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Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Lun Mar 10, 2014 11:19 pm

Vodka, cerveza, los sandwiches y un paquete de la única marca de tabaco que había en la tienda: Marlboro.

Lo pagó todo en efectivo, con un billete de cincuenta arrugado, con una esquina pegada con un pequeño trozo de cinta adhesiva. El dependiente miró dos veces el billete, lo estiró y después les echó un vistazo a ambos, primero a Reese y después a su acompañante.

—Carné. Sin carné no te vendo nada, chaval.

Reese chasqueó la lengua y rebuscó en su mochila para encontrar la cartera y sacar el carné. En el proceso, la servilleta con el número de teléfono de Cher salió volando y aterrizó sobre la punta de una de sus zapatillas. Tuvo que inclinarse a recogerla, y mientras tanto el dependiente miró el carné con los ojos entrecerrados, adivinándose por su expresión que estaba dudando de su autenticidad. Después les volvió a mirar, demostrando mucho más interés en la persona que acompañaba a Reese.

—Vienen muchos críos a estas horas tratando de venderme la moto de que son mayores de edad y...

—Oiga—le interrumpió Reese—Mire, acabo de salir de trabajar, estoy cansado, hambriento y tengo frío. O me cobra o busco otra tienda. No es el único local que esta abierto a estas horas, ¿sabe?

El hombre volvió a mirarle, se mordió el interior de los carrillos y le devolvió el carné y las vueltas de su compra. Reese agarró la bolsa de plástico con ambas manos y se apresuró a salir de la tienda con cara de haber vivido situaciones como esta miles de veces, aunque la verdad es que esta era sólo la segunda vez que alguien dudaba de su mayoría de edad.

Volvió a tomar la delantera por la calle, buscando las llaves de la casa de huéspedes en los bolsillos de la ropa.

—La dueña es un poco maniática y no quiere que traigamos visitas pasada determinada hora, así que...procura estar callado y no hacer mucho ruido ¿de acuerdo?

La casa de huéspedes era un edificio antiguo, de los que parecen tener una cara por fachada. Tres plantas y un montón de habitaciones cuyas ventanas parecían ojos ciegos. Las farolas de la calle apenas alumbraban el camino de entrada, en el que sobresalía un buzón metálico con varias cajetillas cerradas con llave, cada una de ellas con un número por habitación de huéspedes. La puerta de entrada dejó a su paso un ruido agudo y chirriante y se cerró a sus espaldas con un sonoro click que presagiaba despertar a toda la casa.

Un reflector parpadeó en la entrada y mostró un pasillo largo y ancho. Las puertas, cerradas, tenían números y carteles señalando la cocina, la sala común y los baños de aquella planta. Todo rezumaba a viejo y algo decadente, pero estaba pulcro y limpio. Un cartel en alemán avisaba de que estaba prohibido poner música a un volumen alto a determinadas horas y que no se podía utilizar el teléfono pasadas las diez de la noche.

Reese procuró subir las escaleras despacio, con pasos lentos y cuidados, como si no tuviera el permiso para estar allí. Se sentía como un ladrón, como si lo que estuviese haciendo fuese un horrible delito penado con la horca. No podía evitar sentirse así, después de todo estaba introduciendo a hurtadillas a un ex presidiario en su habitación. Habitación por la que pagaba un alquiler a una alemana hosca y borde, amante de la limpieza, el orden y el más absoluto silencio. Una matriarca que no parpadearía una sola vez antes de echarle de la casa si le descubría quebrantando sus normas.

En el pasillo del segundo piso se oyó el chirrido de una puerta y la cisterna de un váter. Reese se paró delante de la puerta 2C e introdujo la llave en la cerradura. Agradeció el inmediato golpe de calor que emanaba su pequeño cuarto, empujó la puerta con un pie, encendió las luces y entró dentro sin cursar ninguna invitación. Ambos sabían que todo había quedado ya dicho y que su acompañante no esperaba un «puedes entrar».

Era una habitación pequeña, pero sin llegar a ser estrecha, de paredes color melocotón. La cama sin hacer tenía encima un revoltijo de papeles y documentos, algunos de los cuales parecían estar a punto de caer al suelo. Todo lo demás estaba debidamente ordenado y en su sitio. Había una estrecha estantería con algunos libros y enseres personales y un armario empotrado. La ventana, cerrada y con las persianas a medio subir, daba al patio trasero del edificio.

Nada más entrar dejó su mochila en un rincón, apoyada contra una pequeña mesita de noche y comenzó a quitarse las zapatillas. Sus pies, cansados y adoloridos, se lo agradecieron con un crujido de dedos que presagiaba que iban a seguir doliendo por la mañana.

—Hay un cuarto de baño al fondo del pasillo, por si necesitas ir—se dejó caer sobre el borde de la cama y comenzó a recoger los papeles, apilándolos en una sola y precaria torre—Nunca me ha gustado hacer la cama, es una pérdida de tiempo.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Vie Mar 14, 2014 2:58 pm

A Rad el dependiente le pareció un cretino. ¿Carné? ¿En la jodida Steinburg? En cada callejón vendían droga a los niños, había muertes diarias, violaciones nocturnas, un puto circo de crímenes y mafias y el mártir frente a él quería "cumplir las normas".

