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La Muerte visita al doctor

Mensaje por Nazyr el Miér Dic 18, 2013 7:54 pm

 —Vamos a cambiarle la formula del inhalador, así que...—ruido de papeles—...espere un momento por favor.

Sonido del teléfono, taconeo, la sonrisa artificial de una enfermera, un niño que llora en la zona de las vacunas y una sirena que se aleja a lo lejos.

Nazyr suspiró, apoyó los codos sobre las rodillas y dejó la cabeza colgando, observando las líneas que formaban las baldosas del suelo del pasillo. A los médicos se la ponía dura hacer esperar a los pacientes, estaba convencido de ello. Esos petimetres de batas blancas que te miraban como a un idiota eran todos unos sádicos a los que les ponía caliente el saber que al otro lado de consulta, perdiendo su valioso tiempo, había una cola de pacientes esperando para ser atendidos. Seguro que tenían orgasmos. Ellas se meterían los termómetros por el coño, y ellos se masturbarían con fotos de pacientes amputados. Y luego irían a misa como santos, oliendo a esperma y jugos vaginales.

Había estado dos horas esperando fuera de la consulta, sentado como un imbécil sobre la dura silla de plástico, esperando que el doctor como se llame se dignase a ir concorde a la hora de la cita del paciente, pero estaba visto que ese día tenía activado el modo «capullo que se toma su tiempo en estudiarte la verruga». Puede que Nazyr fuese un hombre paciente y dentro de lo que cabe racional, pero la paciencia tenía su límite.

Su consulta había sido rápida, auscultar, revisar pulso, meter el puñetero palito en la boca, enfocar con la linterna, murmurar mientras miraba los resultados de sus análisis, revisar tres veces las radiografías, y al final comunicarle con voz jovial que nada, que todo iba de maravilla pero que tenía que expedir una nueva receta para el inhalador, con una formula nueva porque si. Porque le salía del carajo. Nazyr había mirado al médico a los ojos tratando de transmitirle que había sufrido a lo largo de su vida más galenos de los que había querido, y que ya era perro viejo en esto de hacerse con el él gracioso, el simpático y tratarle de estúpido.

—¿Cuánto ha empeorado?—le había preguntado con su mejor voz de no admitir una respuesta sencilla y fácil, quería conocer todos los detalles, las cifras, lo que fallaba y lo que no.

—Al contrario, es una formulada más rebajada. Señor Bozkurt, su asma ha mejorado.

Y ahora estaba allí sentado, cual mueble, esperando ya cuarenta minutos a que su matasanos le diese la nueva formula y le enviase a la farmacia del hospital a por ella. Pero estaba visto que esta vez tampoco iba a ser rápido. La enfermera entraba y salia, salía y entraba, papeles en mano, pasando por delante de él como si nada. Varias veces había tratado de pararla para preguntar si es que el matasanos había estirado la pata o es que la formula del inhalador sólo la podía escribir un físico o químico experto en la materia, pero o bien se había vuelto invisible sin saberlo, o estaban pasando olímpicamente de él. La segunda opción parecía la más verosímil.

Después de cinco minutos se levantó para llamar a la puerta y preguntar por su maldita receta, sólo para encontrarse con que no había nadie dentro. La consulta estaba vacía, el teléfono no paraba de sonar y el crío de la sala de vacunas lloraba con renovadas fuerzas.

En momentos como estos era en los que a veces, sólo a veces, deseaba tener una ametralladora a mano. Un par de galenos soberbios y enfermeras de menos no harían daño a nadie, sólo un maldito par.

La segunda puerta de la consulta también estaba abierta, y tampoco había nadie en la sala continua. Médicos que eran como houdinis. ¿Se trabaja en ese hospital o sólo se venía a pasar la tarde, a charlar y a tomar cafés? Porque el rato que había pasado ahí sentado habían pasado por delante suya al menos dos enfermeros y una enfermera con sus correspondientes cafés en vasos de plástico.

Al salir de la sala se fijó en que ya no era el único mono de feria sentado en el pasillo. En la incomoda silla que había pegada a la suya había sentado un tipo. Estupendo, compañía pegada a su costado respirando su mismo aire. Sólo esperaba que no fuese uno de esos que inicia una conversación hablándole de sus almorranas, de sus ets o preguntándole si querría echarle un vistazo al extrañó bulto en forma de patata de su espalda.

Se sentó en su asiento echando la cabeza hacía atrás para apoyarla en la pared. Cerró los ojos con el ceño fruncido, enfadado y hastiado, le daban ganas de acercarse a recepción y coger un folleto de cada de todos los que tenían, incluidos los de la gripe y las paperas. Al menos así tendría algo que leer para luego romper en pedacitos y regar con ellos el suelo.

