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Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

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Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Sáb Nov 23, 2013 1:49 pm

Puede que el mejor momento "del día" sea esa quietud nocturna dónde todo es posible. Esas horas extrañas, pasada media noche, cuando el alba aún no llega. ¿Pero aún es hoy? ¿Es ya mañana? La madrugada invita a dejarse llevar. Como si fueras libre.

Konrad había bebido. Llevaba días haciéndolo. No suficiente alcohol para apagar su mente, demasiados tequilas para sentir el frío. La dosis adecuada. La magia necesaria. La realidad bebido duele menos. Las noches son más cortas, la soledad más breve y los rayos del sol parecen juzgar menos.

Pero ahora, avanzada la noche, no quedaban locales. No más música o ruido. Sólo el silencio en paz que te baña la mente, los sentidos. Hasta que incluso ebrio logras oírte pensar. Rad estaba pensando, paso a paso en la calle.

Pensaba en el futuro, en noches diferentes. En más alcohol, más tragos, puede que algunos cuerpos. Cuando llega la noche, sin testigos, te atreves a admitir sueños que no compartes, que te sabes negar cuando amanece el día. Que se vuelven ceniza.

Ahora, Rad era sólo un fenix. Puede que algunas brasas. Una red de recuerdos. Pero ya no dolían. Avanzaban despacio como avanza la lluvia, besándole los párpados, como gotas de agua. Borracho los años de prisión parecían una prueba. Y la había superado. ¿No es verdad? Porque no estaba dentro. Konrad había salido.

Pero la vida es también una cárcel. Tu mente, tu pasado, tu propio carcelero. Lo estaba descubriendo, junto a otras tantas cosas que veía de sí mismo, en los demás. Pecados repetidos. Y sin embargo, ahora, borracho y en la calle, siendo las 04:00 a.m se sentía tan eufórico.

Tan vivo. Tan distinto. Tan limpio o tan manchado que no tenía sentido. Ya no tenía importancia.

Llegó hasta al Bebop guiado por los neones. Y si otras noches todo el lujo y la tecnología lograron molestarle, esta noche eran cantos de sirena. Y él, un navegante errado dispuesto a beberse cada anzuelo.

Sonrío con muy poco equilibrio al guardia de la entrada y logró llegar dentro dónde sus movimientos torpes parecían sólo baile y no estado de ánimo. Las luces y la gente, el sudor y los ruidos, engulleron su cuerpo. Su presencia. Se sintió tan anónimo como una mariposa.

Y algo dentro de él, también bebido, jugó con el placer de arrancarse las alas, una a una, hasta sentir el polvo entre los dedos. Esa chispa de vida, todo el poder, en bruto. La levedad del ser, la fuerza, efímera.

Avanzó entre la gente como un gusano más, un mero insecto, latiendo al ritmo que marcaba la masa. Sediento y divertido, nublado, agradecido. Sin esa sombra gris que atormentaba el eco de cada pensamiento. Ahora, anegado. Bañado por alcohol.

La barra era una dársena, y él se sentía un pirata. Atracaría su barco y se bebería el mar hasta olvidarlo todo. Hasta dejar de ser o ser sin recordar. Su voz sonó alterada, y su sonrisa ebria no se llegó a torcer, asida entre sus labios con sabor a promesa.

— Sírveme algo que queme. Aún tengo hielo dentro.



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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Sáb Nov 23, 2013 7:33 pm

Las gotas de agua mojaron la cara de Reese y resbalaron por su piel hasta perderse en su cuello y clavícula. Se miró al espejo, tenía cara de cansado. Cerró los ojos e inspiró y expiró aire varias veces tratando de aislarse de los ruidos y sonidos que le rodeaban.
La puerta del baño de empleados se abrió y cerró varias veces dejando entrar a ráfagas el ruido del local, finalizando todas las veces con un desagradable chirrido de bisagras que habría hecho rechinar los dientes a cualquiera. Reese miró la puerta y al camarero que acaba de entrar, con una bolsa y ropa de calle.

—Noche dura ¿eh?—sonreía de oreja a oreja y le guiñó el ojo en un gesto cómplice que Reese no devolvió. Estaba cansado y harto de la condescendencia con la que le trataban la mayoría de sus compañeros de trabajo.

La puerta volvió a chirriar. Esta vez se asomó una chica cuyas uñas, pintadas de rosa chicle, eran lo menos llamativo de su aspecto.

—¿Has terminado? Es que necesito mear.

Le hubiera gustado poder estar algunos minutos más a solas, tratando de despejarse, pero no era posible. Asintió y cogió varias toallas de papel para secarse la cara antes de abandonar el baño con paso firme.

Calor. Esa fue la primera palabra que le vino a la mente la primera vez que vio su nuevo lugar de empleo. Mirase por donde mirase siempre había algo que chillaba calor, que expelía calor, gente que miraba con calor, cuerpos que se movían con calor, incluso la música —demasiado estridente para su gusto— parecía expedir calor. Letras llenas de calor y melodías que te hacían sudar, hasta el DJ parecía estar siempre ardiendo, envuelto en una ola de calor propiciada por toda aquella energía que hacía vibrar su cuerpo dentro de la cabina.

Manos alzadas al techo en pos de una plegaria en forma de misa musical. Sudor. Intercambio de besos, unos secos otros húmedos. Y alguien que te lanza una mirada furtiva, impertinente, inexplicable.

Se hizo paso entre la gente con una rapidez adquirida con la práctica. Se agachó para pasar tras la barra y recibió las comandas de uno de los barmans, acompañadas de una mirada que decía «has tardado».

Todo se hacía de una manera mecánica. A veces servías fuera de la barra, otras veces te tocaba la zona alejada de la pista, algunos días te tocaba limpiar porquería. Se acababa convirtiendo en una rutina que machacaba tu cuerpo y tus sentidos de una manera que al final de la jornada, cuando podías permitirte sentarte y quitarte los zapatos, los oídos te retumbaban y lo único que deseabas era hacerte una bola en la cama y dormir durante tantas horas como te lo pidiese el cuerpo. La mayoría de los días no sentías el agobio y la falta de motivación hasta el descanso o cuando acababas tu turno. Esa noche era una de ellas.

Reese se giró. Ahí estaba otra mirada cristalizada por el alcohol. A penas pudo fijarse en el hombre. Pelo oscuro, ojos oscuros, aura oscura. Tenía el aspecto de alguien que estaba dispuesto a beberse todas las reservas de alcohol de la ciudad.

Había pedido algo para quemar su hielo interior. Reese le dedicó una corta mirada y después se giró hacía uno de los barmans.

—Un B52 con hielo.

Llevaría el suficiente Stroh 80 para que el calor se apoderase de su cuerpo y de su mente, nublando sus sentidos. Podría derretir cualquier hielo, tanto real como el metafórico.

Depósito el vaso con la bebida frente al hombre, encima de un posa vasos de cartón con el logotipo del local.

—Aquí tiene.

Y se alejó hacía el siguiente cliente.  
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Mar Nov 26, 2013 2:05 pm


Rad observó aquel vaso intrigado por esas franjas de colores flotando en el alcohol y recordó la sal tiñéndose con tizas, sugiriendo paisajes dentro de una botella. El horizonte en ese vaso era menos pacífico y prometía el calor que Rad había pedido. Primero mojó un dedo, curioso y sin pudores sumido ya en la bruma que inundaba su mente. Dispuesto a alimentarla.

El grito de aquel ron saboreado en su yema, tan fuerte y especiado, le hizo ansiar ese trago y bebió el cocktail ávido, sediento como lo están los locos y los niños. Hasta la última gota. El golpe del alcohol en sus entrañas le hizo sentir las llamas y el ardor que anhelaba. Como un sueño cumplido, desgarrando ese frío desde dentro.

Sintió el sudor perlar su frente y el rugido de fuego besando su garganta para incendiar su estómago, su pecho, sus pulmones... Y cada pensamiento. La caricia de niebla de todos esos grados llegó a su mente rápido, y avanzó por su espalda como un látigo hambriento, espoleando todos sus miedos e inquietudes, todas sus sensaciones, sus sentidos. Despellejando sueños. Cabalgando el deseo. Rad se sintió desnudo y vulnerable. Tan libre y tan ansioso, como antes.

Dejó el vidrio en la mesa y sacudió su rostro, sin decidir si quiera si quería marearse o enfocar esa brújula, ahora incendiaria, dentro de su cabeza. El norte eran los otros, ya no estaba en sí mismo. Tal vez nunca lo estuvo.

Sintiendo ese calor y el ritmo híbrido de aquella música adentrando en su mente no supo distinguir si el eco del metal le hablaba de una fábrica, de acero al rojo vivo y de palmas gastadas, o de ese son tribal que siempre suena dentro y te invita a luchar, a morder, a follar, a ser sólo animales. Ese hombre primitivo que todos escondemos, que intentamos domar, y que a veces nos doma.

Quiso ponerse en pie y se aferró a la barra, con todo el cuerpo tenso y acelerado, con la sed en los labios ansiando más bebida. Tal vez besos. Lo mejor del alcohol es que es como una hoguera, mientras está encendido te consume por dentro.

Esas lenguas de fuego ascendían por su cuerpo, le inyectaban los ojos, ahora de un chocolate oscuro, denso, pegajoso. Como el sudor mojado y tibio que acunaba su nuca, ese regusto amargo y afilado aún dentro de su boca.

Buscó un nuevo pitillo y un billete de 20 dispuesto a agradecer a ese desconocido el chute de calor directo a sus entrañas. La gasolina en vena que ahora estaba sintiendo, navegando su cuerpo debajo de la piel, erizando su vello.

Sus manos sobre el verde de ese billete ajado le parecieron grandes. Firmes y masculinas, casi ajenas. Lejos del titubeo de sus últimos días. Manos que saben, manos que exigen, manos que aferran. Rad sonrió con descaro, bebido y embriagado, y llamó al camarero.

— Ese veneno es bueno. Casi me siento vivo.

Sus ojos dibujaron el perfil frente a él como pequeños cuervos. Brasas en carne viva, oscuros carroñeros recorriendo esos brazos desnudos, la camiseta ancha, su mentón afilado, y esos labios carnosos. Deteniéndose. Algo en aquellos labios volvió a incendiar su hambre. Rad conocía esa boca. Rad aún la recordaba.

