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La piedad no existe...[Libre]

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La piedad no existe...[Libre]

Mensaje por Invitado el Jue Dic 26, 2013 1:25 am

Sangre... sangre… sangre …simplemente sangre a mi alrededor. Ensordecedores gritos llenando mis oídos. Súplicas incoherentes, murmullos incomprensibles que no tendrán efecto en mí. ¿Acaso no se cansan de pedir por sus vidas? ¿Acaso se puede ser más patético aún?


Sonrisas maliciosas se dibujan en mis labios, aquellos finos y apetecibles que poseo. Aquellos que alguna vez suplicaron como suplican ahora estos hombres frente a mí. Aquí… así… llorosos, temblando de puro miedo.


¿Acaso debería tenerles piedad? —farfullo al aire, sin dejar de sonreír en ningún momento. Mis pupilas de un inusual tono rojizo se clavan en ellos, como se clavaron antes mis navajas en su piel, haciendo emanar aquel líquido vital de sus cuerpos. —¿Acaso ustedes han sentido piedad antes por otros seres? —inquiero de nuevo, frío como el hielo que siento ahora en mi pecho desde hace años.
 
Mis labios se tuercen, en una mueca cruel, inquisitiva… ¿Acaso debería tener piedad? ¿Debería dejarles vivir? Me cuestiono, notando aquellos cuerpos temblando de puro pánico. Así como temblé yo, así como mi madre tembló…
Aprieto mis puños con fuerza, y contengo un gruñido de puro odio.
¡No! La piedad no existe para ellos… No se lo merecen, y no se lo merecerán nunca. Estos asesinos… estos malditos asesinos. Me desharé de ellos, como ellos quisieron deshacerse de nosotros, como ellos  se deshicieron de la persona más importante para mí…
 
“¡Detente, Felix , por favor! Mamá no lo hubiera querido así” exclama aquella vocecita molesta en mi cabeza. Aquella otra parte de mí, aquel ser débil que quiero erradicar de mí… Feliciano.


Escucho su llanto, escucho sus súplicas, como escucho la de estos dos hombres que muy bien recuerdo en mis sueños, o más bien en mis pesadillas… ¿Cómo podría perdonarles? ¿Cómo podría dejarlos libres después de lo que nos hicieron? Aún recuerdo sus risas, sus burlas, sus insultos hacia mi madre… Todavía recuerdo como la llamaban puta, como la ensuciaron, como la violaron y machitaron su pureza. ¿Y pretenden ser salvados? ¿Pretenden ser perdonados?
 
Eso no será posible… —es finalmente mi respuesta a sus gritos doloridos tras mis torturas. Escucho sus voces quebradas de puro llanto, escucho sus plegarias a aquel ser divino al que veneran.


 Bastardos…  ¿Cómo se atreven siquiera a derramar lágrimas?  ¿Cómo se atreven siquiera a pronunciar palabras a aquel ser divino egoísta que no escuchó antes mis ruegos?


Dios no podrá ayudarles… ni ahora… ni nunca —sentencio de manera cruel, brusca… de la misma manera que lo hicieron ellos con nosotros hace tantos años atrás.  Sonrío de nuevo, e ignoro las plegarias por parte de Feliciano, ese muchacho que es mi otro yo, y que no hace más que lloriquear de puro pavor.


¿Crees que soy malo? ¿Crees que no tengo corazón? Posiblemente eso es cierto y pero la verdad es poco me importa…


 Sólo me importa escuchar sus jadeos, esos susurros agonizantes cuando mi navaja atraviesa sus gargantas. Nuevamente el dulce aroma de la sangre, nuevamente aquel sabor metálico llenándolo todo…
Dejo sus cuerpos allí, inertes y fríos en aquel edificio abandonado a las afueras de la ciudad. ¿Cuánto tardarán en encontrarlos allí? Eso es algo que me divierte calcular… ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Jamás? Jeh… eso no importa ya. No podrán atraparme, como nunca han logrado hacerlo. Jamás dejo huellas, mucho menos pruebas que me inculpen. Soy un profesional. Mi pasado me ha convertido en uno… y ahora lo agradezco. Mi venganza aún está en marcha, y no se detendrá hasta que todos y cada uno de los culpables de la muerte de mi madre paguen por lo ocurrido.
 