Joder... que el sólo venía por los resultados de unas pruebas.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Lars Kirshner el Jue Dic 19, 2013 2:13 am

Era curioso eso de ir al médico. Siendo un crío no sufrió más que algún catarro de invierno, pero pasado el cuarto de siglo no paraba de visitar la maldita consulta del doctor. Y total, ¿para qué? Escuchar siempre lo mismo “debería dejar de fumar, señor Kirshner” “esas actividades no le van bien para sus heridas internas”. Ellos no comprendían lo que era ser policía. No poder bajar nunca la guardia, tener que mantenerse ocupado 24/7 para que imágenes de tu experiencia laboral no acudieran a la cabeza… Uno nunca olvida su primer cadáver. Ah, pero no le molestaba tener que ir. La única queja, tal vez, era el hecho de no poder llevarse un cigarrillo a la boca allí dentro. Así que llegó con un paquete de Mikados, mordisqueándolos rápida pero diminutamente cual roedor adiestrado. Cualquier cosa era buena para mantenerse entretenido, si había elegido aquel snack era… pura coincidencia.

Llegó al pasillo de su consulta tan relajado como siempre, sin importarle lo que ocurriera alrededor. Había una frase o una imagen que describía perfectamente su expresión facial la mayor parte del tiempo: como las vacas viendo pasar el tren. Sin inmutarse, sin moverse ni un pelo de la ceja fuera lo que fuera que ocurriera, viera o escuchara. Cuando uno va preparado para esperarse cualquier cosa, ya nada le sorprende.

Vio fugazmente a alguien entrar en la consulta del médico, así que se sentó tranquilamente en la silla a esperar mientras mordisqueaba de igual forma. Aquella mañana tenía libre por eso de tener que ir al médico, así que llevaba un simple pantalón deportivo negro y una sudadera, cubierto con la capucha por simple comodidad. Llevaba el cabello muy corto y, con el frío alemán que se le calaba a uno hasta en los huevos, quería llevar la nuca bien protegida.

Alzó la mirada un breve instante para observar al hombre que salía de la consulta. Vio sus botas y supo que fue a quien vio entrar poco antes. Otro paciente y, al parecer por su humor, no debía estar acostumbrado a los funcionarios. – Será mejor que se calme… A esta hora hacen el cambio de turno de enfermeras y los médicos aprovechan para hacer el descanso. Calculo que en diez minutos, quince apurando, vuelven a activarse. Eso si no hay cotilleo nuevo entre el personal, con lo cual yo le aconsejaría que, si ha aparcado en zona de pago, vaya a revisar su parquímetro. – Y, tras aquella colaboración en pos de la obra social, cogió otro palito y se lo llevó a la boca para roerlo rápidamente.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Nazyr el Jue Dic 19, 2013 5:14 pm

 —He venido en taxi—fue lo único que replicó.

Giró la cabeza, todavía apoyada en la pared, para observar al hombre sentado a su derecha, pero la capucha que llevaba puesta le impedía verle más allá de su perfil. Probablemente la llevaba subida debido al frío que hacía en la calle, cuya máxima era de 11º y mínimas de hasta -4º en la zona sur del país. Menos mal que su piso tenía calefacción central, no quería amanecer con las pelotas convertidas en una cubitera gigante, rellena de orina y esperma congelado. No, gracias.

Crack.

La atención de Nazyr volvió a ser reclamada por el tipo que estaba sentado a su lado. Ahora parecía un roedor, crunch, crunch, crunch, crunch, estaba despedazando un mikado con una eficiencia digna de un reconocimiento al mérito dental y a la concentración. No movía ni un musculo, quieto como una estatuada, pero relajado, sentado como si tuviera todo el tiempo del universo entre sus manos, como sí no tuviese nada más importante o más interesante que hacer, que sentarse en aquel ascético pasillo, ver pasar un montón de personas y esperar una consulta que parecía no llegar nunca.