El sabor de esos labios. Esa curva, precisa. Ese color, rosado. Esa carnosidad. La "o" abierta y perdida que sólo el placer sabe arrancarte, trémulo.

Konrad tragó saliva y apresó su muñeca.

— Te pareces a él. Tienes su misma boca.

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Mar Nov 26, 2013 6:55 pm

Su misma boca, su misma boca, su misma boca, su misma boca... Las palabras del cliente se arremolinaron en la cabeza de Reese como el aleteo de un montón de pájaros, para a continuación reverberar como un eco confuso y lejano.
Observó durante algunos instante la mano sobre su muñeca laxa, sin signos de querer librarse del agarre y después miró los ojos vidriosos del hombre. Joven de aspecto para ser considerado un viejo, viejo en su mirar como para ser considerado joven. Las luces del techo bailaban sobre su rostro arrastrando sobre la piel un juego de luces y sombras que le concernía un aspecto entre tétrico y peligroso. 

«Una máscara» pensó «Su cara parece una máscara».

—Disculpe señor, creo que me ha confundido con alguien.

Alejó con un gesto seco y descortés su mano, acariciando con los dedos el sitio donde se la habían agarrado. Quemaba. La mano de aquel hombre era como un mechero humano. Como todo en el Bebop.

¿Qué había dicho antes? Algo sobre sentirse vivo. Reese pudo ver que había algo muerto dentro de él, agazapado, pudriéndose en las entrañas. Le incomodaba como le miraba, como si le conociese, como si ya se hubiesen visto. Era esa forma de ladear la cabeza, ese peculiar brillo de reconocimiento en los ojos.

Había dicho que se parecía a alguien, que tenía su misma boca. ¿A un antiguo amante? ¿Alguien importante? Que más daba, solo quería que dejase de mirarle así, como si se hubiesen conocido alguna vez. Era incomodo, era extraño, era... 

—¿Has terminado de mirar a la nada?

El barman principal le llamo la atención por haberse quedado estático, mirando hipnotizado al hombre de la barra. Recogió con prisa el billete de veinte euros y se giró hacía la caja para cobrarle y devolverle la vuelta.

Por el rabillo del ojo le dedicó una mirada esquiva, asegurándose de que seguía en el mismo sitio mientras elegía el cambio. La hora del monitor de la caja señalaba que en menos de veinte minutos se terminaría su turno de cuatro horas y podría irse a casa a descansar.

Regresó donde el cliente, con el cambio sobre una pequeña bandeja de metal policromado, y se obligó a sonreír como muestra de cortesía profesional.

—Aquí tiene— y entonces descubrió el tatuaje, marcado con fuego y pecado, en el cuello. Un ex presidiario. La clase de persona que sabe, que conoce la calle, que se mueve entre la oscuridad y la luz... La mano le tembló levemente pero mantuvo el temple. Le miró brevemente a los ojos y después se inclinó llevado por una descarga de corriente que sólo puso discernir como su instinto tratando de gritarle algo importante.

—Mi turno acaba en menos de quince minutos—musitó mirándole a los ojos, tratando de asegurarse que le estaba escuchando—Hay una puerta trasera en el callejón de al lado, espérame allí—se atrevió a poner su mano sobre la mano del desconocido, apretando con toda su fuerza la carne que sentía bajo su piel—Por favor...

Luego se alejó para recoger vasos y propinas mientras deseaba que el tiempo corriese más deprisa.

¿Y si...? Tragó saliva mirando por encima del hombro hacía donde debía estar el hombre.
¿Qué le decía su madre a su padre cuando Reese era un adolescente?
«Hay que ver lo que Reese se parece a Caleb, mírale, se sientan igual, con el cuerpo echado hacía delante. Es gracioso. Incluso tienen el mismo hundimiento en los labios, pero el de Caleb es más pronunciado. Y mira los ojos... que gracioso. ¡Reese parece un Mini Yo!».

Te pareces a él. Tienes su misma boca.

Un aleteo de esperanza se expandió por su cuerpo.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Sáb Nov 30, 2013 10:45 am

La mirada verdosa en ese rostro ajeno parecía familiar. Un eco vago en un rostro distinto, deformado por el alcohol y el tiempo. Pero aún así dentro de él, cosido a su cabeza junto a buenos recuerdos, que ahora no contenían palabras. Sólo gestos. Apenas un sonido. El roce de las pieles. El olor de un sudor, específico, que hace que tengas sed. Que te mojes los labios.

Ni siquiera el señor en esa boca extraña que ya había conocido despejó los recuerdos, que eran neblina ahora, envolviendo su mente. Acariciando cada nervio con su bruma. Despertando el pasado en los rincones más recónditos.

O tal vez el alcohol era la llama que lamía sus sentidos. Rad sólo sentía el fuego.

Sintió la ausencia repentina como hielo en su mano. En cada una de sus yemas, aún ardiendo. Un vacío doloroso, mordiéndole los dedos ya sin tacto. No supo reaccionar, congelado en el tiempo, consumiéndose. Lento, impreciso. Turbado y melancólico. Extasiado y atónito. Alcohólico y asido a sus memorias. Al cuerpo que un extraño evocaba en su mente.

Pasaron los minutos pero Rad no pestañeaba. Fijo, embriagado, observaba a un fantasma moverse frente a él. Recordándole a alguien. Jugando con su mente. Ese cabello blanco, casi albino, debía de ser marrón. Pardo y suave. Más corto, liso. Sedoso entre sus dedos. No debía ser tan alto... y debía vestir gris. Ese mono de reo, que Rad había bajado suavemente... Debía de ser más pálido, lechoso, capaz de enrojecer bajo sus besos, sin esa piel tostada.

Pero el fantasma no era él. No podía serlo. A pesar de esa boca. De esos labios, jugosos... Que ahora, le susurraban. Una hora y un lugar, y el pasado parecía repetirse. Pero no eran las duchas, ahora era un callejón. Y el fantasma tenía los ojos verdes... llenos de luz y sombras. Venenosos.

El tacto vivo de esa ilusión errónea le volvió a hervir la sangre y estremeció su cuerpo. Cientos de escalofríos recorrieron su espalda, subiendo hasta su nuca. ¿Sería ese ser la muerte? ¿La valquiria que apagara su aliento le recordaría a él? ¿Moriría con un beso? Rad sintió su latir, de nuevo acelerado, errático. Suicida.

Sólo supo asentir. Quedo, hechizado. Sus ojos eran puro alquitrán, espesos y candentes. Puro anhelo azabache. Quería morir así. Dejar de ser, besando.

La sombra del ayer continúo su camino, gesto a gesto, y Rad tragó saliva. Después, cerró los ojos. Ya no quería entender. Ya no tenía sentido. Sólo quería sentir. Paladear los minutos, hasta extinguirlos todos.

Se empapó del sonido, difuso y estridente, del olor a cerrado, las voces de la gente. Del sudor, en su cuerpo. De la imagen mezclada, incomprensible, que contenía la boca del pasado y esa mirada verde, en el presente. Y caminó, torcido, absurdamente firme, hacia aquel callejón.

Hambriento y asustado, intrigado, valiente.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Dom Dic 01, 2013 7:46 pm

La taquilla que Reese tenía en el Bebop se quedaba sin cerrar con frecuencia. Tuvo que empujarla con el hombro para conseguir encajarla en el marco y no se molestó en echar la llave. Tenía prisa por salir de allí y de todas formas siempre se llevaba sus cosas con él. La seguridad interna del local era muy buena, pero varios compañeros de trabajo le habían advertido que las cosas en la zona del personal tenían tendencia a «desaparecer».

Saludó escuetamente a un par de compañeros que merodeaban por la zona del personal y caminó apresuradamente hacía la salida trasera del Bebop. Necesitaba despejar su mente con ayuda del aire fresco del exterior, aunque hiciese frío, y estaba ansioso por encontrarse con el hombre que había estado minutos atrás sentado en la barra, siempre y cuando este no se hubiese marchado a casa para tratar de resucitar al día siguiente. El alcohol podía transformarte en un zombie descerebrado que acataba ordenes, o en un ente furioso e incontrolable. Esperaba que en el caso de aquel ex presidiario se tratase de la primera opción, no le apetecía encontrarse a solas en un callejón con un tipo más alto y fuerte que él por cuyas venas nadase el alcohol.

Pero lo hacía porque era la mejor opción que había tenido hasta entonces.

Desde su llegada a Steinburg lo único que había hecho era dejarse llevar de un lado hacía otro, pateando calles que no conocía, cruzándose con desconocidos que podían o no saber algo de su hermano, lleno de incertidumbre, estresado, pendiente de todo a su alrededor. Y esa noche, cuanto menos lo esperaba, cuando no estaba en guardia, cuando no ejercía de vigía... esa noche había aparecido alguien. Y no podía desaprovechar la oportunidad para hablar con él.

Empujó la puerta trasera del Bebop y el aire hediondo del callejón le golpeó con fuerza en la cara. Fue una doble bofetada porque afuera hacía mucho frío, tanto que el aire que salía de su boca formaba nubes de vapor. Se encogió dentro de su abrigo y oteó la oscuridad en busca de la figura del hombre de la barra.

Le descubrió junto a uno de los contenedores de basura, una figura alta y fantasmal, escondida entre las sombras de la oscuridad. Por unos instantes pensó en dar la vuelta y volver al horno que era el Bebop, mezclarse entre la gente, salir por la puerta de servicio y marcharse a casa, pero tan pronto como llegó el pensamiento este se esfumó y se obligó a si mismo a bajar con rapidez los tres escalones que le separaban de la calle.
Se acercó hasta el contenedor con paso firme, asiendo con una mano la mochila que llevaba sobre el hombro derecho, con la cabeza bien alta, tratando de demostrar que no tenía miedo, pero también sin que pareciera que le estaba retando.

«El perro alfa es el que manda» se recordó a si mismo justo antes de pararse frente al desconocido.

—Has venido—constató una obviedad instantes antes de atreverse a mirar al otro a la cara, buscando la mirada de aquellos pozos de brea irritados que le hablarían de cuanto alcohol había bebido, si podía hablarse con él y si podía ser o no peligroso. No quería acabar aquella jornada de trabajo a puñetazos, y menos cerca del Bebop. No se caga donde uno come.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Miér Dic 04, 2013 12:07 pm

Cuando tú estás caliente el frío parece atroz, intenso, irreverente. Sientes el vapor que genera tu cuerpo. Ese turbio contraste mientras tu piel se enfría y no sientes ardor sino humedad, traspasando tu piel y tus entrañas.