Un buen samaritano en la ciudad desierto. Konrad bufó, destilando desprecio, mirando mal al tipo, a Reese y a aquella servilleta, con un número escrito que convirtió el hastío indignado en nuevas dosis de cinismo. Inyectado en sus labios, con forma de sonrisa.

Lo que era aún más irónico es que el mártir del día, último boyscout en la ciudad prohibida, decidiera explicarle, a él, el lacio expresidiario, su día a día y esa jerga moral que debía comprender. Al parecer, de noche, todos podemos ser cualquiera. Todos llevamos máscaras.

El chico muerte fulminó aquella charla sin sentido, y se hizo terrenal a través de palabras. Cansancio. Y hambre. Y frío. Sensaciones que Rad conocía bien, que llevaba en su piel, como un tatuaje. Al parecer, de noche, los espejismos sufren y encarnan pieles, dramas, historias de inconclusos dónde jóvenes vírgenes de ojos verdes venden su alma al diablo... para encontrar respuestas.

Konrad aún esperaba oír la carcajada oscura, espeluznante, brotando en su garganta. Pero nunca llegó. Sólo tragó saliva, densa, y sin resentimientos. Salió tras Reese sin dedicarle una mirada más a los neones, sin dedicarle un sólo pensamiento a aquella juventud, tan obvia, que hacía que tras los mostradores pidieran un carné.

Cuando se trata de perder, y desnudarse, no hay edad adecuada. La vida come y muerde niños, como si fueran hombres. La vida se ha follado a hombres, como si fueran niños.

Que fuera el propio chico el que guiara sus pasos, quién pidiera silencio, hacía crecer la sensación de absurdo, inadecuado, dulcemente perverso. Era la muerte la que guiaba a Konrad hasta su dormitorio. Ese chico perdido, con boca de recuerdos, el que quería perderse.

Y Rad no iba a decir que no. Konrad era la víctima, el verdugo elegido por un azar macabro, para desollar sueños. Tal vez pieles.

Asintió sin romper el mutismo, como si algo entre ellos, en ese pacto afónico, se volviese sagrado. Las vestiduras negras que todo ritual cree necesarias. La daga era su boca. El pulso, en su entrepierna. La sangre derramada era cuestión de tiempo.

Konrad había aprendido a no gritar. ¿Se mordería la lengua el chico? ¿Sería firme y estoico o un títere del miedo? Sintió sudor brotar, anticipándose. Ese vértigo, interno. Esa promesa, hiriente. La silueta del edificio se le antojó perturbadoramente familiar. Como en un cuento. Ojos y boca. Chimeneas. Hansel y Gretel lamiendo caramelos. Sintió la boca húmeda. Saliva.

Al adentrarse en ella era como una sombra. Un mal presagio. Un cuervo, sin graznidos. Ansiando un ojo verde, quedo, fijo. La pulcritud siniestra y pobre que adornaba el pasillo, cada rincón de aquel patíbulo, sólo contribuía a sentir esa atmósfera... fúnebre. Dónde los pobres pretenden ser honestos, dignos y valientes.

Como semillas llenas de esperanza. Ante los ojos de un espantapájaros.

Konrad continuó al lado del chico, sólo a escasos centímetros, como un perro leal. Un lobo descastado. Pero aún tenía colmillos. Ese era el desenlace. El nudo, eran sus ojos, de un caoba casi negro que hacía bailar reflejos, como un espejo roto que iba mostrando a Reese, sesgado y en mil trazas.

No quiso ver el número, o la llave. Sabía que su visita no se repetiría. Era un ángel caído, había nacido hoy, esta noche, para perder las alas... invitando a caer. No volvería. Si cumplía su papel, devoraría ese alma. Por entero. Y no quedaría nada.

Sólo cenizas. Negras.

La habitación del chico le resultó pequeña. Cálida. Amable, acogedora, invitando a un gusano a adentrarse más dentro, en las entrañas de aquel melocotón, maduro. Apetecible. Rad observó la extraña rectitud del orden imperfecto, y sonrió, visceral. Una cama deshecha en un mundo cuadrado, milimétrico, que ansiaba un caos alcohólico vertiendo sus secretos.

Escuchó aquel consejo de la boca del chico y sonrió, más feroz, más felino. Sintiéndose, sabiéndose, sucio, viejo y obsceno. Sabía que olía a sudor, a cerveza, a tabaco. Que tenía el pelo lacio tras demasiadas noches, tras demasiadas copas. La ropa ajada, los labios secos, la mirada embriagada de ponzoña con la que miran y anhelan todos los mendigos. Sentía también su piel, ardiendo ahora. Sus músculos, fibrosos, y ese porte italiano, que algunos deseaban.

¿Qué vería en él la muerte? ¿Qué vería en él el chico? Ya no era el mismo hombre que había visto Caleb... Nunca verían lo mismo.

Se sentó junto a él, ignorando sus gestos, centrado en su mirada.