Que ganas de quitarle la caja de mikados y apropiarse de ella. Así tendría no sólo con que matar el tiempo, sino algo para comer y mantenerse ocupado. El movimiento repetitivo de abrir la caja, sacar el mikado, llevárselo a la boca y masticarlo lentamente, le relajaba. Si tuviese una caja a mano le ayudaría a sobrellevar aquella espera que le estaba, no sólo descuadrado el horario, si no fastidiando sus planes para la tarde, y odiaba no cumplir el horario establecido por la mañana, ni poder realizar las actividades que apuntaba en su agenda mental. Era una persona ocupada, controladora, en cuya vida todo tenía que tener un orden lógico y racional. Su vida era como una estantería en la que todos los objetos estaban catalogados, colocados por forma, colores y tamaños. Todo tenía su sitio fijo y rara vez un objeto se rompía, se perdía o cambiaba de lugar. Un sólo fallo, un minúsculo error y la balanza que equilibraba su vida podría romperse, y si se rompía podían salir todas las cosas que estaban ocultas detrás de los objetos de los estantes, todo aquello que estaba enterrado. Cosas que era mejor mantener controladas y apartadas de la luz del sol, como si de putos gremlins se tratase. Ellos no podían ni comer después de la medianoche, ni podía tocarles el agua, ni darles la luz del sol. Lo mismo ocurría con lo que Nazyr escondía... era mejor no alimentarlo, ni tratar de limpiarlo, ni mucho menos sacarlo a la luz del día.

El constante crunch del mikado le hizo salir de sus pensamientos, peligrosamente cercanos a esa parte de la estantería que no debía tocar, y reclamó de nuevo su atención. Deseaba un mikado, era más fuerte que él.

—¿Sabes si hay una máquina expendedora cerca? Necesito un par de estos—se giró hacía el otro hombre y le dio un golpecito con el dedo a su caja de mikados.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Lars Kirshner el Jue Dic 19, 2013 11:18 pm

-Entonces relájate. – Se encogió de hombros porque, para qué engañarle, no había otra cosa que pudiera hacer para ser atendido con mayor rapidez. Ni él, que era policía, conseguía privilegios sobre los demás funcionarios. Claro que, pensándolo bien, de eso se trataba después de todo la igualdad.

Otro palito le ayudó a pensar mejor.

Necesitaba un cigarrillo. Había ido a la consulta directamente desde casa, sin fumarse ninguno por el camino, así que llevaba unas… dos horas sin probar una calada. Mierda, si empezaba a contar el tiempo entre pitillo y pitillo es que realmente tenía un problema. A lo mejor el doctor no era un cansino y llevaba algo de razón… Pero bueno, qué demonios, los cigarrillos y el sexo era lo único que le hacían relajarse como un bebé. Y de lo segundo no podía abusar en público. Ahora ni siquiera en los hospitales…

Miró de reojo al compañero de pasillo y luego se fijó en lo que señalaba. Sus Mikado. Pensándolo un par de segundos, acabó por tomar la buena decisión de compartir y ayudar un poco más al mundo, así que extendió el brazo tendiéndole la cajita para que se sirviera. – Toma, puedes coger. Solo como para matar el tiempo. – Le miró a los ojos y sonrió sutilmente con amabilidad, dejando la cajita en el asiento entre ambos para que no dudara en comer. - ¿Esperas resultados importantes o es solo que estás hastiado de esperar? – Preguntó en vistas del nerviosismo o desesperación que mostraba el otro, buscando otro entretenimiento ahora que su boca había dejado de mantenerse ocupada.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Nazyr el Jue Dic 19, 2013 11:53 pm

No se hizo de rogar, en cuando el mikado entró en su boca, el efecto calmante fue inmediato. Empezó a roerlo lentamente, saboreando el chocolate con el que estaba bañado. No le gustaba admitirlo, pero la mezcla de sabores y texturas del palo, unido al chocolate era una de sus pocas debilidades en cuanto caprichos relacionados con la comida, porque en general odiaba el dulce, excepto el chocolate negro.

—Gracias—obsequió al otro hombre con media sonrisa desprovista de cualquier tipo de encanto, y volvió a su posición anterior, con la cabeza echada hacía atrás, apoyándose en la pared a su espalda —Sólo estoy hastiado. Llevó aquí ya... —miró su reloj de pulsera haciendo un calculo rápido— dentro de siete minutos hará tres horas que estoy perdiendo el tiempo.

Alzó un poco la voz la contestarle ya que una medico estaba pasando por delante de ellos en esos precisos instantes. La mujer ralentizó el pasó y se detuvo frente a la puerta que había a la derecha de la consulta del matasanos de pacotilla que había atendido a Nazyr. Les miró brevemente por encima del hombro, con la expresión de quien desearía decir algo pero no puede, consciente de que le puede caer encima una queja en la administración del hospital. Parecía que le había sentado muy mal el último comentario de Nazyr, algo que a él, con toda franqueza, no le importaba en absoluto.

En cuanto la médico desapareció en su consulta, Nazyr cogió otro mikado de la caja y miró a su compañero con una sonrisa de satisfacción y de burla pintada en la boca.