Lavo mis manos, me deshago de toda la evidencia… de mis ropas ensangrentadas, de los guantes que cubrieron mis manos ante este asesinato; y salgo de allí… En busca de la civilización. Enfilo mis pasos a aquella iluminada ciudad, dónde el estúpido e infantil aire navideño llena el aire. Sonrío con desprecio bajo la bufanda que cubre parte de mi rostro, más muestro mis ojos amables como lo hace Feliciano. Después de años imitándole, finalmente puedo actuar como él sin  problemas, y eso me facilita realmente las cosas.


Los niños que me rodean y corretean en busca de más obsequios por parte de sus padres, me sonríen y les devuelvo el gesto con tranquilidad. Una tranquilidad algo turbadora si se sabe que acabo de asesinar a dos hombres y he dejado sus cuerpos pudrirse en aquel galpón abandonado.
¿Pero qué más da? Nadie sabe lo que he hecho, y nunca nadie  lo sabrá… Ante los ojos ajenos soy un inocente muchacho  que mira a las familias pasar presurosas, mientras yo me mantengo parado allí en aquel parque, como si uno más de ellos  fuera…
 

¿Encontraré algo divertido para hacer hoy? —murmuro al aire, mirando de un lado al otro. Observando aquellos rostros sonrosados por culpa del gélido clima. 
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Re: La piedad no existe...[Libre]

Mensaje por Invitado el Miér Ene 22, 2014 7:43 pm

El vaporoso viento helado parecía penetrar hasta los huesos a esa hora del día, obligando a los paseantes a ir abrigados con gruesos sacos, algunos de lana, pero otros con mayores alcances y pendientes de la moda, preferían finas fibras sintéticas térmicas; de modo que la variedad era extensa y en algunos casos denotaba muy bien la diferencia de clases sociales. Aunque, por esa vez y en ese lugar, lo que más parecía importarle a la mayoría era compartir las sencillas diversiones con su familia y amigos, en aquel preciso momento que la tenue y suave caída de la nieve decoraba las copas, antes frondosas, de los árboles del parque.

“Parecen tan tranquilos”, meditó para sí mismo el joven de cabellos níveos, quien se encontraba sentado en una banca metálica al margen del camino, mientras se abrazaba a sí mismo y se frotaba los bíceps de arriba a abajo con la mano contraria a cada uno. Casi tiritaba y su expresión corporal se notaba un poco tensa, sin embargo, al mismo tiempo se asomaban un par de perlas de sudor frío en su frente, de las cuales Rusell no se había percatado aún.

“Debe ser porque no están pensando en sí mismos, sino en estar con los otros”. Sonrió amargamente y se dio cuenta de lo que había dicho abstractamente… de nuevo pasaría otro invierno solo, y el frío parecía sentirse mucho más intenso desde que era así.

De pronto un espasmo de sus pulmones lo hicieron inhalar y contener la respiración un instante, al tiempo que un agudo picor cosquilleaba en la zona entre sus ojos.

¡Achú! ―el alivió sonó relativamente fuerte y se llevó parte de su energía, casi asustándolo por el malestar que le trajo dicho estornudo. Había estado así desde la primera hora del día y comenzaba a darse cuenta de lo que pasaba.

Tomó un pañuelo desechable y acicaló sus fosas, doblándolo después con cuidado y envolviéndolo dentro de otro pañuelo antes de meterlo en la bolsa de su gruesa gabardina marrón. Pero esa simple acción, tan común e insignificante para cualquier otro, repentinamente sumió todas sus expresiones faciales en un decaimiento más allá de saberse enfermo, e incluso de pasar las festividades en solitario, pues le recordó la razón por la cual se encontraba allí precisamente… él sólo quería ver algo distinto a su propio mundo nocturno, así como expresiones de afecto verdadero, que no involucrasen compromisos ni coerciones; es decir, algo distinto a lo que él solía pasar con más frecuencia de lo que se pensaría.

