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Diente de León [ Post Autoconclusivo ]

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Diente de León [ Post Autoconclusivo ]

Mensaje por Invitado el Vie Dic 13, 2013 1:25 am

"El arte es inútil, por eso es tan potente."
"Yo no creo que eso sea así, papá."
"¿Y qué mierda crees?"
"...Que el arte sirve para inspirar a las personas."
"Las personas no valen la puta pena."
"Las personas pueden hacer cosas buenas gracias al arte. Una persona puede inspirarse por una canción o una melodía, y puede hacer algo grande gracias a ella. O puede hacer más arte, y así inspirar a más personas..."
"Bobadas... Bobadas."
"Pero..."
"Cállate y sigue tocando. El arte no sirve para nada. El arte solo sirve para el disfrute ajeno. No tiene ningún uso, y debes aprender eso cuanto antes, Benjamin."
"..."




La medicación había sido tan potente esa vez, que estaba en una nube. Una nube de colores oscuros.
En la cárcel solían pasarse de las dosis recomendadas para que los pacientes estuvieran atontados, pero en mi tenía un efecto distinto. Los demás se dormían, o babeaban. A mi me tenían que sacar a pasear, porque al igual que una seta alucinógena, esa droga me producía una sensación de querer descubrir mundo.
Los guardias se reían de mi. Decían que tan solo me tumbaba en el diminuto trozo de hierba de la prisión y miraba el cielo estrellado, tocando una brizna verde y contemplándola durante largos latos, sin más muestra de consciencia que mis parpadeos y ligeros cambios de postura.
Me hablaban, y no respondía.
Me tocaban y me daba igual. Me gravaban y nada importaba. Solo ése pequeño sitio y yo.
De hecho, eran tan descuidados que hasta me dejaban solo por horas, a sabiendas de que estaba demasiado ido para huir. Nah... No quería huir. No en esos instantes.

Tenía los ojos cerrados. Y los pensamientos corrían por mi mente a toda prisa, a pesar de que la medicación impidiera que suscitaran reacciones violentas en mi cuerpo. Estaba bien... Realmente lo estaba. 
Esa noche era clara, y la única persona del patio era yo. Estaba tumbado en la hierba, con las rodillas alzadas y los brazos extendidos, y el rostro girado para poder aspirar el aire que la tierra emanaba, húmedo y fresco. Era el olor a libertad. El olor a puro, a sano, vital.


La medicación era tan fuerte esa noche, que apenas si podía mantener los ojos abiertos. Pero por mi difunta madre que lo logré. Y entonces pude enfocar... Y descubrir el irisado manto de estrellas que se extendía ante mi.
Me alejé de esas paredes grises y sucias, abandonandome en un irreal mundo muy lejano a mi. Tan lejano y hermoso que hasta sonreí, levantando una mano, como si pudiera acariciar con la punta de mis dedos la belleza extraña de esos diminutos puntos de luz en el firmamento.


Pero se me cayó el brazo a un lado, y topé con algo.
Perezoso, miré en esa dirección, moviendome.... Y un diente de león se alzó ante mi, bañado por la suave luz de la luna, como la misma representación de la vida. De la libertad y la belleza que yo jamás podría poseer.
Lo tomé entre mis manos, arrancándolo porque había partido el tallo, y lo contemplé a contraluz, hundiéndome en la admiración silenciosa de lo que yo jamás podría ser.

Una canción sonó en mi mente entonces. Esa canción que mi padre me obligó a aprenderme cuando tenía once años y todavía tenía cordura.
Esa canción hablaba de algo hermoso. De lo que un día tuvimos, de lo que teníamos, y de lo que ibamos a tener.
Por alguna razón mi padre quiso ponerle un título curioso. "Sálvanos."
Siempre me pregunté porqué ése título, pero nunca le dije nada, porque no entendía la letra en su totalidad y temía defraudarle... Y ahora me doy cuenta de que tan solo me acuerdo de la melodía, ya ni siquiera... Ni siquera conservo una simple letra en mi mente.

Miré los filamentos que nacían  de esas semillas, dispuestas a volar en cualquier momento. Y me pregunté porqué los guardias se reirían de algo tan hermoso, tan simple, tan lógico.
La vida busca vivir incluso cuando está muerta, y ése diente de león me hizo abrir los ojos, asombrado por su inteligencia pasiva, su lógica apabullante.

Yo acababa de matarlo sin querer, aplastándolo con mi brazo. Y ahora esas semillas estaban listas para salir volando lejos de allí, al otro lado de esas paredes. Diminutas, inmortales, eternas.

¿Era eso por lo que mi padre le puso ése nombre?
"Sálvanos."
Él ya no podía salvarse. Lo sabía, al igual que yo, porque yo quería matarlo entonces, y los dos conocíamos su destino.
Y me dejó a mi, su único legado, su semilla, la misión de "salvarles". A él, a mi hermano, y a mamá.

Y me acordé de una cita... "Mientras me recuerdes, no moriré nunca."
Ése era mi destino, supongo. Recordarles.
Soplé con una ligera fuerza el diente de león, que de inmediato soltó las semillas.
Salieron disparadas en todas direcciones, exactamente igual que mi voz, que empezó a tararear muy bajo, muy suavemente, la melodía de esa canción de piano.
Mi padre tenía razón. De nada servía el arrte, solo para emocionar. Solo para evocar recuerdos. Solo para inspirar y hacer grandes cosas...

Pero ésa noche, allí tumbado, decidi quedarme con lo bueno. Un tallo vacío, un mero mundo de recuerdos difusos que me hacían sentir un poco más normal... Al fin y al cabo, solo yo podía salvarlos del olvido. Y eso, definitivamente, me hizo sentir mejor.







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