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Caleb Wożniak

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Caleb Wożniak

Mensaje por Caleb Wożniak el Miér Nov 27, 2013 1:31 am

Nombre completo: Caleb Wożniak.


Apodo o nombre como es conocido: N.N. (Ningún Nombre)


Fecha de nacimiento: 4 de Febrero.


Edad: 27 años.


Inclinación Sexual: Bisexual.


Grupo: Dog.


Rango/oficio: Camarero en The Hole.


Arma identificativa: ---


Descripción física: Su cabello castaño claro y liso, es herencia de su padre polaco. Corto y con flequillo largo, que enmarca sus facciones. Sus cejas son un tono más oscuro, con un arco ligero y de espesor medio.


La tez clara y los ojos azules son procedentes de su linea sueca por parte de madre. Su nariz es recta y fina, y sus labios, carnosos. El labio inferior tiene un ligero hundimiento hacia la mitad. Sus rasgos son suaves, pero indudablemente masculinos.


Su complexión corporal es delgada, pero no débil. Tiene algunos músculos marcados, producto del ejercicio realizado en prisión, pero no puede decirse que destaque físicamente, no es alguien que pueda llegar a tener una contextura fuerte o ancha. Mide un setenta y cinco, lo cual no le convierte en alguien muy alto, pero si bien proporcionado. Suele vestir ropa sencilla, de colores apagados y sólidos, que no llamen la atención, al igual que él, que mantiene movimientos cuidados, buscando pasar desapercibido.



Es una persona tanto de rasgos como de movimientos comedidos y elegantes, con una sonrisa suave y cierto brillo melancólico en los ojos, que se mezcla con una mirada profunda e inteligente que suele rehuir el contacto visual cuando se encuentra incomodo o excesivamente vulnerable.


Descripción psíquica: Era un idealista de los que creían en la posibilidad de una sociedad utópica y que todas las personas tienen un lado bueno que sacan a relucir si se les da la oportunidad. Tenía una personalidad afable, alegre y amable, pero con un carácter fuerte y apasionado que le hacía entrar en debate con cualquiera que discutiera sus opiniones.


Le costaba entender la visión del mundo de otras personas y el que estas no compartieran la suya. Era muy tozudo y persistente en las cosas que le apasionaban, y abandonaba rápidamente todas aquellas que no llamaban su atención o consideraba inútiles.


Tenía carisma y labia, era de esas personas que no te dejaban indiferente, que entran en un local solas y salen con varios amigos nuevos. Siempre atraía a la gente hacia él, iniciando conversaciones en las que no siempre estaban de acuerdo con él, pero siempre le escuchaban.


La perdida de memoria y los años pasados en la cárcel, han cambiado muchos aspectos de su personalidad, pero algunos se conservan. Ahora procura mantener un perfil bajo, consciente de que tener facilidad para hacer amigos y destacar, también significa que puedes hacer más de un enemigo.


Ahora es mucho más flexible en sus ideas y ha ganado bastante capacidad para entender la mentalidad de otras personas. Sigue siendo una persona bastante amable, pero es más comedido a la hora de tenderle la mano a un extraño.


Aunque no se ha vuelto una persona depresiva o amargada, no conserva la alegría que tenía antes, ahora es más melancólico y sus sonrisas tienen un atisbo de duda.


Esta obsesionado con la persona que era antes del disparo y continuamente se pregunta sobre su verdadera identidad y lo que esta esconde. Su familia, sus amigos, sus vivencias, su pasado. Cualquier pequeño recuerdo que le viene a la memoria es analizado hasta destripar cualquier posible pista. Sin mucho éxito hasta la fecha.


Gustos: Le gustaba hablar de política, economía y religión. Las grandes reuniones de gente. Que la gente se fijara en él y le escuchara, que compartieran su misma opinión. Le gustaban las bebidas alcohólicas dulces y un porro de vez en cuando. Tumbarse a la intemperie para mirar las estrellas. Los cafés aromáticos, los dulces y los snack salados.