—Creo que he herido sus sentimientos—chasqueó los labios—espero que no sea el relevo de la tarde, o la físico-química que tiene que escribir la receta de mi inhalador, porque entonces no saldré de aquí hasta las ocho.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Lars Kirshner el Vie Dic 20, 2013 12:19 am

Miró de reojo a la enfermera mientras duraba ese incómodo silencio en el que les observaba. A ambos. Porque compartiendo aperitivo la mujer debió sacar sus propias conclusiones y en su mente les estaría uniendo en el mismo saco de impaciencia civil. Pero tampoco es que le importara, así que no hizo el mínimo gesto para hacer que se sintiera mejor. - Tres horas... vaya, creo que nunca he tenido que esperar tanto en un hospital sin estar ingresado. - Usó un tono suave, el típico cuando comprendes perfectamente el estado en el que se encuentra otra persona. Además, los hospitales siempre le habían resultado aburridos se mirase por donde se mirase, y esa blancura con olor a desinfectante le revolvía el estómago.

Apoyó la cabeza hacia atrás, sin querer imitarle, solo buscando comodidad a sus vértebras, y le miró nuevamente de reojo. - Por el calzado cómodo que llevaba, esa enfermera es de urgencias probablemente. Son las únicas que permanecen de pie durante el turno de ocho horas. - No es que quisiera hacerse el listo, no era su estilo, pero quiso ayudar a su compañero de pasillo a que esa espera no fuera más tortura de lo que ya parecía estar suponiéndole.

Miró su reloj y chasqueó la lengua, como si ya supiera lo que iba a pasar a continuación.

Un par de minutos después, se escuchó ruido de pasos apresurados, unas zapatillas de enfermera correteando por los lisos pasillos en busca de algo. O alguien. En este caso, el moreno devora Mikados. "¡Señor Kirshner! Llevo más de media hora buscándole para entregarle los papeles. ¿Dónde se había metido?" El detective inclinó la cabeza hacia adelante y suspiró justo cuando la mujer se aseguró de dejar en claro que no tenía ningún motivo médico para estar sentado en ese pasillo esperando.

Bueno, tarde o temprano tenía que presentarse.

Se puso en pie, girándose hacia su interlocutor hasta ahora. - Ha sido una agradable primera charla. - Comentó sonriendo con cortesía. - Ah, me olvidaba. - Se inclinó y cogió la cajita de Mikados con dos dedos, procurando no tocar la superficie lisa. - Esto me lo quedo. - Se quedó mirando el pequeño paquete, esperando ver alguna huella bien clara. Supuso que los de análisis ya se encargarían de eso. En ese instante se abrió la puerta, reapareciendo el nuevo turno de consulta para llamar al otro hombre, seguramente. - No se preocupe, señor Bozkurt, cuando termine de atender sus necesidades médicas, estaré esperándole para hacerle unas preguntas.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Nazyr el Sáb Dic 21, 2013 1:14 am

Es como cuando empieza ese dolor de cabeza de sien, palpitante y desagradable, o cuando estás en la ducha y el agua caliente se transforma en una cascada de agua fría, o cuando te muerdes la lengua al comer. Son pequeñas situaciones que espolean el mal humor, la irritación, o directamente te envían a un estado en el que desearías tener a alguien a mano con el que desquitarte.

La imprevisibilidad del ser humano es convertirse en alguien previsible.

La imprevisibilidad de una situación es que te haya estado zumbando junto a la oreja como una mosca, que halla estado pegada a ti, que te haya dado un codazo y no haya conseguido llamar tu atención.

Lo imprevisible ocurre cuando te has acomodado.

Toda la escena pasó ante los ojos de Nazyr como un vídeo a cámara lenta. Se pone en pie, blablabla, coge la caja de mikados, vuelve el blablabla, se marcha. Y un pitido reemplaza la molesta presencia de su voz, un sonido rítmico y apagado, un murmullo que aguijonea tu cerebro.

Y entonces lo imprevisible ocurre de nuevo.

La risa de Nazyr llenó el pasillo. Pasó del enfado a la rabia en unos cuantos segundos, después volvió el enfado con renovados bríos, y por último la risa, vacía, sin nada de humor, simplemente una catarsis equivocada en el peor momento posible.

¿Y qué más iba a pasar ahora? Que la enfermera del turno de tarde acababa de decir su nombre y le pedía entrar a consulta para recoger la receta y volver a hablar con el médico. Entró con paso lento, las manos metidas en los bolsillos y el entrecejo ligeramente fruncido, y en cuanto vio la sonrisa del médico sintió una desagradable sensación en la boca del estomago, que reconoció como ardor. Perfecto, lo que le faltaba.