Rad continuaba bebido pero el soplo de hielo besándole los párpados consiguió despejarle. Sólo un poco. Lo suficiente para entender su estado y encender su conciencia. Sólo unos grados menos, bajando su frecuencia. Como una radio vieja que sólo escupe estática cuando quiere escuchar, cuando busca palabras.

Se asió a un contenedor para sentirse firme, erguido, y hacer frente a la parca. A ese retazo del pasado, inverosímil. A ese espejismo en carne viva que miraba sus ojos, mancillados y oscuros, con ese fulgor verde.

"Has venido".

Nadie escapa a la muerte. Nadie escapa al pasado. Los pecados gotean, uno a uno, hasta mojar tu alma y cada pensamiento. Hasta ser sólo lágrimas. Sudor. Tal vez, saliva. Todos esos deseos y esas palabras vagas. La humedad que derramas, de tantas, tantas formas.

— Ya no quiero esconderme.

Sostuvo ese paraíso envenenado ante sus ojos, del verde vivo de todas las manzanas... con y sin gusano. Esperando el mordisco que averigüe su esencia. Que rompa a dentelladas la inocencia, hasta hacerlas caer. La vida ya se había comido a Rad. Lo estaba digiriendo.

No bajó su mirada. No quiso recorrer los rasgos de ese rostro sintiendo la amenaza, el vértigo que evocaba el recuerdo en sus facciones. Parpadeó, despacio, centrándose en sus ojos, nuevos, desconocidos. Los ojos de otro alma que nunca había rozado. Que no le conocía. Que no podía juzgarle. ¿O tal vez sí? ¿Que ven en ti los otros? ¿Pueden ver tus heridas?

Dio un sólo paso más encarando a ese otro sin lograr que su cuerpo, alto y fornido, mostrara la frialdad que vestía el callejón. Aún trémulo, perdido.

— ¿Qué quieres de mí?

Aún ebrio como estaba preguntarle a la muerte, a un don nadie, a un fantasma, parecía igual de lógico. Todos queremos algo. No todos los pedimos. Algunos, te lo quitan.

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Miér Dic 04, 2013 9:04 pm

Apartó el rostro, no porque estuviese intimidado si no porque el pestazo a alcohol que había salido de la boca del desconocido había sido difícil de aguantar.
Cuando volvió el rostro hacía el hombre, este le escrutaba más que miraba. ¿Tenían todos los ex presidiarios esa expresión? Parecía alguien perdido, como si no supiese donde se encontraba, que año era y que hacía allí. Era como ese objeto que te encuentras en el sitio menos insospechado, viejo, roto y sucio, y te preguntas si mejor lo tiras a la basura, o si por el contrario merece la pena limpiarlo, restaurarlo y darle una segunda oportunidad. 

Por un instante un escalofrío de puro terror recorrió la espina dorsal de Reese. Descubrió que le aterraba la idea de acabar como aquel hombre, con aquella mirada y esa voz cascada y profunda. Le daba miedo perderse de esa manera, despertar una mañana y descubrir que había sido arrojado a los leones, que no había indicaciones para seguir ningún camino o que había malgastado todo lo importante en su vida.

—Antes, ahí dentro has dicho algo sobre mi boca y me ha parecido curioso—tenía que ser cauto en sus palabras, no parecer demasiado interesado, pero la inexperiencia le delataba.

Qué sabía él de tratar con gente tan...¿destrozada? Si, probablemente esa sería la mejor palabra para definir el aspecto general de aquel hombre. Destrozado, perdido, incluso hambriento, pero no de comida, quizás de calor humano, de esperanza. ¿Sentía lastima por él? Por supuesto ¿Debía demostrarla? No lo creía prudente. El peso que ambos cargaban a sus espaldas era de una envergadura diferente, al igual que las consecuencias del mismo. 

Y sentía curiosidad por él. No era morboso, ni un maldito goupie de delincuentes —tan de moda en estos días— pero quemaba, la curiosidad era como la picadura ardiente de un insecto, cuanto más la rascase, mayor era el ardor y más se extendía el picor. Siempre le había gustado saber, no se conformaba con las respuestas fáciles y cuando conocía a alguien que generaba algún interés en él, sentía la necesidad de saciar su sed de preguntas. Era algo en lo que tanto él como sus dos hermanos se parecían. Los tres lo habían sacado de su madre.

—Sólo quiero hablar—estiró la mano derecha sin pensarlo siquiera—Me llamo Reese.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Jue Dic 12, 2013 6:49 pm

Al parecer, la muerte quería hablar. Y era curiosa. Tenía sentido. Vagando como un ente desde hace tanto tiempo las historias de otros debían de ser su único alimento. Esas ideas robadas que hacen que no te duermas, que te preguntes, aún a oscuras, en la noche, cómo te afectan esas líneas. Ajenas.

Todo está conectado.

¿Tendría la muerte frío? Konrad sentía el velo de agujas con que arropa el invierno, pegándose a su piel. A sus sentidos. Apagando ese fuego adulterado que sólo había encendido con alcohol y no con sentimientos.

Pero ahí estaba él, frente a esa parca rubia, casi albina, mirando esa mirada verde y virgen. Sintiéndose tan viejo. Tan grisáceo. La colilla gastada que deshechas, vacía de humo, mordida y extinguiéndose.

Rad observó la mano que le tendía el fantasma y repitió su nombre en su cabeza. Una. Dos veces. ¿Demasiadas? Aquel no era Joe Black. No se hacía llamar muerte. Sería sólo una moira, jugando con sus hilos.

Extendió su derecha, como si cada dedo fuera sólo un tentáculo. Algo animal, ausente, viviendo dentro de sí mismo. Una mano parásito, que abrazaba la ajena sin llegar a sentirla. Sin la virtud del tacto. Sin conciencia.

— ¿Los espejismos hablan?

Su sonrisa torcida afloró muy despacio. Su boca aletargada por pensamientos ebrios, pronunciando palabras lentamente. Sonriendo como sonríen los árboles, como sólo ríe el viento.

— Lo que dije era cierto. Yo conozco esa boca. La he tenido en la mía... Sé muy bien cómo sabe.

Rad miró a la ilusión a los ojos, perdido, centrado, recomponiendo piezas del puzzle de otro rostro.

— Pero no eran tus labios, chico muerte. Y no estarían aquí, de nuevo ante los míos. Esa boca es pasado. Muy lejos de mi alcance.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Sáb Dic 14, 2013 9:09 pm

Cuando ambas manos se encontraron, Reese no pudo evitar el escalofrío que barrió su espalda. Si dentro del local la mano de aquel hombre había sido de fuego, ahí afuera, en el sucio callejón, su piel estaba helada. Era hielo puro y el contacto dolía, pero también ardía, de una manera distinta al fuego, pero lo hacía. Era más intenso, más doloroso.
Apartó la mano despacio, apretándola en un puño mientras volvía a meterla en el bolsillo, en busca de un poco de calor, tratando de quitarse de encima la sensación de que el frío proveniente de ese hombre le acababa de atravesar la piel hasta llegar al hueso.

Hablaba de espejismos, de bocas, de pasado y le comparaba con la muerte, cuando el mismo parecía la parca recién salida de su guarida, un espejismo distorsionado y abstracto, que hablaba un idioma que Reese no terminaba de comprender y para el que dudaba llegar a tener algún día un diccionario. Por un momento pensó que podría estar grillado, estar loco, ido de la olla, o como se dijese hoy en día, pero... pero quizás hablase con más lucidez que muchos otros, o puede que simplemente el alcohol estuviese nublando sus sentidos.

Observó su sonrisa torcida por la bebida y la forma en la que se movía, despacio, tanteando el ambiente, como si esperase que hasta el viento estuviese en su contra.

—Hay espejismo que hablan—respondió encogiéndose dentro de su abrigo, mirando ensimismado aquellas manos frías como un tempano de hielo—Tus manos están congeladas...como te llames.

Suspiró bajando la cabeza un momento. Estaba cansado para conversaciones a medias, para intentos de jugar al gato y el ratón y frases indescifrables. No era fan de los jeroglíficos, y ese hombre no sólo hablaba como uno, si no que además lo era. Hablaba como en una sopa de letras.

—¿Porqué están esos labios lejos de tu alcance? ¿Podrías decírmelo?

Pero puede que no necesitase una respuesta, o no la quisiese. Podría ser la boca de un muerto, de alguien que se fue lejos, de un imposible, de un prohibido. Podría haber dejado a alguien atrás, en otro país, en la cárcel, las respuestas podían ser infinitas, y si no era la respuesta que Reese necesitaba, no importaba, seguiría buscándola donde fuese.

Alzó de nuevo la cabeza y sorbió debido al frío.

—Caminemos, porque a mi se me están helando los pies—y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y empezó a caminar, despacio, sin un rumbo aparente. 

Quería entrar en calor y seguía teniendo la mano congelada, apretada dentro del bolsillo de tal manera que notaba una incomoda presión en los nudillos. Abrió la mano y volvió a subirse sobre el hombro el asa de la mochila, deteniéndose un instante para comprobar si el otro pensaba acompañarle, o por el contrario prefería la compañía del contenedor de basura.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Jue Dic 19, 2013 2:20 pm

El chico estaba ahí. Y era real. Como lo eran sus labios, aunque fueran ajenos y distantes. Teñidos de un destino diferente, que Rad no compartió. Ni antes, ni ahora. Sólo un transeúnte más, cruzándose en sus líneas. Secantes que no llegan a ser nunca paralelas.

Sonrió, ajado, más por costumbre que por saborear la risa o la alegría, vistiendo siempre la sonrisa como escudo. Llenando los silencios. Tenía las manos frías, eso era cierto. Era difícil mantener la piel caliente a solas. Aún más difícil tener templado el corazón.

Rad añoró los besos que mojaban su boca pero no su memoria, secos ya, como las lágrimas que derramaste ayer y nunca volverán. Era éso. Esa simple certeza. La poesía, breve y demacrada, de una existencia efímera.

— Es fácil. A éso si puedo responderte.

Se perdió sólo un segundo más en ese abismo verde, aún joven, tal vez aún inocente. ¿Habría llegado ya a saber esa mirada hierba la dura y cruel verdad? ¿Llegaría a comprenderla? ¿Aún estaría negándola?