Aún le gustan los mismos alimentos y los cafés, pero no bebe ni fuma. Prefiere guardarse su opiniones si no le preguntan directamente, y que los demás tengan sus propias ideas a que acepten las suyas sin más. Le gustan los lugares tranquilos con poca gente y sigue mirando las estrellas cuando tiene ocasión.


Disgustos: No soportaba a los que abusan de los más débiles o disfrutan haciendo daño a los demás. No aprobaba la sociedad capitalista. Detestaba que trataran de dirigir su vida o ponerle limites. Le enfurecía la represión y que tratasen de limitar la libertad de las personas.


Ahora no soporta la oscuridad y los espacios cerrados. Las aglomeraciones. Ser el centro de atención. Olvidar las cosas y no recordar su pasado. Los sabores amargos y ácidos. El contacto físico no solicitado. Como antaño, le repugnan las personas que disfrutan del sufrimiento ajeno y abusan de los demás.


Habilidades: Había cursado estudios sociológicos y económicos, de los cuales conserva los conocimientos, pero no la comprensión de donde proceden o por supuesto titulación que los respalde, por lo que no le son de mucha utilidad.


A aprendido a defenderse un poco durante su tiempo en la cárcel. Tiene un buen equilibrio, lo que le ha ayudado mucho a no tirar la bandeja con los vasos en su puesto de camarero, por lo que no ha tenido que pagar la novatada de romper alguno con el dinero de su bolsillo.


Debilidades: Como secuela de su lesión, a veces olvida algunas cosas puntuales, lo que le crea una gran ansiedad y terror a volver a perder la memoria. También tiene alguna que otra migraña.


Su musculatura no le permite adquirir una gran fuerza, por lo que aparte de un poco de defensa personal, es inútil en una pelea. Tiene una resistencia física un poco baja, por lo que no aguanta demasiado tiempo corriendo.


Historia:


No sabes cuanto quieres algo o alguien hasta que lo pierdes. Pero... ¿Y si no te acordarás de lo que has perdido? ¿Y si te lo hubiesen arrebatado todo? Tu familia, tus amigos, tu dignidad, tu vida... tu identidad.


A Caleb siempre le gustó destacar, pero nunca de mala manera. Desde niño aprendió que cuanto más analizaba las cosas, cuanto más pensaba en ellas, cuanto más trataba de diseccionarlas, más aprendía del mundo alrededor de él.


Era un culo inquieto. Un niño inquisitivo que hacía muchas preguntas y que se enfadaba si no obtenía unas respuestas claras, concisas y satisfactorias. Era obvio que había sacado los genes de «periodista» de su madre, y un amor incondicional y profundo por la historia y la política.


Pero conforme iba creciendo y sus preguntas se volvían más incomodas y menos inocentes, y sus ideas chocaban cual tren descarrilado con sus padres, ya no resultaba tan encantador el tener «un pequeño periodista en la familia».


Nació en el 87' —dos años antes de la caída del muro de Berlín y de la desaparición del comunismo en Polonia— siempre le gustó pensar que había nacido justo en el final de una era de oscurantismo y temor, y que el y otros nacidos al final de los ochenta, eran las semillas de una nueva era. Una nueva época dorada.


La relación con su padre se mantuvo durante años en un precario equilibrio debido a las diferencias en cuanto a caracteres y opiniones. En la infancia su padre era su héroe, durante la adolescencia un anti-heroe caído en desgracia, y cuando alcanzó la mayoría de edad, se convirtió en un villano que lo único que sabía decir era: No. No sabes de los que estás hablando. Dices tonterías. Eso no es así. Caleb, por dios, mantén la boca cerrada por una vez y escucha lo que te digo.


Las discusiones y los momentos felices se intercalaban en su casa continuamente. De vez en cuando padre e hijo firmaban una tregua más larga de lo común, y eso hacía la relación más llevadera.


De su madre, además de un carácter inquisitivo e inconformista, sacó las ganas de viajar, las acrobacias mentales, el gusto por los juegos de mesa, y un amor incondicional y una fe ciega en la familia. Se llevaba muy bien con ella, era su heroína.