El médico hablaba sin cesar de sus estupendos resultados, de la mejoría de su asma y de que le iba a mandar a hacer unas pruebas del aparato digestivo, para comprobar la salud de su hígado y de los intestinos. En otras circunstancias Nazyr habría estado prestando atención a lo que el médico le estaba contando sobre su salud, pero tenía cosas más importantes en las que pensar.

Estaba cabreado consigo mismo por haber bajado la guardia. Por el amor de dios, era un hombre curtido en uno de los más feos y menos apetecibles negocios del mundo. El suyo era un trabajo casi tan antiguo como el de madre o el de puta, llevaba los años suficientes para saber como funcionaban loas cosas y que nunca has de bajar la guardia, ni siquiera ante una anciana. Olía a los polis, los reconocía siempre, en cualquier bar, esquina o transporte publico. ¡Joder! Atufaban a agentes de la ley, tenían aspecto de perros y esa mirada de estar siempre buscando lo que no deben donde no les llaman. Los tipos como él acababan desarrollando un sexto sentido cuando de policías se trataba, y sin embargo, en esta ocasión le había ganado la partida uno de ellos, con sus malditos mikados y su actitud tranquila y relajada. No era gracioso, y sin embargo lo era. Era ironía pura, una broma de mal gusto, un chiste de humor negro contado en el momento menos oportuno.

Pero ¿de qué quería hablar con él? De multas de aparcamiento por supuesto que no. Le había entregado sus huellas digitales como si fuesen un regalo de navidad. Era... simplemente era increíble. En seis años no le habían parado por la calle ni una sola vez, no se le había acercado ningún madero, ni siquiera había respirado el mismo aire que uno de ellos, y ahora había estado un buen rato sentado al lado de uno. Uno que tenía sus huellas. Eso era lo que más le molestaba, que el maldito madero se estaba paseando por el hospital con una bolsa de pruebas con sus huellas dactilares dentro. Y encima le esperaba para hablar, que romántico, iban a tener una cita en un hospital.

Volvió a reírse, acaparando con ello la atención del médico y del enfermero.

—¿Se encuentra bien señor Bozkurt?—inquirió el médico mirándole por encima de la montura de sus gafas.

—Perfectamente—le faltó tiempo para arrancarle de entre las manos la receta de su inhalador para, a continuación, ponerse sus gafas de sol y salir de allí como si el aire no sirviese para respirar. Ese hospital iba a asfixiarle, por todas partes olía a lejía y desinfectante, al hedor de los enfermos y a la alarmante falta de desodorante.

El poli conocía su apellido. Nunca le habían fichado en Alemania, pero en Marsella y en Moscú la cosa era diferente. Si metían sus huellas en el ordenador, las alarmas de la Interpol iban a saltar como locas. Se habría largado de Francia, pero tenía un amplio historial delictivo detrás de él, y aunque había borrado bien sus huellas, aún había gente en Marsella que se acordaría de él, y no para bien. No quería tener que volver a pedirle ayuda a Briand, el viejo iba a mirarle con esa irritante mueca de «ya te lo dije, tú no te las vas a arreglar sólo», porque sí, puede que hubiese sido necesario para el viejo, una buena pieza para su ajedrez, pero este siempre creyó que estaba demasiado mimado que Dav...

Alto.

Cerró momentáneamente los ojos. No digas su nombre. No pienses en él. Esas eran sus normas. El pasado se queda atrás y no vuelve, no hay que llamarle, no sirve de nada, no aporta nada. Esta muerto y punto.

Tenía que centrarse en el poli. El poli era el ahora, el presente, lo importante en esos momentos.

Caminó hasta la ventanilla de la farmacia del hospital y entregó la receta de su inhalador. Y en ese momento supo que la tarde aún podía ser más larga de lo que esperaba, porque el hombre que atendía la ventanilla le miro y dijo:

—Espere sentado hasta que lo tengamos listo.

¿Una ametralladora? Que va, un puto tanque con lanzallamas incluido.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Lars Kirshner el Mar Dic 24, 2013 12:57 am

La idea de que un policía tenía que presentarse ante un civil estaba muy subestimada. Eso eran cosas que salían en las películas, para que la gente respirara tranquila y no sospechara de nadie que no le sacara la placa en plenas narices. En ningún momento Lars le había puesto bajo interrogatorio, fue una charla que hubiera podido tener con cualquier civil, en la que nadie le obligó a coger la cajita de Mikados que resultaba ser de su propiedad, por ende se la había llevado. No se saltó en ningún momento ninguna regla, aquel caso resultaba demasiado importante para joderlo por una cagada y perder una buena oportunidad como esta.

