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Fortuitos y encuentros [privado]

Mensaje por Invitado el Mar Dic 31, 2013 11:05 am

Hacía poco más de un mes que él había llegado a Steinburg y, aburrido, no hacía más que dar vueltas por casa de la que ya se conocía de memoria cada esquina y cada rincón, cada mueble. Carlo se preocupaba de ordenar la casa para que siempre estuviera libre de obstáculos lo que Ditto agradecía interiormente pero que jamás agradecía en voz alta pues odiaba a su guardaespaldas y no quería que él pensara lo contrario o pensara cosas que no eran. En todo momento Bruno iba al lado del chico presto a servirle cualquier cosa que el joven Giorgetti necesitara en cualquier momento. Era un pastor alemán, fiel y servicial que jamás protestaba no así como ese hombre que tenía que guardarle las espaldas cuando le apetecía salir a la calle solo. Solo. No había podido hacerlo desde que había llegado, ¿sería posible hacerlo sin enzarzarse en una discusión que le ponía de malhumor y le quitaba las ganas de salir de casa? Casi parecía misión imposible pero aquella tarde, cedió.

La mirada de incredulidad se reflejó en el rostro del joven y se quedó mirando al otro con cara de no entender nada. -¿Y eso? -preguntó todavía perplejo- ¿a qué viene ese consentimiento tan de repente? -Se quedó atento a cualquier movimiento de incomodidad del contrario pero lo único que obtuvo fue una escueta "ordenes de arriba" y ya. -Yo pensé que las órdenes de arriba eran claras, protegerme en todo momento, ¿seguro no me mientes? -preguntó pues no se creía la buena suerte que estaba consiguiendo de repente. ¿Le dejaría ir sin más por ahí? Seguro que había trampa, seguro era una trampa.-¿Estás 100% seguro que mi padre te dijo eso? -Quizás hubiera sido la madre, quien sabe. A veces había obtenido permisos gracias a ella, permisos que su padre no aprobaba del todo. -¿Fue mi madre? -preguntó entonces y notó cierto nerviosismo en el ambiente, estaba incomodando al otro, tanto mejor. Se divertía. Le gustaba molestar a Carlo. Era como una marioneta a la que puedes darle vueltas y siempre resulta inútil, la pongas como la pongas. Sonrió, quizás coqueto, y le miró.-Pues iré a arreglarme para salir al parque, ¿entendido? No sé donde para...-se aprovechaba de que Carlo nunca podría desobedecer una orden directa desde Italia-... así que quizás me pierda pero no te preocupes -añadió para bajar la irritabilidad del contrario- seguro Bruno sabe traerme de vuelta -se río para luego dar media vuelta y marcharse hacía el baño de su habitación.

Una vez arreglado con un tejano, camisa por fuera de los pantalones, un jersey y una corbata medio suelta, se puso el abrigo, los guantes y un gorro en la cabeza además de una bufanda para enseguida preparar a Bruno quien se dejó sin chistar. De ahí salió al pasillo dirección al ascensor, sintiéndose extraño.-¿No sientes como si faltara algo, Bruno? -le preguntó a su perro guía una vez le hubo dado al botón de llamada del ascensor- me siento como... solo. No sé. Es una extraña sensación, ¿a tí no te pasa? -le preguntó y lo único que recibió fue una mirada ausente de su acompañante canino y sonrió.-En fin, tendré que acostumbrarme, ¿no crees? Soy libre -dijo al fin- libre de Carlo y estoy feliz por ello y eso es lo que importa. Al fín logré librarme de él, aunque solo sea por unas horas. -Y, una vez abajo, terminó de abrigarse y encaró la calle empezando a andar en una dirección hacía el parque Tiergarten. Cuando se sintió perdido preguntó a la gente como llegar y, cuando finalmente lo hizo, se agachó para acariciar a Bruno.-Muy bien, chico.-Le sonrió alegre.-¿Buscamos un banco o quieres pasear? -le preguntó a lo que enseguida recibió respuesta- yo también prefiero pasear, ya me paso muchas horas sentado en casa.-Y, tras ponerse de pie le agarró y dejó que fuera el propio cánido quien le guiara por los senderos trazados del parque.
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