La relación con sus hermanos era diferente. Rebecca se convirtió en su pequeño y particular Pepito Grillo. Mientras convivieron bajo el mismo techo fue ella la que siempre se encargó de poner el alto al fuego entre el y su padre, y siempre trato de inculcarle responsabilidad y serenidad en la sesera. No siempre lo conseguía, pero Caleb adoraba la manera en la que se esforzaba por mantenerle en el camino recto de la vida.


Pero a quien de verdad adoraba, quien era para él su ojito derecho y su mayor tesoro, era su hermano pequeño, Reese.


Siempre había querido ser un hermano mayor, así que cuando Reese nació, Caleb se propuso ser el mejor hermano mayor del mundo. Y a juzgar por la idolatría con la que le miraba su hermano pequeño, lo consiguió.


Caleb disfrutaba enormemente los momentos que compartía con su familia, especialmente con su hermano. Si Reese sentía adoración por él, Caleb sentía orgullo y un cariño incondicional. No dejaba de animar y de reír cada ocurrencia de su hermano pequeño. Le defendía y le apoyaba cuando alguien trataba de «coartar su libertad de expresión» o de «encauzarle» por el buen camino. Siempre consideró que su hermano era perfecto tal y como era, un espíritu libre.


Pero a pesar de lo que quería a su familia y en especial a Reese, había un amor todavía más grande en su vida: su muy querida, vieja e idolatrada Europa. Cuna de civilizaciones, modelo de gobierno, vieja y gloriosa dama, con sus museos, sus históricas ciudades, sus personajes celebres y sus miserables poetas. Estaba obsesionado con la vida bohemia del viejo continente del que procedían sus raíces. Le fascinaba su historia, su cultura, su gente... todo.


Su espíritu aventurero le llevó a empezar a viajar a temprana edad. Primero a pie, luego en bicicleta, coche, moto y por último en su destartalado Impala del 69'. Fueron buenos tiempos. Sin embargo embarcarse a conocer los territorios más inhóspitos de Klondike, o visitar las ciudades fantasma de Estados Unidos, no era nada en comparación a la gran, fabulosa e última meta de Caleb: viajar y quizás establecerse en Europa.


Comenzó a ahorrar dinero cuando aun era un adolescente. Arañaba y rascaba de donde podía: pagas, restos de becas, dinero de cumpleaños y navidades, trabajos eventuales. Guardaba cada céntimo que caía en su bolsillo y se permitía muy pocos caprichos. Finalmente consiguió reunir el fondo suficiente para hacerse un denominado auto regalo por su vigésimo primer cumpleaños. Se despidió de los suyos, especialmente de Reese, y se marchó a Europa.


Durante sus viajes y los años de universidad, había hecho un montón de conocidos y de amigos. Muchos de ellos a distancia, a través de internet, así que cuando abandonó Canadá con destino a Europa, su primera parada fue en Barcelona. Un amigo al que hacía dos años que no veía, le prometió ir a recogerle al aeropuerto y dejarle quedarse una temporada en su casa. Pasó unas pocas semanas allí antes de decidir continuar con su itinerario, muy exhaustivo y concreto. Para este itinerario había decidido contar con toda esa gente que había conocido y a la que consideraba amigos cercanos. Podría decirse que fue un iluso, y pronto lo iba a descubrir.


El dinero que llevaba con él no iba a durar para siempre, así que muy pronto tuvo que empezar a subsistir a base de empleos «basura», trabajos temporales —fue jornalero en un campo de fresas a pocos kilómetros de París— y lo que fuese cayendo. Algunos de esos supuestos amigos, que le habían prometido alojamiento, no lo eran tanto y muchos de ellos no quisieron acogerle.


Haciendo uso de su innegable carisma, su carácter alegre y su desenvoltura social, consiguió apañarselas bien hasta su llegada a Alemania. Fue allí donde se quedo completamente solo, sin trabajo y casi sin dinero. A penas le quedaba lo suficiente para subsistir unas dos semanas. Comenzaba a estar desesperado.