Engatusando a la enfermera consiguió que le diera una bolsa de plástico hermética, perfecta para meter la cajita y conservarla el tiempo que fuera preciso hasta conseguir una legal de pruebas. Luego no le quedó más remedio que seguirla para obtener sus papeles y metérselos en la sudadera con un gruñido, odiando una vez más tener que seguir los mismos trámites mes a mes. Tal vez se había arriesgado un poco, su brazo estaba algo lento desde la caída del día anterior, pero no esperaba que unas simples preguntas fueran a desatar ninguna acción violenta. Tendría que dejárselo al azar una vez más.

No le fue muy difícil saber dónde se encontraba el señor Bozkurt, en parte era culpa suya, así que se dirigió a la farmacia en cuanto no le quedó más que hacer allí. Se plantó en el mostrador, repicando los dedos a modo caballería hasta que apareció la enfermera y le sonrió encantadoramente, señalándole con la cabeza el hombretón que tenía atrás sentado. Le costó entenderle, la pobre era rubia, pero asintió con energía y le dio la bolsita de papel que tenía desde hacía un rato al lado del odenador. Lars se volteó para plantarse ante Bozkurt, alzando la bolsita de papel. - Disculpa que hayas tenido que esperar, esta vez fue cosa mía, no del hospital. - Le tendió la bolsa con el inhalador demostrándole que venía en son de paz, no se mostraba amenazante en ningún momento. Miró a la enfermera que les cotilleaba con muy poca discreción y suspiró. - Solo voy a tomarte unos minutos, acompáñame. - Esta vez sí le mostró la placa, sacándosela del bolsillo de los pantalones deportivos que llevaba.

Esperaba un poco de colaboración civil, así que se dio la vuelta con las manos en los bolsillos y caminó en dirección a la salida, sacando por el camino la cajita de tabaco y un encendedor. Tras cruzar las puertas de salida del hospital lo encendió como el muerto de sed que se encuentra la fuente. Inhaló llenando por completo sus pulmones y cuando soltó el humo en un suspiro, su expresión se asemejaba más a la de cualquier policía que Bozkurt hubiera conocido. Sin la mala leche, claro, por ahora simplemente era el hombre más calmado de aquel hospital. - Ha sido un reto dar contigo, no encontré mucha información después que dejaras Moscú... - Sonríe fugazmente y le señala que camine con él, alejándose de la puerta para no molestar con el humo a los pacientes que entraran o salieran.

Su mirada ahora era de la cualquier sabueso, dura y firme, pero ausente de cualquier emoción personal que pudiera sentir en ese instante. - Puedes relajarte, por ahora no he venido a detenerte.

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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Nazyr el Jue Dic 26, 2013 8:25 pm

Un par de zapatillas de deporte entraron en su campo de visión, ya las había visto antes. El poli de los mikados, el de la cara de palo seco.

Con las manos colgando entre las piernas y el cuerpo inclinado hacía delante, Nazyr alzó la cabeza, dejando de lado el entretenido mundo de mirar el suelo y hacer ritmos con el tacón de sus zapatos sobre las baldosas color gris rata, que alguien había encontrado adecuadas para el piso del Hospital. Necesitaban un decorador de interiores adecuado... ¿Estaría Morticia Adams disponible?

Le fascinaba su capacidad para extraer un poco de humor, de la clase que fuera, de las situaciones menos adecuadas o favorables.

Miró al policía a través de sus gafas de sol. Le miró a los ojos, tratando de encontrar cualquier atisbo de intenciones, cualquier vacilación o duda, algo a lo que agarrarse y chupar como una sanguijuela. En eso había estado pensando todo el tiempo, en como tratar con el poli. ¿Era mejor ser «algo» sumiso y colaborador? ¿o sería preferible ir de duro y de bocazas?

Se incorporó en su asiento y sonrió brevemente antes de estirar la mano y agarrar la bolsa con su nuevo inhalador.

—Mi impresión sobre el hospital acaba de cambiar. Si hasta tiene servicio directo, te traen las medicinas aunque estés sentado a pocos metros de la farmacia. Y con escolta especial, esto es tener clase.

Por dentro su cabeza no dejaba de girar, gritando «puto madero», como si eso sirviese de algo. Mientras se ponía de pie frunció el ceño. Había perdido algunas horas de su vida por culpa de aquel poli, y eso le encabronaba, pero tampoco iba a dar un paso en falso, aunque en esos momentos desease con fervor y ansias remodelarle la cara a ese guapito. Una nueva nariz le iría bien a su rostro, le daría carácter y personalidad. Pero no podía hacerlo, así que se limitó a inspirar aire con fuerza, estrujando el inhalador con una mano, siguiendo al agente fuera del edificio, caminando a propósito por detrás de él, con los ojos fijos en donde estaba su nuca, tapada por la parte alta de la sudadera.