— Esa boca es pasado porque nada perdura. El momento pasó. Como una mariposa.

Caminó, no a su lado, incapaz de amoldarse a un ritmo que no fuera el latido erróneo y propio debajo de sus sienes. Caminó junto a él, como sólo las sombras te acompañan. Un paso por detrás. Pegado a sus talones.

— Eres curioso, chico muerte. ¿Por qué te importa el beso de un extraño? Puede que esté borracho, pero sé distinguir que tu interés no es por mis labios. No tienes ese brillo en la mirada.

Konrad añadió sólo en su cabeza el último argumento, esa última palabra. La conclusión que derramaba su cerebro, aún húmedo y turbado. "Sientes el mismo hielo, dentro. Y yo no soy tu llama. Pero aún ansías un trago, muy concreto. Una verdad, precisa."



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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Jue Dic 19, 2013 8:38 pm

Quelonias. Del grupo de las heteroneuras.

«Mira Reese, ¿ves esa mariposa? Si, la naranja, negra y blanca. Es robusta y grande ¿verdad? Pues también es peluda... si pesado, no te estoy mintiendo, hay una parte de su cuerpo que esta cubierta de una pelusa gruesa y marrón ¿la ves? ¿sí? Pues esa mariposa es venenosa. La naturaleza la ha hecho así para que pueda defenderse de sus depredadores...».

El recuerdo cruzó su cabeza como el disparo de una flecha, rápido y certero. Mariposas venenosas, quelonias, el único nombre del orden de los lepidópteros que recordaba. Se lo había enseñado Caleb, quien a su vez lo había aprendido de un viejo libro que tenía su padre.

Los humanos también deberían de poder tener veneno para defenderse de sus depredadores.

Sus pasos, lentos y sosegados, se convirtieron en un cansado arrastrar de pies mientras ambos caminaban por las oscuras calles de Steinburg, envueltos en el frío nocturno del otoño, arropados por el viento.

—Antes has dicho que el momento pasó, como una mariposa. ¿Sabías que hay mariposas venenosas?—se quedó un instante callado, aunque no esperaba una respuesta, sólo estaba tratando de organizar sus recuerdos—Me lo enseñó mi hermano mayor. Son quelonias, grandes y de colores llamativos e utilizan el veneno para defenderse cuando son atacadas.

Volvió a quedarse callado. El hombre esperaba una respuesta que explicase su interés por él y sus recuerdos sobre besos y labios pasados, congelados en algún punto de lo que había sido su vida hasta ese momento. ¿Podía darle una respuesta llana y concisa sin la necesidad de mentir? Sí, quien no arriesga no gana, y el no era un perdedor, o al menos no quería serlo, porque perder podría significar no volver a ver nunca más a su hermano, ni escuchar su voz contándole historias, ni recibir sus abrazos, ni oírle reír o verle sonreír.

Caleb había sido egoísta, sólo había pensado en su sueño de ver Europa, en sus ansías de viajar y ver mundo, en sus ideales políticos y en su vida lejos del yugo, de la presión de terminar los estudios, buscar un trabajo, una pareja estable, casarse, comprar una casa, un perro, un coche, tener hijos y todo lo que se supone que ha de hacer un hombre si quiere un futuro de provecho para si mismo y su familia. Sólo había pensado en escapar del conformismo y de la debilidad de su padre, no quería ser una copia de él, no quería tener una vida cómoda y planificada milímetro a milímetro. Quería tener unas alas con las que volar, fuertes, sanas y grandes, pero habían resultado ser la membrana ribeteada y colorida de una mariposa, y al igual que ellas, probablemente ahora estarían rotas, aplastadas, inservibles, porque las mariposas no son eternas, nada lo es. Pero eso era algo que Caleb nunca había querido aceptar. Había sido muy egoísta, le había abandonado, dejado atrás, le había traicionado... y en ese aspecto Reese, quien siempre había querido ser el primero para Caleb, el más importante, el más amado, había sido todavía más egoísta, porque de haber podido, habría destrozado las alas de Caleb antes de que este hubiese podido marcharse. Quizás sus ansías de monopolizar a su hermano habían sido otro grano más en la opresión que este decía sufrir.

El había hecho que Caleb se fuera. Había añadido más leña al fuego que avivaban sus padres. Era tan culpable como ellos, todos los eran. Ellos habían hecho marcharse a Caleb.

Reese no quería aceptar que quizás nada le hubiese sucedido a su hermano, que simplemente no quería saber nada de ellos, que no quería saber nada de él, volver a verle. Para él esa idea era impensable, imperdonable. Y si así era, entonces... entonces encontraría a Caleb sólo y unicamente para oír salir unas palabras de irrevocable despedida de sus labios y nada más.

—Mi madre siempre ha dicho que yo y mi hermano tenemos muchas cosas en común, entre ellas la forma de mover los labios, el hundimiento del labio inferior... Vine a esta ciudad para encontrarle, para saber su paradero, y cuando has dicho que yo tenía su misma boca, he pensado que quizás le hallas conocido.

Se paró y se giró para mirar al desconocido a la cara, buscando sus ojos para poder leer en ellos.

—Se llama Caleb, Caleb Wożniak.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Miér Dic 25, 2013 7:33 pm

Mariposas venenosas... Tenía sentido. Hasta lo bueno duele. ¿Por qué no esconder veneno tras las alas? ¿Tras un beso? La traición siempre habita en los ojos que amas. Konrad sonrió de nuevo, saboreando esa herida, interna, que ya reconocía. Esa soledad, física, como un pozo sin fondo dónde tiraba todos esos recuerdos, buenos y malos, siempre pasado.

Algunos pasos más y esas mismas preguntas, entre ambos, compartiendo una intriga paralela, por personas distintas. Hermanos que se pierdan, amores que no olvidas. Búsquedas, que no acaban. Sus ojos, aún turbados y oscuros, buscaron en los verdes algún reflejo, humano. Esa sensación de vaga de sentir lo que el otro. De entender a un extraño.

— Así que buscas a tu hermano. Y se parece a ti.

La expresión, habitualmente huraña, en el rostro de Konrad adquirió un tono neutro, cercano y familiar, casi cercano al "cálido", con la mirada abierta, atenta, que quiere comprenderte. O al menos, escucharte.

— Mi hermano y yo, en cambio, no nos parecemos.

A ciegas, perdido en el recuerdo, Rad encontró sus cigarrillos por el hábito y no por el deseo, alargando el momento dándose tiempo a recorrer esas memorias, una a una, a oscuras y en silencio. Junto a ese otro hombre herido por la ausencia.

— Caleb... ¿Caleb Wożniak? Umm...

La calada en sus labios supo a contraste, sonó a comparativa y sólo expulsó humo. Una respuesta ambigua y llena de espejismos. Que sin embargo, amarga y perniciosa, al menos era cierta.


— No, chico muerte. Tus labios, esos labios, no tenían ese nombre. Pero tampoco otro. Algunos nos perdemos en la cárcel, escondemos lo que fuimos bajo diminutivos, nos tatuamos, aprendemos a vivir, a comer, a llorar, a follar como si ya no fuéramos... Pero otros, no sé si más afortunados o aún más tristes, también pierden su nombre. En mi vida, entre rejas, en pasado, la mariposa de tus labios era tan sólo N. Nomen Nescio. Y no tenía recuerdos. Ni apellidos.

Con el alcohol aún en las venas, sin sentido común y sin vergüenza, Konrad dio un paso más hacia ese extraño, Reese, parca, joven niño perdido o espejo de sí mismo, y le miró un instante acercando su zurda hacia su rostro posando su pulgar en esa boca recorriendo sus labios de comisura a comisura. Como se toca lo que una vez fue tuyo. Y ya has perdido.

— Pero eran estos labios. No lo dudo. Yo no beso a menudo. Y nunca olvido.

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Dom Dic 29, 2013 2:20 am

La primera reacción de Reese fue la de tensarse ante el contacto, insospechado y extraño. No estaba costumbrado. Excepto con su familia, no era de esas personas que regalan abrazos y besos a la menor ocasión. Podía contar con los dedos de ambas manos el número de personas que habían tocado alguna parte de su cuerpo, y aún así le sobrarían dedos.

Aquel no era un roce sexual, no era un gesto de cariño, no era una muestra de afecto, era una forma de hacerse daño. Pudo verlo en los ojos del otro hombre, escondido en su mirada había algo, un anhelo, pero muy lejano, apenas un palpitar. Había una herida abierta.

—Podría morderte—susurró sin apartarse ni un ápice. Seguía pensando en que había que dejar que el lobo alfa mandase. Y él, como buen cachorro, estaría en silencio, atento, y si hacía falta mordería al alfa si se sentía intimidado. Pero por ahora estaba más interesado en escucharle, con los oídos bien abiertos, atento a cualquier gajo de información valiosa.

El también tenía un hermano. Reese se preguntó si podía entender lo que era la incertidumbre ante no saber nada de un ser querido. ¿Seguiría en contacto con su hermano? Había dicho que no se parecían en nada. En cambio él tenía claro que se parecía mucho a Caleb, y no solo a nivel físico. Había mucho más de su hermano en él de lo que cabría esperar.

¿Cómo le solía llamar Caleb de pequeño? Espíritu Libre. Ahora ese apodo no tenía demasiada justificación. En aquellos momentos de su vida tenía de espíritu libre lo mismo que de monje de clausura, absolutamente nada. Estaba atado, atado a la responsabilidad que el mismo había escogido, amarrado con cuerdas y cadenas a un camino incierto y que quizás no tenía salida.

Bien, lo único que podía pasar es que volviera a encontrarse con Cher y este le hablase de nuevo de esa increíble libertad que poseía al no atarse a nada ni a nadie. Gato callejero ladrón y mentiroso.

Miró al otro hombre a los ojos unos instantes antes de apartar la mirada y dar un paso no hacía atrás, ni hacía delante, si no hacía un lado, inclinando la cabeza para poder mirar el tatuaje de su cuello. Con aquella luz mortecina parecía una vieja herida de guerra. Y así era, una vieja herida de la guerra que puede llegar a ser la vida.