Fue en un tren que cubría un corto trayecto hasta Manheim, donde Caleb conocería a quien sería culpable de su futuro y pronto destino. Se llamaba Hans y era un tipo bien vestido, afeitado y con ademanes paternales. Tenía carisma y hablaba un inglés muy gracioso, con un acento muy cerrado.


Congeniaron en seguida y compartieron asiento durante todo el viaje. A pesar de las bromas, del acento gracioso y de los ademanes paternales, había algo en Hans que no terminaba de gustarle a Caleb. Algo dentro de él, llámese instinto, llámese lo que sea, le advertía de que no era oro todo lo que relucía en ese corpulento alemán. Sin embargo, la necesidad de ganar dinero era acuciante y por eso, cuando Hans le propuso darle un empleo, Caleb no dudo demasiado en aceptar.


No estuvieron demasiado en Manheim. Lo justo para que Caleb pudiese enviarle una postal a su hermano prometiendo enviarle una carta antes de finalizar el año, después se marcharon a su parada final: Steinburg.


Llegaron una fría tarde de otoño. Hans le ayudó a instalarse en lo que a primera vista parecía un albergue, pero más adelante descubrió que era una casa donde permanecían ocultos inmigrantes ilegales y gente que estaba fuera de la ley. Pero no tenía otra opción, no podía permitirse pagar un alojamiento, a penas hablaba alemán, y no quería dormir en la calle.


«Es un trabajo de lo más sencillo. Sólo tienes que llevar unos paquetes a donde te indique». Ese era todo su trabajo. Sonaba ilegal, parecía ilegal y olía a ilegal. Pero era un trabajo fácil que le permitía sacar dinero, y el no estaba haciendo nada ilegal. No sabía que contenían esos paquetes, no era responsable de ellos. No paraba de repetirlo para tener la conciencia tranquila.


Llevaba realizando un mes ese trabajo cuando todo se torció.


Una mañana, Hans le entregó un paquete muy liviano y pequeño. Tenía que entregarlo en la otra punta de la ciudad, en un edificio abandonado. Caleb se desplazó hasta allí en una vieja bicicleta que le habían prestado. Llovía y hacía frío, casi estaba acabando el año.


Llegó antes de la hora planeada. Tenía que esperar y entregar el encargo a un hombre que se presentaría como Mirek. Estaba calado hasta los huesos, así que decidió esperar la llegada de aquel hombre dentro del edificio. Y ese fue su error. Dentro, entre las paredes derruidas y sucias se estaba llevando a cabo un sangriento crimen. Había sangre, había dedos amputados y cuatro hombres que se estaban cebando con una persona atada y amordazada a una silla. Una ejecución de la mafia, pero eso fue algo que Caleb no llegó a saber.


Corrió como alma que lleva el diablo, pero ellos, más grandes, fuertes y experimentados le perseguían al grito de «¡Dass nicht Auspuff!» (Que no escape)


Tras una loca carrera tratando de escapar, lo último en lo que pensó Caleb antes de caer al suelo inconsciente fue en que ya no podría escribirle la carta prometida a su hermano.


Despertó en una fría y ascética habitación de hospital, esposado a las barras laterales de la cama. Estaba confuso, desorientado y asustado. Un traductor de la policía le explicó en inglés todo lo que necesitaba saber. Le habían disparado en la cabeza, la bala, de pequeño calibre, se había alojado en su cráneo, pero no había sido un tiro mortal. Sin embargo había estado en coma casi dos meses.


Las autoridades de Steinburg le acusaban del secuestro, tortura y asesinato de un importante hombre de negocios de Berlin, al que habría secuestrado de su domicilio en la capital alemana y traído hasta Steinburg en el maletero de un utilitario alemán. No se conocían a sus cómplices, pero debía de tenerlos, y uno de ellos, quizás tras una discusión, le había disparado en la cabeza.


Una buena historia. Lastima que Caleb no recordase nada de nada.


Los médicos explicaron que su amnesia podía ser pasajera o no, y que innegablemente había sido producida por la bala extraída de su cráneo. No sabían cuando podría recuperar la memoria, ni siquiera si esto era posible, o si en caso de hacerlo iría a recordarlo todo.


