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El calor que nos falta [Privado con Gavin Horst]

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El calor que nos falta [Privado con Gavin Horst]

Mensaje por Konrad Wagner el Vie Nov 08, 2013 9:10 pm


Era de noche. Nuevamente de noche. La oscuridad cubría ya la ciudad opacando el ocaso dejando atrás los púrpuras para vestir el negro. Steinburg volvía al luto, a los secretos. A ese rocío nocturno que quiere despejarte y te cala los huesos, los sentidos.

Rad estaba cansado. Habían pasado días... pero no había dormido. Calles, parques y bares, unos detrás de otros. Nuevos amaneceres. Atardeceres ocres. Nuevas noches oscuras. Un sándwich y tres whiskys, dos jarras de cerveza, seis cafés y un gin tonic por todo combustible. Sabía que estaba huyendo. Ya no podía negarlo.

No se atrevía a ir a casa. Lo había estado evitando.  Y sus ojeras grises continuaban creciendo.

El alivio sincero que sintió el primer día se había agotado pronto. Después vino la duda, aquel silencio nuevo, sin testigos. Todas esas preguntas que había estado guardando. Todas esas respuestas que hablaban de sí mismo.

La realidad de espinas que te llaga las manos, como una enredadera. Rad tenía que trepar... pero no se atrevía. ¿Qué encontraría después? ¿Más soledad? ¿Más miedos? ¿O esos mismos vacíos? Lo deseaba desesperadamente, pero le daba miedo.

¿Cuánto puede perder un hombre hasta que es demasiado?

El sueño y la derrota le empujaron de nuevo hasta su viejo barrio. Reconocer letreros, los nombres de las calles, escaparates viejos... hacía su alma temblar. Como si el niño que había sido, cada recuerdo bueno, pudiera ser borrado.

¿Pueden robarte el pasado también? ¿Pueden arrebatártelo?

Sintió sus pasos duros y  pesados. El sordo caminar del metal y el asfalto, sus viejas Dr. Martin marcando el rimo, fúnebre. Su cuerpo estaba hambriento. Su mente desolada. La libertad no sabe bien si sigue siendo amarga. Y Rad no era capaz de perdonarse. Arrastraba su culpa como una cruz impuesta, su corona de espino. Una prisión, distinta, sombreada... siguiéndole por siempre. Sin barrotes.

Dobló una esquina más, enfermo de recuerdos. Casi sentía la voz en su memoria. La risa de su madre. La mano de su padre, fuertemente en su hombro, guiándole como antes. El timbre de su hermano, siempre más infantil, inquiriéndole algo. Invitando a bromear, por siempre cómplice.

¿Qué quedaba de aquello? Era mejor así... Si le vieran ahora... Si vieran lo que había hecho. Aceleró sus pasos y apretó la mandíbula. Se sentía avergonzado. Ellos no estaban ya, pero él había fallado. Los falló a todos ellos. Y continuaba haciéndolo.

No protegió a su padre y no impidió su muerte. No supo no vengarle y destrozó su vida. Dejó sola a su madre... y no ejerció de hermano. Se perdió en su amargura mientras todos sufrían. Como si fuera el único. Como un puto egoísta.

Y ahora, había vuelto a las calles manchándose las manos. Como si no tuviera ya suficientes pecados. Sintió su propia bilis subir por su garganta, amenazando vómitos. Esta era su manzana. Su casa estaba ahí. Ese viejo edificio. Esas viejas ventanas.

El sudor frío perló su frente y corrió por su nuca. Las manos le dolía, apretadas con fuerza en los bolsillos. Dio un paso más. Un sólo paso. Para girar sobre sí mismo y volver a negarse. A negarlos a ellos, como un San Pedro errado.

La luz titubeante de una sencilla hoguera iluminaba el callejón, cobijando mendigos. Otras almas perdidas. Los hijos de la calle. Rad avanzó sin miedo, acostumbrado ya a ser un maleante, un perdedor. Escoria. El hombre en el espejo que no quieres mirar.

Se acercó a ellos despacio para sacar las doloridas manos y acercarlas al fuego. Buscando ese calor, que le faltaba.
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Konrad Wagner
Perro de la Organización V
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