Nomen Nescio. Eso había dicho antes de tocarle los labios. Sin nombre. Eso significaba que también sin vida, sin pasado, sin presente, sin futuro. La opresión que apareció en su pecho se desbordó dentro de él como un rio, anegando todo con el lodo, arrastrando con su corriente un montón de pensamientos oscuros, una maraña de malas sensaciones y emociones que se tambaleaban sin un pilar al que poder sujetarse. Era una riada que lo inundaba todo a su paso, que sacudía, destruía y hacía tambalearse el equilibrio interior de Reese.

Si Konrad no se equivocaba —y el instinto de Reese no le contradecía— entonces Caleb estaba en la cárcel. Era un golpe duro, y bajo, pero siempre había estado preparado para todo. Se había preparado para lo peor, pero aún así era duro, muy duro. Era una puñalada en el pecho.

Cerró los ojos y bajo un momento la cabeza, dejándola laxa, tratando de llenar su pecho con todo el aire posible, ya que sentía que de un momento a otro iba a romperse en mil pedazos. Trató de aislarse de todo a su alrededor, de los ruidos lejanos, de los olores, de la presencia del hombre frente a él, de todo. Se sentía en aquellos momentos demasiado vulnerable, demasiado expuesto y el no era así. No, él era una persona fuerte, alguien que no se desmorona, alguien que no se muestra débil. Pero el temblor de sus manos le contradecía.

Volvió a alzar la cabeza, con los labios apretados y el ceño fruncido, mirando fijamente el tatuaje del cuello de aquel hombre. Sin pensar en las posibles consecuencias de lo que iba a hacer a continuación, estiró la mano derecha y trazó con uno de sus dedos la silueta del tatuaje en el cuello del ex presidiario.

—¿Dolió mucho?—preguntó sin despegar los ojos del tatuaje—Yo tengo uno en la nuca, pero ni por asomo de dudas es como el tuyo. No tienen el mismo significado. 
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Mar Dic 31, 2013 5:38 pm

Con el pulgar aún en los labios de ese recuerdo, extraño, espejo y distorsión de sus recuerdos, Konrad se permitió esgrimir una de esas sonrisas socarronas e hirientes de perro viejo y maltratado que ya no ladra, que sólo espera palos nuevos.

— Harías bien, chico muerte... La vida es algo que hay que morder.

Rad apartó su mano, muy despacio, como si cada nervio respondiera tan sólo vagamente a sus ideas. En un imperativo estropeado, dónde "¡haz!" se vuelve "por favor" sin que te lo propongas, mojado por alcohol y por recuerdos tristes. Lluvioso, cansado, como una ciudad fría que todos pisan diariamente.

Observó aquellos gestos, siendo testigo mudo del grito silencioso de ese hombre. De ese minuto eterno. De ese cuadro de Munch que sólo reconocen los que han gritado a voces, desde dentro, los que han llorado tanto, los que sienten tal pérdida... que hacen de los pinceles agujas en los ojos.

El hombre frente a él se rompía ante sus ojos, pero sus piezas no eran lágrimas. Era esa muerte cruel que tienes que esconder a todo el mundo, mientras te despedaza la existencia y algo te hace jirones. Como si el alma fuera física, y pudieran rasgarla, tirando de sus bordes.

Por éso, la intrusiva caricia de esos dedos rodeando aquella marca aún en su piel, aún dentro de su mente, se le antojó una súplica. Un intento baldío de compartir dolores. De buscar conexiones. Sí. N. también vestía el tatuaje. En una piel tan limpia que hacía de aquella tez, marchita, una copia barata y mancillada. Konrad era culpable. N. sólo una víctima. Sólo al mirar sus ojos entendías la inocencia.

— Tras una cicatriz hubo una herida abierta. Dolió, como duele la ausencia. Y aún la llevo conmigo.

Esa sonrisa luna, menguante y luminosa en sus marfiles, habló de mil derrotas diferentes, del calor de unos dedos compasivos que una vez, hace tiempo, recorrieron su cuello de igual modo. Y ahora eran sólo tiempo derramado. Arena, en un reloj vertido y roto.

— Pero tú entiendes bien ese dolor. ¿Verdad? Ese vacío, que te apuñala.

La zurda, hábil, de Rad vagó por esa nada oscura que otros llaman noche, algunos, madrugada, hasta envolver despacio aquella mano, frágil, conociendo su cuello y su pasado. Su tacto, áspero, le hizo sentir más viejo sobre esa piel, suave.

— Una vez, esa boca, tu boca, logró que hiriera menos... Unos ojos azules y perdidos vieron dentro de mí. ¿Tú quieres asomarte?

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Mar Dic 31, 2013 9:17 pm

La mano del hombre seguía igual de helada que antes, pero no era tan desagradable ahora que, las propias manos de Reese estaban heladas debido al frío. Dejó que cubriese su mano sintiendo la aspereza de su piel en el dorso. Nunca había sido bueno leyendo los gesto ajenos, no sabía si estaba tratando de reconfortarle o si buscaba sentirse cercano a él.  Entendía a la perfección las palabras del dog, por eso había estado asintiendo débilmente a cada última frase que había dicho. Aunque hubiese pasado el tiempo, tenía heridas que aún no habían cerrado, cicatrices que aún palpitaban cuando se las rascaba con la uña.

—Si me asomo, no puedes darme garantías de que no tendré un traspié y me caeré, o que no vas a empujarme. Apuesto lo que sea a que tú precipicio es enorme.

Reese sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos, se quedo muerta, a mitad de camino, como esas palabras que deberías haber dicho y que jamás dijiste. Era extraño como después de una conversación tan parca, pero tan intensa, ya no le resultaba tan difícil e incomodo mirar a aquel hombre a los ojos. También era extraño como la conversación seguía su inexorable paso y él aún desconocía el nombre de aquel personaje que parecía vagar sin rumbo fijo por Steinburg.

Se oyó un ruido cercano y después un gato pardo salió corriendo desde un callejón, perseguido por un semejante que parecía no querer darle tregua. Reese aprovechó la interrupción para quitarse la mochila y, rebuscar entre sus cosas hasta encontrar su cartera. De un compartimiento detrás del permiso de conducir, sacó una vieja fotografía hecha durante unas vacaciones de verano siete años atrás.

Caleb tenía veinte años y él catorce. Se la había sacado su padre mientras nadaban en un lago cercano a su residencia en Quebéc. Él tenía el pelo muy corto, llevaba unas bermudas y una camiseta de un videojuego al que había estado enganchado desde principios de verano. Se dio cuenta de que no había cambiado mucho, unos centímetros de altura más, el pelo más largo, un peinado distinto, pero todo lo demás seguía igual, estático, como si el tiempo se hubiese congelado dentro y fuera de él.

Caleb por el contrario cambiaba constantemente, como un camaleón. Podría mantenerse fiel a unas costumbres y a unos ideales, pero evolucionaba a un ritmo vertiginoso, cambiando, mutando de piel como una serpiente, probando cosas nuevas, abandonando antiguos hábitos, adquiriendo nuevas facetas de si mismo, que iba pelando como las capas de una cebolla interminable. Detrás de cada capa había una nueva. ¿Cuántas nuevas caras tendría ahora? ¿Cuál de ellas había conocido aquel hombre?

Estiró la mano con la fotografía firmemente sujeta y se la entregó al desconocido, sin apartar los ojos de ella. Era la única imagen que tenía de Caleb, después de aquella foto no había vuelto a hacerse ninguna más con él. En casa, sobre la repisa del salón, había una fotografía más reciente, de su graduación universitaria, pero no había querido cogerla. A su madre le gustaba sentarse con ella en el regazo y, ver como su hijo le sonreía a través del tiempo y el cristal del marco.

—Este es Caleb—pronunció con un nudo en la garganta que hizo que su voz sonase ahogada, ligeramente rota. Esta iba a ser la confirmación final, si aquel hombre reconocía a Nomen Nescio en la cara de su hermano, Reese ya sabría donde tendría que buscar a Caleb. Y la idea le resultaba repulsiva y desagradable, de la misma manera que se sentiría al ver una rata muerta en la calle.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Sáb Ene 04, 2014 7:58 pm

La mano que envolvía su propia mano, más grande y más ajada, estaba fría. Le observó, quedamente. Con esos ojos pardos, casi negros, que dicen en silencio que ya han mirado tanto... que ya lo han visto todo. Pero aún así, el brillo de la duda, esa curiosidad que baila incluso en los ancianos, jugaba en su mirada. Como un prisma de noches que muestra sombras nuevas. Era fácil saber, sentir, que había una herida en ellos. En ambos. Una ausencia concreta.

Porque la ausencia ocupa. Llena. Y tiene nombre propio. Aunque no lo recuerdes. Aunque ya no lo quieras. La ausencia continúa, como la huella en un colchón gastado por los años. Como las cicatrices. Y las canas.

Esa boca le había calado nuevamente. Esta vez con palabras, no con besos. Pero igual de desnudo, vulnerable. Como dos naúfragos en esa madrugada, mojados en rocío. En ese aire de hielo. Esa oscuridad densa.

— El pasado de un hombre nunca tiene un final, chico muerte. Si llegas a asomarte, te atraparía el recuerdo. El mío. Y el tuyo. La inmensidad que sólo ves de noche, cuando cierras los ojos. Pero a veces, uno está tan perdido que ansía perder a otros...

Konrad sonrió, con la misma mueca mortecina que es tan sólo una máscara, un escudo. Un renuncio callado. O la última venganza. Osadía y apatía, al mismo tiempo. El paso de los gatos le pareció un suspiro. Un capítulo más. El paso de una hoja y esos vacíos de líneas en los que saboreas el poso de las letras Moralejas y treguas, preguntas nuevas, más equivocaciones. Su novela era un drama. Un thriller, con asesinos, presos y hombres que pierden la memoria.

Reese le tendió la foto y Rad dudó un instante. Las fotos son ventanas, y como las miradas, esconden un abismo. Capturan un momento. Sensaciones. El amor o los celos. La paz, el morbo, el odio. La imagen de uno mismo. Como Reese, Konrad sabía que asomarse podría traer conscuencias.

Pero lo hizo.

A veces, que duelan los recuerdos es mejor que la ausencia. A veces, es mejor echar de menos y no sentirse solo. Añorar, en concreto. Saber lo que has perdido. Lo que querrías ganar.

Su zurda atrapó aquella imagen como si fuera un marco, y sus ojos vagaron. Se movieron, despacio, aún turbios y aún alcohólicos, pero ansiosos y ávidos, reconociendo formas. Sí... ese sí era su rostro. Esos ojos azules... Ese cabello, suave.

