usada de una cama, ordenadores encendidos y expectantes, vídeos musicales atrapados sin voz, y esa figura. Incómoda. Turbada.
Los ojos de fotógrafo de Callahan no pidieron permiso. Tomó cien instantáneas de esos ojos, azules e indefensos, hundiéndose muy dentro, amenazando. Las cámaras desnudan, pero lo que da miedo, lo que captura tu alma, es la mirada del fotógrafo que sabe ver en ti. Que sabe leerte.
Después devoró el resto, sin preámbulos. Sus ojos caminaron, como hormigas, recorriendo esa pálida piel desde los pómulos a la nariz, a ese metal hiriendo sus facciones, la juventud exudada en sus poros, sus labios sobrios, apocados, el nudo en su garganta tragando su saliva, sus dedos, sus nudillos, la línea en sus muñecas... la frágil silueta de cabello teñido evocaba a una víctima.
Y quiso saber más, sin presentarse.
Resuelto, dominando la estancia y sus pasiones, dejó el café humeante en la mesilla y rodeó con pasos firmes a ese joven, observando más ángulos, con la misma expresión que te escudriña sonriendo. Que parece estar a punto de morderte. De besarte. De no enunciar palabra.
Su juicio terminó. Sin testimonios. Y el tono en su sonrisa se hizo oscuro, prudente, malicioso.
Algunos piensan que las cámaras quieren que sonrías. Cuando el premio, el tesoro, son las lágrimas.

— Así que te cabalgan los temores sin que lleves las riendas... Y tú miras. Tenemos cosas en común, Indiana Harlow. ¿Está la pesadilla a la altura del miedo del autor? ¿O no resulta terrorífica?

Habló en un inglés claro, neutro, teñido de recuerdos a pesar de estar contaminado por ese acento intruso y alemán, que era cortante. Duro.

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Re: Scaphandre.

Mensaje por Alex Abbott el Mar Mar 04, 2014 12:45 am

«Ojos de Dragón». Fue el primer pensamiento que tuvo Alex cuando alzó la cabeza y se enfrentó al descarado visitante que acababa de entrar en su terreno personal con el aplomo de quien sabe moverse. Una desfachatez desnuda, insinuante, desprovista de cualquier atisbo de vacilación.

Hubo un golpeteo, un traqueteo interior en su pecho, el conocía esos ojos de reptil gigante que quemaban, se reían y hasta se relamían los labios, burlándose de cualquiera que se atreviese a mirarlos y creerse superior, más listo, más carismático o guapo. Los había visto a través de la pantalla de un ordenador, en una revista, en un reportaje para la televisión... pero siempre de refilón, riéndose a carcajadas a través de la lente de una cámara, buscando momentos que los demás no veían, capturando imágenes con la retina, sueños, desnudando cosas que la gente no quería exponer, reconocer o decir en voz alta. Eran los ojos de un capullo, como bien había dicho su agente una vez, un capullo con unas cuotas de arrogancia por las que no pagaba alquiler, letra o factura.

Dejó de sonarse los nudillos.

Aerick Callahan. Un jinete sin cabeza, pesadilla entre las pesadillas, sonriendo como un rey rodeado de súbditos adoradores. Un hombre que parecía exigir que besasen el suelo que pisaba, que venerasen todo de él, incluidos sus escupitajos y otros fluidos corporales. Si hubiese sido uno de sus personajes, habría sido un oscuro y siniestro nigromante, un brujo despiadado, sediento de sangre, vísceras y poder, quizás un fantasma vengador con garras en vez de manos. Pero indudablemente habría sido un hombre en el que predominaría el poder del sexo, incluso puede que succionase la vida de sus presas a base de mamadas y orgasmos.

Pensamientos fugaces y poco adecuados para una primera impresión.

Entonces se sintió amenazado, como si alguien le hubiese acercado un cuchillo al cuello y estuviese delineando su piel con la hoja, lentamente, dando a entender que tenía el poder, el control y la oportunidad. Aquel hombre no pedía permiso, no, el se apropiaba, como de aquel instante y aquella situación, acuchillando con los ojos, barriendo la estancia con su mirada de reptil, exigiendo, buscando, encontrando, robando, interrumpiendo, violando, acariciando, insinuando, absorbiendo... era demasiado para Alex. De pronto no había aire suficiente en la habitación, ni probablemente en todo el hotel.