* * *

La noche anterior había sido igual o más fría, el viento azotaba los cristales de las ventanas y la escharcha cubría los toldos y parabrisas de los autos aparcados en el estacionamiento. Rusell se encontraba en el Centro Nocturno donde trabajaba varias noches a la semana, pero no había salido a su hora habitual. Un cliente de notoria alcurnia había ofrecido una jugosa suma para tenerlo en un espectáculo privado, y aunque normalmente el chico se hubiese negado a la oferta, esta vez el urgente pago de la renta de su apartamento lo llevó a tomar una “mala decisión”.  

El hombre resultó ser un perverso que presionó hasta el límite del desnudista, quien a petición, y casi ordenanza de su jefe, permaneció horas a solas junto con aquel, sin más prenda que la delgada licra interior en torno a su pelvis. En ese lapso tuvo que lidiar con sus lanzadas insinuaciones y sus arrojados intentos de palparlo íntimamente, hasta casi el punto de sodomizarlo mentalmente… si es que eso es posible, soportando su errático comportamiento provocado por las onzas de alcohol que había ingerido, y que de hecho insistió en compartir con Rusell sin realmente conseguirlo. Lo único que sí logró fue derramarle media botella de vodka encima, tras lo cual el joven dio por terminado el espectáculo y dirigió una formal queja a su jefe, quien a cambio le ofreció compensarlo con un día de descanso pagado.


* * *

Es un pago muy bajo para la dignidad ―musitó avergonzado de sí mismo. Anoche ni siquiera tuvo tiempo de ducharse debido a la hora en la que terminó aquello, por lo que salió del lugar aún humedecido por el sudor y el penetrante aroma de la bebida―. ¡A – achú! ―volvió a sufrir el espasmo―. Oh, diablos… ―sus mejillas se encontraban rojas.

Luego palpó su frente con el dorso de la mano y notó la sutil transpiración que manaba, así que metió la mano en el bolsillo para extraer uno de sus pañuelos y pasarlo por debajo del flequillo.

Esto sí que es irónico. ¿Cómo puede ser que me esté acalorando?

Se puso en pie y miró hacia los lados con el interés de encontrar algo inexacto, hasta que dio con una persona cercana a su posición. Acortó la distancia con algunos pasos y estrechó un poco los ojos, enfocando mejor los rasgos de aquel ser, ya que sus ojos parecían tener una inusual cortina invisible que nublaba un poco su observación. Entonces, por simple curiosidad, decidió ponerse al día.  

Disculpa. ¿Tienes reloj? Necesito saber la hora ―su voz se escuchó algo cansada y sin querer tocó su sien derecha con los dedos índice y pulgar, comenzando a darse un ligero masaje en puro reflejo.
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Re: La piedad no existe...[Libre]