Konrad sintió un nudo en el estómago. El golpe de la culpa, directo a sus entrañas. Porque él estaba fuera... y N. sólo era libre en una foto, antigua. Porque él podía mirarlo. Volver a contemplarlo. Y conocer su nombre.

Le temblaron los dedos, oscilando el retrato como si él fuera viento, aullando, en un silencio lleno que pobló su mirada de tormentas, acuosas. Tragó saliva, duro. La voz se le rasgó, y apenas pudo hablar. Se sintió... tan cobarde. Sabiéndose culpable, estando fuera. Habiendo decidido que ese destino, amargo, no debía compartirse.

Nunca llegó a ofrecérselo. Nunca le habló de ello. Nunca se despidió. Tomó su decisión. Y ahora vivía con ella. Con esa sensación de pérdida, de olvido, y esa intriga insondable que recordaba, diaramente, que había vendido su alma.

¿Qué hubiera elegido N.? Si supiera que ahora, un joven tan perdido como lo estaban ellos recorría esa ciudad grisácea tratando de encontrarle, no lo hubiera dudado. N... Caleb, siempre fue el inocente. Y Rad no quiso ser el cuervo que anunciara la muerte. Que manchara sus manos... A pesar de las rejas.

Ahora, sentía con toda intensidad que se había equivocado. Y su sonrisa cínica murió, mojada por las lágrimas que descendieron suavemente manchando sus mejillas de tristeza. Acarició la foto, con esas manos torpes, ebrias, culpables... y repitió su nombre, como si así decir perdón fuera posible, en la distancia.

— Caleb...

No pudo decir más, con los labios turbados, la voz rota y los ojos vestidos de aguacero. Como si el mismo invierno naciera en su mirada, derramándose.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Dom Ene 05, 2014 12:21 am

No necesitaba la confirmación con gestos o palabras, era cierto que a veces sólo bastaba una mirada. Y aquella era un mundo en si mismo, grande, inmenso, como una mole pesada, que iba golpeando y destruyendo, como un martillo hidráulico que aplasta y destruye metal. Era una mirada que hablaba de una añoranza, de un calor que se había poseído y se había perdido, de algo efímero que se había evaporado en la distancia y en el tiempo. Engullía y escupía a partes iguales, podría haberse tragado a Reese y ni lo habría notado. Era una mirada que gritaba, pero el suyo era un grito mudo y apagado, un desgarro que apuñala el pecho, en el sitio donde debe estar el corazón y donde a veces lo que hay es un coraza, una cota de malla, o quizás tan solo unos restos carbonizados, donde ya no quedan ascuas para avivar ningún fuego.

El temblor de los dedos, la voz rasgada por una emoción desconocida para Reese, el velo de añoranza en la mirada... a cada reacción del otro hombre, dentro de él se iba rompiendo algo: la esperanza porque a Caleb no le hubiese pasado nada, la fe ciega en la buena estrella que siempre había parecido acompañar a su hermano, la ilusión por un reencuentro repleto de emociones a flor de piel...

Ahora los dos compartían la misma herida, una que tenía rostro y nombre.

—Caleb—le oyó decir. No supo si estaba tratando de conjurar un fantasma o de expulsar algo atrapado en su interior. Cualquiera que fuese la respuesta era algo intimo, algo privado que parecía pertenecer sólo a aquel hombre y a su hermano. Un enigma que no le estaba permitido resolver, algo que le estaba vetado. Lo comprendía, pero no lo aceptaba, en cierta forma detestaba a la persona frente a él, porque era la demostración en carne viva del destino que había corrido Caleb. Un recordatorio perenne de que los cuentos de hadas no existen y de que para conseguir un billete al infierno sólo hay que cometer un delito. Uno sólo.

¿Y qué pasaba con su hermano? ¿Inocente o culpable? ¿Verdugo o victima del sistema? Reese se negaba a aceptar que fuese un delincuente, que hubiese cometido un delito o un crimen. No su hermano, no Caleb, no la persona que conocía y quería. Otros sí, esos no importaban, eran desconocidos cuyas vidas no se habían cruzado con la suya, eran simplemente gente mala, eran asesinos, ladrones, estafadores, mafiosos, chantajistas, pedofilos, violadores, camellos... la vida de su hermano valía más que la de cualquiera de ellos. ¡Seguro que valía más que la del tipo frente a él!

La rabia asoló cualquier pedazo de su interior que hubiese estado sintiendo pena o compasión hacía aquel ex presidiario. Ira, impotencia, odio, frustración. Todo le golpeaba, tenía ganas de desquitarse con él, de ser cruel, desalmado, de medir dos metros de ancho por dos de alto para poder darle una paliza y ver como se retorcía de dolor en el suelo. Y entonces recordó que él otro también tenía un hermano, que era un ser humano, que no era el culpable de la situación de Caleb, que compartían esa herida en la que había pensado minutos atrás.

Era una persona rota, no necesitaba otro pie que lo pisotease, que le impidiese volver a alzar la cabeza. Joder...no quería pensar en lo que habría vivido entre rejas, en lo que su hermano estaría viviendo en aquellos momentos. Había oído hablar del sistema penitenciario de Steinburg y no precisamente como de un resort de lujo y comodidad.

Había mantenido unos instantes la cabeza gacha, así que cuando la alzó lo primero que vieron sus ojos fueron las lagrimas que descendían por el rostro del otro. Todavía quedaba algo dentro de él, algo que no le había desnudado de todos sus sentimientos, algo vulnerable, y Caleb, con su sonrisa de niño mimado congelada en el tiempo, había logrado desenterrarlo. Ahora parecía más joven, menos muerto, menos enigmático, más cercano. Pero debido a la noche, al viento y al frío también parecía que estaba a punto de congelarse, de convertirse en una estatua de hielo.

—Soy su hermano, pero también comprendo que es algo...hm...personal, y no quiero hurgar en la herida, pero... ¿Qué pasó en la cárcel? ¿Qué tipo de relación tuvisteis?—preguntaba aunque ya se estaba imaginando la respuesta. Casi podía escuchar el susurro de la ropa o sentir el roce de la piel a pesar de no haber estado presente, a pesar de no haber sido ninguno de los protagonistas.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Miér Ene 08, 2014 1:00 pm

Konrad se sintió ajeno, vulnerable, demasiado desnudo ante un desconocido... Más allá de su boca o sus recuerdos. El eco de ese nombre quedó roto entre ellos y el hombre que era hora, al que achacaba todas sus malas decisiones, rompió el momento secando sus mejillas con el dorso de esas manos perdidas, que no temblaron más. Fingiendo, como su rostro, pieza a pieza, formando poco a poco un puzzle nuevo. Una nueva expresión, fría e impertérrita.

Pero sus ojos no mentían igual de bien, y el brillo de esa humedad culpable se negó a abandonarlos a pesar de la pose. De apartar la mirada. Devolvió aquella foto como si esa sonrisa impresa le quemase, sin hacer comentarios. Ya estaba todo dicho. Incluso, demasiado.

A tientas, como si el tiempo fuera ambigüo, Rad buscó un cigarrillo. Siempre acudía a ese humo como un telón oscuro dónde vestir de terciopelo sus secretos. Sin importar cuanto hubiera fumado. Cuanto sonase a aire su voz, nacida mar adentro en su garganta, siempre rompiendo olas. Y sueños. Su boca era una cueva. Una indómita gruta, llena de lágrimas, goteando. Y quería sofocarla. Incendiarla de nuevo, con alcohol o un pitillo. Convertir esa ausencia en un nuevo rechazo. Tos seca. Arcadas. Sed... Algo más físico, más terrenal, que saciar de algún modo. Cercano. Indiferente.

El mechero iluminó la calle, tan sólo debilmente. Una llama no puede luchar contra un invierno eterno. Nunca en esa ciudad, dónde la luz del sol es siempre un espejismo. El baile de aquel fuego, breve y fortuito, iluminó su rostro y proyectó en él sombras. Un contraluz que era también una metáfora. Konrad era tan sólo un lienzo. Y la luz de un mechero no bastaba para prender la chispa que sus facciones, blancas, habían tenido antes. La noche volvió a nutrirse en él, alimentándose. Porque la noche siempre muerde, y a veces te mastica.

Konrad negó, despacio, como un Pedro cualquiera. Una apatía ensayada quiso vestir la comisura de sus labios y enfocó sus pupilas en la negrura de ese callejón. En la negrura espesa en su memoria. Sin buscar la mirada de ese otro, al que debía una explicación. La explicación que nunca le dio a N. Fumó, despacio, como si no tuviera prisa o dónde ir. Y ambas razones eran ciertas. Rad ya no tenía nada. Sólo el tiempo perdido. La madrugada eterna en la que ya no ansías amaneceres.

— En la cárcel pasan muchas cosas, chico. Pero no suelen llamarse relaciones...

Incluso su sarcasmo, aliado fiel durante años, se atragantó en su voz. Que ya no parecía tan ruda o tan lejana. Que seguía siendo plomo, destilado. Una piedra en sus labios, chocando con sus dientes. Difícil de tragar. De digerir. Esa culpa que pesa, a pesar de ignorarla.

Esquivo, no quiso añadir más. Le dejaría a ese otro, fantasma y fusta en su memoria, que apostase más fuerte si quería una respuesta. La verdad aún dolía. Y siempre tenía un precio. Konrad lo sabía bien. Pero Reese era joven. Si había tenido suerte, y si aún la conservaba, podía pasar un tiempo entre mentiras. Dulces.

Pero aún así, a pesar de haberlo hecho en la cárcel fingiendo ante los otros para eludir "dianas", para no ser más débiles... Rad se sintió un traidor manchando su recuerdo con palabras vacías. Ensuciando su boca. Empañando el recuerdo de esos besos. Que atesoraba aún. Bien enterrados. Aflorando tan sólo tras muchas "varias copas".

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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Mar Ene 14, 2014 9:28 pm

El humo del tabaco acompañó los movimientos de Reese mientras volvía a guardar la fotografía en su escondite dentro de la cartera.