«Chandalero de mierda. Se creerá que tiene las putas pelotas de oro...».

Una vez afuera, Nazyr aspiró con fuerza el frío, pero refrescante, aire alemán. Antes de llegar a Steinburg se había imaginado que toda Alemania olía a salchichas, cerveza y chucrut. Pero no era así, olía como en cualquier otro sitio; a humanidad enlatada, polución, humo de tabaco y colonia. Lo único diferente era el paisaje y el frío y agradecido hermetismo de la mayoría de los alemanes.

Se apartó del policía para que el humo de su cigarrillo no llegase si quiera a tocarle. Desde que había dejado de fumar había comenzado a odiar el olor del tabaco, le parecía nauseabundo. Briand, por ejemplo, fumaba puros como podría comer cacahuetes, uno detrás de otro, sin parar. A estas alturas de la vida sus pulmones debían de ser dos cosas amorfas y estrujadas, del color del carbón más puro.

Y mientras se quitaba la gafas y echaba un vistazo al cielo —en realidad trataba de controlar la calle a su alrededor— el policía citó Moscú. Eso había quedado atrás hace mucho tiempo, Nazyr ya no era aquel chaval sin donde caerse muerto, que robaba en tiendas y en casas, y que se peleaba con cualquiera sencillamente porque le salía de los cojones. Había aprendido a controlarse, aunque no siempre lo conseguía, a veces la sangre le hervía tanto que estallaba y entonces no había forma de pararle los píes. Se convertía en un tren que iba a demasiada velocidad, pronto a descarrilar. Moscú no era ninguna de las opciones que Nazyr habría barajado. Había llegado a pensar que quizás habían trincado a «Totó» y que se había ido de la lengua, o que se hubiese reabierto algún caso de Marsella, ¿pero Moscú? ni por asomo de dudas. Eso había sido hacía mucho tiempo... hacía nueve años que no ponía un pie en Rusia.

¿Le habían estado buscando? Sí, pero no quien él hubiera esperado. No este poli huevos de oro que parecía demasiado cómodo hablando con él. No, esta no era la parca o la forma del destino que habría esperado encontrar. No era el espíritu del karma vengativa.

Se giró hacía él con las manos en los bolsillos, la cabeza ladeada, sin una sombra de simpatía o del humor que había mostrado minutos atrás.

—Kak tyebya zovoot?* —le preguntó sin apartar los ojos de los suyos—Chto eto takoye? Ti myenya znayeshʲ?*—se acercó despacio hasta él—se paró para escupir al suelo—Niet.


Spoiler:
*¿cómo te llamas? ¿de qué va esto? ¿me conoces? en ruso

Nazyr
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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Lars Kirshner el Vie Ene 03, 2014 12:37 am

Ya volvía "la migraña de detective". No era un dolor de cabeza en sí, en el significado físico de la palabra, sino más bien una pelota de estrés, dormir poco y pensar en muchas cosas a la vez que se acumulaba entre la nuca y la coronilla. Muchas veces, cuando alcanza puntos elevados de tensión, explota a la más mínima provocación de quien quiera que provenga, hasta que resuelve el caso y consigue encontrar la paz. Es en esa fase de caos cuando todo el mundo se vuelve de repente más eficiente de lo normal, agilizándole las cosas. Probablemente porque no se aguanta ni él.

Por suerte ahora estaba relajado, al menos en apariencia, y el latido en su cabeza era de momento un simple zumbido lejano que le recordaba que debía darse prisa. Se tomaba sus casos muy en serio desde que era detective de homicidios, y eso que sus víctimas ya están muertas cuando le entregan la información. No es como cuando era agente y corría a contratiempo para evitar muertes innecesarias... no, aquí era otro rollo. Un rollo más de justicia. Y si hay algo que a Lars le toque más las pelotas, es que no se haga justicia si está de sus manos encontrarla.

Miró al ruso con esa misma expresión austera y neutra. Cara de póker, que dirían los jugadores, pues en sus facciones no se podía saber ni de qué humor estaba, ni qué es lo que pasaba por su cabeza. Mas sí hubo reacción a sus palabras, un leve alzamiento de ceja mientras le observaba mezcla de "las preguntas las hago yo" y "¿tengo cara de saber ruso?"