Mensaje por Invitado el Mar Ene 28, 2014 12:27 am

Frio…poderoso y tajante frío. Lo siento tan hondo, tan penetrante como aquella vez… como cuando mi vida cambió por completo, y se transformó en esto que soy ahora. Dos caras de una moneda, forjada con el fuego del mismísimo infierno…
 ¿Yo nací ese día? ¿O es que en realidad murió aquella parte débil de mí? A veces creo que sí… ¿qué irónico, verdad? Nacer el día que tu madre debe morir… Renacer de las cenizas pútridas de tu pasado, y ver como el único ser que has amado en tu vida se queda atrás, allí… hundido hasta lo más hondo en esa mierda… esa mierda que otros nos han obligado a vivir.
Suspiro al recordarlo. Suspiro como tantas veces antes mientras aprieto mis puños, ahora escondidos en los bolsillos de mi abrigo. Este que no parece suficiente para apaliar este frío intenso que atosiga mi cuerpo , pero en especial mis mejillas que se encuentran ya rojas por culpa de aquellas lacerantes y heladas ráfagas que nos envuelven. Y digo “nos” pues no soy el único… no sólo porque cierta vocecita infantil atormenta mis pensamientos con sus estúpidas tonterías sin sentido, sino porque las personas que pasan caminando, aunque sonrientes, sienten el mismo frío que yo… aunque dudo que la misma pena…
“¿Por qué no volvemos a Italia? Felix… papá está solo, y no es bueno que pase navidad solo.. ya sabes que recuerda a mamá” dice  entoces aquella vocecita chillona que  todos conocen como el verdadero Feliciano… un Feliciano que sólo en ocasiones es capaz de hacerse cargo de una situación, que pocas veces es capaz de hacer una cosa bien… en realidad. ..
—“no pienso volver… aquí es mucho más entretenido que allá… además. Recuerda que Padre jamás está en casa para ti… para mí… él debe odiarnos… No, más bien odiarte sólo a ti” —respondo mentalmente a aquellas palabras, poniéndole ese toque pesimista y cruel que me caracteriza,  pero que muchos considerarían sólo mordaz o ácido.
No quiero volver… no aún. Aquí está él… yo lo sé. Aquí esta ese policía que  me salvó, que  “nos” salvó… y es por eso que quiero encontrarlo. Ese perro de la policía me pertenece… es mío, y lo quiero para mí a pesar de que no pueda recordar su rostro, o siquiera aspecto. Recuerdo sus ojos… recuerdo  su olor, la fuerza y el calor de sus fibrados brazos. Lo quiero… deseo encontrarlo, y no pararé … no pararé nunca hasta hacerlo. Del mismo modo, jamás me detendré en esta venganza… acabaré con cada uno de esos hombres que me arrebataron a la persona más importante en mi vida… lo haré, y por fin podré vivir en paz.
“Viviremos en  paz ¿de verdad, Felix? No me mientes ¿no?” escucho nuevamente esos lloriqueos asustados de  mi otro yo, y bufo con molestia, apartando la vista a un punto cualquiera, a un rostro cualquiera de esos que pasan por delante de mí.
Al parecer me he equivocado, al parecer no hay nada interesante para mí esta noche… pero era de esperarse ¿cierto? Era evidente ¿verdad? Las estúpidas fiestas se llevan el maldito protagonismo de estas épocas, y a mi me entran ganas tremendas de vomitar por tales cursilerías. Suspiro de nuevo, abatido quizás hasta resignado al aburrimiento que estas fechas acarrean, pero contengo un gruñido de molestia cuando cierta voz me hace girarme en su dirección. ¿ah? ¿acaso alguien se ha dignado a hablarme? Qué sorpresa…. Sonrió sin poder evitarlo, en especial ver a aquel  -sexy para qué negarlo- desconocido.
 

¿Ah? Si si… —respondo, sacando una de mis manos de mi bolsillo aparentando una inocencia que en realidad no poseo… y creo que sólo  Feliciano posee aún en realidad, y sonrío. — 22:30hs , señor… -musito con ese marcado acento italiano que poseo aún cuando pronuncio este idioma tan rígido que es el alemán. Observo entonces al hombre, con el detenimiento  que siempre observo todo aquello que llama mi atención, y lo concibo realmente atractivo. Quizás sea por ese cabello albino o sus ojos de ese inusual tono carmín. Amplío mi sonrisa al notar que había opción de tocar a ese hombre un poco… apoyó su mano en el hombro del contrario y esbozó una mirada preocupada digna de un Oscar de la academia. —¿Se encuentra bien, señor? ¿Puedo ayudarlo? No se ve usted bien… —susurro muy cerca de su oído, cuando paso una de mis manos por su cintura, notándola estrecha, perfecta. Mis ojos resplandecen por la promesa de diversión…. ¿Acaso serás tú, señor desconocido mi nuevo juguete? Eso es lo que veremos esta noche. Por el momento sólo estrecho su cintura y lo pego a mí, sosteniendo su peso pues parece debilitado… como un pobre animalillo que me da ganas de comer… —Mi nombre es Feliciano… lo ayudaré si me lo permite…
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