Era extraño como una noche, una mirada ebria en la oscuridad, podía dar una vuelta de tuerca impredecible a la historia de su vida. Casi parecía que no era él quien estaba llenando las hojas de su diario, si no un desconocido que emborronaba la tinta, se reía de él en la cara y buscaba convertir su realidad en un laberinto, con Minotauro incluido. Si, la vida podía ser muy puta, y la línea del destino una zorra. Nunca antes le había encontrado tanta verdad a esas frases, que hasta hace algunos años le parecían estupideces acuñadas por la embriaguez, a altas horas de la madrugada, cuando los justos duermen y los pecadores buscan un sitio donde disparar los últimos cartuchos, las últimas balas.

Era extraño y a la vez apacible, porque ahora, después de cinco años, no sólo podía decir donde estaba su hermano, si no que también había conocido a alguien que había pasado por la vida de Caleb. Y a juzgar por sus palabras, con más pena que gloria. Estaban los dos allí, uno frente a otro, y a pesar de que Caleb les unía, también les separaban muchas cosas, la edad, las vivencias, los ideales... Ni siquiera sabía si podía considerar a aquel hombre un amigo o un enemigo. Podría haber conocido a su hermano, tenido contacto con él, algún tipo de clase de lazo, pero no le conocía, no sabía si la mentira era parte de su vida, ni cuanta verdad salía por su boca. Sólo podía confiar en si mismo y en sus instintos. Y estos por el momento le decían que todo lo que había salido de esos labios durante la noche era verdad absoluta, cruda y dura. Pero también le recordaban que quedaban cosas por contar, cuerdas que trenzar, hilos que hilvanar, trozos de tela con la que coser el tejido que conformaba una historia que Reese no habría podido imaginar en la vida. Pérdida de memoria y la cárcel.

Quería la verdad, era lo que había venido buscando y nadie, ni siquiera él mismo, iba a impedirle conocerla.

—Vale—se frotó el entrecejo con visible cansancio, demasiadas horas de pie, demasiada información en un sólo día—Cuéntame lo que sea, lo que quieras. Sin medias verdades, ni mentiras. Lo quiero saber todo, como os conocisteis, porque mi hermano esta en la cárcel, todo.

No tenía más opciones que agarrarse a lo que le dijera como a un clavo ardiendo. Le hubiese gustado que todo fuese más sencillo, más llano, que la vida fuera o blanca o negra, pero no gris. Todo sería perfecto si no sintiese que a vece,s las cosas ocurrían sin un motivo aparente, por azares de unos dados en medio de una apuesta a cuyos jugadores no podía ponerles nombre ni rostro.

Spoiler:
Siento haber tardado. El viaje, el cansancio, falta de ideas y poco tiempo libre. Pero ahora ya todo vuelve a la normalidad
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Sáb Ene 25, 2014 1:30 pm

Konrad quiso asomarse en ese verde, ahora turbado y confundido, como si una mirada pudiera ser un lienzo, un mar atormentado o la misma tormenta. Había algo húmedo, mojado, en esos ojos. Y no eran lágrimas. Era esa lluvia, que cala hasta los huesos lentamente, que viste de recuerdos las memorias. El tiempo siempre se derrama. Siempre gotea y te mancha. Líquido, sinuoso. Como un licor que emana entre los poros. Porque la vida suda, sangra. Todo el tiempo.

Vio como ese espejismo jugaba con la luz, como los prismas, arrojando reflejos quebrados de sí mismo en todas direcciones. Porque allí, frente a él, Konrad era un testigo de ese apacible drama. Reese se estaba rompiendo. Despacio, sin gritos, sin golpes. Con la ternura agónica que rasga la inocencia hasta hacerla jirones de realismo. Resignación.

Casi podía sentirlo entre los dedos, palpitando. Ese pesar plomizo, conocido. La suavidad de esa aceptación muda que viste de derrota la esperanza. Ese saber. Oscuro. Sí... Porque la verdad duele pero acaricia al mismo tiempo. Es cruel y a la vez te apacigua, doblega tus sentidos, como una madre injusta.

Rad había creído que su empatía murió ahogada tras las rejas. Pero ahora, frente a ese esqueje de Caleb, ese N. alternativo ante la inmensidad de ese nuevo destino, truncado y espinoso, sintió que eran sus manos las que apartaban zarzas.

Tal vez, su camino era igualmente un laberinto. Tal vez, viéndole a él era más fácil comprender que sus pasos avanzaban igualmente torcidos.

Sonrió, sin alegría, con esa mueca de faquir que había aprendido a usar, que había invitado hasta sus labios tantas veces que ya no era un disfraz, era armadura, era sabor amargo y dulce al mismo tiempo.

— Es tarde, chico muerte. Y la tragedia necesita toda la madrugada. Como los tragos duros siempre deja resaca. ¿Quieres saberlo todo? Bien. Hasta los espejismos saben que todo tiene un precio.

Dejó que el humo se enroscase en la sonrisa retorcida que aún mantenía su rostro, con el perfil de un hombre que sabe demasiado, que lo ha vivido todo, pero aún quiere vivir. Esa virilidad, cincelada en fracasos, llena de aristas y labios gruesos y carnosos, que a pesar del tabaco, del poso del alcohol, parece apetecible.

Todos somos masocas. Todos queremos algo, todos necesitamos, todos tentamos límites. Las heridas invitan a perfilar sus bordes. El escozor se extiende. Te provoca. Y vuelves a probar. Como una llaga abierta, conocida, que tu lengua visita, recurrente.

— Tú quieres mi pasado. Y yo quiero un futuro. Por ahora, basta con un lecho esta noche. Unas horas de sueño. Una botella más, de lo que quieras. Y el sabor de tu boca. No me gustan los "y si". Y esos labios susurran "¿Y si saben igual...?". Esta es la oferta, chico. Lo tomas o lo dejas.

Su mirada, desafiando a la noche con su propia negrura, buscó el verde de Reese forzando un reto. El duelo de dos locos, a oscuras, en la noche. Apetitos distintos, de dos almas hambrientas.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Jue Ene 30, 2014 1:18 am

Fue un destello fugaz en el rostro de aquel hombre, como un rayo que ilumina una noche oscura y turbulenta. Un instante voraz y algo aterrador y de pronto sus rasgos, que habían estado abnegados de sentimientos contradictorios y vulnerables, se transformaron lentamente en una mueca retorcida que anido en su rostro como un pájaro. Pudo imaginarse como replegaba sus alas y la insondable oscuridad de su pupila, hecha de una materia que siempre parecía carecer de vida. Mirar los ojos de un ave siempre le había parecido mirar un abismo de nada, donde no había ni ruido, ni pensamientos, ni emociones, donde todo flotaba y se perdía.

Tenía frente a él un pájaro, volando sin prisa, trazando el rumbo una y otra vez, línea sobre línea, volando en un mapa imaginario que sólo existía en su cabeza. De pronto, como si hubiese entendido por primera vez las consecuencias de lo corrupto, de lo malvado, sintió que algo sin nombre atenazaba sus sentidos y que un miedo, hasta entonces sólo conocido a distancia, como el que se tiene tras una pesadilla, le produjo un frío intenso y doloroso, como sí una gran garra de hielo le hubiese dado un zarpazo en la espalda.

Se sentía como si un demonio le hubiese hecho entrega de un pergamino maldito, uno que hay que firmar con tu propia sangre, una venta sin retorno donde lo único que puedes hacer es decir que sí, porque ya has aceptado que ese es tú destino. Pactos malditos en calles sucias y malolientes... que iba a aceptar porque, como bien le acababan de decir, las tragedias necesitan toda una madrugada. Y también un teatro donde declamar y un publico que asista o bien impasible o bien incrédulo, a una historia que oprime y asfixia porque las tragedias están hechas de toneladas de peso y de sogas de verdugo, no se puede retroceder en el tiempo ni pedir al escritor que cambie el tapiz del destino. No hay forma de parar las manecillas del reloj.

Sostuvo la mirada que buscaba una respuesta y pensó en su acogedora cama, junto al radiador, en aquella habitación que se había negado a considerar suya porque esperaba no tener que estar mucho tiempo allí, y sin embargo los meses habían pasado y al final, como una broma pesada del destino, había acabado por colgar un atrapa sueños de la pared y un perchero de metal tras la puerta. Había comenzado a sentirse cómodo, a plegar las alas como ese pájaro en el que había pensado antes, a conformarse un poco más todos los días... y al final había acabado por pensar que la búsqueda de su hermano era la única forma de vida que iba a conocer, inexorable, sin un fin o una meta.

Se había convertido en la sombra de Caleb.

Meneó la cabeza y se miró las puntas de las zapatillas de deporte. Si iba a dar cobijo a ese hombre tendría que apañárselas para subirle a la habitación sin despertar a la dueña de la casa, que prohibía traer visitas pasadas las nueve y media de la noche.

—Pararemos de camino en una tienda cerca de donde vivo, de las que abren las veinticuatro horas. Siempre venden botellas de algo para quemar el hígado...—sorbió por la nariz y miró de nuevo a aquel hombre a los ojos—Un futuro ¿eh? No busque eso, busca mejor un presente. Es más sencillo abrazarte a una tabla en medio del mar y nadar a la deriva, que tratar de buscar el norte y trazar un plan para llegar a una isla que ni siquiera sabes si vas a encontrar.

«Como filosofo de andar por casa no tengo precio» pensó con cierta amargura mientras dejaba momentáneamente atrás el humo del tabaco y emprendía el sólo la marcha hacía casa, sabiendo que el otro le seguiría como un gato callejero que sabe a quien arrimarse en busca de comida y una manta caliente.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Dom Feb 09, 2014 1:10 pm

Lo sintió. Pudo verlo en sus ojos. El miedo siempre deja su huella. Fría, recóndita, tiñendo tu mirada de ausencias y agujeros. De vacíos. De secretos. De promesas. Ahora, el chico-muerte veía dentro de él... y se estaba asomando. Tuvo razón, desde el principio. Asomarse en su negro siempre sería un error. Pero ahora ya era tarde.

La noche, siempre hambrienta, siempre abraza a sus víctimas. Siempre ensalza verdugos. Konrad la oía, como un susurro fúnebre, cabalgando su mente. Sus sentidos. Porque hoy, ahora, tal vez por siempre en la memoria de esa ilusión herida, en esa madrugada incierta sostenida en el tiempo... él era la muerte... que todo lo consume. El destructor de mundos.