— Tienes razón en éso. Es mejor deshacerlas.

Su voz sonó a traición. A sorna. A burla. A afirmación sincera. A expectación. Mezquina.

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Konrad Wagner
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Localización : Huyendo del pasado.

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Dom Mar 16, 2014 12:28 am

Hubo un momento de vacilación que sesgó el aire con un corte limpio y profundo, como si hubiese sido hecho por un cuchillo afilado sólo para tal propósito. Reese dejó de apilar los papeles lentamente, sus manos se quedaron quietas unos segundos, después volvió a su trabajo, con los ojos fijos en las letras que bailaban sobre los papeles, tratando de no prestar atención a la tensión que atravesaba los nudos de su espalda, al sordo palpitar de las palmas de sus manos y a la corriente de nervios que bailaba por su estomago y su pecho.

Había empezado a considerar a aquel hombre un intruso y prefería seguir pensando en él de aquella manera, como una simple sombra que había bajado momentáneamente sobre el sol, algo pasajero. Sospechaba que esa podría ser la primera y última vez que iban a verse, lo había visto en sus ojos, ese hombre era un mundo entero en si mismo, una interrogación, un antagonista que aparece y desaparece como algunos malos de cómics: entre humo, a oscuras, dejando tras de si una risa, el eco de unas pisadas o un pedazo de destrucción.

No simpatizaba con ese tipo de clase de personas, pero en este mundo había de todo, de todos los colores, sabores, olores y desviaciones mentales. La realidad en la que vivían era un enorme manicomio con miles de millares de habitaciones llenas de pesadillas hechas a la medida de cada ocupante. De vez en cuando salías de una pesadilla para visitar la de otra persona o para coger un poco aire, sólo para volver a hundirte en la tuya. Las cosas no se superan, sólo se aprende a vivir con ellas.

Cuando ya no quedaban más papeles por recoger, Reese se levantó de la cama y dejó el taco de hojas dentro de uno de los cajones de la mesita de noche, justo al lado de la caja negra en la que llevaba pensando la última hora y media. Dentro había algo que le hacía sentirse poderoso a un nivel que jamás había experimentado antes...

Cerró el cajón con un golpe seco y se volvió hacía su invitado, mirándole por primera vez a los ojos desde que habían abandonado la tienda. Tal vez si atravesaba su pecho con la mano, hallaría una de esas cintas rojas, tiraría de ella enrollándola sobre la muñeca, una y otra vez hasta llegar al final donde, pendiendo de un precipicio, encontraría a Caleb. Parpadeó y apartó la mirada del pecho de aquel hombre, sintiéndose incomodo, desubicado, un tanto confuso, como si estuviese luchando contra la corriente. Tenía un «no me dejes caer» en la punta de la lengua, justo antes de un te desprecio, un te tengo pena y un... te tengo miedo.

Estaba mareado.

—Necesito mear—anunció de manera seca—Haz lo que quieras.

Abandonó la habitación deprisa, sin pensar en quien dejaba detrás y en todas sus pertenencias dentro de aquel cuarto, después de todo ¿Qué iba a robarle? ¿Libros y el permiso de trabajo? En la cartera sólo tenía algunos billetes, el grueso fajo de sus ahorros estaba muy bien escondido, al igual que su pasaporte, el carnet de conducir y el permiso de armas. Sabía que debía de conseguirse una pistola, lo sabía, pero estaba dejándolo correr a propósito. Curiosamente se sentía más seguro en Steinburg sin un arma que con una.

Después de mear se enjuagó la cara en el lavabo, dándose cuenta de que todo aquello estaba terminando como había empezado, con él refrescándose en un cuarto de baño.

Se miró brevemente en el espejo, sin querer ahondar en lo que había reflejado en él. Las ojeras hablaban por si solas y las miradas...bueno, las miradas a veces decían cosas que era preferible no escuchar.

Entró en su habitación con más aplomo del que había salido. Volvió a sentarse sobre la cama y buscó dentro de la bolsa con la compra una lata de cerveza y uno de los sandwiches.

Ahora si que era el momento de empezar a enseñar los dientes. Había sido un cachorro servicial y de orejas gachas hasta aquel momento, pero ahora tenía que demostrarle al lobo alfa que no era Caperucita Roja camino de la casa de la abuelita.

Era hora de marcar terreno, aunque había que hacerlo de manera sutil, despacio, paso a paso. Había tenido toda la noche para empaparse de los gestos de aquel hombre, para tratar de ver donde había llagas y por donde rezumaba el pus y la sangre. Había que ir poniendo las fichas sobre el tablero de juego.

—Es extraño—comentó mientras dejaba la bolsa con la compra entre ambos, tratándola un poco como un escudo—No te conozco, no me conoces, ni siquiera me has dicho tu nombre y sin embargo... me has seguido hasta aquí. ¿No se te ha pasado en ningún momento por la cabeza que puedo resultar ser peligroso?—le dio un bocado al sandwich y un sorbo a la cerveza—Sé que no parezco tener ni media ostia, pero las apariencias engañan...
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