-Soy el detective Kirshner de homicidios. - Se presentó finalmente, sacándose la placa del bolsillo de su pantalón, alzándola para que pudiera ver bien su placa. La guardó en cuanto quedó claro. - He dicho que no he venido a detenerte. Solo quiero hacerte unas preguntas.- Y esta vez no pidió permiso, se plantó ante él asegurándose que nadie cotilleaba, y movió la cabeza hacia atrás para poder verle bien detenidamente el rostro. - ¿Podrías decirme qué hiciste el martes pasado por la noche?

Caló profundamente el cigarrillo y movió los labios para desviar el humo hacia otro lado, dejando que el viento se lo llevara lejos.

Lars Kirshner
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Re: La Muerte visita al doctor

Mensaje por Nazyr el Lun Ene 06, 2014 6:29 pm

—Kirschner ¿eh?—repitió Nazyr sin ceder ni un poco de terreno. Se le daba bien lo de aguantar la mirada sin bajar los ojos o pestañear, de eso vivían los depredadores como él, de no dejarse aminalar, de saber aguantar el tipo y la presencia. Tuvo que aprenderlo a la fuerza, al principio deprisa y corriendo, a base de golpes y patadas, después lo fue perfeccionando, tratando de aprender cuando era el momento conveniente para ceder una pulgada, o apretar la cuerda, o ejercer menos agarre. Por desgracia los polis también aprendían a crecerse en el duro juego de demostrar no sólo quien tiene más cojones, si no también quien manda, quien es el perro alfa que a meado en la esquina y la ha convertido en suya.

Aún no había terminado de despedazar aquel hueso, es más, ni siquiera había comenzado a roerlo. Estaba en la fase en la que trataba de averiguar todo lo necesario sobre el contrario. Por el momento ya le había puesto un mote, le había catalogado como gilipollas y chandalero, y había descubierto que a menos que estuviese fingiendo, no tenía ni puta idea de ruso, así que menos la tendría de checheno... ¿francés tal vez? No, no tenía aspecto de hablar más que alemán y a lo sumo inglés. Sus últimas palabras aún resonaban en los oídos de Nazyr, cuando el poli mencionó algo del martes por la noche y el planing mental del checheno se abrió en su cabeza repasando a contratiempo su agenda mental día por día la última semana, recordando fechas, horas, visitas, gente con la que había hablado... ¿Estaría refiriéndose al «Gordo»?

El contrato de aquella ballena varada y recubierta de dinero había aparecido en su bandeja del correo hacía cinco semanas. Un trabajo en apariencia sencillo, al tipo lo querían liquidado en tres meses. Esas eran las condiciones, pagaban cincuenta de los grandes más incentivos por la rapidez y la discreción. No aceptó. Escogía sus trabajos con cuidado, estudiaba a la victima, veía a que se dedicaba, que le daba de comer, donde metía la polla, donde y como escondía la mierda que trataba de ocultar y después sopesaba las opciones. Con el Gordo había decidido no aceptar. El tío era una gruesa masa de carne, manteca de cerdo y sudor. Llevaba en el bolsillo interior del traje un pañuelo para limpiarse la humedad de la frente y se asperjaba entero con colonia de rosas. Lo que más le llamó la atención fueron sus uñas, sucias, roídas, con la uña del dedo meñique derecho muy larga, ideal para hacer como muchos; buscar oro, plata y cobre dentro de la nariz. El pobre capullo era un imbécil que no sabía ocultar sus aventuras a su mujer, y cuyo hijo le trataba como a un pedazo de mierda, gritándole a la cara que quería más dinero, más coches, más de todo y lo quería ya.

No le gustaba la pinta del encargo. El Gordo parecía tan falto de carácter, de cojones, de todo excepto de dinero que sus alarmas saltaron. Pensó que quizás querían usarlo de cabeza de turco, de chivo expiatorio, y eso eran palabras mayores, implicaba hacer el trabajo y sí algo salía mal, si alguien husmeaba y buscaba, podían dar con su nombre y hacer preguntas incomodas. No le interesaba. Pero «El Belga», otro contacto de «Totó», si acepto, y se cargo al Gordo el martes pasado, de un tiro en la cabeza mientras desayunaba en la terraza de su cafetería favorita. Una ejecución limpia, como todo lo que hacía «El Belga».

Nazyr volvió a repasar su plan del martes. Nada especial, absolutamente nada.

—¿El martes por la noche? Nada, rascarme las pelotas en mi piso mientras acariciaba a mi gato. Quizás ver la tele, no me acuerdo. Ya sabe, cosas normales que se hacen un Martes por la noche, agent Kirschner.—de nuevo estaba sonriendo, con el gesto de la boca torcido, con cierto deje de chulería que afloraba a su rostro cuando de la ley se trataba—¿Es que acaso es un delito rascarse las pelotas? 

Nazyr
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Re: La Muerte visita al doctor

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