Le hizo sentir débil, vulnerable y escueto como un suspiro, como si sólo hubiese flotado de pasada por aquella estancia, como si se hubiese convertido por escasos segundos en una ráfaga de aire sin importancia alguna, sin color, olor, ni motivación para seguir bailando en el ambiente. Y sin embargo seguía quieto en su sitio, parado como un pasmarote junto a las maletas, eclipsado por... sí, debía de recordarlo, un capullo arrogante que había colocado un vaso de plástico sobre un mueble. Y no había un posa vasos debajo, nada que impidiese que el contenido —a juzgar por el aroma, café— se vertiese. Y lo tendría que limpiar él, lo cual acababa de convertirse en un agravio y una falta de consideración absoluta hacía el espacio personal y privado —no importaba que fuese temporal— de alguien, de él, de Alex Abbott.

Estaba a punto de atravesar la estancia, agarrar el vaso y tirarlo dentro de la papelera cuando Callahan se movió. Sin previo aviso, con una soltura y una elegancia que volvió a conseguir que Alex se quedase quieto en su sitio, sintiendo que era juzgado y evaluado por un profesor con unos estándares de aprobación que muy pocas personas lograban alcanzar, algo que pudo leer con claridad en su sonrisa, maliciosa, oscura, reptando por su cara como una segunda piel, de nuevo adueñándose del momento con la placidez que acompaña a quien se sabe ganador, todo un as en el complicado deporte de ser un depredador social consumado.

Alex sintió que le odiaba y al mismo tiempo quería saber que pensaban sus ojos de él, que veía esa mirada de halcón traicionero, que especulaba la serpiente y que fotografías parecían haberse almacenado en su cerebro. Deseó, brevemente, tener la capacidad para poder leer su mente, para meterse dentro de su cerebro y sus ojos y saber como le veía, que etiquetas le había puesto, que colores le había adjudicado y si había rozado o no el aprobado. Porque de algo estaba seguro, estaba muy lejos de los cánones de Aerick Callahan, tan lejos como la Tierra del Sol.

No pudo evitar dar un respingo cuando le escuchó hablar con esa voz que se adhería a los oídos, que se pegaba a los recuerdos. Oyes hablar un mito y es como si te hablase directamente a ti, solo para ti. Pero ¿Podía considerar a aquel hombre un mito? En ciertos ambientes si, pero que sabía él de eso. «Los peces y los niños no saben nada, no tienen voz ni voto» solía repetir su abuela cuando quería enfatizar que era joven, tonto, inexperto e inútil, igual que la pieza perdida de una herramienta o un calcetín desparejado.

Él solo sabía de escribir y de tipos que caminaban por la vida con un par de grilletes colgando de sus muñecas desde la cuna. El destino se servía frio y a destiempo, el suyo era haber conocido a este hombre, una alucinación ruda y oscura, en este hotel alemán en una ciudad que olía a pólvora y sonaba al afilador de un cuchillo.

Algún mecanismo acababa de girar en alguna parte y había comenzado a añadir patrones al tapiz de la vida de Alex. Patrones irregulares, toscos y vibrantes, porque aún desconocía donde integrarlos, o lo que iban a significar.

Se inclinó sobre la maleta y busco, con manos algo temblorosas, la tableta. La encendió con algo de torpeza, sintiéndose frustrado y enfadado consigo mismo, no sólo porque sus manos eran mantequilla en aquellos momentos, si no que estaba permitiendo que la presencia de aquel hombre le afectase demasiado.

Aerick Callahan en su habitación de hotel. Alguien había abierto la puerta del mundo de los sueños húmedos más bizarros e imposibles y no se le había avisado de ello.

Escribió de prisa, procurando no cometer ninguna falta ortográfica. No quería tener que darse cuenta de que no había sabido estar a la altura, de que otra vez se había comportado como «un niñato insufrible y poco profesional» según palabras de Marlene.

«Depende» dijo la voz enlatada y fría del programa que hablaba por él «Todavía no estoy asustado. Cuando haya visto tu lado macabro, hablamos».

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Re: Scaphandre.

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