Tragó saliva, saboreando dualidad. El miedo que provocas puede aterrar también. Convertirte en villano, sentirlo entre los dedos. En cómo te perciben. En los ojos, de otros. Lo sabía. Ahora ambos lo sabían. Y Reese podía ver sus pecados. Sus monstruos interiores, enjaulados, rabiosos, mordiendo los barrotes. Lo estaba viendo todo... Como lo hacía Caleb.

Pero lo que veía era un Rad diferente. Distorsionado y negro, desfigurado por la noche y el silencio. Cincelado cuchillada a cuchillada por mil tragos, distintos. La misma soledad que te asesina. Que te apuñala mientras duermes. Que cose tus heridas con cada amanecer. Para volver a devorarte... luego. Porque todos los hombres pueden ser Prometeo. Si creen, sienten el fuego, y se dejan prender. Hasta ser sólo cenizas de sí mismos.

Ansioso, sonrió, sellando el pacto. Sería el Diablo esta noche. Tan sólo para él. Tan sólo por Caleb. Y no sabía si ese reguero amargo en su garganta y en sus labios, el latido insolente en su cabeza, la sed amenazando desgarrarle... era amor o venganza. Era anhelo... o sadismo.

Se había convertido en un hombre distinto.

Ahora era una espiral hacia la nada... y arrastraría consigo a otros. Hasta ser sólo ascuas. Huesos. Almas que gritan y ya no esperan primaveras. Como el chico ante él, entregando su alma. Rad se bebió la culpa como un chupito más de algún licor muy denso, opaco, bañándole el estómago, nublando su cabeza. Y volvió a sonreír. Sin saber eludir parte de su papel, jugando a ser antagonista. Sintiéndose macabro.

— Me gusta como sellas los tratos. Y cómo das consejos. Directo. Sin preámbulos. ¿Vas a besarme igual mientras cierras los ojos? Como un mal trago, rápido, ¿eh, chico? Pero olvidas los posos.

Se oyó a sí mismo como un eco en la noche. Un fantasma. Un perdido. Era tan fácil jugar a que era otro. A que ya no era él mismo. Que nunca lo sería. Que sería siempre "el otro". Un gemelo perverso, aborrecible, que enjuagaba verdades en bourbon y tabaco. Que reptaba, sin miedos, descendiendo escaleras. Cada vez más abajo. Cada vez más adentro. Dónde los polvos duelen. Dónde sangran las almas.

Miró al chiquillo frente a él. Su piel, tan joven, sus ojos sin cristal, sin hielo, sin heridas. El beso de esa ausencia, despierta, tratando de dormirse. Suplicando, sin ruegos. Llorando en verdes, atada a una dignidad torpe. Mal entendida.

Y se sintió tan manchado y tan pútrido. Un zombie que pide besos a los niños y está dispuesto a darlos, con mordiscos. La víbora que ofrece la manzana. El veneno que duerme en su interior, y hace desfallecer a Blancanieves. Porque el malo era él... y no se arrepentía.

Era un gatillo más. Una muerte distinta. Una culpa añadida.

— Puede que te haga caso... y que a ti no te guste. ¿Lo has pensado? Mi presente eres tú, chico muerte. Mi reino es esta madrugada y todos los secretos que codicias. Puede ser buena idea no buscar más, por esta noche. La deriva y la nada esperarán por mí. Llevan días rodeándome.

Y así, vistiendo esa falacia, o tal vez encarnándola, siguió los pasos del pobre adolescente que había dado con él. Sin saber si ambos se perderían. O encontrarían respuestas capaces de encauzar sus rumbos, ahora errados.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Reese el Lun Feb 10, 2014 11:22 pm

Reese caminaba por delante, de vez en cuando sus pasos vacilaban porque curiosamente, a pesar de llevar casi medio año en Steinburg, en ocasiones era como si pisase aquellas calles por primera vez y tenía la sensación de que había girado mal en una esquina o que había cruzado la calle por donde no era. De noche era aún peor, envuelto en el silencio de la madrugada se sentía todo huesos, como un fósil viejo y débil, y se quedaba a solas con su otro yo, uno que reprochaba, se enfadaba y a veces le insultaba. Un fiero y distorsionado reflejo de esa parte de si mismo que todavía no había podido investigar a conciencia.

Las luces de la tienda a la que dirigían formaban un cuadro fantasmagórico, el rotulo de neón parecía estar envuelto en la clásica niebla de las películas de terror, pero tan sólo era un efecto óptico.

Se encaminó hacía ella en silencio, no había vuelto a dirigir la palabra a su acompañante pesé a que había escuchado cada una de sus palabras. No quería darle la satisfacción de tener por entero el control de la situación porque puede que sí, puede que el otro fuese el amo en aquellos momentos, y que ambos fuesen el presente del otro aquella noche, un antojo extraño, un ancla profunda, algo difuso, pero eran algo más. Reese tenía esa juventud trémula que molesta a los mayores, ese aire de suficiencia de quien tiene aún el reloj en marcha, esa actitud de jovenzuelo tontorrón pero a la vez desalmado, alguien que un día te da un beso en la mejilla y al siguiente te propina una bofetada, un ser extraño repleto de tibieza, rodeado del poder de la juventud y del descaro propio de la edad. Y el otro le recordaba un macabro espantapájaros. Durante la noche había sentido, miedo y desprecio hacía él, también compasión y frialdad, había señales por todas partes, como la del neón de la tienda, que le hablaban a gritos. Señales que le hacían presagiar que probablemente esta era una de las peores decisiones que había tomado en su vida, pero no pensaba echarse atrás, no ahora.

Empujó la puerta de entrada al local, alertando con ello al dependiente que les observaba desde detrás del mostrador, un hombre joven y cansado que veía una película en una tele pequeña.

—¿Tienes alcohol?—le preguntó Reese mientras caminaba por los pasillos de la pequeña tienda.

—Al fondo a la derecha—le contestó una voz rasposa y seca.

Por el camino cogió algunos dulces de chocolate blanco, y cuatro paquetes de sandwiches de huevo y queso sin molestarse en preguntar si su acompañante quería uno y de que cual sabor. El frigorífico que contenía el alcohol de la tienda zumbaba como una colmena de abejas. Al abrirlo no pudo evitar estremecerse debido al frío que salía de su interior.

—¿Qué quieres? Elige.

Estiró la mano y agarró un par de latas de cerveza para si mismo, manteniendo la puerta abierta para que el otro pudiese escoger con tranquilidad el veneno con el que quería dormir dulcemente aquella noche.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

Mensaje por Konrad Wagner el Vie Mar 07, 2014 3:18 pm

Una vez cruzada esa última frontera la libertad se desdibuja. Demasiadas opciones pueden hacer del horizonte un lienzo incomprensible. Un Kandinsky o un Klee... pintados en oscuro, como esa etapa en Goya dónde los monstruos viven, te miran a los ojos. Casi puedes oírlos... porque ya no hay silencio. Tus latidos empañan la paz.

Konrad seguía a ese chico sintiendo que cada nuevo paso era un también un nuevo error, segmentado y en dosis. Una droga distinta entrando en su sistema, tratando de engancharle. Y sería fácil. Ser el “malo” le hacía sentir más vivo. Más real. Córporeo en su papel, con la piel erizada. Con la boca más húmeda.

La ciudad seguía ahí. Y en ese callejón, y en otros miles, pequeñas cuevas continuaban abiertas. El pecado siempre es un buen negocio. No cierra cuando llega la noche. La madrugada es una hora “feliz” para vender veneno.

Sentía curiosidad, insana, por cada línea en ese pensamiento mudo que sin embargo le escuchaba atentamente.  Era perverso disfrutar de aquella compañía, pero lo estaba haciendo. Ahora, ahí, las horas que restaran entre ellos, ese chico hacía de su existencia un argumento. Una trama. El hilo que hace accionar las trampas... expectantes. El nudo de otra historia, muy lejos de su propio hastío. De esa agonía culpable dónde el placer es sólo una metáfora que viste los vacíos.

Acostumbrado ya al dolor ahora lo anticipada. Estaba ahí. Acariciándolos. Dentro de sus palabras. Dentro de sus silencios. Esperando el momento adecuado. Con los ojos abiertos fingiendo estar dormido.

El joven se abrió pasó y se adentró en la tienda, con la pregunta torpe e inexperta que necesita guías. Konrad no hubiera preguntado. Ya no. Era capaz de percibir esas esquinas lúgubres dónde su brújula moral podía seguir torciéndose. Como un imán trucado que ya no busca el norte... y te lleva hacia el sur. Y más abajo.

Su mirada observó aquellas elecciones con la boca torcida y sonriendo, sin perder ese cobre entre los dientes, justo sobre su lengua, la última nota hambrienta y susurrante. Imaginó sin un sólo preámbulo esos sabores dulces, ajenos y asustados, llegando hasta sus labios en un beso taimado. Breve. Insuficiente. Ni siquiera una chispa.

Imaginó también la hoguera, posterior, que ardería en sus entrañas. La sed, la tiranía. Los cabellos del chico, tirantes, en sus dedos. Un beso acorralado y exigente, imperativo, que robaría sin más. La pasión nunca pide.

El frío del frigorífico no apagó sus ideas. Era invierno en su cuerpo, desde hace varios meses. Pero el alcohol, desnudo frente a él, embotellado, conservaba las brasas de un incendio, herido, que deseaba prender.

Miró a los ojos verdes de ese chico sin perder la sonrisa. Como un zorro cansado que no duda, tantea. Mordiscos sin secretos en su propia mirada, divagando. ¿Qué llegaría a saber mejor con ese chocolate transferido? Obvió esta noche el bourbon, el whisky, el ron, la miel, el calor irreal. Y tomó firme el vodka.

Los espejismos deben saber a nieve. A hierro. A dentelladas. Los vírgenes rebeldes deben saber a nuevo, a neutro, a blanco. A agua. A cristal que se quiebra en mil pedazos.

A jadeos que se escapan sin permiso.

Sin más, cerró la puerta. Pero el frío seguía ahí. En sus deseos, cortantes y afilados. En sus ojos, oscuros y caoba, que pretendían robar la primavera de ese verde inocente... y entregado.

— Compra también tabaco, chico. Las viejas confidencias siempre requieren humo. Será una noche larga. O tal vez debas comprar también café... si tú eres de esos otros que prefieren el plato fuerte al despertar.
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Re: Rip out the wings of a Butterfly [Privado con Reese]

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