Por no recordar, no recordaba ni su nombre. Y la ausencia de papeles identificativos en su poder, hacía más difícil saber quien era y de donde procedía..


Como es común en Alemania, le adjudicaron las siglas de N.N (Nomen Nescio, es decir Ningún Nombre) para que tuviese algún nombre al que responder a partir de ese momento. También le dijeron que en cuanto fuese dado de alta sería trasladado a los calabozos de una comisaría a la espera del juicio.


Según la policía no había duda de que era culpable. Sus huellas estaban en la entrada del edificio y en el arma asesina. Era un caso claro. Probablemente él y unos compinches habían secuestrado a la victima para pedir dinero por su rescate, sin embargo, por alguna razón desconocida habían ejecutado al sujeto tras infligirle una serie de atroces torturas.


No hubo compasión durante el juicio. No importó que no recordase nada, que no hubiese un mobil, que sus huellas no se encontrasen en el cadáver o que no se hallasen pruebas de la presencia de cómplices a excepción de unos casquillos de bala. El abogado que tuvo, mediocre y de oficio, ni siquiera trató de defenderle en condiciones. Estaba sentenciado antes de que el juicio comenzará. Caleb lo sabía, su abogado lo sabía, todos lo sabían. Cuarenta años sin posibilidad de libertad condicional ni reducción de pena, esa fue la sentencia.


Caleb, ahora N.N, sintió que todo el peso del mundo se le venía encima. Sus memorias podrían estar perdidas, congeladas, suspendidas en algún oscuro recoveco de su cabeza, pero los conocimientos seguían allí. Dudaba poder sobrevivir en la cárcel. No iba a durar demasiado.


El primer día que entró se llevó su primera paliza. Tres dedos rotos y ambos ojos decorados con moratones. Sin embargo, la suerte que no le había sonreído el día que fue a entregar aquel paquete, pareció escoger el peor momento de la vida de Caleb para aparecer. Un simple comentario tras una pulla en el comedor, hizo que uno de los jefes de banda se fijará en él.


«El jodido niñato tiene cojones».


Aquel tipo decidió que Caleb no sólo le había caído bien, si no que además parecía tener pelotas, seso y era interesante. Así que, para sorpresa del propio Caleb, le acogió bajo el ala y le enseñó que debía hacer y que no debía hacer para sobrevivir en aquel infierno.


Aquella inesperada amistad le salvó la vida. Y la cordura.


Cuarenta años en la cárcel son toda una vida, pero no llegó a pasar ni una cuarta parte de la condena. Tras casi cuatro años encerrado, un día apareció un abogado del estado que pidió hablar con él y cuando Caleb se quiso dar cuenta, estaba en la calle, libre.


Habían reabierto su caso tras acontecer un suceso muy parecido. Habían salido nuevas pruebas a la luz. Un experto afirmó que las huellas de Caleb en el arma homicida habían sido «colocadas» allí, después de haber sido disparada el arma. Se habían amañado muchas pruebas. Habían necesitado un culpable para tranquilizar a la opinión publica, y un chico asustado y amnésico había sido una cabeza de turco ideal.


Salió a la calle con una indemnización del estado bajo el brazo. Una miseria si la comparaba con los cuatro años de su vida que le habían quitado, aplastado, destrozado.


Antes de salir, el jefe de banda que le había cuidado las espaldas, le dijo que no tardaría en abandonar la cárcel y que cuando tuviese los pies fuera, seguiría cuidando de él. Iba a ayudarle. Caleb no sabía si iba a cumplir o no su promesa, pero pensaba esperarle. Le dijo que tenía contactos, que quería volver a entrar en la mafia, que había gente esperando fuera por él.


Pero Caleb no pensaba quedarse de brazos cruzados. Encontró empleo como camarero en The Hole, se instaló en un piso, si no grande, al menos decente, y comenzó a ahorrar dinero para poder pagar a alguien en un futuro, un detective privado, para que le ayudase a recuperar su verdadera identidad.


El resto esta por venir.



Imagen:

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Re: Caleb Wożniak

Mensaje por Alcalde Diedrich el Vie Nov 29, 2013 3:51 pm

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